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Eva y su hijo Abel

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Me llamo Eva. Igual que los demás nombres de esta historia, no es el verdadero, pero, total, no creo que estéis leyendo esto por la precisión. Vivo en una localidad que no sé si es más que pueblo, pero menos que ciudad y que tuvo mucha más población y ahora es de esa España vaciada que sale de vez en cuando en la tele.

Mi marido es de un pueblo que sí reconoce serlo. Llevamos casados ya muchos años, y la rutina es la normal, ahora que mi hija y mi hijo se han ido fuera a estudiar, y no hacemos demasiado. Cuando vivía mi madre tenía más ocupación, pero ahora, lo confieso, no hago casi nada de provecho. Yo creo que eso me da las migrañas. Que a lo mejor son dolores de cabeza nada más, que a veces me han dado hasta como mareos, yo creo que de los nervios, y aquella noche me dolía bastante la cabeza, no para irme a acostar, pero sí para estar molesta y sin ganas de nada.

Era final del verano, mi hijo Abel estaba con nosotros antes de volver a la universidad, y mi hija estaba con unas amigas (la verdad es que creo que estaba con un novio, pero no sé). Bueno, pues estábamos a final del verano y en el pueblo de mi marido había fiestas, como siempre. Como siempre íbamos allí a comer con la familia, ver el baile, que a mí me gustaba, pero mi marido nunca me sacaba, y sólo animábamos a los niños pequeños de la familia a que salieran, y así me podía mover un poco yo, si no, qué vergüenza. De todas formas, mi marido estaba desaparecido, yo suponía que en el bar.

Me enrollo de mala manera. Había también aquel año un desfile de carrozas, como se habían hecho en el pueblo hacía muchísimo tiempo, y estábamos en la calle esperando que pasaran, comentando los disfraces, lo bien que resultaba, lo ingenioso del tema... La verdad es que aquella fantasía me gustaba.

De no ser por el dolor de cabeza que me tenía medio de mal humor, lo hubiera pasado mejor. Pero, en fin, cualquier cosa es buena para distraerse. Abel estaba detrás de mí, no había mucho sitio en la acera, y yo me quejé algo del dolor. Abel me sujetó por los hombros y me dio un masaje corto, que la verdad es que me sentó muy bien, me sentí más relajada. Era una sensación rara la de que me tocaran, porque mi marido (que se llama Adán) hace ya mucho que ha decaído en sus atenciones conmigo. Quiero decir que no follamos. No sé si se ve que el tema me molesta, ¿verdad? Entiendo que pasa el tiempo y no se puede esperar tener el mismo ímpetu que cuando éramos jóvenes, pero yo creo que no estoy muy mal, siempre he tenido buen tipo, no me considera guapa de cara, pero mi cuerpo se mantiene bien, no tengo gorduras excesivas, una barriguita que yo considero hasta atractiva... en fin, que ya veis que me pongo a desvariar.

Abel me dio el masaje y a mí se me arregló algo el cuerpo, me empezó un calorcito agradable que fue a parar de los hombros a mi vagina. O a mi chocho, vamos. Que no sé expresarme sino así, o doy vueltas o entro por la puerta para adentro con la caballería. Me iba y venía el calor que notaba en los oídos, no sé si os ha pasado alguna vez. Unos latidos que no eran del corazón, sino de todo el cuerpo que se iba desperezando, despertando después de tanto tiempo.

Aquel calor me hizo hasta sonreír, y preocuparme, porque era mi hijo el que me estaba produciendo aquel gusto, y eso no estaba bien, para algunas cosas tenía que haber un límite... Eso pensé, pero el calor que se iba apoderando de mí, con el movimiento nuevo que estaba experimentando, y los líquidos que empezaban a fluir por donde antes había desierto... Ese calor fue el culpable. Se me iba hasta aflojando el dolor de cabeza, me mejoraba la circulación... Pero, claro, eso me estaba pasando a mí, ¿estaba malinterpretando a Abel? ¿Y si a mí me ocurría todo aquello y el origen era todo mental mío, y el chico en realidad era un buen hijo sin más?

Me preguntó si me sentía mejor. Qué voz tiene el chiquillo, que me sobrepasa una cabeza, qué voz más suave, me resonó en todo el interior como si me fueran dando un lengüetazo que no acababa, no sé expresarme mejor. Sí, mucho mejor, se me quebraba la voz. Erguí un poco la espalda, ahora no me molesta tanto la cabeza, es aquí donde está peor, dije señalando las sienes, porque, efectivamente, allí se había concentrado la lucha contra el fuego, me parecía. O estallaba o me desmayaba.

Y entonces Abel, con dos dedos por cada lado, me tocó las sienes y me fue dando masajitos en redondo, con lo cual yo tuve que cerrar los ojos, porque si no me iba a dar cuenta de la situación que era imposible, y a lo mejor me despertaba o yo qué sé, y querían mantener ese momento de calor que me iba recorriendo y me iba despertando el deseo dormido, a la vez que me calmaba, extrañamente se iban combinando las dos sensaciones en mi cuerpo abandonado a las manos de mi hijo. Mi cuerpo soy yo, claro, así que no era otra cosa en medio, era yo con mi hijo, gozando de la sensualidad del momento.

Di un paso atrás. No sabía a qué distancia estaba Abel, pero estaba cerca, y supongo que él dio un paso adelante, hasta tocarme las nalgas. Un bulto que noté me indicó qué intenciones eran las suyas, que no era un detallito con su mamá, sino que la erección era de hombre que buscaba hembra. Menuda erección, no es porque sea mi hijo. Me rocé con su pene, intentando, ahora que tenía los ojos abiertos, mirar a todos lados, menos a donde me interesaba. No me iba a dar la vuelta, que quedaría raro con el desfile pasando. Abel había dejado las manos libres, y a mí también.

Seguí, aprovechando que la luz no era mucha, rozándome el culo con su polla, despacito, recuperando el sentido del tacto en aquella zona, bendiciendo el verano que me hacía llevar un pantalón ligero, y a él un pantalón corto deportivo. No me importaba nada lo que nos rodeaba, sólo quería tocarlo, así que eché las manos atrás y le toqué la polla, subiendo y bajando por toda su altura, dentro del pantalón, que estaba a reventar. Me imaginé el slip que habíamos comprado en el mercadillo, estilo speedo, tenso con aquel miembro.

Así estuvimos no sé cuánto tiempo, el tenso, duro, y yo derretida, derritiéndome. Luego, cuando acabó el desfile, tuvimos que volver a la casa de la familia. No había mucho más que hablar. Mi marido tenía el coche viejo, con lo que yo, mencionando la jaqueca, dice que me iría a casa, que Abel me llevaba en el coche más nuevo (no era gran cosa, pero era más nuevo).

Abel conducía. No nos dijimos nada durante el principio del trayecto. A mí me daba vergüenza y temor. Las intenciones estaban claras, pero y ahora, ¿qué hacíamos? Llegando ya cerca de casa me atreví y le puse la mano en el muslo. Abel... empecé. Mamá, dijo él. Yo moví la mano sin accidente hasta su entrepierna, voluntariamente, quiero decir. Noté su pene, el bulto de sus huevos debajo, la tela tan lisa del pantalón... Aparté la mano y fui por el muslo a la rodilla, sólo por darme un respiro, como el que tomaba él de respirar agitado. Mantuve la mano en su muslo hasta que llegamos y aparcamos. Sin accidente había sido el que yo le tocara, sin accidente quería llegar a casa.

Salimos del coche sin decir palabra, y fuimos al ascensor. Yo no sabía qué hacer; o sí, pero no cuándo. Se cerraron las puertas y me rodeó la cintura con sus brazos, desde atrás. Me acerqué, noté el calor de su cuerpo que volvía a quemarse con el mío, mientras, repitiendo la posición de hacía un rato que me parecía ya siempre habíamos tenido. Se inclinó un poco y le oía respirando cerca, me olía el pelo, fue bajando mi niño hasta la nuca, y me besó allí; donde se concentraba todo el deseo que llevaba yo aquella noche, donde se formó el centro de mi mundo, donde se fundía todo mi cuerpo y quería salir por ese punto que él había tocado. Me estremecí.

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Llegamos a casa. Abrimos la puerta, y no encendimos la luz. Qué extraño el piso sin gente, de noche, qué ajeno. Frente a frente, le toqué el cuello, nada más cerrar la puerta, le atraje a mí, busqué sus labios y empezamos el beso más dulce en muchos años, solamente los labios al principio, pero luego las lenguas se fueron abriendo paso y estuvimos largamente besándonos y acariciándonos, hasta que se fueron acompasando las respiraciones y llegaban a ser una sola.

Sin encender las luces, sólo con la que venía de la calle, entramos, en silencio, en el nuevo piso, donde todo era diferente y yo no reconocía nada. Me llevó a su habitación, no sé si por no estar donde yo había estado con Adán. En su cama, tendidos lado a lado, seguimos besándonos, y él me iba acariciando los pechos ahora por vez primera, me sujetaba la cintura, me acariciaba los muslos, que a pesar de la ropa notaban el suave tacto de sus manos. Yo le besaba los labios, la cara, el cuello, me atreví un poco con el borde de su polo, toqué sus muslos que usé para sujetarme y no caerme de la nube en la que me iba flotando.

Le levanté el polo y besé sus pezones, mientras él daba un respingo y gemía un poco, animándome así a que siguiera. Ahora era yo quien estaba en sus pezones, como él de niño había estado en los míos. Yo no pensaba ya, sino que me dejaba llevar por el ritmo que íbamos descubriendo, que iba surgiendo entre los dos. Le quité del todo el polo, aspiré su aroma, el desodorante que conocía desde hacía años, y el otro olor que no conocía, y que sin embargo era tan cercano, el del hombre al que ahora me entregaba.

Íbamos besándonos sin hablar nada, sin luz, y sin embargo nos entendíamos, y nos veíamos con una claridad cegadora. Ahora él me iba desnudando, quitando la blusa, soltando el sujetador, me acariciaba los pechos, acercaba su boca a mis pezones que ya le esperaban erectos, ansiosos como toda yo. Me chupó. Yo gemí, sin poder evitarlo, pues ya no era pensamiento, sino sensación. Qué suaves, qué delicados, qué duros sus besos, su forma de chuparme las tetas, cómo me acariciaba todo el cuerpo, de arriba abajo. Siguió un tiempo así, hasta que por fin, de mutuo acuerdo, sin que tampoco ahora dijéramos nada, nos separamos y empezamos a desnudarnos. Tiramos la ropa al suelo, él me paró cuando iba yo me había quedado en bragas, un modelo que se ajustaba mucho, y que yo prefería a la braga de abuela, que destacaba mi culo, del que podía presumir, y que cubría mi vulva depilada, que a pesar de todo yo me mantenía dispuesta siempre no sé para quién o qué, pero siempre con la ilusión de verme en el espejo y decirme no estás tan mal. Eva.

Me paró no para que no siguiera, sino porque quería desnudarme él. Estábamos de pie, vi que tampoco se había quitado su slip, tirante con su polla tiesa. Se agachó y me sujetó las nalgas con las manos, mientras me paseaba los labios por mi triángulo, mullido y húmedo. Sacó la lengua y me lamió desde fuera, rodeando el borde de la braguita a la vez que introducía las manos debajo de ella para acariciarme las nalgas, llegando a acariciarme con los dedos la raja, y bajando desde el ano a la vulva desde atrás. Yo gemía como nunca había hecho con Adán, siempre recatada, y ahora abandonada a esta comunicación sin palabras.

Me siguió lamiendo hasta que me bajó la braguita, y entonces me visitó el contorno de los labios, y finalmente entró la punta de la lengua, que fue recorriendo mi rajita, ayudándose de los dedos que me iban abriendo poco a poco. Yo no entendía, pero agradecía, la lentitud con que mi hijo me iba haciendo suya; en vez de atacarme y hacerme suya con voracidad estaba disfrutando como me hacía disfrutar a mí, como si el tiempo se hubiera acabado para los dos, no existiera más, y por eso teníamos todo el tiempo del mundo. Fue aumentando la velocidad de los lametones, subió las manos a mis pechos, que acariciaba y apretaba alternando un placer con otro.

Su lengua ahora entró en mí, fue buscando por el laberinto de mi cuerpo y me llegó al clítoris, que atacó con una dulzura que me hacía estremecer de gusto. Me rodeaba y se iba, me extraía de mí y me devolvía a sus hombros, donde yo había apoyado las manos. Fue aumentando la velocidad y la potencia de su lengua, y yo mis convulsiones, mis temblores, hasta que, casi cayéndome sobre él, moviéndome toda porque toda yo era ya esclava de su lengua, me corrí.

Esa fue la primera vez que me corrí con mi hijo aquella noche.

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