Hetero: General - Sadomaso

Relato erótico

Elena (A.C.) - mi masoquista II

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RESUMEN

Ella se mantuvo ajena hasta que se incorporó y, sonriendo, me plantó un riquísimo beso de lengua que jamás olvidaré. Se replegó hasta la base de la cama y abriéndome las piernas nuevamente, me preguntó: “¿qué quieres hacerme?”.

Después de aquella noche en el hotel, el sexo con A.C. fue increíble. Jamás me había acoplado de esa manera con otras mujeres (a decir verdad, solo con otras dos).

Cada sesión de sexo era una autentica exquisitez. Por mi parte, siempre quede satisfecho y espero que hubiera sido el caso de ambos. A.C. era una autentica masoca y me lo demostraba cada vez que teníamos la oportunidad de coger y eso a mí siempre me ponía a cien.

Por tonterías del destino y las múltiples actividades a las que estaba sujeto en esos tiempos impedían que, tanto mi relación con ella y el sexo con ella, se vieran menguados en cuanto a mi presencia. Incluso, ese era un tema recurrente en nuestras interminables peleas. “Nunca tienes tiempo… apenas y tienes tiempo para verme”; “Siempre está la banda y las tocadas por encima de mí”; “Todo el tiempo te estoy esperando y estoy harta de esperarte”.

Como justificación personal, si estaba inmerso en muchas actividades, aunque ella nunca quedo al último lugar, como siempre argumentaba. Soy un intento de músico; toco de manera lirica el piano y siempre he estado inmerso en el ámbito musical. También estudiaba la carrera en una universidad privada en la Ciudad de México (y todo mundo sabe que, pese a ser trabajo escolar… el trabajo es mucho… y más si uno quiere llegar lejos y superarse…) y además trabajaba de medio tiempo en una productora, como editor de video. Con la banda, tenía ensayos programados los lunes en la noche y los sábados en la mañana; tocábamos viernes en la noche y domingos en la colonia Roma. Todo esto, siempre, a la par, de mantener buenas notas, cumplir con compromisos sociales, familiares y ayudar en las tareas de la casa.

Eso sí, siempre hacia un espacio para A.C. Reitero, siempre. Sin embargo, esa y algunas otras cosas más fueron los detonantes para nuestra ruptura. Basta de explicaciones, volvamos a la historia…

El hecho de volver a encontrar a alguien con aficiones (o filias, según algunos…) similares o conformes a las tuyas es bastante raro. Sí, yo sé que existen los chats bdsm, foros y lugares de reunión, etc., pero nunca he sido predilecto para utilizar esos medios (ya saben, algunos son perfiles falsos o están llenos de publicidad o son personas que solo prefieren perjudicar a otros…etc., aunque si alguno(a) gusta contactarme, siempre existe el correo electrónico o los comentarios que uno puede poner en esta página). Pero yo había encontrado a alguien y vaya que fue una buena ventura.

A.C. me sorprendía, me excitaba, me llenaba y me hacía disfrutar cada instante con ella. Era perversa, dispuesta y libidinosa. Entre todos los encuentros, hay un par o quizá más que son dignos de mención antes de que nuestra relación diera un giro de 180º.

Hubo un fin de semana espectacular que, de solo recordarlo, sonrío. Comenzó en un conocido local en los linderos de mi adorada UNAM, casi junto a la entrada del metro Copilco. Ahí, venden una de las mejores pizzas que he probado, además de una deliciosa cerveza oscura de barril. Sobra decir que, pese a haber llegado a medio día, a las 3 de la tarde ya estábamos un poco ebrios. En un momento dado, debido a mi inhibición, me acerqué a ella y por debajo de la mesa toqueteé descaradamente su vagina y para mi alegría, ella jamás cerró sus piernas; muy al contrario, las abrió más para facilitarme la maniobra y mientras me miraba a los ojos con una leve sonrisa llena de lujuria, suspiró dulcemente.

Jugaba y frotaba su bella vulva sobre el pantalón, mientras seguíamos conversando o de repente nos besábamos. La mesera, cuando cayó en cuenta de lo que hacíamos, nos soltaba miradas de desprecio e indignación. Eso nos divertía enormemente y cada vez nos descarábamos más, hasta que noté que hablaba con uno de los dueños del local. Pedí la cuenta y nos movimos a un billar, para seguir tomando y disfrutando de aquel ligero exhibicionismo.

En esa ocasión no llevaba auto (estaba en el taller) y A.C. hizo otro tanto en el traslado de la pizzería al billar dentro de un taxi. Ambos estábamos completamente desinhibidos y completamente calientes. Sólo al subir, tomó posesión de mi verga y, aunque nunca la sacó del pantalón, me masturbaba y de vez en vez, se agachaba y la besaba, mientras yo estrujaba descaradamente esas potentes nalgas que tenía.

Llegando al billar ordenamos una cubeta de cervezas (Victoria… porque esa marca es su favorita) y comenzamos a jugar. Ambos decidimos bajarle los ánimos un poco, pero era prácticamente imposible. Ella me provocaba cada vez que tiraba. Traía una blusa negra escotada y sin importar que yo o cualquier persona en el billar observara sus tetas, que, al inclinarse, salían a relucir. Incluso, se demoraba más de lo suficiente para que yo la viera. En ocasiones, me daban arranques de lujuria y la besaba y manoseaba por todas partes durante unos instantes, para después soltarla y alejarme. Ella también lo hacía. Un delicioso tormento que ciertamente nos divertía.

Cuando miré el reloj eran cerca de las 7 de la noche y el alma se me cayó a los pies, puesto que ella tenía que regresar a su casa a las 8. Sin dinero para abordar un taxi, nos dirigimos al metro más cercano: C.U. Ahí, hicimos otro tanto, presas de nuestro mutuo deseo y el alcohol que corría en nuestra sangre. Nos fuimos al último vagón e iniciamos un suculento “faje”, completamente ajenos al mundo exterior que nos rodeaba. Conscientes de que podría ser extremoso coger ahí, en un vagón semi abarrotado de gente, decidimos sólo besarnos y tocarnos descaradamente. Al tocar su entrepierna noté que estaba encharcada a pesar de traer un grueso pantalón de mezclilla. Mi verga estaba a punto de explotar y amenazaba, literalmente, con agujerar mi pantalón. Ella me acariciaba fuertemente por encima y con otra mano en ocasiones, tomaba mi nuca. Yo era alguna especie superior a un pulpo, pues recorría su cuerpo, tocaba, estrujaba, amasaba. “Respeto, por favor”, “váyanse a un hotel, por Dios”. Recibimos ciertos comentarios de esos cuando ella jadeaba como toda una perra en celo. Sólo alcanzábamos a reír y continuar con aquel delicioso magreo hasta que llegamos a nuestro destino.

A unas cuantas calles de su casa miré el reloj y milagrosamente habíamos hecho 40 minutos desde las áreas circundantes del E. Azteca a la famosa colonia que se relata en el buen libro de José Emilio Pacheco: “Las batallas en el desierto”. Ella me vio hacer ese gesto justo cuando veníamos saliendo de la estación del metro Chilpancingo, y me susurró al oído: “aún estoy muy caliente… tenemos 20 minutos para hacer algo… ven”. Tomó mi mano y me guio hasta una calle pobremente iluminada a un par de cuadras de ahí. Eligió un pórtico sin luz de las casas que había sobre la calle y se desabrochó el pantalón mirándome a los ojos.

—Oye, no podemos coger aquí… es muy arriesgado – le dije – aunque ganas no me faltan.

—¿Quién habló de coger? – me dijo ella con una sonrisa

Metió su mano, se masturbó unos segundos y sacó sus dedos empapados de sus jugos y me los metió a la boca. Yo, chupé con ansias.

—Quiero que me dejes bien limpia la mano después de lo que voy a hacer… - me ordenó

—¿Y qué se supone que vas a hacer? – le pregunté

Sin previo aviso y con una rapidez que me sorprendió, me desabrochó el pantalón y lo bajó lo suficiente para sacar mi verga, se agachó al instante y comenzó una mamada de antología. Ebrio como estaba, la dejé continuar, dado que en condiciones normales no lo habría hecho. Cuando mis ojos se acostumbraron a la leve oscuridad de la calle, noté que ella se masturbaba de manera frenética mientras engullía con afán mi inhiesto instrumento.

Sin embargo, no se metía lo suficiente de mi verga en su boca para dejarme satisfecho. Ella no lo hacía nada mal… de hecho, diría que después de cierta mujer, ella quedaría en el segundo puesto en cuanto a habilidad de felación… y yo diría que he probado muchísimas bocas.

Suavemente, pero con firmeza al mismo tiempo, tomé su cabeza y la empujé con fuerza cuando bajaba hacia mi verga. Ella tuvo una arcada de inmediato, pero no obtuve la habitual resistencia que oponía cada vez que me la mamaba. “Odio vomitar o sentirme ahogada y si me trago tu verga completa alguna de las dos puede pasar… mejor nalguéame y cógeme, ya después te la limpio, aunque sea no más la punta”. Siempre me decía algo así y me la mamaba pobremente, pero esa noche no hizo nada de aquello. Le solté la cabeza, se separó de mí y me miró a los ojos, sonriendo mientras volvía a engullir mi verga y con una de sus manos, guiaba la mía para que hiciera presión sobre su cabeza.

Aquella acción casi me hace explotar en un orgasmo. Pero aguanté y comencé, literalmente, a follarle la boca. ¡Vaya que extrañaba eso! Ella tenía arcadas de cuando en cuando, pero aguantó bien aquel maltrato. Yo estaba en la gloria y ella no dejaba de masturbarse. Pasaron alrededor de 5 deliciosos minutos hasta que, en mi vista periférica, noté a mis espaldas el inequívoco fulgor rojo y azul que delataba la aproximación de los policías. Ella parecía haberlos visto también, pero no se despegaba de mi pene. Rogando que la leve oscuridad de la calle pudiera cobijarnos de aquella patrulla, seguimos en lo nuestro. Justo cuando la patrulla pasaba frente nosotros pensé que no nos había visto; avanzó unos metros más, pero se detuvo y el oficial asomó la cabeza mirando directamente hacia nuestra posición.

Al instante, la empujé, la ayudé a levantarse y echamos a correr en dirección contraria luchando porque nuestros pantalones no cayeran. Cuando estuvimos fuera del alcance de los policías, nos paramos a respirar, nos miramos a los ojos con la respiración agitada y al mismo tiempo, echamos a reír. Reímos como nunca en aquella ocasión. Largo y tendido. Cuando callamos, ella metió casi toda su mano a mi boca y pude sentir el inequívoco sabor de los jugos femeninos. Que delicia.

—Mañana no tengo mucho tiempo libre, pero calculo que tendremos unas buenas 4 horas – me dijo cuando llegamos a su casa – y yo creo que es tiempo suficiente para me cojas como es debido.

—No nos da tanto tiempo para eso si vamos donde siempre – le expliqué.

—Estaba pensando en algo más cerca… - respondió y señaló con su vista un hotel de mala muerte que estaba a una calle y media de su casa.

—¿Estás segura? – pregunté con mis propias reservas

—Pues lo único que me interesa es que esté limpio – respondió segura.

—Si tú lo dices… - acepté de mala gana y respondí con cierto sarcasmo y doble sentido – mañana vamos a “El Paraíso”.

Tan sólo entrar a la habitación, la empujé con fuerza hacia la cama y prácticamente le arranqué el pegado pantalón de mezclilla que llevaba. Ante mi aparecieron las más preciosas piernas que había visto en algunos años acompañados de unas braguitas de satín y una pequeña mata de pelos que me invitaba a clavar mi boca sobre ellos.

Ella se dejó hacer mientras sonreía. Dos sonoros golpes cayeron sobre esos jamones seguidos de un delicioso gemido de places.

—Desnúdate completamente – le ordené separándome de ella.

—¿Y tú qué? – me preguntó mientras se despojaba de la blusa negra que llevaba.

Sin responder a su pregunta, me desnudé a la velocidad del rayo y me senté en un pequeño sillón frente a ella, mientras la veía tendida en la cama y me masturbaba lentamente. Se había quitado todo y me esperaba con las piernas separadas, ofreciéndome abiertamente su vagina. Aun a la vista, se notaba que estaba encharcadísima. Me levanté lentamente sin dejar de mirar sus bellos ojos cafés. Me hinqué y aspiré con fuerza el olor de la impotente hembra que se rendía ante mí. ¡Vaya olor más delicioso! Sin más, le practiqué un obligado oral que ella me agradeció con gemidos. Así estuve como por 20 minutos y tres dedos más hasta que, con un gemido más parecido a un susurro, mi boca se inundó del más delicioso de los néctares. A.C. me apartó violentamente de ella, cerró sus piernas y se colocó en posición fetal, aun gimiendo, presa de un poderoso orgasmo. Era mía. Generalmente, respetaría su tiempo de placer, pero nuestros parámetros en la relación ya eran bastante obvios.

Me acomodé junto a ella y apliqué el termino mejor conocido como “cucharear”. Ella intentó alejarme con sus manos, pero impuse mi fuerza y la sometí. Me moví con fuerza y firmeza, pero lentamente. Ella seguía forcejeando, pero al poco rato se dejó hacer y ella misma me abrió las piernas para facilitar la posición. Agarré uno de sus pechos y lo apreté con fuerza desmedida mientras la escuchaba gemir sin parar. “Te amo”, le susurré al oído y acto seguido, le aprisioné el pezón con aún más saña. Gritó de dolor, pero no quitó mis dedos. Aquello casi me hace explotar en un orgasmo. Le solté el pezón y me dirigí a su monte venus, para estimular suavemente el clítoris mientras la seguía penetrando.

Alterné su clítoris y los pellizcos de sus tetas durante un par de minutos y sin previo aviso, explotó nuevamente en un nuevo orgasmo.

—¡No mames, espérame tantito! – me grito entre jadeos y empujándome

—Pero si yo todavía… - respodí

—Shhhh, dame chance y te dejo hacerme lo que quieras después – me propuso entrecortadamente.

—¿Lo que quiera? – pregunté en un tono inequívoco de venganza.

Ella asintió y la dejé ahí, tumbada por al menos unos dos minutos. Yo me masturbaba lentamente y aproveché para tomarle una foto con mi celular (que aun guardo celosamente). Ella se mantuvo ajena hasta que se incorporó y, sonriendo, me plantó un riquísimo beso de lengua que jamás olvidaré. Se replegó hasta la base de la cama y abriéndome las piernas nuevamente, me preguntó: “¿qué quieres hacerme?”.

Le dije que se quedara así, en esa posición, con las piernas siempre abiertas y que aguantara. Me coloqué junto a ella, de pie, junto a la cama, me incliné un poco y le solté un fuerte azote en toda la vagina. Fue uno bastante fuerte, pero ella solo gimió. La miré y ella correspondió con una sonrisa y descaradamente, subió un poco más su obscena vulva, indicándome que quería más. Le solté otro golpe con la mano abierta, pero éste fue un poco menos fuerte. No gimió ni nada. Solté tres golpes rápidos con la misma intensidad que el segundo y nada.

—Más fuerte – me dijo con una lujuria que sólo había escuchado en una persona.

—¿Segura? – le pregunté con la verga a punto de estallar.

—Mucho, mucho más fuerte – fue su respuesta.

Al instante descargué dos golpes muy fuertes. Soltó un gemido más fuerte, pero no cerró sus piernas. Otros tres golpes con fuerza desmedida sobre su coño y cerró sus piernas. La miré con una ceja levantada y noté que estaba con los ojos cerrados y los puños apretados, pero casi al instante las volvió a abrir y me miró con una cara de dolor y placer que aún recuerdo hasta hoy. Continué por unos 15 golpes con brutalidad sobre su vagina y, aunque a veces, cerraba las piernas, las volvía a abrir poco después. Gritaba, aunque no sabría decir si de placer o de dolor, pero imagino que fue de ambos. Ella al parecer podía soportar más, pues me volvió a abrir sus piernas. Yo, para ese momento, no aguantaba más. De hecho, he de confesar que estuve a punto de correrme sin tocarme. El sólo hecho de hacer eso y saber que a mi pareja le producía placer, me generaba un éxtasis que añoraba volver a sentir.

Le ordené ponerse a 4 patas y la penetré sin más. Al instante, comencé un ritmo frenético, mientras me apoderaba de sus tetas y las estrujaba con malicia, mientras escuchaba sus gemidos. Ella se masturbaba, pese a tener el coño maltratado. Podría mentir y decir que duré horas penetrándola, pero lo cierto es que no aguanté ni 3 minutos. Estaba demasiado excitado y al poco rato eyaculé en su interior y, sabía que aquello, a ella le fascinaba.

Me despegué de ella y le saqué mi verga, aun semi erecta y perdiendo su tamaño. No tuve que ordenar si quiera que viniera a limpiármela. Ella solita se volteó y me la mamó. A los pocos segundos, se incorporó y me besó ardientemente. Me sorprendió notar que compartía mi semen y parte de sus jugos en mi boca. Que delicia. Esta mujer me enamoraba cada día más.

La miré y nos sonreímos. Se levantó y fue al baño, no sin antes recibir una fuerte nalgada de mi parte. Me recosté en la cama, agotado. Si, había durado sólo poco menos de 5 min, pero vaya que aquella había sido una muerte chiquita para mí. A los pocos instantes, ella regresó y se colocó a mi lado. Se recostó sobre mi pecho y la abracé.

—Gracias – me dijo

—Perdona por no haber durado tanto – le pedí con bastante vergüenza.

—Shhhh – me susurró y añadió – eres el mejor.

—Eso dicen todas – le dije tranquilamente

—Lo digo en serio. Jamás había conocido a alguien como tú

—¿No soy yo el que tiene que decir frases cómo esa? – comenté con sarcasmo.

—Pues entonces actúa como tal. Convénceme de que te de la prueba de mi amor – me retó

—¿Acaso no ya eres mía?

—No – respondió con sorna

—¿Ah, no? – le espeté agarrándole una teta - ¿Entonces porque estás desnuda junto a mí y me dejas cogerte y tocarte y maltratarte?

—Porque ya me habías engatusado desde un inicio.

—¿Yo?

—¿Acaso hay otro hombre que esté desnudo junto a mí?

La besé sin más tomando uno de sus turgentes muslos. La recorrí con mis manos de pies a cabeza mientras mi lengua hurgaba en su boca. Al poco rato, mi verga comenzaba a despertar y ella volvía a mojarse. Me tumbé boca arriba y le ordené: “clávatela entera”. No le tuve que decir ni dos veces, porque ya estaba encima, cabalgándome. La aparté un poco de mí, pues ansiaba golpear esas tetas morenas… “Las manos sobre la cabeza o sobre mis piernas” le ordené. Ella, adivinando mis intenciones, sonrió y alzó sus manos, dejándome ver un par de tambaleantes ubres a mi merced. Comencé con golpes ligeros, todos siempre con la mano abierta y fui aumentando la intensidad hasta que los golpes sonaban como una verdadera nalgada. Ella sólo disfrutaba y gemía, mientras yo estaba en el cielo.

5 minutos de ese brutal tratamiento de sus pechos, comencé mi más grande placer: las nalgas. La atraje hacia mí y comencé una fuerte azotanía sobre sus nalgas que ella agradeció con gemidos de placer que casi todo el hotel pudo haber escuchado. No sé cuánto tiempo pudo haber pasado, pero cuando me vine y ella se apartó de mí, sus nalgas estaban rojísimas. Aquella visión me hizo sonreír y, pese a que ya me había venido, me produjo otro pequeño, pequeñísimo orgasmo. Ambos estábamos felices. Ella, golpeada y maltratada… pero bien cogida. Yo, en la gloria por disfrutar del sexo con una mujer así. Le comí el coño una vez más y nos fuimos tras un último orgasmo de ella y unas 10 nalgadas más de mi parte. ¡Cómo adoro azotar culos!

Nos despedimos, aun calientes, a la puerta de su casa con un leve faje y un beso indecente, con la promesa de que pronto repetiríamos un fin de semana como el que acabábamos de vivir.

Prometo seguir con la historia. He estado ocupado, además de que cambié de país de residencia. A ésta historia: A.C., le falta mucho por contar, pero poco a poco. Fui pervirtiendo un poco más a A.C. y, ambos, llegamos a límites que no sospeché, ni siquiera de mí mismo y ella fue la única mujer que ha estado a punto de cumplir mi más anhelada fantasía (aunque tristemente no la he podido cumplir…).

 

Gracias por leerme y espero mostrarme por aquí más seguido. Dirían por ahí: se agradece el “fidbac”. Un saludo… y para aquellas (os) que les guste, les mando una buena nalgada.

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