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Desafío de galaxias (capitulo 80)

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Este es un relato de ciencia ficción, con aventuras, camaradería, amistad y algo de humor. En el capítulo de hoy: cerco a la capital.

Marión estaba más que cabreada. Con la finalización de la batalla de Taragüm, era inminente el inicio del asalto final a la capital, y ella había tenido que ir urgentemente a Beta Pictoris por orden del presidente. Quería estar al lado de Marisol, en lugar de perdiendo el tiempo allí. Cuándo llegó a la nave presidencial y entró en su despacho, no pudo ocultar su estado de ánimo, pero se borró de golpe porque, junto a él, y al padre de Anahis, había alguien que no esperaba.

—Hijita, si sigues con ese careto de mala leche, te voy a tener que dar dos tortas, —dijo la reverenda madre a modo de saludo, pero con su perenne sonrisa.

—Reverenda madre… que sorpresa, —respondió Marión cogiéndola las manos y besándolas—. Señor presidente, señor canciller.

—El presidente te ha llamado porque se lo he pedido yo, —aclaró la abadesa— pero parece que no te ha gustado.

—Le ruego que me disculpe reverenda madre, pero no sabía que estaba usted aquí. Es que…

—No te hubiéramos llamado si no fuera importante, —dijo la reverenda madre cogiéndola la cara con las manos— para ti, para la República y para la galaxia.

—No la entiendo reverenda madre: yo no soy tan importante.

—Ya estás cómo siempre. ¿Por qué te empeñas en quitarte importancia? —la regañó mientras con un gesto la invitaba a sentarse.

—Mira Marión, tenemos que asegurar el futuro de República, —intervino el presidente— y ese futuro no pasa por nosotros.

—Hace falta gente joven que tire para adelante, —añadió el canciller de Mandoria— y se enfrente a unos retos que no han existido desde el fin del imperio.

—No termino de entender que me están diciendo: ¿quieren qué, de alguna manera, yo intervenga en ese futuro del que hablan?

—Queremos que seas la próxima presidenta de la República.

—¿¡Qué!? —saltó Marión poniéndose de pie— ¿pero están locos? Yo…

—Siéntate ahora mismo, —la interrumpió la reverenda madre— y no te subas por las paredes.

—Dicen que quieren alguien joven, pues yo no lo soy.

—¿Por qué nunca has querido indagar en tus orígenes…?

—Porque no me interesa, —cortó Marión con un pequeño rastro de rencor—, no quiero saber nada de las personas que me abandonaron envuelta en una manta en la puerta del monasterio.

—Pues nosotros si lo hemos hecho… —empezó a decir el presidente.

—¿Con qué derecho han hecho algo así?

—¡Marión! Tranquilízate, —ordenó la reverenda madre— yo empecé esa investigación en los archivos de Akhysar. Por eso sé que no eres enteramente humana…

—¿Cómo que no soy…?

—No, no lo eres: tu padre era humano, seguramente de la antigua zona norteamericana, pero tu madre era de Numbar…

—¿De Numbar?

—Y no una numbarita cualquiera, era de la etnia Erádion.

—Pero los Erádion…

—Sí, se han dado casos de que algunos han llegado, y sobrepasado los doscientos años, —afirmó el presidente Fiakro— por lo tanto no tienes excusa por la edad.

—Bueno… da igual… yo no soy la persona idónea.

—¿Por qué no? Eres inteligente, honesta, diplomática, honrada, culta, y sabes dialogar y llegar a acuerdos.

—Y conoces a la perfección como funciona el ejército y el parlamento federal, —añadió el canciller.

—Y lo más importante: conectas con el pueblo, entiendes sus problemas, sufres con ellos. Yo solo conozco a otra persona capaz de eso y ya sabes a quien me refiero.

—Pero ella es un líder que yo no soy, ni lo seré nunca.

—¿Cómo qué no? —preguntó la reverenda madre— ¿por qué te empeñas en renegar de tus cualidades?, ¿por qué te escondes en la sombra de Marisol?

—¡Yo no me escondo!

—Ya lo creo que lo haces.

Durante cerca de una hora estuvieron discutiendo hasta que finalmente, poco a poco, fue entrando por el aro. Entonces empezaron a hablar del futuro y de la visión que tenían de lo que había de venir.

—Ahora quiero saber una cosa, —dijo finalmente Marión—: ¿hasta que punto esta implicada Marisol en esta confabulación?

—Marisol esta totalmente implicada, —dijo el canciller—: seria absurdo pensar que hemos hecho algo así a sus espaldas.

—A ver si ahora la vas a dar una colleja: la idea fue nuestra y se lo propusimos nosotros.

—Y seguro que no puso ninguna pega, como si la viera.

—Mira hijita, apúntate bien lo que te voy a decir, — dijo la reverenda madre poniéndose seria—: Marisol es un ser excepcional, irrepetible, y eso, no lo dudan ni sus enemigos, pero ella sola no lo hubiera conseguido. Tú y emocionalmente Anahis, sois el complemento imprescindible para que haya conseguido lo que ha conseguido: derrotar en once años, a un enemigo terrible, brutal y despiadado, sin nada, partiendo de cero. Ya esta bien de quitarte importancia, porque eres tú quien lo hace, sabes muy bien que Marisol no, al contrario.

Marión regresó rápidamente a Faralia, y nada más aterrizar se dirigió al Fénix. Marisol la vio entrar en el Centro de mando, e intentó desaparecer por una puerta lateral.

—¡No huyas traidora! —dijo cuándo la alcanzó—. Entra a tu despacho ahora mismo, —entraron en el despacho seguidos por Anahis, Sarita e Hirell, dispuestos a ayudar a capear el temporal.

—Mira cariño, ante todo, tranquilízate, —intento calmarla.

—¡Una mierda que me tranquilice!, me has estado manejando como a una gilipollas.

—Cariño, eso no es cierto.

—Si lo es, ¡y no me llames cariño!

—A ver mi amor, tranquilízate, —intervino Hirell cogiéndola de la mano— vamos a sentarnos y a hablar con un poco de sosiego.

—¿Tu también lo sabias? —Marión le miraba con ojos incrédulos.

—No, no, no, él lo descubrió y yo le obligue a guardar silencio hasta que la reverenda madre hablara contigo. Él no está metido en esto.

—Pero estoy totalmente de acuerdo con ellos: eres la persona idónea y serás, no me cabe la menor duda, la mejor presidenta de la República, de la historia de la galaxia.

—No digas chorradas, la persona idónea es Marisol…

—Sabes que no es cierto, —dijo Marisol—, además, la actividad militar no va a cesar con el fin de la guerra. Sabes tan bien como yo, que la piratería y el contrabando han aparecido en muchos de los sectores exteriores y que al menos, en diez de ellos, este problema está desatado. La Policía Federal no tiene recursos suficientes y tendrá que intervenir el ejército.

—No sabía nada, —dijo Anahis—. ¿Desde cuándo ocurre eso?

—Solo lo sabemos Marión y yo, y el presidente, claro esta.

—Se ha mantenido en secreto para no alarmar a la población y al Parlamento, —dijo Marión más calmada—. Principalmente están utilizando naves bulban abandonadas, pero también tenemos constancia de la presencia de al menos dos fragatas y seis corbetas federales.

—¿Cómo es posible?

—Creemos que desertores, las federales son naves dadas por destruidas. Pero eso da igual, limpiar de piratas los sectores exteriores lo puede hacer cualquiera.

—¿Por qué no dejas de decir gilipolleces? —preguntó Sarita interviniendo en la discusión— sé que estás asustada por lo que se avecina, pero eres la persona idónea para reconstruir los sistemas devastados, e integrar a kedar y bulban en la República. Marisol es una descerebrada…

—¡Hombre gracias!

—… como lo soy yo. Tú la has aportado sosiego, tranquilidad. En lugar de salir corriendo con la espada ante cualquier problema, Marisol se para, respira profundo, y vuelve a pensar las cosas.

—¡A ver si ahora voy a ser yo la artífice de la victoria!

—No, ella es inteligente, valiente y temeraria, pero tú la has aportado lo que ya he dicho, y Anahis amor.

—¿Y tu nada?

—¿Yo? Pero si soy tan cabeza loca como ella. Lo que pasa es que a mí no se me nota, porque yo se estar en mi sitio, —Marisol y ella se abrazaron como dos payasas.

—Bueno, como ya te ha dicho el presidente, —dijo Marisol— pasas a formar parte del gobierno federal como ministro de enlace con las Fuerzas Armadas y portavoz para asuntos militares.

—Sí, pero hay un cambio: trabajaré desde aquí, y estaré a tu lado cuándo asaltes la guarida de ese hijo de puta, —y adelantándose a la protesta de Marisol, añadió—: y eso no es negociable.

—Ni lo voy a intentar, —Marisol la abrazó—, quiero tener a todos mis amigos a mi lado. Entrar en la ciudad será fácil, pero llegar al líder, es otra historia.

Las defensas bulban situadas frente al escenario de la batalla de Taragüm, eran las únicas que no disponían de campos de minas. No había duda de que era por ahí por donde había que entrar. Todo el resto de la ciudad, estaba provista de ellas, además de artillería pesada, baterías antiaéreas, y poderosos sistemas de escudos de energía. El ataque se produjo cuatro días después del regreso de Marión de su entrevista en Beta Pictoris. Marisol colocó varias divisiones acorazadas en vanguardia para que protegieran el avance de la infantería por una «tierra de nadie» de casi cuatro kilómetros. Los carros de combate llegaron hasta el límite urbano, pero no continuaron, ya que por las estrechas callejuelas del cinturón bulban no podían operar. Al mismo tiempo, escuadrones de interceptores y corbetas federales, operando a poca altura, atacaban los emisores de escudos, y posteriormente, las primeras líneas de edificaciones. Cuándo la infantería penetró en la ciudad, la zona era un mar de escombros, repleto de cadáveres enemigos. Los soldados federales avanzaron rápidamente hacia el interior de la ciudad, al tiempo que, a bordo de transbordadores llegaban excavadoras que comenzaron a remover los escombros para abrir una pista, por la que los carros de combates pudieran atravesar la zona bulban y acceder a las grandes avenidas de la zona antigua. El avance federal era lento y sangriento. Había que limpiar calle por calle, casa por casa, y en muchas ocasiones planta por planta. Desde las azoteas de los edificios, los bulban disparaban contra los soldados que tenían que avanzar protegidos por pequeños escudos de energía portátiles, o por sus escudos de duránium. Llegó la primera noche, y todas las operaciones se ralentizaron, para entonces, el ejército controlaba casi cinco kilómetros de frente y había penetrado en la ciudad casi uno. El Fénix, protegido por sus escudos, se situó en los limites de la ciudad: Marisol quería estar lo más próxima posible a las zonas de combates. Esa noche, Marisol las inspeccionó personalmente y visitó los puestos de mando avanzado de Bertil, Pulqueria y Oriyan, que dirigían los tres ejes de avance, que como un abanico, se abrían hacia el interior de la ciudad.

Bien entrada la noche, Marisol regresó al Fénix: estaba agotada, había sido un día muy intenso y complicado. Después de ducharse, Anahis la ayudo a secarse, se metieron en la cama y automáticamente se quedó dormida, a tal velocidad, que Anahis tuvo que meterla las piernas en la cama. Se tumbó a su lado, la arropó con cariño y abrazándose a ella veló su sueño hasta que ella también se quedó dormida.

Hacia ya una hora que las primeras luces del alba habían rasgado las tinieblas de la noche, cuando Marisol entró en el centro de mando y se puso a estudiar los datos de las pantallas. A los pocos minutos, Sarita llegó con una gran taza de café y un pastel.

—Comételo, —la dijo con suavidad bajando la voz— y si te piensas que no vas a desayunar es que estás tonta.

—¡Joder!, Sarita, no tengo hambre.

—Anoche, casi no cenaste, luego, te callaste como una puta y te fuiste por ahí de inspecciones, sin decirme nada, ¿y ahora no quieres desayunar?

—Si cené.

—Cenaste una mierda, que ya me he enterado.

—¿Será chivata? —dijo Marisol mirando a Anahis.

—¡Comete el bollo!, y a las ocho, a desayunar: ¡y no me cabrees!

—¡La hostia! Eres peor que mi madre.

—Sabes que tengo su permiso para darte un pescozón si hace falta.

—¡Joder! Que ya soy mayorcita, que tengo treinta años.

—Pues hay veces que no lo parece… y tienes treinta y tres.

—¡Bueno vale! —concedió Marisol y la sacó la lengua.

—¿Habéis dejado de discutir? —preguntó Hirell que ya había llegado al C. M.

—Es esta que no me deja.

—Esta hace lo que tiene que hacer, —respondió Hirell con una sonrisa al tiempo que Sarita la sacaba la lengua—. Antes de que te vayas a desayunar, hay que solucionar el problema de los que se rinden, no ha sido en masa, pero ya tenemos a más de cien mil.

—Hay que sacarlos hacia retaguardia. Habla con Hoz para que mande sus transportes a recogerlos.

—Marisol, —dijo J. J. entrando en el C. M.

—¿Qué ocurre?

—Tenemos un grupo de cónsules que se han entregado, y… un pretor.

—¡No jodas!

—Sí, y quiere colaborar.

—Vamos a hablar con él, —dijo Marisol levantándose de su sillón.

—Pero no le claves nada, —bromeo J. J.

—Primero tiene que desayunar, —dijo Sarita, y ante la mirada interrogativa de J. J., añadió—: anoche casi no cenó y ahora no quiere desayunar.

—¡Venga ya!, ¿no has desayunado?

—¡Joder, otro igual! Me tenéis harta. Esta bien, vamos a desayunar. Hirell, por favor, avisa a Trens y a Hoz, y que vengan. Si ve a dos de su especie es posible que colabore más.

Si hay algo que el pretor no esperaba, era que Marisol entrara en la estancia donde lo tenían vigilado. Estaban en un edificio cercano a los limites de la ciudad. El pretor se levantó de la silla, y la miró con ojos temerosos, pero intentando no dar esa imagen, pero no lo conseguía: su imagen era patética. Marisol se situó frente a él mientras este bajaba la mirada al ver a sus acompañantes: Trens, Hoz e Iris. Esta, se acercó por detrás a Marisol y la cuchicheo algo al oído.

—Parece que no es usted un desconocido, —dijo Marisol haciéndole una indicación con la mano para que se sentase. El sargento, la acercó una silla para que hiciera lo mismo—. Bien, usted dirá.

—Quiero inmunidad.

—¿Qué mierda es esa?, ¿inmunidad?, ¿para qué?

—Para poder ir donde yo quiera… y que no se tenga en cuenta las mentiras que cuenten de mí.

—¿Tu estas loco? —intervino Trens que no podía creer lo que estaba oyendo—. Un asesino como tú circulando por la galaxia.

—No soy un asesino, —Anahis sujeto a Iris para que no se le lanzara al cuello.

—Parece que conoces a mi amiga Iris, era tu hembra, tu puta, y ella dice lo contrario, —dijo Marisol cogiendo la tableta que le tendía Sarita con el expediente del pretor— y por lo que veo, mi servicio de inteligencia coincide con ella.

—Todo es mentira: te interesa creerme a mí.

—¿Y por qué me va a interesar?

—Porque puedo mostrarte los pasillos secretos que atraviesan los campos de minas por la zona sur. Te conozco y sé que harías cualquier cosa para ahorrar la vida de tus soldados.

—Te equivocas, no tienes ni idea de cómo soy yo, en cambio, yo sé que eres un puto cobarde y un traidor asqueroso, y no hay nada que desprecie más.

—Pero…

—Mi señora, —dijo Hoz— tal vez seria bueno que salieran todos y nos deje a nosotros… «hablar» con él.

Marisol siguió mirando al pretor fijamente. Después se levantó e hizo una indicación a todos para que salieran de la habitación.

—Marisol, me gustaría quedarme, —dijo Iris.

—¿Estás segura? —la susurro— creo que no va a ser agradable.

—Lo estoy, —respondió con los ojos inyectados de odio.

—Muy bien, como quieras, —y salio por la puerta. Mientras todos continuaban hacia el exterior del edificio, le hizo una indicación al sargento para que se quedara guardando la puerta, después, se unió a los demás.

La noche estaba avanzada, cuándo un grupo de bulban y fuerzas especiales, al mando del general Hoz, inspeccionaron los dos corredores secretos que atravesaban los campos de minas y comprobaron que no era una trampa. No fue difícil conseguir esa información, como era de esperar de un cobarde como él, el pretor, a las primeras de cambio contó todo lo que sabía mientras chillaba como un cerdo. Cuándo todo paso, lo que más le dolió fue el profundo desprecio que vio en los ojos de Iris.

A la noche siguiente, Loewen comenzó un duro bombardeo de saturación, al tiempo que los carros de combate, en fila india avanzaban por los pasillos entre los campos de minas. Cuándo llegaron a los limites de la ciudad, machacaron las primeras edificaciones y crearon una zona desde la que comenzó a operar la infantería, penetrando en la ciudad.

Al mismo tiempo, se reanudaban las operaciones en el otro lado de la ciudad, y a medio día la infantería accedía a las amplias avenidas de la ciudad antigua. A final de la tarde, las excavadoras acabaron de limpiar los pasadizos e inmediatamente los carros de combate irrumpieron en el interior de la ciudad.

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