Hetero: General - Sadomaso

Elena (A.C.) - mi masoquista III

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RESUMEN

Cada encuentro y cada sesión de sexo con A.C. era un auténtico deleite. Desde que ambos coincidimos con nuestros gustos, lo hacíamos cada semana sin falta.

Cada encuentro y cada sesión de sexo con A.C. era un auténtico deleite. Desde que ambos coincidimos con nuestros gustos, lo hacíamos cada semana sin falta. A ella le gustaba ser lastimada y a mí me producía orgasmos lacerar su cuerpo.

Como siempre lo he dicho, me encanta azotar culos y ella también parecía disfrutar cada vez más con el maltrato a su trasero. No había cogida en que sus nalgas no terminaran, de menos, rojas… hubo veces en que terminaban casi moradas, pero ella estaba feliz… y yo también.

La calentura y la química que había en nosotros era increíble. Y hubo dos fines de semana en particular que disfrutamos hasta saciar nuestra calentura.

Resultó un sábado que ella se quedó sola en casa. No estaban ni sus hermanos ni sus padres estaban, pues se habían ido a Querétaro para un fin de semana y ella, inocentemente, había argumentado que tenía mucha tarea por hacer. Así que, con casa sola, planeamos una faena digna de mención.

Arribé a eso de las 11 a.m. a su casa y me recibió con un short de mezclilla pegado y muy corto (el cual su padre jamás hubiera aprobado) y una playera blanca semi transparente, sin bra. Pese a que, sólo verla me empalmé, su cara denotaba cierta tribulación. Aun consciente de dicha característica en su rostro, la saludé con un mojado beso de lengua mientras, con ambas manos le solté fuertísimas nalgadas, para, acto seguido, levantarla en vilo. Ella colocó, riendo, sus brazos sobre mi cuello, mientras en esa posición, amasaba su gran trasero y hurgaba con mi lengua en su boca.

—Te tengo buenas y malas noticias – me dijo mirándome a los ojos cuando se hubo roto el beso.

—Por favor no me digas que no tenemos la casa para nosotros – solté esperanzado

-    ¿Crees que estaría vestida así si alguien estuviera en la casa? – me respondió

—Te doy esa. ¿Cuáles son las malas noticias? – pregunté

—Antes de decirte, déjame me bajo y pasa – me dijo y la solté, pues seguíamos abrazados y continuó – aunque me encanta que me agarres las nalgas.

—El placer es todo mío mujer – le espeté tras una fuerte nalgada y un sañoso apretón de las mismas

—La mala noticia es que… - comenzó pero paró y me dejó en espera

—¿Qué pasó? – le dije tras un momento de espera

—Pues que hice mal mis cálculos y mi periodo se adelantó un par de días, por lo tanto no vamos a poder coger – me dijo con un poco de vergüenza y añadió al ver mi reacción – pero no te preocupes, puedes maltratarme todo lo que quieras y prometo mamártela cada que se te antoje.

—A ver, a ver, a ver mujer… - comencé un poco divertido por esta nueva situación - ¿Por qué no vamos a poder coger? ¿Te dolería que lo hiciéramos?

—No, no es eso – me dijo apresuradamente – es que… ¿no te daría asco?

—¿Asco? ¿En serio?

—Te voy a manchar todo… - me dijo a la defensiva.

—Elena, que estés en tus días, ¿te quita la calentura? – pregunté apretándole una teta amistosamente

—¿En serio no te da asco? – preguntó de nuevo

—Contesta a mi pregunta – le espeté autoritariamente

—No, de hecho creo que estoy un poco – me dijo y al ver mi sonrisa añadió – sólo un poquito más caliente.

—No, no me da asco – contesté – y si podemos usar la regadera y bañarnos, cómo acostumbramos, yo no tengo ningún problema. Digo, no te la voy a mamar ni esperaría que me la limpies… pero fuera de eso no tengo ningún problema con la sangre

—¿Es neta? – me preguntó con una sonrisa llena de lujuria

—Pruébame entonces – le reté – Un verdadero caballero no teme ensuciar su espada de sangre. ¿Cuál es la buena noticia?

—Oh, bueno, no sé si sea una buena noticia, pero espero que te guste… - me dijo mientras bajaba mi pantalón y liberaba mi endurecido miembro al aire y comenzaba a masturbarlo – pero antes de que te diga, métemela de una vez, que ya te extraño.

—¿Qué quieres que? – le pregunté con intención

—Que me metas la verga, wey – me dijo al oído

—Creo que no te escuché

—¡Que me cojas de una vez! – gritó

—Pues desnúdate mamasita y ponte en cuatro, que aquí en tu sala te voy a coger – le ordené.

En un abrir y cerrar de ojos se despojó de sus prendas y estaba con ese potente culo en pompa, volteándome a ver con ansia y deseo. Sin más, me desnudé enteramente, me acerqué a ella y le solté una desmesurada nalgada que ella agradeció con un gemido de placer indiscutible. Eso me animó, pues la había soltado con toda mi fuerza. Descargué cinco golpes más y ella sólo sonreía y gemía. No pude más, la penetré con fuerza y hasta el fondo. La sangre ayudó, además de que ella estaba bastante mojada ya y entré sin dificultades. Gimió como una puta y al momento se comenzó a mover ella misma de modo frenético. Me agradó su iniciativa y la tomé con fiereza del cabello y arqueé su espalda. Ella se dejó hacer mientras se movía como si estuviera poseída. Yo ni siquiera me había movido y me agradó su disposición, pero poco después hizo algo que me dejó alucinado. Al notar que yo no hacía nada, ella misma comenzó a nalguearse y a pegarse de vez en vez en sus pechos, pero no sólo eso, sino que lo hacía con verdadera fuerza. No eran los pequeños golpes que uno ve en alguna peli porno de supuesto “bdsm”. No. Éstos eran golpes con fuerza y con el fin de lastimar.

Casi me vengo en ese instante, pero no hice nada, pues estaba paralizado por sus acciones. Ella me volteó a ver y me espetó: “pégame, maldita sea” y al ver que sólo sonreía, se volvió a soltar una tremenda nalgada mientras me miraba con fiereza. “Quiero que te pegues tú, hasta que ya no puedas. Alterna tus nalgas y tus tetas. Después de eso, sigue mi turno. Me está produciendo mucho placer ver cómo te lastimas tu misma. Probablemente no aguante mucho más, pero quiero que sigas.”

Tras esa orden, ella comenzó un metódico, pero firme maltrato hacia sí misma. Cada nalgada restallaba en el aire y producía música para mis oídos. También, los golpes en sus bamboleantes tetas eran duros, pero no tanto como los de sus nalgas, que ya estaban bastante rojas. Tras unos 5 minutos así (y yo al borde del orgasmo), ella paró y me dijo que, pese a no estar cansada, estaba incomoda. También noté que ya no se movía como al principio y ella misma había bajado el ritmo. Lejos de molestarme, lo entendí y comencé a tomar parte en el castigo, no sin antes hacerla rogarme.

—¿Qué quieres que haga? – le pregunté con sorna

—Que me pegues y que me cojas – me dijo tranquilamente

—No te escucho – le reproché

—¡Quiero que me cojas y que me maltrates! – gritó

—¿Así? – pregunté divertido mientras comenzaba un vaivén semi lento

—Sí, pero más rápido – me dijo jadeante

—¿Más rápido?  - indagué aumentando la velocidad

—Siiiii… aaaaa… asiiií… oh si, así… así…. – gemía y agregó – pero pégame, pégame mi amoooor… ¡PÉGAME, NALGUÉAME!

—¿Así? – volví a inquirir

—Nooo… ahhh… más fuerte… MÁS FUERTE… - me exigía

—¿Segura? – le pregunté al momento que le descargué una con toda mi fuerza, pero ella sólo gimió

—Ohhhh… si, así mi amooorrr… así… OHHHHH, si, así… - gemía con cada golpe y cada embestida – no me quieroooo sentar en una pinche semana… aaaaaa… aaaa… sí, destrozame las naaaa… aaaaa… AHHHH…

No pude más, justo cuando soltó esa frase, tuve uno de los mejores orgasmos de toda mi vida. Ella, ya se había venido una vez, pero quería más, pues aunque mi verga comenzaba a perder su dureza y tamaño, ella se seguía moviendo cuando yo me detuve. “Perdona”, le dije. Ella, feliz y aun excitada, se separó de mí y me besó apasionadamente, mientras me susurraba “te amo”, “te amo”, “te amo” y se reía. Yo, correspondía a todo mientras, seguía acariciando sus maltrechas nalgas y ocasionalmente soltaba una leve nalgadita.

—¿Ya me vas a decir las buenas noticias? – le pregunté después de un largo momento de contemplarnos mutuamente a los ojos

—No sé si sea una buena noticia – me dijo bajando la mirada y separándose de mi – pero cociné algo para los dos y para este fin de semana

—¡Wow! Eso es genial – exclamé sorprendido – me encantará probar algo hecho por ti

—No esperes mucho, porque sabes que no sé cocinar…

—Mujer… cállate. Te amo.

—También te amo – me dijo sonriendo y añadió viendo con desdén mi ensangrentada entrepierna – ¿En serio no te da asco?

—No, para nada – respondí completamente seguro, pese a ser una experiencia nueva para mí – Sólo hay que limpiarnos y listo.

—Estás loco – dijo riendo

—Loco por ti – contesté – ahora, vamos a darnos un regaderazo, que hace algo de frío y después me das de comer.

Alegremente nos dirigimos al baño y mientras observaba su caminar, fue delicioso ver, además del hipnotizante movimiento de ese culo (movido además a propósito con lujuria intencionada), las marcas rojas de nuestras manos sobre él y además, no sé por qué, pero producto de su menstruación, estaba un poco ensangrentado y aquello me excitó aún más, si cabe.

En el baño no pasó nada, simplemente nos limpiamos y ambos disfrutamos del agua caliente. Claro, un apretón de chichi ocasional o cosas por el estilo, pero nada fuera de lo normal. Cuando nos estábamos secando, hice ademán de ponerme mis boxers y me dijo: “ah no, te quiero desnudo todo el tiempo, porque al momento que se te pare, me la quiero clavar otra vez”. Sin embargo, ella si se puso otro short un poco menos provocativo y la misma playera. Reclamé la igualdad de condiciones, pero ella me sentenció: “siéntete libre de castigarme cuando quieras”, por lo cual, la dejé estar, feliz de aquella disposición.

Me dijo que la esperara en su cuarto y que encendiera la tele, que ella subía con la comida. Subió con una deliciosa y natural agua de fresa (mi favorita, por cierto) y un buenísimo pastel de carne. Comimos hasta saciarnos mientras veíamos la pobre programación sabatina. Al poco rato, Elena comenzó a acariciarme sugerentemente a lo cual correspondí con una sonrisa y un buen magreo a sus partes íntimas que jamás me negó. Cuando mi verga estaba apuntando al cielo, ella se despojó de sus prendas y sin más se la clavó. Yo la dejé hacer mientras magreaba sus tetas y de repente las mamaba con placer. Ella gemía mientras me cabalgaba y sentía mi lengua acariciar sus pezones. Me separé y mientras amasaba uno de sus pechos, comencé a estimular su clítoris mientras ella seguía montándome.

Al sentir todo esto, aumentó de ritmo y le subió el volumen a los gemidos. Yo estaba feliz, conteniéndome de maltratar su bello cuerpo. Ella lo notó y me preguntó entre gemidos:

—¿Por qué no… aaaaaa… me maltratas?

—Ahorita te vas a enterar – le respondí tranquilamente

—Pégame… uffffff… soy tuya… házme lo que quieras…aaaaa

Pese a que moría de ganas por hacerlo, quise hacerla esperar un poco más. Cuando noté que se venía, la aparté de mí con un empujón. Ella se dejó hacer y yo me paré con la verga inhiesta y ensangrentada. Le dije que se quedara ahí y esperara. Fui velozmente al baño y me enjuagué y limpié lo más rápidamente que pude y regresé. Ella, obediente, se había quedado ahí. Le ordené sentarse al filo de su cama, con las piernas abiertas y las manos en la espalda. “¿Segura que quieres que te lastime?” le pregunté y como respuesta recibí un escupitajo en la verga. Ella me miraba, divertida y dispuesta. No me hice del rogar y comencé a azotar sus pechos con verdadero sadismo. Al principio gritaba de placer con cada golpe, pero después de un rato, gritaba de dolor, pues en ningún momento aflojé la fuerza de los golpes. En ocasiones, soltaba una tanta de 5 azotes rápidos, fuertes y con saña. De vez en vez, sobaba sus tetas y a veces estiraba y pellizcaba el pezón. Tras, no sé cuánto tiempo de ese cruel maltrato, ella se cubrió los pechos con sus brazos y me dijo que ya no aguantaba, que la estaba lastimando. Airado, la tomé por el cabello y le escupí en la cara. Noté sus lágrimas en los ojos y pude ver que estaba experimentando mucho dolor.

Pero ella había querido aquello y yo estaba lejos de haber terminado. Tomé un de sus brazos con una de mis manos y lo levanté. Ella me miraba a los ojos, con súplica. Le pedí que me diera el otro brazo y se negó. Tomé el otro brazo por la fuerza y con una mano logré sostener ambos brazos. Con la mano libre volví a azotar sus ya maltrechas ubres y ella me gritó suplicando que parase. Sentí la resistencia de sus muñecas al querer parar el segundo golpe, pero la tenía bien sujeta. Bajé mi mano libre a su vulva y la encontré totalmente anegada. Si, había mucha sangre, pero había más flujo. Le metí 3 dedos en la vagina y entraron sin problema y ella gimió… ¡Zás! Otro golpe en sus tetas a los que le siguieron una veloz ráfaga de 3 más alternados en cada una de sus tetas para terminar con un pellizco y estiramiento de sus pezones que la hizo gritar de dolor y empujarme para detener su suplicio. Instantes después me abalancé sobre ella y la besé con pasión.

Esperaba encontrar resistencia, pero me abrazó y correspondió el beso con lujuria. Con mis caderas busqué nuevamente su vagina y la penetré comenzando un ritmo lento pero firme. Ella me lo agradeció con un gemido y cerrando sus piernas alrededor de mis nalgas. Seguí así durante unos 5 minutos más y le avisé que me venía. Ella me abrazó con más fuerza y me metió la lengua hasta la campanilla. La inundé nuevamente de mi semen. Nos quedamos así, pegados un buen rato, mientras compartíamos nuestra saliva y nos decíamos cuanto nos amábamos.

Me incorporé y le dije que fuéramos a lavarnos. El baño fue delicioso. Ambos nos enjabonamos y nos besábamos a cada ocasión. Ella me agarraba las nalgas y la verga cada dos por tres. Tuve especial cuidado cuando sobé sus pobres pechos, que, estaban un poco morados del maltrato recibido… y estaba orgulloso de ella, pues lo había soportado, aunque no tan bien como quisiera.

—Perdóname si te lastimé de más – le dije mientras le enjabonaba las tetas bajo el chorro del agua.

—Yo te provoqué – concedió con una sonrisa – así que yo me lo busqué

—Te doy la razón en esa, pero si he de ser sincero, me gustó hacerlo

—Y a mí me gustó que lo hicieras – me contestó mirándome fijamente a los ojos.

—¿En serio? – pregunté asombrado

—Si, pero por favor, ya no me pegues en mis chichis – me suplicó – pégame en la pucha o en las nalgas, pero en las chichis ya no, jajaja

—Me parece un trato justo – acepté y le solté una buena nalgada y ella me besó bajo la regadera mientras con una de sus manos, dirigía la mía para que le diera otra nalgada.

Dicha acción le dio la vitalidad que necesitaba a mi flácido miembro y le besé indecentemente en los labios mientras recorría libremente su cuerpo. Ansiaba penetrarla, pero la regadera de su casa no se prestaba para coger, dado que era pequeña. Así que, mientras nos besábamos y tocábamos, medio nos secamos y nuevamente nos dirigimos a su cuarto. Ella, inmediatamente se puso a 4 patas, ofreciéndome una hermosa vista. Obscenamente se abrió las nalgas y me instó a que la cogiera. Al instante se la clavé y comencé un frenético mete y saca que ella agradeció. En ocasiones soltaba una que otra nalgada. Eso sí, siempre eran durísimas, pero ella sólo gemía de placer. Una de sus manos movía frenéticamente su clítoris mientras yo la penetraba. Al poco rato de estar así, la empujé, me recosté sobre la cama y le dije: “ahora te voy a azotar las nalgas hasta que me implores que pare”. Su sonrisa retadora al clavarse mi verga fue el inicio de una azotanía en toda regla, mientras la taladraba en esa posición.

Mi más grande placer es azotar culos y vi satisfecha mi lujuria en ese fin, pues hacía mucho tiempo que no me dejaba ir tanto. Ella, tras unos 10 minutos de recibir golpes, comenzó a flaquear y sus gritos eran más de dolor que de placer, pero me conquistó que jamás opusiera resistencia y que me dejara vía libre. Cada uno de mis golpes fueron muy fuertes y firmes. Mis manos me dolían, pero lo estaba disfrutando en demasía. Por momentos, mientras con una mano acariciaba sus nalgas calientes, con la otra mis dedos hurgaban en su ano, cosa que, parecía incomodarle también, pero tampoco obtuve resistencia. Y me fascinaba eso. Ella se entregaba a mí. Era mía y podía hacer con ella lo que yo quisiera. Y eso, me tenía a sus pies. En un momento dado, llegue a meter tres dedos en su ano mientras la seguía taladrando con mi verga.

Hubo un instante en que paré tras una fuerte nalgada y un grito de verdadero dolor de ella. Mis tres dedos clavados en su ano, mi verga hasta el fondo de su vagina y una mano libre acariciando sus doloridas y calientes posaderas.

—¿Quieres que pare? – le pregunté moviendo mis dedos en su ano.

—¿Quieres parar? – me respondió

—Yo pregunté primero

—Todavía no me llenas de leche – dijo sugerentemente

—A lo que me refiero es que si no quieres que te saque los dedos del culo o que te deje de nalguear – apunté directamente

—Al principio me molestó, pero le fui agarrando el gusto. Aunque si sigues así, voy a tener que ir al baño, porque me vas a hacer cagar – me respondió apenada

—¿Y las nalgadas? – pregunté soltándole una pequeña con la mano que tenía libre

—Ya me duelen mucho, pero mientras tenga tu verga adentro, tu dale – me besó al instante y con una de sus manos volvió a guiar la mía para que le siguiera maltratando ese par de nalgas que a más de uno hacía suspirar.

—Entonces, ¿quieres cagarte ahorita? – pregunté reanudando suavemente la cogida mientras volvía a mover los dedos dentro de su ano.

—Si sigues moviendo los dedos así… ahhh… sí.

No comprendo que es lo que pasaba por mi mente. Quizá fue el recuerdo de una noche loquísima que pasé con una completa desconocida hacía un tiempo atrás. Pero me excitó la locura de un pensamiento. Un deseo oculto que, pese a fraguar en la mente, jamás pensé llevarlo a la práctica. Pero, aquel, parecía el momento perfecto y, nuevamente, me dejé llevar por la calentura y el morbo del momento.

—Pues entonces, cágame – le ordené.

—¿Qué? – preguntó con auténtica incredulidad

—Que si tienes que cagar, me cagues. No vayas al baño. Hazlo aquí. – respondí tranquilamente

—¿Estás loco? – respondió riendo

—¿Te han cogido por el culo? – pregunté sonriendo y se la saqué de la vagina

—No y no creo que quiera probar ahorita – me dijo e hizo ademán de alejarse de mi

—Eres mía – espeté

Al escuchar eso, ella se paralizó y se quedó quieta. Yo traté de dilatarle un poco más el ano con mis dedos y tras unos momentos los retiré de su sucio agujero. Ella me miraba a los ojos, preocupada, pero dispuesta. Poco a poco coloqué mi verga en su ano. Ella instintivamente fue bajando poco a poco. Como en todo, el principio fue lo más doloroso y pese a los primeros dolores y quejas, jamás se detuvo y dicha determinación me hacía amarla cada vez más. Cuando hubo entrado el glande fui bajando sus caderas con mis manos, lentamente, pero de manera constante hasta que la clavé entera. Le sonreí y me quedé así unos momentos para que su ano se acostumbrara. Poco después comencé a penetrarla lentamente.

En los primeros minutos, notaba su incomodidad. Pero conforme transcurrían los segundos, le fue cogiendo el gusto. Por otro lado, yo comencé a estimular el clítoris lentamente, mientras la seguía penetrando por el culo. Vaya que extrañaba dicha sensación. Estaba apretado. Muy justo, pero delicioso. Al poco rato, ella misma me pidió que aumentara el ritmo, cosa que hice al instante. “Si me sigues cogiendo así, en serio me voy a cagar” me dijo entre jadeos y le respondí que quería que lo hiciera.

Ella, presa del pacer y del momento no pudo más y alcancé a escuchar un sonoro pedo. Poco después pude sentí mierda saliendo y mezclándose con el ritmo frenético de mi mete y saca. Por mi parte, en lugar de darme asco, me excitó todavía más. Tomé sus nalgas y pude sentir su mierda sobre mis huevos y mis muslos. Ella gemía como loca mientras yo seguía penetrándola. Seguían más pedos y más mierda salía de su ano, provocándome un placer que nunca había sentido. Tomé parte de su mierda con mis manos y comencé nuevamente a nalguearla, para esparcir dicha porquería sobre sus nalgas. Simplemente se dejó hacer. El olor era insoportable, pero quizá por el calor del momento, seguimos. Ella siendo golpeada y sodomizada. Yo, cagado y feliz.

No recuerdo cuanto pasó después de eso, pero cuando eyaculé ella me miró a los ojos con una sonrisa de pervertida que jamás he podido borrar de mi mente. Me besó con pasión y se recostó sobre mí con mi verga aun en su culo. Instantes después se escuchó un ligero “plop”, un leve gemido por su parte y un sonoro y aguado pedo.

—Estás loco de remate – me dijo acariciando mi pecho.

—Gracias – atiné a decir.

—Creo que me podría acostumbrar a esto – me dijo casi en un ronroneo

—¿Al olor? – indagué

—No, a esto – me dijo guiando una de mis manos para que le metiera nuevamente dedos en su batido ano

—¿Te gustó? – le pregunté metiendo tres dedos sin mayor dificultad en su asqueroso ojete.

—Mucho – respondió – pero no puedo creer que no te moleste o te de asco…

—Yo te lo pedí – le interrumpí – así que no te preocupes.

—¿Es neta? – preguntó mientras seguía acariciando mi pecho y yo continuaba cosquilleando su ano.

—Si y en honor a esto, quiero que me prometas algo

—¿Qué? – me susurró.

—Que, después de esto, vas a tener la confianza de soltar un pedo cuando quieras o eructar siempre que tengas la necesidad.

—Después de esto, ya no tengo pena contigo de nada. Es más… – me dijo riendo y soltó un pedo sin importarle que tuviera mis dedos dentro de su culo e inmediatamente sentí otro pedazo de mierda queriendo salir y lo dejé retirando mis dedos.

—Así me gusta – le dije con una buena nalgada y embarrándole de mierda las nalgas. La besé y ella me besó.

Poco después de besos y arrumacos (y de que la calentura y el morbo bajaran de intensidad) le ordené volvernos a bañar para asearnos. Su cama era un atentico chiquero y estuvo tentada a tirar las sábanas, pero decidió sólo lavarlas.

Limpiamos el cochinero que habíamos hecho (tarea nada agradable…) y caímos rendidos y exhaustos. Lo que siguió el fin de semana, lo dejo a su imaginación. Sobra decir que, desde ese fin, cada que cogíamos, intentábamos hacer cochinadas similares. La sodomía se volvió un obligado en casi cada jodienda. Había ocasiones en que me llenaba la verga de mierda y otras en que no, pero igual lo disfrutábamos. Me encantaba tener la confianza de poder tirarme un pedo en cualquier momento sin importar nada y me agradaba aún más que ella también lo hiciera. Éramos como Shrek y Fiona. Y así pasaron los meses. Pronto llegó Junio y las épocas de vacaciones.

Trataré de resumir lo siguiente, lo más que pueda…

Elena siempre había sido de esas mujeres que prefieren acampar en el bosque en lugar de ir a la playa. No es que no le gustara, simplemente prefería los lugares así. Muchas de nuestras salidas con su familia o la mía, eran a lugares así. La Marquesa, El desierto de los Leones y lugares similares. Por lo mismo de las fechas, su hermana y ella decidieron adelantar su servicio social y optaron por irse 3 meses a la sierra queretana para impartir clases en comunidades de escasos recursos.

No tomé la noticia muy bien, para ser honesto. Y nuevamente surgieron problemas. Algunos nuevos, otros que se venían arrastrando. Mi enojo era que, ella reclamaba que nos veíamos poco y que casi no tenía tiempo para ella. Y con ese viaje, menos. Al final de algunas discusiones, ella misma me pidió tiempo y en mi enojo, la mande directito a la chingada. Terminamos.

Al mes, totalmente ebrio, cometí ese error tan común de la gente dolida e inmadura con un celular en la mano. Pero después de esa noche, no la volví a buscar, pese a que la extrañaba. A las dos semanas, ella fue la que me buscó y tras cerca de tres horas platicar, regresamos… SI, POR TELEFONO. Al día siguiente, soporté un vía crucis de 8 horas a lo largo de tortuosos caminos y 4 camiones guajoloteros para llegar a la comunidad donde la hacía de maestra. 

Era viernes en la noche y hacía un frío de los mil demonios. Tan sólo llegar y verla, nos besamos y nuestras riñas quedaron momentáneamente olvidadas. Ya saben, como cualquier pareja del siglo XXI. Me presentó a sus nuevos compañeros de trabajo (otros jóvenes de la misma edad que también realizaban su servicio social) y, dado que ya tenían planeado embriagarse, me invitaron a unirme.

La comunidad tenía un pueblecito de 5 calles adoquinadas, rodeado de cerros, cerros y más cerros. Algunas casas estaban desperdigadas en los alrededores y otras más en terrenos esparcidos por kilómetros a la redonda.

Caminamos por un sendero sobre la montaña más cercana durante 15 minutos para llegar a un solitario claro con un pequeño quiosco rodeado por un tupido bosque. Por inverosímil que pareciera, alguien ya estaba ahí y con una camioneta pick up, misma que se utilizó para poner la música mientras todos ingeríamos alcohol.

La odiosa música de banda (sí, hay sus excepciones… como intocable o algunos otros grupos más…) reinaba en el lugar, mientras la cerveza y el mezcal corrían a raudales por nuestras venas. Al poco rato, Elena fue presa de lo que le sucede a cualquier mujer que bebe demasiado: se puso caliente. Lo cual a mí me agradó en sobre manera, ya que, por experiencia, sé que cuando se pone así, su límite de dolor e inhibición aumentan.

Pese a que estaba pasando un buen rato conociendo gente nueva, Elena me robó un momento y me guio, tambaleante, hacia el bosque. Se despojó de su chamarra y me quitó la mía para hacer una especie de cama al pie de un árbol. Nos comenzamos a besar y a tocar, pues ambos extrañábamos nuestros cuerpos. Bajó mi pantalón y mi bóxer y se arrodilló para hacerme una mamada. A sabiendas de que estaba borracha, le obligué a tragarse mi verga entera y, nuevamente, no opuso resistencia. Fueron unos 10 minutos gloriosos. Ella se masturbaba con vehemencia mientras engullía completamente mi erecto miembro. A veces le daban arcadas, pero siguió, sumisa ante mis gustos. Poco después, se despegó de mí e hizo además de irse.

—¿A dónde vas? – pregunté totalmente confuso.

—Dame 2 minutos – me respondió con voz de borracha – voy al baño.

—No – respondí autoritariamente y la alcancé para detenerla.

—¿Qué haces? Suéltame, necesito ir a mear, cabrón – me dijo tratándose de zafar, pero la tenía bien sujeta.

—Quiero verte mientras lo haces.

—¿Qué? – me dijo sonriendo – No, me da pena

—Vamos, hemos hecho cosas peores – atajé

—Sí, pero nunca viste nada…

—Si no lo haces, voy a castigarte – le amenacé.

—Eso lo ibas a hacer de todas maneras y, además, yo quiero que me maltrates – me dijo tomando mi verga y masturbándome lentamente – sólo quiero ir a mear.

—Quiero verte hacerlo – le dije con todo autoritario

—¿Quieres verme mear? – me preguntó con un tono de lujuria tras un momento de pausa

—Si

—Con una condición – me dijo sin dejar de masturbarme

—No estás en posición de poner condiciones – le espeté – Aquí se hace lo que yo quiero.

—Tienes razón… tienes razón – concedió, pero se me acercó y me susurró al oído - ¿No te gustaría limpiarme con tu lengua cuando termine?

Vaya que eso era algo que yo quería experimentar. Si bien ya había dado lluvia dorada, jamás me habían hecho una a mí. Se lo había planteado, pero a ella le dio asco y siempre se negó. Entendí al instante que, pese a no ceder en una petición pasada, me concedía cierto margen de entrada, lo cual podía significar que en un futuro, pudiera lograr hacer que me meara.

Me soltó la verga y a la luz de la luna se despojó de su pantalón y ropa interior. Se acuclilló con las piernas abiertas y comenzó a mear. Ufff, vaya espectáculo. Mi morbo estaba al cien. Soltó una larga meada que se perdió en el pasto y cuando terminó, dio unos pasos hacia atrás y se recostó sobre la hierba con las piernas abiertas. Me abalancé al instante sobre ese coño peludo y lo lamí con singular deleite. Sorbí, mordí y mastiqué con mis dientes sus labios. Disfruté de las pocas gotas de restantes de sus meados y, aunque imaginé que me daría asco, no sucedió nada más. Ella disfrutaba con el oral que le propinaba, pues gemía, aunque no muy fuerte, para no atraer miradas indiscretas.

Comencé a meter dedos en su vagina, mientras que mi lengua y en ocasiones mis dientes jugueteaban con su clítoris. Presa de la excitación, metí con dificultad un cuarto dedo en su vagina y ella grito de placer. Me detuve en el acto, pues eso me acercaba a mi fantasía. Nuestras miradas se cruzaron en ese instante y ella me dijo: “Sé que quieres hacerlo… párteme en dos con tu mano”.

Esas dos frases aún resuenan en mi cabeza, hasta el día de hoy. Siempre había soñado con ese momento y, estaba a punto de cumplirse. Elena estaba encharcada. Retiré el cuarto dedo (el meñique) y comencé un frenético movimiento con los tres dedos que ya tenía dentro para ir dilatando un poco más su vagina y estimularla más. A veces bajaba el ritmo para abrirlos un poco con movimientos circulares. Ella se dejaba hacer y lo disfrutaba. Tras 5 minutos así, intenté meter el cuarto dedo y entró sin dificultades, aunque no en su totalidad. Comencé a mover lentamente los 4 dedos para que se fuera acostumbrando. Sentía las paredes de su vagina aprisionar mis dedos y eso me provocaba un placer infinito. Ella gemía y cuando giraba los dedos, gritaba de dolor. Eso sí, jamás me cerró las piernas. 5 minutos después, los cuatro dedos casi entraban en su totalidad y me preparé para introducir toda la mano dentro. La volví a mirar y ella me dijo: “hazlo”. Con la primera presión ella gritó de dolor, pero no cerró sus piernas ni me impidió nada. Lo intenté un poco más, pero ella gritaba, pese a no alejarse o impedirme que siguiera.

Para mi vergüenza, temo decir que me acobardé en ese instante. Sí, yo sé que tenía una mujer dispuesta a que destrozara su vagina y que disfrutaba con el dolor. Sin embargo, me dio miedo lastimarla. No sé por qué lo hice, pero me detuve… Y HASTA LA FECHA ME LO RECRIMINO Y ME ARREPIENTO, pues no se me ha presentado otra oportunidad así… y dudo que se me presente. Me excuso en no querer lastimarla.

Retiré lentamente mi allanamiento en su vagina y para mi sorpresa, ella se enfadó de dicha acción.

—¿Por qué paras? – me preguntó jadeante y aun con las piernas abiertas.

—No quiero lastimarte

—¿Cuándo te ha importado eso? Vamos, méteme tu puño – me instó

—Pero si estabas gritando de dolor… - intenté defenderme

—¿Y? Tu sigue, además sé que es tu fantasía… - me dijo, pero logró vislumbrar una honesta preocupación en mi mirada - ¿Seguro que no quieres seguir? Yo quiero que lo hagas…

—No, no quiero lastimarte…

—Ok… Está bien, no te preocupes – me tranquilizó – pero espero que cojas como se debe, porque he estado extrañando tus nalgadotas…

—Eso lo haré con gusto.

Me empujó y se clavó mi verga en el acto. Ella misma comenzó a cabalgarme y no hice esperar los golpes. Cada nalgada resonaba con fuerza, pero ella sólo gemía de placer. Tras 5 minutos de estar así, me incorporé y le dije que se levantara completamente. Ella obedeció sin rechistar. Le ordené juntar sus piernas e intentar, sin flexionar las rodillas, tocar sus pies con las manos. Ella adivinó la posición que quería y lo hizo, dejándome expuestos sus orificios y sus nalgas. Me coloqué a su lado, acariciando sus nalgas, su vagina y su ano. Le descargué dos desmesurados golpes en el culo y uno en la vagina. Ni siquiera gimió. Otra tanda de tres azotes y nada. Lo que si note, fue el aumento de humedad en la vagina.

Descargué tres tandas más de tres azotes cada una y no pude más, se la clavé. Ella se apoyó en un árbol y comenzó la jodienda. Nalgadas más, nalgadas menos, estuvimos así durante unos 10 minutos hasta que yo estaba a punto de correrme y ella también, cuando, de pronto, escuchamos pasos apresurados cerca de nosotros. Eso sí, nunca paramos de coger.

Rogamos a que la potente oscuridad que reinaba en aquella nublada noche fuera suficiente cobijo para nuestra fornicación y Elena se quedó paralizada con la siguiente escena que tuvo lugar ante nuestros ojos. Se acercaba una pareja hacia donde estábamos; sin embargo, no se percataron de nuestra presencia. Nuestra sorpresa fue tal, al ver en topless a la hermana de Elena, seguida de uno de los tipos de la fiesta. Ambos venían riendo y se toqueteaban de vez en vez. En un momento dado, la hermana de Elena se colocó de frente a su pareja y le ofreció sus prominentes pechos. El tipo los tomó y comenzó a mamarlos. Su hermana masturbaba a su acompañante por encima del pantalón.

Sin darme cuenta, había aumentado el ritmo, pero Elena estaba petrificada. La tomé del pelo y tapé su boca con una de mis manos. Y la seguí cogiendo mientras, ambos observábamos a la pareja en frente nuestro. 

Su hermana ya había bajado el pantalón y se acariciaba la verga al tipo, mientras se besaban. A los pocos minutos, el tipo le bajó el pantalón, dejando desnuda la hermana de Elena. Ella se volteó casi mirando directamente hacia nosotros y el tipo la penetró en la misma posición en que nos encontrábamos nosotros. Elena, para esas instancias se quería despegar de mí, pero la tenía bien sujeta y la seguía cogiendo, aunque era un ritmo semi lento. Su hermana comenzó a gemir.

Solté el cabello de Elena para dirigir mi mano a su clítoris y aumentar el ritmo de la cogida. Ella aun hacía fuerza para despegarse de mí, pero mi otra mano, aun en su boca, la controló. Tras 5 minutos más, ella comenzaba a gemir como un susurro y puedo decir que estaba cerca de correrse. Yo también estaba a punto de hacerlo, cuando escuchamos que la hermana de Elena aumentaba sus gemidos. El tipo se vino casi al instante y Elena unos segundos después soltando un alarido de placer que delató nuestra presencia, yo seguí cogiéndola y un instante después me corrí inundando sus entrañas de leche.

Ambas parejas nos quedamos paralizados, observándonos mutuamente. Sin embargo, quien hizo el primer movimiento fue su hermana…

Continuará…

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