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Historia del chip (041): La vuelta a casa (Kim 016)

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La ducha le vino bien para calmar los ánimos y aclarar las ideas. Hizo sus estiramientos y desayunó como siempre, de pie, todavía desnuda, exhibiendo su cuerpo a un amante imaginario sentado en la mesa. Picoteó un poco de fruta, usando los labios, rezumando sensualidad

Todo fue distinto en cuanto el avión aterrizó. Una parte de ella, oculta mientras estuvo en Córcega recobró su protagonismo. Los dos se dieron perfecta cuenta de su aparición. Se despidieron de forma algo fría, casi formal.

*—*—*

Cuando se encontraron, Kim no pudo evitar arrejuntarse con pasión. Su cuerpo necesitado requería atención, manifestando deseo, ofreciendo sumisión. Soltó el vestido, impulsada por el hábito. Los pezones descubiertos sintieron la tela gruesa de la camisa, orgullosos de su dureza. Sin dejar de besarse, -tal era su sintonía-, Kim sacó la pinza del bolso y la depositó en la mano de Roger, en el momento que dejó de apretarle la nalga derecha, denotando su pulcritud a la hora de los detalles. Fruto del hábito, la mano izquierda tanteó entre las piernas entreabiertas y tiró del clítoris sin contemplaciones. La pinza no tardó en llegar. Kim sentía que ese instante era el más importante en su relación. Roger no estaba relajado hasta ese momento, la mera posibilidad de que pudiese tener un orgasmo no consentido le intranquilizaba.

La terapeuta le había explicado lo que se le requería. En esos instantes debía ser una amante solícita, pasional y dispuesta a todo. Sus necesidades quedaban en segundo plano. Aprovechando para sentir las caricias y los abrazos, reconociendo la excitación de su pareja. No se le ocurría mejor reconocimiento de amor que esa pequeña pinza en su cresta de amor convertido en su centro de dolor. Algo buscado e inevitable. Era entonces cuando debía actuar con más generosidad y ofrecer su cuerpo, sin dudas o ambages, disfrutando plenamente de cada caricia, de cada beso. Su dolor se convertía en amor. Su pasión en necesidad. Su cuerpo, las zonas erógenas, en el lugar de encuentro de ambos.

Así lo percibía Kim. Cuando las manos abandonaban los pechos provocadores y recorrían la imposible cintura, las redondas y anchas caderas y aterrizaban en los muslos, su ardor crecía, recordando a sus propios dedos acariciando. Su clítoris se peleaba por zafarse de la presión, algo a todas luces imposible. Una danza se apoderaba de sus espíritus y el tiempo se volvía lento. Kim no podía creerse que los interludios durasen diez, quince o veinte minutos. Le parecían horas. Ninguno de los dos deseaba interrumpir esos momentos con ánimo de ganar el embate, sino proseguir conforme a un acto de plenitud, como si algo sagrado pudiera romperse.

Como amantes en éxtasis amoldaron sus existencias a nuevas sensaciones. Los acercamientos eran esperados con expectación. Kim se colocaba las pinzas cada noche casi con deseo, sabedora de que Roger se excitaba pensando en ello. Si se encontraban al día siguiente, el tierno dolor que sentiría ante los estímulos le agradaría aún más. Su terapeuta le explicó lo importante que era tener una actitud dispuesta: como cuando llevaba tacones incómodos durante todo el día, aunque solo fuera para que su amante los apreciase el poco rato que estuviera con ella. A Kim le gustó la comparación. Su vida se ajustaba a las fantasías más íntimas, a los caprichos más disparatados de su amante.

Consideraba a Roger como el mejor hombre del mundo. Sus muslos no podían soportar como las manos se alejaban, los pezones querían estar siendo acariciados en todo momento. El instante más tierno era cuando le acariciaba los labios menores, las finas hojas verticales. Nunca tiraba de ellos, a diferencia del clítoris o los pezones, se limitaba a bordearlos, a sentirlos húmedos. Con la yema de los dedos, los dibujaba. Cuidaba de no presionarlos, los trataba como si se fueran a deshacer. El contraste con su botón de amor prisionero servía para enardecerlos más. ¡Cuánto le hubiera gustado pedir permiso para acariciarse los labios cada noche! Nunca se atrevería a solicitarlo u a rogar que se quedase más tiempo en ese lugar. A pesar de lo lento del transcurrir en sus citas, esos instantes le resultaban insufriblemente breves.

*—*—*

Las largas horas de descripciones en el diván de la terapeuta terminaron dando resultado. Kim explicaba fehacientemente las sensaciones de su cita anterior. Los detalles se consideraban importantes, su conciencia sobre los gustos y los movimientos de su amante primordiales; su propia reacción, vital. Debía aprender a acomodar sus reacciones a las necesidades de Roger. Adivinarlas, imaginarlas o en último extremo, preguntar sobre ellas. Kim era el centro de la relación, su cuerpo irónicamente el alma y su espíritu el gran motor de la relación. No debía dejar de cuestionarse si había algo más que pudiera gustarle a Roger, buscar la perfección, la variedad, adecuar sus necesidades a los caprichos de él. No se trataba de indagar a cada instante, el desgaste de la duda no era la respuesta, más bien una sana actitud de contemplación, con la certeza de que sabría encontrar nuevas maneras de hacerle feliz. Ése, y no otro, sería la motivación de su alma. A la vez, llevarle siempre hacia su cuerpo, el espejo del placer de Roger y el reflejo en el dolor de Kim.

*—*—*

Se despertó relajada. Sin ni siquiera pensar en ello, retiró las pinzas de los pezones y del clítoris. Como siempre un deseo ardiente de llevar sus manos a las zonas bruscamente liberadas la obligaron a vigilar sus reacciones, mezcla de dolor y necesidad. Sus manos no lo reflejaron mientras sostenían las pinzas fuertemente y volvían al lado de las caderas. A pesar del dolor, una sonrisa se formó en su cara y cuidó de observarla detenidamente en el espejo. Todavía quedaba mucho para mejorar esa transición, el cuerpo seguía tenso cuando retiraba las pinzas. Su terapeuta le había señalado la importancia de ese acto, -tan supuestamente banal-, al ser realizado en solitario. Su amante, si estuviera, debía percibir placidez en ese acto, no tensión o dolor. De un acto trascendente por el suplicio se había convertido en un acto cotidiano y debía ser un ritual, un reflejo de su entrega, una imagen de su felicidad por llevar ese tributo, como símbolo de su completo amor.

Mantuvo la sonrisa mientras esperaba que el dolor desapareciera. Por lo menos, su intensidad devastadora. Y se recordó a si misma lo guapa que era, lo atractiva que resultaba, irresistible. Su sonrisa debía reflejar esos pensamientos. Y las pinzas, meros instrumentos de conexión con su amante. No importaba que no estuviera físicamente con ella. Las pinzas eran el recordatorio de que pertenecía a otra persona. Se evaluó con amabilidad y crítica. El cuerpo rezumaba sexo, suplicaba sexo. Como su amante desearía. Quería con todas sus fuerzas tocarse, acariciar los pechos, pellizcarse con suavidad los pezones. Se recordó que eso era exactamente lo que Roger quería que sintiese. Cuando se reuniesen sería una hembra en celo: necesitada, hambrienta... y sumisa.

La ducha le vino bien para calmar los ánimos y aclarar las ideas. Hizo sus estiramientos y desayunó como siempre, de pie, todavía desnuda, exhibiendo su cuerpo a un amante imaginario sentado en la mesa. Picoteó un poco de fruta, usando los labios, rezumando sensualidad. Se imaginaba arrebatadora, ofreciendo más después de una noche de gozo. Fregado los pocos utensilios sucios y con la cocina recogida, buscó el móvil. Miró los mensajes. Hoy le tocaba un vestido de lino. Gris. Era elegante por fuera, su parte interior estaba sin tratar y le amargaría la existencia. Sin más preámbulos se lo colocó por arriba. No lo recordaba tan corto. Dos tercios de los muslos quedaban al descubierto. El único lugar dónde parecía ajustado era en la cintura y eso gracias a un cinturón rojo que daba alegría al conjunto. Anudó la parte de arriba tal y como se le indicaba. El trozo superior dejaba desnuda la espalda hasta el cinturón del talle, apenas cubría los laterales de los pechos. Con la disposición de la única sujeción anudada al cuello, bastaba que se inclinase treinta grados para mostrar los senos sin cortapisas. Debería andar bien erguida.

Otro efecto era la necesidad de llevar el tejido pegado al cuerpo, lo que implicaba roces con los pezones, incomodidad en las mamas y agitación para sus muslos cada vez que daba un paso. Maldijo el momento en que se agachó para ponerse unos tacones rojos, a juego con el cinturón. El vestido se alejó del pecho y al volver el leve roce de la textura enardeció a los pezones. Los pechos frenaron el recorrido y notó como se excitaban con el mero contacto.

Follaría con un lagarto, se dijo a sí misma, si me dieran permiso. Pero no se cambiaría por otra mujer. Adoraba a Roger a pesar de la frustración. No pensaba defraudarlo por nada del mundo. Se pintó los labios con un tono rojo sugerente acorde al resto del conjunto. Un último vistazo antes de salir: se vio espléndida.

Recordaba con añoranza los días en Córcega, casi había olvidado los malos momentos. Entonces recibía orgasmos. Roger parecía feliz. Ahora apenas lo veía, aunque su espíritu dominaba todo lo que hacía o experimentaba.

Bajó por las escaleras, como tenía ordenado. Olvidó su peculiar top y los pechos se alejaron del lino. Rectificó con rapidez y se ordenó dedicarse a los peldaños, no a sus tetas. Le gustaba sentir como se movían de un lado a otro, llevaba años sin ponerse un sujetador. Sus pezones eran su caballo de batalla, sin posibilidad real de victoria. Y menos un día como hoy, con el tejido hurgando a cada paso.

Iba caminando, salvo si llovía. El paseo le agradaba, si no refrescaba. Raras veces le estaba permitido llevar una chaqueta. Se encontró con Lin a una manzana de la oficina y continuaron juntas. Se llevaban estupendamente e intimaban bastante.

—¡Guau, chica!. Cada día vas más espectacular —le dijo después del beso de rigor en la mejilla.

—Gracias. Tú estás muy elegante, Lin —respondió con convicción. Siempre sentía algo de vergüenza al principio de la mañana, al comparar su atuendo con aquellos con los que se encontraba. Lin llevaba un elegante conjunto de ante y sólo se le veían la cara y las manos. Botas altas para tratar de elevar su corta estatura. Tenía genes chinos, franceses y sudafricanos... como poco. Bromeaban diciendo que heredó la altura china, la piel francesa y el color sudafricano. El contraste era evidente. Los ojos no llegaban a la altura de la barbilla de Kim, tacones incluidos, los pechos siempre presentes, bien dispuestos. Lin no tenía necesidad de inclinar los ojos para contemplarlos.

Kim supo que sería un día muy largo. Al inclinarse a besar a Lin, notó como la tela destapaba los pechos, el aire frío endurecía todavía más los pezones. Hizo todo lo posible por mantener su sonrisa cuando la rugosa textura volvió a su sitio. Todo debía haber durado menos de dos segundos. Y tendría que pasarse bastantes minutos con Mariona, -con su terapeuta, se corrigió, hablando de este instante. Siempre que había algo que escapaba a su control, algo excitante o humillante, algo que le hiciera sentir sumisa debía hacer una anotación mental y reflejarlo en su diario, que naturalmente leían Roger y su terapeuta. No debía usar el nombre de Mariona, ni mentalmente. Para Kim debía ser sólo la terapeuta.

Lin, desde su privilegiada posición, no perdía ojo a los movimientos pendulares o caóticos de los senos erguidos. Ni podía dejar de admirar los pezones que presumía duros como piedras. No pudo soportarlo más. Esperó a ver un callejón y sin mediar palabra condujo a Kim a un soportal algo escondido. Sin preámbulos ni dubitaciones elevó las manos y las llevó hacia las ubres de Kim, que de manera automática se inclinó levemente para destaparse. No pensó en ello, surgió de forma automática. Estaba tan acostumbrada a esos gestos por parte de Roger que su cuerpo reaccionaba de forma instintiva. Sólo cuanto sintió los suaves y cortos dedos de Lin acariciar con dulzura los pezones hizo un ligero ademán de interrumpir el contacto. En menos de un suspiro llevaba dos errores. No tenía derecho a ofrecerse, pero tampoco a desdeñar el contacto. Si alguien la manoseaba o le levantaba la falda que llevase, debía informarle con tono suave y cortés de que no lo deseaba, pero sus manos nunca debían de estorbar. Le faltaba mucho para conseguirlo. Todo esto lo pensó mucho después en el diván de la terapeuta. Ahora su mente se hallaba entre el placer que surgía de sus entrañas. Por fin sus pezones eran acariciados, divinizados. Los dedos claramente expertos en caricias de Lin, no daban descanso.

Nunca supo cuánto tardó en reaccionar y pedir que dejase de acariciarla. En todo caso, sonó a falso e hipócrita. Lin no dejó de hacerlo hasta que Kim empezó a sollozar. Todo el rato mantuvo los pechos bien ofrecidos, las manos a los lados y la barbilla elevada. El dolor remanente había desaparecido, la excitación que le acompañaba a todas partes se manifestó con más vigor. Pensó si Roger se pondría celoso, aunque parecía más una excusa llevada por la sombra de su propia inseguridad y el excelso placer que sentía.

Tuvo que centrarse en los dedos de Lin o el ardor trasluciría todavía en mayor grado. Oída la súplica, Lin, -a modo de despedida-, apretó fuertemente ambos pezones, recordándole el dolor de las pinzas a una Kim casi traspuesta. Le costó horrores mantener las manos a los lados. Otra vez quería acariciarse, otra vez volvía el dolor. Imaginaba que esta vez duraría mucho menos. Sin mediar palabra alguna o mirada cómplice, Lin se volvió hacia la calle.

—Ni se te ocurra hacerme esperar— le susurró en tono casual. Sin remordimiento, culpa o trasluciendo siquiera una ligera pasión. Kim trotó con el inevitable ruido de tacones, pechos y pezones rozados sin compasión.

El asalto en el callejón fue el germen del cambio de la relación entre ambas mujeres. Compartieron una intimidad, su amistad cambio de grado.

Lo primero que hizo Kim al llegar a la oficina fue llamar a Roger y contarle lo que había pasado. Sonó como la travesura de una chiquilla. Roger, haciéndose el escandalizado, pero en realidad partiéndose de risa, fue tajante.

—Para eso están tus pechos, para ser tocados. No estoy enfadado. Puedes ser su amiga, con unas pequeñas condiciones. Seréis un cuerpo fragmentado. Tú puedes saborear su clítoris, sus labios vaginales, todo su triangulito. No toques nada del resto de su cuerpo. Y ella, a cambio, tiene acceso a todo tu cuerpo salvo tu pubis y a lo que hay cerca de él. No te acercaras al clímax, aunque sea imposible que puedas tenerlo. Pero tú puedes mantenerla cerca del orgasmo todas las veces que desee. Es una pena que el chip te impida darle el máximo placer. En la oficina harás lo que te diga, siempre que no afecte al trabajo. Y una noche a la semana puedes dormir con ella, si estás atada, vendada y con la pinza en el clítoris. Las pinzas en los pezones son exclusivamente para nosotros. Y no abandones tus ejercicios diarios ni las sesiones con la terapeuta.

Kim colgó el teléfono estupefacta. Le gustó ese para nosotros. Sintió ganas de llamarlo de nuevo. Se decidió y cuando contestó, sin pensarlo dos veces le dijo que le quería, que los pezones estaban irritados con la tela y que el vestido la excitaba muchísimo. Que quería tener la verga en su boca. Sin parecer indiferente pero tampoco conmovido, Roger preguntó si ha llamado por algo más. Kim explicó lo mucho que ha apreciado ese para nosotros. El nexo de unión a través de los pezones. Una atadura exclusiva de ellos.

—Pues, ponte las pinzas— sugiere Roger.

—¿Aquí? ¿En el despacho? — pregunta con desesperación Kim.

—¡Claro! Si llama alguien a la puerta te da tiempo de sobra para quitártelas.

—Espera— le solicita mientras deposita el móvil en la mesa.

Busca las pinzas en el bolso, que deja abierto y al alcance de la mano. Inclina el cuerpo para liberar las tetas y se coloca los temibles adornos. Sin darse tiempo a acostumbrarse a ellos, coge el teléfono.

—Ya están— le dice orgullosa.

—Realmente me siento muy unido a ti. No me importa lo que hagas con Lin— responde Roger con satisfacción.

—Yo también me siento unida a ti. En todos los sentidos.

—Bien, te tengo que dejar. Hoy no puedo ir a verte. Lo lamento.

En cuanto cuelga, Kim se quita las pinzas y las pone en el bolso. El dolor reaparece de otra manera. Nadie ha entrado, por suerte. Tendrá que buscar otro lugar para llamar a Roger a partir de ahora.

*—*—*

Si en algún momento creyó que Lin se alegraría de la posibilidad de estar juntas, no tardó en comprender que las cosas iban a ser muy distintas. Para empezar, cuando le explicó su conversación con Roger, hizo un ademán displicente.

—No sé si estoy interesada en poseerte en esas condiciones. Por otra parte, me gusta ser amiga tuya. Jugar con tus pezones está bien, pero no son nada del otro mundo. Una buena lengua sí es importante. Así que primero quiero probarla entre mis piernas. Otra cosa. Obediencia ciega, pero respetaré esas triviales reglas sobre el agujero entre tus piernas. Después de todo, se trata de lo que me des placer a mí. ¿No?

Kim asintió, olvidada ya la sensación en el callejón. No sabía a qué atribuir tanta agresividad. Agachó la cabeza y trató de decir algo. No parecía que valiese la pena continuar.

—No has contestado a mi pregunta— ya con un tono más conciliador. A Kim le costó saber a qué se refería, pero contestó de todas maneras.

—Sí, se trata de tu placer. Pero mi entrega era total, a pesar de sus limitaciones. Me equivoqué pensando que me querías— supo decirlo con aplomo, costándole no sollozar.

—Está bien, está bien. Empecemos de nuevo. Siéntate directamente sobre la silla, no sobre el vestido— apremió Lin y a la vez condescendiente.

Kim se incorporó lentamente para retirar la parte sujeta por detrás. Al inclinarse desnudó los pechos. Se irguió a toda velocidad.

—Bien. Las piernas más separadas. No de manera obscena, pero sí lo suficiente para demostrar tu sumisión...

Le costó mucho más de lo que pensaba separar tanto las rodillas. La regla impuesta por Roger era muslos separados, frescor en la vagina. Para ello no era necesario mantener las piernas demasiado abiertas.

—Un poco más si estamos solas. Pero así está bien el resto del tiempo en la oficina.

Kim volvió a sentirse excitada. Los pezones no tardaron en anunciarlo. Sintió los labios húmedos entre las piernas. No sabía qué decir.

—Estás pendiente de ti. Mis deseos son lo que te debe importar. Te convertiré en una perfecta sumisa para tu amado Roger y para mí. ¿Te dejan tocarte los pechos?

Kim negó levemente, algo cohibida.

—Bien, supongo que por eso te gustó tanto mi asalto esta mañana. Dime por qué quieres que sea yo la que pierda el tiempo con tus ubres. Convénceme de que valen la pena el esfuerzo. Véndeme tus tetas.

Kim se aclaró la garganta. ¿Por qué le hacía esto? Estaba convencida de que Lin deseaba tanto tocarla como ella ser tocada. ¿Era un juego? ¿Un malabarismo de poder? Comenzó a sonreír pensando en lo estúpido de la situación.

—Tengo unos pechos perfectos. Grandes, pero no excesivos. Turgentes, estimulantes. Siempre preparados para ser acariciados, dispuestos a ser agasajados. No tienen necesidad de sujeción o soporte. Se bambolean al son del andar de mis tacones y mis piernas, al unísono con mis caderas. Te los ofrezco sin contrapartidas para que los manosees cuando quieras, pellizques mis pezones o los excites según tus preferencias. Están para tu uso y disfrute cuando esté contigo. Tus manos pueden descansar sobre ellos. Y, si mi oferta te parece apropiada, no olvides que tienes casi todo mi cuerpo a tu disposición. Puedes excitarme todo el tiempo que quieras para tu divertimento o como tortura. Por favor, usa mis tetas, juega con ellas, úsalas con total libertad.

—Vale, vale— soltó un gesto displicente, entre el hastío y el aburrimiento. —Menudo discurso. No ha estado mal, pero no se trata de tus deseos, sino de mis caprichos. Sean cuales sean. En fin, dejémoslo por ahora. ¿Tienes mucho trabajo?

—No, puedo enviarte mi agenda— respondió Kim, sin saber a ciencia cierta qué estaba pasando.

—No es necesario, todavía no sé si aceptarte. Levántate.

Fue una orden tajante. Kim tardó en reaccionar y cuando lo hizo los pechos se desnudaron al inclinarse. Volvió a sentir el aire de nuevo en los pezones y al volver a quedar cubiertos la tela respondió con rigor.

—Es mejorable. Aunque si hubiera alguien más, quedaría algo... impúdico—. Kim apreció una leve sonrisa en la cara de Lin.

—Siéntate de nuevo— le ordenó de nuevo.

Kim obedeció al instante. Recordó que las nalgas debían de quedar desnudas en el asiento, así que hizo un gesto de subirse el vestido desde los laterales. Las nalgas y los muslos percibieron las rozaduras, que sin ser agradables no eran comparables a las que sufría en los pezones. Como le hubiera gustado acariciarse los muslos en ese momento. Mientras bajaba, las nalgas quedaron desnudas y al aire, al igual que los pechos. Rápidamente ajustó el vestido para que cubriese algo más de muslo y que no se pudiese atisbar entre sus piernas. Separó algo más las rodillas, en un gesto que la excitó en demasía y le llevó a pensar en sus maltratados pezones, una vez más desenvueltos y enredados. Algo dubitativa, mantuvo la barbilla elevada y miró a Lin, devolviéndole una sonrisa esplendorosa. Como diciéndole... no vas a resistirte a mí.

—No ha estado mal, sabes cómo utilizar tus atributos. Falta un poco de armonía en el conjunto. Hazlo tres veces más de igual manera, sólo para nosotras y otras tres veces suponiendo que hay alguien más.

Sin siquiera dignarse a contemplarla, se puso a consultar su ordenador. Cuando llevó sus ojos a Kim al cabo de un rato, le conminó a hacerlo tres veces más. Está vez miró. Kim se levantó al instante, aflorando tetas y piernas, los tacones resaltando el movimiento. Se quedó un instante de pie antes de volver a bajar. Tetas y culo al aire mientras retrocedía. Lin pudo apreciarlo mejor en las siguientes ocasiones. Le sorprendió como había conseguido mejorar con tan pocos intentos. Le intrigaba como se iba a levantar en la fase —modesta—. Comprendió que tenía muchísima práctica. Debía llevar años con vestidos exiguos, cortos e incómodos. Sin apoyarse, llevó las manos a su regazo, bajando el borde del atuendo mientras se levantaba. Por un leve momento, de forma inevitable, la parte superior se alejó del pecho, mostrando más carne. Sólo una persona pendiente del movimiento lo hubiera podido apreciar. Lin pudo hacerlo las dos ocasiones siguientes. Kim se quedó quieta, de pie, erecta, pechos erguidos y mirando hacia delante. Su nueva ama aprovechó para apreciar el cuerpo que se le había ofrecido. Las interminables piernas, los pechos sobresalientes. La excitación que palpaba en todos los poros. Le pareció que las piernas estaban demasiado juntas. Le debía resultar más cómodo o a Roger le gustaba más ver los muslos unidos.

—Piernas algo más separadas, por favor. No estás con tu amado Roger— recalcó Lin, comprendiendo que no era algo importante para él. Ahora estaba perfecta. Se quedó un buen rato contemplándola. Terminó negando con la cabeza.

—Siéntate, por favor— ordenó. A ninguna se le escapaba que el tono conllevaba un grado de exigencia. Nuevamente culo y tetas descubiertos. Esperó a que estuviese bien sentada, con las nalgas a pleno contacto con el asiento y le espetó: “No funcionará.”

Kim esperó alguna explicación más. Tampoco era para tanto. No comprendió a lo que se referiría.

—Tienes un cuerpo espléndido. Lo envidio. No voy a poder estar en la oficina caliente todo el día sin posibilidad de masturbarme o sin tu lengua dándome placer. No es práctico. Para ti es ideal, exhibiéndote como te gusta. Para mí, resultaría una tortura.

Kim asintió. Por lo menos, estaban de acuerdo en una cosa, a las dos les gustaba estar juntas. Hacía mucho que había aprendido a no decir nada. Era preferible a expresar algo no genuino. Roger agradecía cierta espontaneidad, pero le molestaba que le hiciese perder el tiempo. Ahondando en sus pensamientos sumisos, bajo la cabeza y llevó la mirada a sus muslos, estorbada la mirada por los pechos y los pezones. Los sintió enormes, desplegados. La tela siempre gruesa de lino no podía esconderlos del todo. Se acordó del callejón y de la sensación de ambas mujeres. Animales llenos de lujuria. Roger no le perdonaría que la dejase insatisfecha. En Córcega le hubiera molestado que cualquiera de sus amigos se fuera sin haber depositado su esperma en su culo. No podía olvidar que tenía órdenes explícitas.

—Podríamos estar juntas esta noche. Fueron... órdenes de Roger. No quiero defraudarle... ni a ti—. ¿Qué más podía decir? Kim tenía la voz entrecortada. Lin se encogió de hombros. Volvió a sonreír.

—Tienes razón. No es tan importante. Basta de lamentaciones.

Volvió la mirada a su ordenador. Con el rabillo del ojo vio como una teta desnuda asomaba mientras Kim se levantaba. No se podía tener todo. Vivir el momento también era importante. Entonces, Lin pensó en algo.

—Espera— le espetó a Kim, que se giró, ofreciendo un nuevo espectáculo. La puerta ya estaba abierta y fue consciente de que se había dado la vuelta demasiado rápido. No sabía cuáles eran las intenciones del diseñador de su vestido, pero era hombre. Podía jurarlo. Y apreciar el control indirecto de Roger a eones de distancia. Quién sabe dónde.

—Tengo una idea. Ven conmigo.

Lin no pudo evitar levantarle el vestido y agarrarle el culo al salir al pasillo. Por suerte no venía nadie. O por desgracia, según el punto de vista. Caminaron deprisa hasta el ascensor. Los cortos pasos de una compensaban el traqueteo de los tacones de la otra. Bajaron a la planta menos dos. Lin abrió con una llave una estancia fría. Encendió una luz a la izquierda y Kim pudo contemplar un montón de ordenadores, cables, luces y dispositivos que no supo identificar. La habitación estaba helada.

—Es la sala de servidores. Tengo que bajar de cuando en cuando a reiniciar un ordenador o hacer una copia de seguridad. La temperatura siempre está por debajo de cinco grados— explicó ufana.

No hacía falta que lo jurase. Kim sintió el cuerpo congelado. Supo que los pezones endurecidos trataban de romper la tela. Se divirtió pensando cuánto tiempo le iba a durar el conjunto si seguía así. Lin confundió la sonrisa con el deseo de Kim por estar con ella, la ansiedad también podía con ella.

—¿Que haces todavía con el vestido puesto?— le espetó dándole prisa. Observó que un siempre tirón en el nudo del cuello bastaba para descubrir los pechos. Sólo el cinturón sostenía ya el vestido. Llevó las manos a la hebilla.

—Manos en el cuello. Cierra los ojos. Ya termino yo— mientras retiraba el complemento rojo. Con el trapito ya a los pies contempló a su esclava oficinista con ojos relucientes y de completa admiración, sabedora de que no sería descubierta. No la tocó. Entonces sus propios pantalones le resultaron molestos, al igual que las bragas. Se las quitó.

—Pon las manos detrás de la espalda y empieza a trabajar entre mis piernas.

Kim cumplió las órdenes y entonces cayó en la cuenta. ¿No debía llevar la pinza en el clítoris? Comprendió su error. El bolso estaba en su despacho. Dos errores, seguro que diría la terapeuta. No debía haberse quitado el vestido sin la seguridad de llevar sus artefactos imprescindibles. Ya no tenía remedio.

—Lin, debes disculparme. Debo llevar siempre la pinza en el clítoris en estas circunstancias. Me he dejado el bolso en el despacho. Tendré que ir a buscarlo— lamentando que su primera vez resultase tan decepcionante.

—Está bien. Yo no te he dicho dónde íbamos. No pasa nada. ¿Con una pinza agarrándote puedo hacer lo que quiera y cuándo quiera? — preguntó Lin todavía sin creérselo del todo.

Kim se lo confirmó.

—Si no me tocas entre las piernas.

Lin buscó las bragas y se las puso. Dejo los pantalones colgando del sofá que, por suerte, había en la sala. Por primera vez se preguntó que hacía ahí.

—Iremos a buscar una buena pinza por aquí. Hay varios despachos más y unos pocos archivadores. Algo encontraremos adecuado para tu cen... cerebro sexual. Perdona mi atolondramiento. Pensaré en ti como un chico sin condón. Siempre sin protección. Vamos a buscar.

Kim hizo ademán de recoger el vestido. Lin negó con la cabeza.

—Aquí no hay nadie. Ya puestos quítate los tacones.

Kim obedeció automáticamente y se los sacó al modo que tanto le gustaba a Roger, pierna derecha elevada a media altura, fuera el tacón derecho y en un movimiento grácil elevó la pierna izquierda. Siempre lo hacía igual, incluso en casa cuando estaba sola. Sintió como la humedad crecía en su vagina. La moqueta era cálida al tacto de las suelas de los pies. Vio las piernas menudas de Lin, inalcanzables, sabedora de que no tenía derecho a tocarlas.

Salieron al pasillo. Lin cerró la puerta cuidadosamente. De dentro afuera se abría para no dejar encerrado a nadie, pero al revés hacía falta llave. Los cuatro elementos que componían su vestido estaban dentro: el conjunto gris de lino, el cinturón rojo y los tacones también rojos. Completamente desnuda, salvo sus pendientes y sin su exiguo taparrabos como en Córcega. Aquí ya no había moqueta, pero no hacía frío. Al comenzar a caminar recordó la arena abrasadora en la playa, el momento en el que llegaban al paseo marítimo y cambiaba el contexto. Sus pies desnudos en el cemento o el azulejo. Notaba alguna rugosidad. Se sentía desvalida. Lin paró por un momento.

—Yo también he olvidado algo. Cambiaré la cinta para que se vaya haciendo un backup.

Y la dejó sola en el pasillo. La puerta se cerró en cuanto desapareció. No tardó demasiado, pero a Kim le pareció una eternidad. Llevaba los pantalones puestos.

El contraste, ella desnuda, Lin completamente vestida y con su calzado, resultaba todavía más incómodo... y erotizante.

Cuando habló con su terapeuta sobre ello, recordó lo difícil que le resultó mantener las manos a los lados de manera natural. Las claras directrices resonaron en su cerebro, no resistir con el cuerpo, no usar las manos, en ninguna circunstancia. Sólo informar con un tono neutral. Lin volvió y le agarró la nalga que todavía no conocía íntimamente, como si calibrase diferencias. Ya sin necesidad de levantar vestido alguno. Disfrutaba claramente.

El corto paso de Lin no sintonizaba con la zancada de Kim. Sin contar con la ansiedad de ella por encontrar algo para el clítoris y volver lo antes posible a la protección, a la estancia helada. Sólo el ir descalza actuaba de freno. Fue Lin la que encontró algo para usar. Una tabla sujetapapeles con un clip de pestañas en su parte superior.

—Aquí la tenemos. ¿Puedo ponértela yo? — preguntó Lin con malicia. Kim asintió enfáticamente. La pinza le parecía demasiado grande y amenazadora comparada a los que solía usar pero ¿quién era ella para discutir? Y no sería mucho rato. La cogió con cierto recelo y se volvió para tratar de volver a toda velocidad.

—Espera, prefiero que la lleves puesta— le dijo Lin.

Y como para ayudarla le acarició los pechos, sopló a los pezones como quitándoles el polvo y pellizcó las nalgas varias veces. Palpó y acarició los muslos.

—Siempre he querido acariciarlos, desde el primer día que te vi. Adoro que estén siempre desnudos.

Kim supo que se refería a los muslos. ¡Si supiera que era la única parte de su cuerpo que se podía tocar y sólo cuando llevaba las pinzas y estaba sola! El contacto había sido tan agradable… Casi dobló las piernas. Aprovechando la excitación, aguantó la respiración y le pidió que le colocase la pinza. Las primeras veces el clítoris no estaba lo suficientemente hinchado y eso había sido motivo de frustración para Roger. Ahora ya nunca ocurría. Con cierta satisfacción, Kim comprobó que Lin acertó a la primera sin tanteos, mostrando gran habilidad. El dolor intenso y penetrante la embargó como siempre. Lin estaba atenta y comenzó a acariciarle los pezones, tiró de ellos, hasta los pellizcó pensando en llevar su mente a otra parte. La medicina parecía surtir efecto y, de manera contradictoria, llevaba más dolor a su zona prisionera, su dilatación natural mermada.

Lin esperó a sentir la respiración de su compañera más calmada y cogió su mano, como si todos los días llevase a una diosa temblorosa y desnuda por unas catacumbas. Los pasos de Kim eran en estas circunstancias mucho más cortos y se acompasaron a los de su amante. La calidez del contacto entre las manos tranquilizó mucho a Kim, hasta que Lin le dijo: “Podría pasar por un vibrador para el clítoris.”

Se sintió más humillada. Recordó que podían encontrarlas en cualquier momento. ¿Cómo explicar su desnudez y más si creían que llevaba un vibrador? Azorada, confusa y excitada. Una mezcla explosiva. Lin paró un par de veces para jugar con los pechos y con los muslos. Kim no hubiera sabido llegar sola o hubiera tardado una eternidad explorando pasillos. El alivio que sintió al retornar a la zona de los servidores se disipó en cuanto la frialdad rodeó su cuerpo, con saña en los pezones.

—Cierra los ojos, tonta. O te excitarás con mi cuerpo. Quiero saber si tu lengua raspa mucho.

En cuanto su lengua tocó un par de veces los arrugados labios, sin tiempo a buscar el clítoris de Lin, sintió como se corría. ¿Cómo era posible? ¿Y el chip? Lin no tuvo reparos y gritó. Cerró las piernas y la cabeza de la solícita sumisa quedó encerrada entre los muslos, algo escuálidos, de su ama. La piel era suave. Y sabía que era ligeramente pálida. Con los mofletes y las orejas podía adivinar como era el tacto del interior de los muslos que la aprisionaban. Deseaba que al menos le acariciase los pechos como agradecimiento. Sabía que ese pensamiento era un error. Pero no pudo evitarlo. Lin debió presentirlo, por la forma que hinchó los pechos o por el callado susurro de los pezones. Los dedos exploraron con tranquilidad, comprobando la textura y la solidez. A Kim le pareció poco.

—No tenemos mucho tiempo, cariño. Y quiero un par de orgasmos más.

Le colocó la cabeza otra vez entre los muslos y Kim sacó la lengua para satisfacer lo más rápido posible a su amiga. Otra vez fue casi instantáneo el orgasmo. Le dejó estar un poco más e introdujo la lengua en una empapada vagina. Como si sintiese vergüenza le retiró la lengua. Un roce en los pezones, que le supo a gloria y sintió como atrozmente fugaz e injusto, -otro pensamiento que debía haber evitado-, para notar como le volvían a pedir otro orgasmo. Con la sabiduría de la experiencia previa fue coser y cantar. Ya no hubo tiempo para más. Había olvidado el dolor del clítoris, que retornó para no irse.

No había tiempo para sus pezones pero sí para devolver la pinza a su lugar. Lin la acompañó al indicarle Kim que no encontraría sola el sitio. Algo irritada fue con ella. Esperó pacientemente a que se calmase cuando se quitó la pinza. La sangre fluyó, los nervios se descomprimieron. Kim se mantuvo quieta y bien erguida todo el tiempo. Esperaba alguna caricia, cualquier tipo de contacto. No llegó. Volvieron. La excitación no dejaba de atormentarla, percibiendo a su colega satisfecha. Totalmente desnuda frente a la vestimenta completa de Lin. Tuvo una pequeña victoria cuando Lin le agarró el culo con fuerza, incapaz de resistirse. Era un choque de trenes. Lascivia era la palabra. Guerra, -no amor-, la respuesta.

—Espérame junto al ascensor. Voy a recoger tus cosas— fue el comentario de Lin cuando se encontraban junto a la puerta cerrada. No le permitió vestirse hasta que no pulsó el botón de su planta y las puertas se cerraron.

—Primero los tacones— indicó. A toda velocidad, Kim se colocó los zapatos con su gesto habitual. La humedad entre sus piernas afloró. Ya estaba preparado el vestido, se lo puso a toda prisa y anudó lo mejor que pudo el cordaje del cuello, preparando el nudo para que un simple tirón lo deshiciera. Mientras tanto, Lin le colocó el cinturón y lo apretó al máximo. Kim contrajo lo que pudo el estómago. También notó como los pezones protestaban con tanto trasiego entre las hebras de lino. Quedó tiempo de sobra para recibir un buen pellizco en la nalga con el vestido levantado. Las puertas se abrieron justo cuando Lin dejó de manosearla. El borde del vestido todavía cayendo. Kim saludó con su mejor sonrisa a los que esperaban en la puerta del ascensor. Salió como si tal cosa.

—Hasta luego, Lin. Luego te veo.

—Hasta luego, tesoro— replicó la satisfecha ama, divagando con la mirada ante las largas piernas desnudas de Kim mientras se cerraba el ascensor se dijo: la vida puede ser maravillosa.

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