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Cuñada solidaria (Última parte)

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Durante la madrugada del jueves mi mujer Paola no pudo dormir bien a pesar de que el ardor de la cistitis había cedido ya bastante. Así que me acariciaba el pecho velludo como buscando regocijo. Normalmente hace eso cuando desea sexo, pero ésta vez ella era plenamente consciente de que era imposible. Así que se contentó con acariciarme, pasar su mano por mi abdomen y de vez en cuando rozar mi pene por encima de mi calzoncillo muy suavemente. Por un momento me dieron unas ganas tremendas de cogérmela y una erección fulminante se produjo espontáneamente.

-Ay amor con ganas de montarme encima

-Y yo de metértela ahora mismo, pero es mejor tener paciencia amor.

-Sí, lo sé

Nos quedamos dormidos sin musitar más palabras hasta que la alarma matutina sonó para que ella empezara su rutina e irse al trabajo. En mi pensamiento estaba Sara, su culo redondo de tez clara, sus gemidos. En mi cuerpo había aun restos de las placenteras sensaciones del sexo del día anterior. La ansiedad se comenzó a apoderar otra vez de mí. Deseaba con fuerza que fueran ya las diez de la mañana. Yo era consciente de que algo había trascendido entre mi cuñada y yo. La cosa se había salido de lo puramente solidario y médico. Había cierta emoción en la atmósfera.

-Amor, ven aplícame el medicamento por favor!

Mi mujer me sacó de las cavilaciones con su hermana mayor. En la alcoba, con las piernas abiertas noté su vulva a todo dar, recién afeitada. Me provocaba metérsela. Yo andaba demasiado sexual como para no desearla.

-Se te ve bonita, como para lamerla.

-Ay amor, no me digas eso, que me pones caliente. Me arrechas.

Le apliqué su medicamento pastoso, se puso su prenda íntima y continuó vistiéndose para marcharse al trabajo.

Pocos minutos pasaron después de que mi mujer saliera cuando recibí una llamada en mi teléfono móvil. Era Sara para decirme que no iba a poder venir a la hora habitual, sino que vendría en unos minutos porque tenía una diligencia inesperada que hacer. Rápidamente me fui al baño a tomarme una ducha y oler a limpio. Aun me estaba yo secando el cuerpo cuando escuché su voz gritar.

-Cuñis, ábreme por favor!

Subió y al abrirle la puerta estaba vestida con una blusa de tirantas azul turquí y un mocho o short de tela jean con flecos bien ajustado a su pelvis que dibujaba sus curvas. Lucía un poco vulgar ciertamente, pero muy caliente.

-Cuñis. Quiero que me cojas como ayer. Rico

-Siempre te lo voy a hacer así. Rico. No he dejado de pensarte y desearte toda la noche.

-Yo también cuñis. No sé qué me sucede. No era la idea.

-No te pasa nada. Deja que las cosas sean lo que van a hacer. Así es más placentera la vida.

-Ay cuñis, no, no, no me siento cómoda con esto. Pero me encantó el sexo contigo.

No le argumenté más nada. La tomé de las manos. La acerqué a mi cuerpo cubierto apenas por la toalla desde la cintura hacia abajo y la ajusté con una fuerza sutil. La abracé con mis brazos cruzados rodeando su cadera. La miré a su cara que apenas si se separaba de la mía. La respiración era intensa, agresiva. Dejé caer mis manos un tanto y puse cada una en una nalga. Apreté su culo con actitud segura y la así obligándola a empinarse un tanto. Su boca rozó la mía inevitablemente. Su respiración se hizo cortante y su mirada emitió un brillo de lujuria. La pupila estaba dilatada. No le di oportunidad para la duda o el arrepentimiento. Apretujé aún más su culo de manera vulgar y descarada. Estampé mi boca contra la de ella y un beso profundo, alocado, carnívoro y desaforado prendió fuego al deseo represado desde ayer.

Se entregó al beso. El movimiento sinuoso de su cuerpo contra el mío deshizo el nudo lateral flojo de mi toalla que cayó al piso de cualquier manera. El beso siguió su curso. Su lengua húmeda, carnosa y cálida jugaba con la mía. Entraba en mi boca y a ratos era la mía la que entraba en la de ella. Fue un beso sellador, atrevido, dulcemente prohibido. Sara vencida, también me abrazaba. Acariciaba mi pecho y su mano tanteaba sin precisión mi pene duro que se estallaba contra la tela gruesa de su short de jean. Sin dejar de besarnos fuimos andando como levitando hacía mi cama matrimonial en la que nos dejamos tumbar aun con las sábanas desarregladas y con el olor a cuerpo y perfume de mi mujer. Sara se sentó al borde y ella misma retiró su blusa que dejo caer al suelo. Los senos carnosos se asomaban jugosamente vomitados en la v de sus sostenes. Me miraba con sus ojos grandes negros y expresivos. Abrió su boca y engullo mi verga de un solo tajo, sin avisos y titubeos. Era mi mujer en ese momento. Se la comía con delicadeza y placer. No dejaba de mirar hacia arriba para buscar mis ojos y asegurarse que me estaba dando placer.

Yo ayudaba a que su mamada fuera más placentera tomándola delicadamente por su cabellera espesa y acariciando su cuello. Sentir su boca y el jugueteo de su lengua húmeda recorrer mi verga me llevaba al cielo. Aproveché y deshice el broche trasero de sus sostenes y por fin liberé ese par de tetas. Ella continuó engullendo mi verga. Mi boca sintió una sed, una ansiedad repentina por comerse esos senos blancos y abundantes tan diferentes a los de su hermana.

Se cansó. Su boca estaba floreada, vencida, rojiza. Lucía sexy así desnuda desde arriba hasta su cadera. Solo mantenía en ese momento el jean corto de flecos como chica caliente. Entonces se dejó tumbar boca arriba en la cama. Yo me le encimé como león cazador. La besé en el cuello y desaforadamente ataqué sus senos. Los lamí uno a uno. Los besó como si fueran los últimos del mundo. Los chupé con cadencia y cordura asegurándome de tocar sus partes sensibles. Sus pezones eran marrones claros amplios y ovalados bien definidos. Que tetas lindas tiene mi cuñada. Alguna vez mi mujer me había comentado eso. Que lo que más bonito tenía su hermana mayor eras sus tetas perfectas. Sí que lo eran.

Ni le pedí permiso. Me senté en su pecho. Puse mi verga mojada de su boca entre sus senos y se los ajusté con mis manos. Comencé a menearme para masturbarme con ellos. Ella sin hablar y manoteando retiró mis manos para poner las de ellas y manejar el ritmo de la paja. Me encantaba verla así. Sus ojos medio cerrados, dilatados, sus manos maneando sus tetas, mi verga cubierta por su carnosidad sinuosa y su cabellera negra y espesa desparramada en la sábana deshecha de mi propia cama. Me estaba haciendo una paja rusa sin precedentes. Yo no podía creerlo.

-Cuñis ya. Quiero verga por favor!

Yo mismo me desmonté de su cuerpo. Le deshice el botón de su short. Ella levantó sus caderas y le deslicé por sus piernas de un solo envión su short y su panty negra. El olor a chocho invadió la atmósfera. Ese olor penetrante se sumó al que había ya desde la mañana al de su hermana. Lancé en cualquier lado su ropa y por fin la tuve completamente desnuda ante mí. Sara estaba entregada a mí.

-Penétrame cuñis

No lo hice. Quería jugar y desesperarla. Me zambullí entre sus muslos y posé mi lengua explayada y con fuerza contra su concha velluda. La deslicé como perrito. Lamía su melcocha sin piedad. Sus carnes estaban muy húmedas. Chupaba su zona de clítoris con mucha determinación. Tomé posesión de mi cuñada. Me porté mal, atrevido, descarado y tremendamente posesivo. No le di respiro alguno. Solo escuchaba sus gemidos ahogados y sentía el temblor en sus piernas a lado y lado de mis orejas. Su torso se contorneaba como gusano y sus manos agarraban sin control mi cabeza que se hundía en su sexo oloroso y mojado.

Inicié una chupada intensa, sin cesar ni compasión justo en su zona más sensible. Las lubricaciones mojaban mi boca enteramente. El olor y el sabor de su sexo me embriagaba y mis manos se extendían para jugar con sus pezones allá en la superficie. Sara gemía, gritaba, jadeaba, decía obscenidades y me incitaba a que siguiera comiéndome su calurosa vagina. Entonces su gemido se hizo más intenso y desgarrador y la respiración se cortó en un grito ahogado. La dejé disfrutar su orgasmo. Acariciando tenuemente sus mejillas y posando la punta de mi verga en la entrada de su raja sin penetrar.

Su respiración volvió poco a poco a su ritmo normal. Sus pupilas estaban dilatadas y con un brillo lunático. El olor a sexo era aún más penetrante y las sábanas ahora más desordenadas habían desnudado la cama.

-Cuñis, dale. Métela por favor!

Lo hice. La penetré despacio. Observé con morbo como mi pene fue desapareciendo entre la vorágine oscura de sus vellosidades. Entró toda. Se la metí. Me acomodé encima. La besé con amor y comencé a menarme. Su vagina estaba muy húmeda y cálida. Ella terminó el beso para dedicarse a gemir. Necesitaba hacerlo. Jadeaba con cada embestida. Sus manos casi arañaban dulcemente mi espalda y mi cuerpo se escurría pandeándose encima del de ella. Era rico hacer el amor así. Era lo deliciosamente prohibido que me había sucedido en la vida. La penetraba con fuerza de macho. Mi pelvis se golpeaba contra la de ella. Tac, tac, tac, tac, tac sonaban nuestros cuerpos y un crujido suave emitía la cama. Eran los sonidos rítmicos del sexo. Rico sexo.

-Quiero subirme cuñis. Puedo?

Me acosté boca arriba. Claro que yo quería. Por fin esa pose tan deseada por mi morbo.

-Ten cuidado Sara.

-Tranquilo

Ella se sentó en mi pelvis. Sentí el calor de su vulva en mis vellos púbicos. Sus tetas desnudas lindas atraían mi vista. Poco a poco se fue deslizando despacito hasta que la punta de mi verga rozó su culo. Se acomodó y luego sin mucho esfuerzo ya estaba apuntalada en la entrada de su raja. Solo meneó un poco su cadera y sentí como mi verga entraba otra vez en su gruta. La llené nuevamente mi cuerpo. Yo metido en ella. Empezó a menarse despacio sin dejar de mirarme para asegurarse de que yo me sentía cómodo con pose. Yo no podía dejar de mirar sus senos jugosos caídos. Levantó su torso para sentarse completamente con más confianza. Empezó a subir y a bajar despacio con sus manos en sus caderas. Era increíblemente sensual verla así hincada en mi verga. Disfrutando cada sentada. Era la primera vez que yo podía disfrutar de esa pose sin tensionarme. Mi pene ahora derecho no corría riesgo. Sara subía y bajaba sin problema. Sus tetas se balanceaban y yo no dejaba de mirarlas.

-Cuñis, solo te gustan mis tetas por lo visto

-No, Me gustas toda. Pero tus tetas son lindas. Muy lindas

Se inclinó y me las puso cerca de mi cara. Ella misma hizo una pausa y acomodó una almohada para que mi cabeza se inclinara hacía adelante. Las tuve en mi cara. Ella se meneaba y sus senos rozaban mi cara. Que placentero sentir eso. Las tomé con mis manos y las comencé a chupar una a una mientras Sara no dejaba de menarse hacia adelante y hacia atrás.

-Esto me va a hacer venirme otra vez cuñis.

Su voz se hizo gemidos y mi verga hurgaba dentro de su sexo carnoso y cálido. Por momentos nos besábamos en esa pose cómoda. Mi boca no descansaba entre besar sus labios y comerme sus tetas. Pero esta vez fui yo quien anuncié

-Sara me voy a venir, me voy a venir.

Ella aceleró el ritmo de sus caderas. Su culeo se hizo más intenso y cadencioso. Con eso lo decía todo. Quería mi semen dentro. Deseaba sentirse mujer.

No dije más nada. Solo me abandoné a los abismos del placer infinito. Cerré los ojos, solté sus tetas y emití un gemido profundo cuando sentí que el primer chorro salió disparado allí entre sus paredes vaginales. Ella sonrió de placer mirando mi rostro de gestos orgásmicos. No dejó de menearse y gozar morbosamente sintiendo las palpitaciones de mi verga dentro de su sexo. Se quedó quieta para sentirse mujer poseída. Sintió un temblor en su cuerpo y dejó que su segundo orgasmo recorriera su cuerpo. Se recostó encima, su boca buscó la mía y nos dimos besos de recién enamorados.

Se desensartó de mi pene ya casi fláccido y sentí que mi semen salía a borbotones de su vagina para mojarme la pelvis. Era bastante cantidad la verdad.

-Botas bastante leche cuñis.

-Te parece?

-Alberto no bota así tanto.

-Ah no?

-No cuñis. Creo que tu pene funciona de maravilla. Todo está bien. Mañana no podré venir. Alberto no trabaja y el fin de semana ni modo porque estamos con nuestras parejas. El lunes lo hacemos otra vez si quieres. Aunque si me baja la regla ya no podremos. Así no me gusta. Pero igual vengo así sea a chupártela un ratico jeje.

-Claro que quiero Sara. Ya quiero que sea lunes. Vienes y me la mamas rico.

-Ay cuñis que malos somos. De todos modos ya el miércoles tienes tu cita.

-Si Sara así es.

-Cuñis y cuando es que ya puedes tener sexo con Paola.

-Todavía le faltan como una semana más. Esta desesperada porque se la meta.

-En serio?

-Si, en serio. Pero no puede por lo del medicamento.

-El miércoles después de la cita le diré ya el médico me autorizó y simplemente será cuestión de esperar a que ella esté lista. Sera cuestión de unos dos o tres días y listo.

No hubo más dialogo. Nos metimos a la ducha los dos desnudos. Nos besamos. Nos declaramos amores. Le dije que me gustaba. Ella me confesó que estaba loca por mí. Que mantendríamos esto en secreto. Que culearíamos cuando pudiéramos sin tomar riesgos. Nos besamos muchas veces mojándonos. Sara cuidaba de no mojar su cabello. Ella me enjabonaba y yo a ella. Yo terminé erecto a los pocos minutos. Ella no estaba con ganas pero quiso complacerme. Le pedí que se volteara y se pusiera contra la pared y abriera las piernas. La penetré desde atrás. Fue fácil. Era la primera vez que experimentaba yo esa pose. La cogí un par de minutos pero también mi cuerpo estaba cansado. Ella debía irse. Debía salir a su diligencia.

Se vistió, en la puerta nos dimos un beso largo y profundo. Su lengua con la mía sellaron un deseo y una bonita y prohibida relación febril que duraría mil doscientos treinta y dos días, y doscientos setenta y seis polvos echados entre mi cama matrimonial, su cocina, mi cocina, su cama matrimonial, seis moteles diferentes de la ciudad, una playa solitaria, la alcoba de mis suegros, un callejón perdido oscuro de un pueblo lejano, y la casa de una amiga de ella.

FIN

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