Hetero: General - Sadomaso

Relato erótico

Lo que pudo haber sido...

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RESUMEN

—Es en serio Elena –la alcancé y volví a colocar su mano en mi pene– Siente lo duro que estoy. Siente como crece más y se pone más duro con la sola mención.

Es importante mencionar que lo siguiente no es real y es fruto de un anhelo oculto, aunque demasiado fuerte. Nació, de una serie de sueños que he tenido muy, muy muy a menudo durante los últimos 3 años, combinado con divagaciones, pensamientos y fantasías que me acechan y consumen la mente mucho más tiempo del que quisiera. Aunque también debo reconocer que algunos hechos de ésta primera parte, son reales...

Lo escribo con el único fin de externarlo, ya que, siento que tengo una piedra en el corazón… la cual se forma cuando uno guarda secretos durante mucho tiempo y éstos se vuelven tan pesados que llega un momento en que no se puede hacer nada. Es por eso y muchas razones más (las cuales no enumeraré) que lo comparto con ustedes, estimados lectores. Si alguno de ustedes gusta comentar, contactarme o regalarme una valoración, se lo agradeceré mucho.

Saludos y felices pajas.

Para Ana…

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Viernes. La música sonaba a todo volumen. La madrugada estaba próxima y el festival de Boca del Río estaba en su punto más álgido. El público enloqueció cuando sonaron las primeras notas de “Te va a doler” y la voz característica de ese gordito boricua inundó el escenario. El estruendo y la energía que había en el lugar era increíble.

Y la vi. Mi corazón dio un vuelco. ¿Cuáles eran las posibilidades de encontrármela justamente ahí? Me paralicé enteramente y el mundo se detuvo por completo. Escuchaba muy a lo lejos que alguien me llamaba, pero yo no podía desviar mis sentidos de aquella piel morena.

En esas épocas, me habían invitado como encargado del piano en una banda de poca monta que tocaría en el festival. Cumplí con mi deber, feliz de codearme con alguno grandes músicos y artistas del género, por lo cual me dispuse a una buena noche de… pequeños excesos...

Pero la vi, justamente cuando pasaba cerca del escenario. Elena estaba ahí, coreando a todo pulmón “Si volvieras a mí”.

Habían transcurrido tres largos años desde el incidente con su hermana y sus padres. No había tenido contacto alguno con ella. Ni siquiera había oído por accidente noticias suyas por los amigos en común. Sobra decir que ni siquiera me había atrevido a entrar a su face o twitter. En pocas palabras le había perdido la pista completamente.

Y, por aquellas cosas del destino, estaba ahí, a unos metros de mí. Portaba un vestido corto de color rojo con ligero estampado negro que dejaba ver bastante de sus espectaculares piernas. Un escote pequeño, pero sugerente, evidenciaba la hermosura de sus pequeños pechos. Jamás vi algo tan magnífico.

Llevaba ya unas cuantas cervezas encima y me encontraba detrás del escenario, dirigiéndome a no recuerdo donde, cuando me percaté de su presencia. Tuve que parpadear y acercarme mucho más hacia las vallas metálicas que separaban al público. No supe cuánto tiempo permanecí estupefacto, pero fue hasta que un amigo (baterista-percusionista) me sacó de mi ensimismamiento para preguntarme qué sucedía.

—¿A quién ves, wey? – me preguntó jalándome del hombro – Vámonos ya…

—¿Qué? – pregunté confuso. Mi atención seguía en Elena.

—¿A quién estás vien…? – preguntó de nuevo, pero se interrumpió cuando la vislumbró entre el gentío. Increíblemente, resaltaba. Así es ella. - Oh…

Él era un amigo en común que teníamos y conocía nuestra historia, así que también se quedó sin saber qué hacer. Poco después, alguien más le llamó y con una mirada cómplice, realizó un acto puro de amistad: me dejó sólo.

Pese a que “Roy” era el primo de una de las mejores amigas de Elena, nunca mencionó nada durante esos tres años. Su actitud nunca cambió y siempre me trató igual. Coincidíamos mucho debido al oficio. Bueno, él sí tenía oficio de músico, de hecho, estaba estudiando en G-Martel. Yo, simplemente era un aficionado, lírico que adoptaba la música como un hobbie, aunque, modestia aparte, no era tan malo en la ejecución.

El punto es que, el incidente que tuve con su hermana y sus padres había sido un escándalo. Se armó un follón y recuerdo que mi padre fue muy duro conmigo cuando se enteró. Gran parte de nuestros conocidos y cercanos se enteraron… y Roy jamás me recriminó nada. Es por eso, que lo considero un gran y verdadero amigo.

Y pese a todo, ahí estaba. El destino, la vida, Dios o alguna fuerza externa, quiso que la viera ahí. “Qué pequeño es el mundo”. Me quedé embobado viéndola. Parecía sola.

¿Sola? Me pareció extraño y comencé a buscar a su acompañante o acompañantes. De pronto, caí en cuenta en un detalle sombrío. Si ella estaba ahí, probablemente vendría con pareja.

Un frío glaciar me recorrió la espalda completamente mientras un vacío comenzaba a formarse en mi estómago. Así que busqué entre la multitud para identificar al hombre que estuviera con ella.

Poco después apareció ante mi visión su hermana. Igual de chaparrita que siempre e igual de buena. Verla me produjo algo venenoso. Ciertamente le tenía bastante rencor. Ella había sido, en gran parte, la causante de que las cosas hubieran terminado de tan mala manera. Debo admitir que, también, gran parte fue culpa mía. Pero, ella fue la mecha que inició el incendio.

También noté a su hermano a unos pasos y a su eterna novia, Vasti (nombre real…). Y, cuando volví a centrar mi atención en Elena, ella me miraba fijamente.

Cuando nuestras miradas se cruzaron… no sé cómo expresarlo. Pasaron muchas cosas en ese instante. Cosas intangibles…

Ella también se quedó paralizada. Nos vimos. No sé cuánto duramos así. Noté como la tristeza comenzaba a brotar de su expresión poco a poco hasta instalarse en la estupefacción y asombro. En la periferia de mi visión, noté que su hermana se percató del raro actuar de Elena. Puedo asegurar que, cuando mi excuñada me vio, su mirada fue completamente asesina. Yo solo podía verla a ella… a Elena.

Presa del pánico y después de lo que me parecieron 5 minutos, me retiré donde Roy y el grupo. Mi ser era un tornado de sentimientos que no sabía cómo interpretar. Avisé a mi amigo que me retiraba al hotel y él no me lo reprochó. Me disculpé con la banda con un pretexto tonto y salí del gentío para tomar un taxi. Nos hospedábamos en el Hotel Novomar, que estaba a una media hora de Boca del Río.

Ni siquiera me di cuenta cuando llegué al hotel. Pagué al taxista y cuando estaba en las puertas del hotel, por casualidad giré la cabeza hacia la calle y… también la vi bajar de un taxi.

Segundos después nuestras miradas volvieron a cruzarse. ¿Qué probabilidades hay de que un rayo vuelva a caer en el mismo árbol? Ella se quedó parada, sin saber qué hacer, al igual que yo. Quería hablarle, pero no sabía que decirle. Quería abrazarla, besarla. ¿Cómo? Instintivamente intenté cruzar el camellón que nos separaba, cuando un taxi pasó lentamente, dejándome escuchar una canción que siempre me hace recordarla. “Bienvenida” de Fernando Delgadillo sonó durante unos breves instantes y nuevamente nuestras miradas se cruzaron. Inverosímil, completamente improbable, pero, aun así, cierto.

Cuando la hube alcanzado, me detuve justo a tiempo antes de besarle los labios. Fue una reacción natural y como un resultado de la costumbre. Pero, como dije, me detuve justo a tiempo.

—¿Estás en éste hotel? – me preguntó tras unos angustiosos segundos de silencio.

—Sí, ¿tú también? – respondí

—Si – me afirmó completamente anonadada. Soltó una risa sarcástica – Genial

—Qué curioso, ¿no? – solté sin saber qué decir. Un silencio incómodo nos invadió mientras nos veíamos sin vernos. Poco después intenté romperlo – Mira, sé que las cosas…

—Si me pidieras que regresara contigo, lo haría sin dudarlo… - me soltó con la mirada baja.

Recuerdo que abrí demasiado los ojos ante aquella declaración. Sorprendido no supe que contestar. Sabía el peso de su declaración. Entendía lo mucho que le había costado expresarlo. Estaba consciente lo que implicaba.

Yo la había engañado con su hermana. ¡Con su propia hermana y no sólo eso, sino que ella misma y sus padres nos habían descubierto cogiendo en su propia casa! Y aun así ella me afirmaba que quería regresar conmigo. ¿Por qué?

—No mames, ¿es neta lo que me estás diciendo? – le solté tras un rato negando con la cabeza

—Sí, es neta – afirmó jugando un poco con sus manos, pero mirándome a los ojos – Sé que hoy no, ni mañana, pero quizá en algún momento... – dijo un tanto para sí y otro tanto para mí.

Personalmente, nunca creí merecer tal muestra de amor, de perdón y de entrega. Yo la había lastimado profundamente… más aún, la traicioné. Pero ella quería seguir conmigo. ¿Quién soy yo para que…?

Había vuelto el silencio, más intenso que antes. Tan denso que habrías podido untarlo en un pan y comértelo. Hay silencios que ni las palabras pueden ahuyentar. Cinco, quince, treinta o sabrá Dios cuántos minutos después, ella se movió y se dirigió hacia el hotel.

—Perdóname – le solté poco antes de que se alejara demasiado y casi al borde de las lágrimas

—Ya lo hice, desde hace mucho – me dijo, deteniendo su andar y volviendo hacia mí con una ternura que me enterneció el corazón – me costó bastante, pero lo hice.

—Entonces, ¿por qué…? – hice un esfuerzo titánico por no llorar.

De pronto, otro taxi se detuvo ante nosotros y salieron de él su hermana, su hermano y la novia de éste.

Creo que, si los ojos tuvieran la habilidad de aniquilar a una persona, yo habría muerto 3 veces por la mirada que me dedicó Jannine, su hermana. Afortunadamente su hermano se encontraba en tal estado de ebriedad que ni siquiera me reconoció. Vasti, también me dedicó una mirada de desprecio, aunque no tan intensa como la de Jannine.

—¿Por qué no te largas? – me espetó Jannine y me “barrió” con la mirada – Elena no tiene nada que hablar contigo, así que piérdete. Vámonos wey…

Y cómo un autómata, se dejó llevar por su hermana hacia el hotel. No me volteó a ver ni una sola vez y yo me quedé plantado sin saber qué hacer o cómo reaccionar.

No supe si me evitaron el tiempo que estuvimos en el mismo hotel, pero nunca me las encontré ni una sola vez. Lo cierto es que, no supe nada de ella hasta seis meses después y porque ella me contactó por el famoso “inbox” (ahora Messenger de fb). Todo comenzó como una simple plática que, con el transcurso del tiempo fue tornándose poco a poco en algo más serio, aunque no había mucho que decir. La conocía. Me conocía. Pero, sobre todo, aún sentíamos algo.

Sobra decir que la extrañaba como la flor extraña al sol en los días de invierno. No podía olvidar su voz, tan dulce como la mejor miel. No sacaba de mi mente su sonrisa y su risa tan contagiosa. Su afán de hablar en inglés cuando se encontraba ebria. Su manera tan peculiar e hiriente de molestarme. Sus caricias, su olor, sus besos. Su sexo. Su disposición al dolor. Su paciencia, su entrega… en resumen… la extrañaba.

Entre las conversaciones que mantuvimos durante otros 6 meses más, le comenté que había hecho un par de escritos sobre nuestras aventuras, además de que mantenía un perfil en un sitio de relatos eróticos. No sé porque se lo comenté, pero lo hice. Gracias a eso, me dijo algo que hizo que me decidiera completamente a regresar con ella…

—No sé porque no me habías dicho cómo eras – rezaba el mensaje en la pantalla de mi celular. Era cerca de la media noche de un martes, lo recuerdo perfectamente.

—¿A qué te refieres? – le respondí por el whats app

—A que siempre te gustó eso del sado – dijo ella casi al instante – aunque no recuerdo que me hubieras castigado tanto

—Probablemente estabas ebria y no recordabas mucho...– respondí sonriendo, pese a que era una conversación por celular

—Probablemente – respondió y tras unos breves instantes añadió en otro mensaje - ¿Por qué nunca me pediste ser tu puta? – la pregunta me tomó completamente desprevenido.

—No lo sé – respondí y coloqué algunos espacios para que en la pantalla apareciera “typing” y ella esperara un poco. Organicé mis pensamientos y me sinceré – No pensé que quisieras algo así. No sabía si te prestarías a eso.

—¿Por qué no preguntaste? – me reprochó amigablemente, puesto que agregó una carita feliz.

—Honestamente, por miedo a perderte – respondí sincero.

—Yo te perdí a ti primero – soltó y aquello, no sé porque, me hizo sentir muy bien

—Aun así, no debí de haber actuado como actué – repuse

—En eso llevas razón – me contestó minutos después – Fue muy culero y no debiste hacerlo. Pero lo hecho, hecho está. Y pese a todo, aquí estamos, hablando…

—Nuevamente te reitero mis disculpas y si hay algo que pueda hacer para reparar mi error, dímelo – le propuse – si está dentro de mis posibilidades, no dudes que lo haré.

—Puede que haya algo – me respondió al instante.

—¿Qué cosa? – pregunté

—Me gustaría ser tu puta

—¿Es en serio? – le respondí estupefacto y tras demorarme algo de tiempo. No me lo podía creer; sin embargo, con esas simples cinco palabras escritas en un mensaje, se me paró.

—Aunque con algunas condiciones – atajó cuando le hube escrito

—No puedo creer que me estés pidiendo eso – le respondí

—¿Acaso no es lo que quieres? – me preguntó – Si es lo que dices en la mayor parte de tus relatos con la famosa Gabriela. ¿Es ella E…a? ¿La que me contaste?

—¿Gabriela? Sí, ella es E…a

—¿Por qué no me contaste que tuvieron una relación así? – volvió a preguntar

—No lo sé, la verdad – atiné a decir

—Antes que me respondas quiero saber otras cosas más importantes – sentenció

—¿Qué cosas? – pregunté, con ganas contenidas de decirle que SI a todo.

— ¿Es cierto que te vas a ir a Estados Unidos? – inquirió

—Si – respondí simplemente. Mi rostro en ese momento era el meme del changuito diciendo “¿Cómo lo supo?”

—¿Y te vas a ir con esa vieja que sale en tu fb? – quiso saber y pese a ser un mensaje, alcancé a percibir los celos firmemente marcados

—¿Por qué la pregunta? – intenté evadir una respuesta directa

—Ash… – respondió para poco después escribir: – porque te quiero sólo para mí. Porque no quiero compartir un TE AMO, ni un TE EXTRAÑO. Porque, pese a que lo merezco porque te engañé muchas veces, no quiero que me engañes. Porque no quiero otro escándalo. Porque te amo y, sobre todo, porque no te quiero compartir con nadie más.

—Elena…

—No soy pendeja. Sé que tienes novia. Está bien, no me molesta. Pero no lo respeto. Te lo digo otra vez, te quiero sólo para mí. Así como yo te prometo que esta vez seré solamente tuya. Esas son mis condiciones.

—Elena… – volví a escribir, pero antes de que pudiera añadir algo, otro mensaje llegó

—Quiero ser TU PUTA – escribió (tal cual, con mayúsculas y todo) – Piénsalo.

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Y es hasta este punto, queridos lectores, que los hechos reales dejan de ser y la fantasía, la imaginación y la perversidad toman lugar. Todo lo anterior sucedió en realidad, pero el curso de los acontecimientos a partir de aquí, son sólo el producto de, como menciono al inicio, un anhelo oculto, aunque demasiado fuerte, combinado con divagaciones, pensamientos y fantasías que me acechan y consumen la mente mucho más tiempo del que quisiera.

—Acepto – le respondí tras diez minutos de pensarlo. En realidad no había mucho que pensar.

—¿Estás seguro? – me preguntó

—Completamente – le aseguré – Concédeme dos semanas.

—Ahora yo te pregunto: ¿es neta? – escribió con evidente incredulidad y tras una breve espera

—Si – respondí al instante – Te amo y te quiero a mi lado, sea como sea.

—¿Así de fácil? No te creo

—Te reitero, dame dos semanas – le escribí.

—Hasta no ver, no creer… - me escribió y me molestó un poco su incredulidad y la dirección que había tomado la conversación.

—Va en serio, PUTA – sentencié y añadí – en dos semanas te busco.

—Ajá… me escribió y yo no quise responder para no cagarla.

Mi mente trabajaba a toda velocidad. Primeramente, ya sentía en mí el desasosiego por terminar una relación bastante prometedora… pero Elena es Elena. Tenía que hacer un sacrificio y tenía que hacerlo ya. Entre más pronto mejor. Además, venía dándole vueltas a un asunto que quería experimentar y Elena era perfecta para llevar a cabo el cometido, aunado a un anhelo que llevaba tiempo queriendo cumplir, el cual denotaría el nivel de compromiso que quería con ella.

Así que junté toda la sangre fría que fui capaz y al día siguiente terminé con mi novia. Puedo decir que fue duro, muy duro. Si hubiera sido cualquier otra mujer, no habría dudado en rechazar dicha propuesta, pero Elena es Elena. Probablemente sólo por Gabriela haría lo mismo.

Mi novia era genial y, aunque el sexo no era nada del otro mundo, era bueno. Y ella era… bueno, no tiene caso mencionarlo, ya que el punto era regresar con Elena.

Sin tiempo de dolerme, me enfoqué en lo que realmente me interesaba: Elena, Elena… ELENA. Me preparé mentalmente para una contraoferta para ella. Por supuesto que quería que fuera mi puta, pero había otros aspectos, fuera del sexo que quería resaltar.

En primer lugar, Elena era una verdadera mina de oro. Siempre he rechazado a las mujeres interesadas y pretenciosas. Y últimamente me he topado con muchas así y sobre todo en el círculo de amigos de la carrera (estudié en una universidad de paga… de las más caras del país… y la gente ahí es… bueno, son puros “niños fresas”). Afortunadamente, nunca me ha faltado el dinero, incluso puedo decir que ha sobreabundado… pero, ¿qué pasaría si perdiera ese dinero? Claro, aporta seguridad y un sinfín de cosas favorables a una relación. Y, he de reconocer que gran parte de ese dinero, ni siquiera es mío, sino de mi padre, pese a que lo comparte conmigo. Mi punto es, ¿qué pasaría si lo pierdo, si ya no tengo dinero o estabilidad?

Pocas mujeres saben adaptarse a las diferentes situaciones que presenta la vida. Incluso hay las que ponen buena cara al mal tiempo y ofrecen un apoyo fundamental e imprescindible para un hombre. Alguien que te levante con amor en los momentos difíciles y te ayude en cualquier situación, la hayas cagado tu o no.

Elena era una de esas, hoy en día, escazas mujeres. Encontrar a una hembra así, es equiparable a sacarse la lotería. Sencilla, amable, risueña, inteligente, trabajadora, perversa, tierna, fuerte… en resumen, y como dije, una mina de oro. “Hembra y no pedazos”, dirían en mi país.  Y por eso y mil razones más, la elegí a ella.

Así que, realicé algunas compras, cancelé algunos compromisos y repasé mil veces lo que tenía para proponerle, además de que se venían las vacaciones de verano y ella justo terminaba un cuatrimestre más por esas fechas. No la contacté sino hasta unos días antes del término del plazo propuesto (y afortunadamente ella tampoco me contactó por ningún medio).

—El viernes paso por ti a las 8 – le escribí

—¿De la noche? – respondió cerca de media hora después

—Obvio. Tú estás en la escuela y yo trabajo. Salgo temprano. – le escribí intentando sonar juguetón – Eso sí, no esperes que entre a tu casa y salude. Te marco cuando esté afuera y te espero, ¿ok?

—¿Cuál es el plan? – preguntó al instante

—Es una sorpresa – respondí misterioso

—Odio cuando te pones así y no me dices nada

—Valdrá la pena la espera… creo – repuse – eso sí, tengo que preguntar, ¿puedes no llegar hasta la siguiente noche? No quiero causar problemas con tus padres.

—Dime – suplicó

—No – respondí - ¿Puedes o no?

—Puedo – respondió escuetamente.

—Entonces te veo pasado mañana a las 8

—Sólo si me dices qué onda – exigió

—Todo a su tiempo – le dije y no me respondió hasta el siguiente día, cerca de la 2 de la tarde

—¿Puede ser mejor a las 6? Me sería más fácil escaparme a esa hora

—A las 6 será – no tenía ningún problema por aquello. Salía a las 2 de trabajar.

—Ya vi tu fb – me soltó. Había hecho el detalle publicamente con la esperanza de que lo notara. Lo notó...– y sigo sin creerlo.

—Mañana a las 6 – sentencié y no hubo más mensajes.

La espera se me hizo eterna. No podía sacarme de mi mente a aquella mujer, con la que había vivido tantas cosas. El pasado era un recuerdo agridulce, tapizado de recuerdos gratos. También hubo sus malos ratos, pero también formaban parte de él y en lugar de desecharlos, les abracé. Además, estaba nervioso a más no poder. Iba a proponer varias cosas y no sabía si ella accedería o, incluso, lo tomaría bien. Confiaba en que sí, pero uno nunca sabe.

Y ahí estaba yo, a las 5:50 de un viernes caluroso (eso sí, siempre soy muy, pero muy puntual… odio llegar tarde y rara vez lo hago… y eso es real…), a una cuadra de su casa, esperando en una camioneta Quest y con el corazón desbocado. Feliz, pero, sobre todo, muy abrumado. Como si estuviera a punto de saltar por un precipicio. Le marqué con dedos temblorosos y, para más inri, no me contestó. El pánico se apoderó de mí, pero no quise parecer desesperado marcándole una segunda vez luego luego. Esperé cinco minutos más y volví a marcarle. Nada. Tecleé algunas líneas en el whats app y, aunque las dos tildes (palomitas) aparecieron, no me contestó (cabe mencionar que, para esos tiempos, no existía eso de que se colorean en azul para saber que se leyó el mensaje). A las seis en punto volví a marcar. Para mí alivio, si me contestó.

—Se me olvidaba que eres muy puntual – fueron sus primeras palabras.

—Hay cosas que nunca cambian – repuse intentando sobre ponerme y conteniendo el suspiro de alivio que tenía atorado en el pecho – ¿Estás lista?

—No – respondió con desfachatez – pero ya casi. Dame quince minutos, ¿va?

—¿Acaso tengo de otra? – pregunté con sarcasmo y cierto hastío. Yo había olvidado ese pequeño detalle de ella. Mujeres.

—Te puedes ir – me respondió con el mismo tono que yo había utilizado.

—¿Quieres que me vaya? – le pregunté sin poder ocultar mi inseguridad.

—¿Quieres irte? – respondió preguntando. Hubo un silencio. Tenso. Tuve que ceder.

—Te espero – le dije tras unos buenos 30 segundos.

—No tardo – me aseguró, pero yo sabía que estaría ahí cerca de media hora.

Contrario a mi pronóstico, Elena salió diez minutos después de nuestra llamada y debo decir que se me paró… el corazón (y también otra cosa). Portaba un vestido corto de color azul cielo que le llegaba a medio muslo. Un escote bastante generoso dejaba ver bastante, pero lo que más me llamó la atención fueron sus pezones, visiblemente marcados. Evidentemente no llevaba bra. Otra cosa que me terminó de enamorar era que se había dejado crecer el cabello. Y lo traía suelto. ¡WOW! Cómo me fascinan las mujeres con el cabello largo y aquel detalle, me enterneció mucho más, porque ella odiaba dejárselo crecer… casi siempre lo llevaba corto, pero ahora… Puedo asegurar que la propia Venus, Afrodita, Emma Watson o la mismísima Rachel McAdams (mujer, que, a mi gusto, es el ser más bello del mundo) se pondrían celosas ante ella. Se veía, simplemente hermosa.

Se subió a la camioneta, sonriendo ante mi rostro, que debió de haber sido un poema. Como pocas veces en mi vida, una mujer me había dejado completamente mudo.

—¿Quieres que te limpie la baba con mi lengua o con un kleenex? – me preguntó sonriente – Ya puedes cerrar la boca…

—Perdona, es que… ¡WOW! – tartamudeé

—Y ¿qué, ya estas soltero? – fue directa al grano – Aunque, si no, la neta me vale madres… Ven acá – me tomó por la nuca y me atrajo hacia ella para obsequiarme uno de los mejores besos de toda mi vida. Sentí… sentí demasiadas cosas en ese beso. Pocas veces un beso me generó algo así… Nos separamos y, como seguía mudo, habló - ¿Y mi sorpresa?

—¿Confías en mí? – le pregunté al fin, con voz ronca.

—No – me respondió con descaro – pero de igual forma voy a pasar la noche contigo. ¿Cuál es la sorpresa? – insistió.

—Paciencia…

—Ni madres, ya esperé mucho – me espetó con cierto capricho en la voz, pero sonreía.

—Parte de la sorpresa es que te pongas esta venda en los ojos – le dije mientras le tendía un pedazo de tela para que se vendase los ojos – durante… no se… bastante tiempo

—No – se negó rotundamente

—¿No?

—No – sentenció firmemente.

—¿Por qué no? – pregunté confuso

—Porque no voy a vendarme los ojos mientras me llevas a quien sabe dónde. – respondió aun con la sonrisa en su rostro – Dime por favor.

—Adiós a mi romanticismo – dije con frustración

—¡Ay no mames! Bájale a tu drama, mi rey – me dijo juguetona - ¿Cuál es mi sorpresa?

La besé nuevamente, con pasión. Jugué con su lengua y acaricié su mejilla con mi mano. La besé con lujuria. Lento, suave. Fuerte. Intenté darle el mejor beso que hubiera dado. Nunca supe si lo notó o sintió lo mismo que yo.

—Será mejor que nos apuremos si no queremos llegar muy tarde – comenté cuando se hubo roto el beso.

—¿A dónde vamos? – preguntó radiante

—Ya verás… - dije nuevamente, intentando no soltarle todo lo que tenía planeado.

—También ya se me había olvidado como me cagas – me dijo seria, pero me plantó otro beso fugaz. – ¡Me cagas!

—Yo también te amo – le dije socarronamente mientras sonreía y ponía en marcha la camioneta.

Durante el trayecto al lugar que tenía planeado llevarle, Elena y yo hablamos de un sinfín de cosas sin importancia. Ella me habló de las materias que llevaba en la carrera de arquitectura: Diseño de interiores, Historia de la Arquitectura, Diseño Urbano y otros diferentes talleres. Yo le hablé de mis labores como funcionario del gobierno federal.

Elena se burló de mí adición al conocido mundo de los “godínez” y yo intente refutarle el ser un “godín”. Reímos y peleamos, nos adulamos y nos herimos verbalmente como siempre habíamos hecho. Sin embargo, hubo muchas cosas de las que no hablamos.

Ninguno de los dos mencionó mi reciente ruptura (y yo no era tan necio como para sacarlo a la luz) y ella tampoco me dijo si estaba soltera o no. Honestamente me importaba poco aquello. Otra cosa que no hablamos fue la relación con los padres, ni los pormenores del epílogo, una vez me encontraron metido entre las piernas de su hermana.  Me pareció arriesgado sacar a relucir tales tópicos, ya que, una conversación sobre aquellos temas resultaría, como mínimo, incómoda. En el peor de los casos podría reavivar discusiones pasadas y eso era algo que yo quería evitar por todos los medios.

De modo que quedaron muchas cosas sin decir durante ese rato. La tensión fue aumentando entre nosotros mientras nos íbamos alejando de la capital. Había pausas y lagunas en la conversación, silencios que se prolongaban demasiado, silencios breves, pero tremendamente profundos.

Estábamos atrapados en medio de uno de aquellos silencios, cuando llegamos a la primera caseta de la carretera México – Puebla.

—¿Ya me vas a decir a dónde vamos? – preguntó con neutralidad

—No, hasta que lleguemos – respondí tranquilo

—Pablo – me dijo en un tono amenazante

—Elena – le respondí en el mismo tono

—O me dices a dónde vamos o me bajo de la camioneta y me largo de aquí – me lanzó el ultimátum completamente seria y con un deje de verdadero enojo. Iba en serio.

—Está bien – cedí y me aferré al último deje de misterio, pues quería que la sorpresa fuera, en verdad, una sorpresa. – vamos a la playa. 

—¿A cuál playa? – me preguntó aun amenazante. No funcionó mi táctica.

—O.k. – repuse suspirando – Si te digo a donde vamos, ¿prometes no preguntar nada más?

—O.k. – suspiró con hastío.

—¿Nada, nada, nadita?

—¡Pablo! – exclamó desesperada y echa una furia.

—Veracruz – le confesé

—¿Veracruz? – preguntó completamente tranquila y sorprendida. Su ira se había apagado en un abrir y cerrar de ojos. Mujeres…

—Veracruz. – afirmé. Ella asintió y dirigió su mirada a la carretera, oscura y no habló más.

Casi la mitad del trayecto fue en silencio. Incómodo. Pensé en una y mil cosas que decir, pero estaba muerto de nervios y no quería generar cualquier rispidez entre nosotros y se me ocurrió algo, que quizá podría aligerar el peso, tan sonoro, del mudo ruido que reinaba.

Cuando éramos novios, teníamos una suerte de juego de frases que usábamos para cuando no quedaba qué decir y, generalmente, después de recitarlas, nos sentíamos mejor. Era algo infantil y tonto, pero recuerdo que nos hacía sonreír. Me pareció buena idea.

—¿Y luego? – pregunté en medio del silencio volteándola a ver en la medida de lo posible, pues iba concentrado en la carretera. Ella me miró extrañada y justo cuando iba a replicar, sonrió y se rio, negando amigablemente con la cabeza.

—Pasó un borrego – respondió volteando los ojos hacia arriba, pero sonriente.

—¿Y después? – pregunté de nuevo

—Un cien pies

—¿Y antes? – seguí con el juego de palabras

—Dos caminantes – respondió al instante, con tranquilidad.

—¿Y al fin?

—Un delfín – sentía su mirada. Su mano se posó sobre la mía.

—¿Y entonces? – volví a preguntar

—Un rinoceronte

—¿Y al rato?

—Pasó un gato – inmediatamente después de terminar la frase, lo tenso del ambiente se rompió. Sus dedos se entrelazaron entre los míos y añadió: - Te amo.

—Y yo a ti – respondí con profundidad. De ahí en adelante, no paramos de hablar durante el viaje.

Eran cerca de las 2 de la mañana cuando llegamos al hotel Novomar. Elena se sorprendió cuando llegamos al mismo lugar donde nos habíamos encontrado hacía tres meses, después de tres años. “Hijo de tu puta madre… Te amo” me soltó cuando bajamos del carro. Se encontraba en un limbo entre enojo y admiración. Yo me sentí alagado de generarle ambos sentimientos.

Nos registramos en el hotel y le pague a un botones para que subiera mi pequeña maleta a la habitación una vez nos dieron las tarjetas de la misma. Elena no traía más que su celular y lo puesto.

—¿Me acompañarías a caminar en la playa? – le pregunté en el lobby tendiéndole una mano al más puro estilo renacentista.

—¿Acaso tengo de otra? – respondió imitándome, pero tomó mi mano y salimos.

Hacía una noche nublada, pero no hacía frío. El calor húmedo, propio de Veracruz, era delicioso. La luna asomaba a veces y proporcionaba una luz ricamente tenue. No se veían estrellas, pero el sonido del mar compensaba mucho el ambiente. La playa estaba completamente desierta, no había un alma ahí, aunque por el camellón circulaba algún que otro transeúnte y autos esporádicos. Por lo demás, estábamos solos. Perfecto.

Caminamos un rato en silencio, hasta que ella lo rompió con una pregunta obvia.

—Entonces, ¿sí terminaste con ella? – me preguntó cuándo me apretaba la mano.

—Estoy soltero, aunque espero no por mucho – contesté – Esta vez quiero hacer las cosas bien.

—¿Cuándo hemos hecho bien las cosas? – me preguntó retóricamente

—No lo sé – respondí tras un breve momento de silencio – Pero podemos empezar a hacerlo ahora, si tú quieres. – ella se detuvo y me abrazó fuerte.

—No tienes idea de cuánto te he extrañado – me dijo casi en un susurro

—Yo también – respondí. De nuevo silencio, pero éste no era incómodo. A mí me daba tiempo para pensar cómo plantearle lo que tenía en mente.

—Ajá si… - soltó con sarcasmo y se despegó de mí, aunque dejó sus dedos entrelazados con los míos. – Extrañándome en los brazos de otra vieja – añadió con mordacidad

—Mira quien habla – ataqué con elocuencia.

—Bien bajado ese balón – me concedió ella y se recargó sobre mi hombro retomando nuestro andar sobre la playa desierta. – ¿Por qué venir hasta acá?

—Ya sabes que soy un romántico empedernido – argumenté un poco dolido por la poca valoración de mis esfuerzos – además, quería demostrarte que ésta vez va en serio.

—¿La primera vez no iba en serio? – inquirió recriminándome.

—Iba en serio hasta que me pusiste el cuerno con quien sabe cuántos – repuse dolido. El momento se acercaba – Aunque eso ya no importa…

—¿Seguro? – me preguntó mirándome a los ojos. Se detuvo y me sostuvo la mirada, la cual reflejaba un sincero arrepentimiento.

—Bastante seguro. De hecho, quisiera tocar el tema un poco más adelante – le aseguré y le tomé ambas manos. Intenté serenarme y mostrar seriedad en mi rostro, pese a que estaba a punto de desmayarme. – Antes quisiera demostrarte que mis intenciones son serias

—¿Y cómo piensas demostrarme eso, si sólo quieres que sea tu puta? – me soltó incrédula, un poco en serio y un poco jugando – Y no me digas que no es cierto…

—Quiero algo más que sólo eso – le aseguré. Había llegado el momento. Era ahora o nunca. Me hinqué ante ella – Elena…

—Déjate de bromas, Pablo – me dijo completamente anonadada, sin saber si estaba jugando o era en serio – Levántate…

—Eres sin duda, el más grande amor que he tenido y sabes que he tenido muchísimos. Te repito, eres, por mucho, el más grande y mejor, a pesar de todo y por encima de todo. Te amo. Quiero que seas mi puta, pero no sólo eso – le dije con toda la seriedad y pasión que pude expresar. De mi bolsillo, saqué el estuche de un anillo de compromiso, que permanecía cerrado, pero se lo ofrecí – Quiero que seas mi amiga, mi novia, mi amante, mi esclava, mi apoyo, mi “media sandía”, mi dueña y, por sobre todo lo anterior, MI ESPOSA

—¡Oh por Dios! – exclamó en un susurro, completamente sorprendida. No se lo esperaba. – Si vas en serio…

—Si aceptas, yo prometo, o al menos, morir en el intento… - suspiré. Me faltaba la voz. Estaba, en un estado que no sé definir. Intenté abrir de manera galante el estuche y para colmo se atascó, quitándole un poco de encanto al momento. Al final, se abrió, revelando precioso, pero sencillo anillo de compromiso – Prometo ser tu mejor amigo, tu amante, tu esclavo, tu puto, tu otra mitad, tu apoyo, tu sustento, tu dueño y, por sobre todo lo anterior, TU ESPOSO.

—No mames… – suspiró con evidente emoción.

—Sé que nos peleamos a cada rato y siempre somos groseros el uno con el otro. Tu eres demasiado orgullosa y yo la cago a cada rato. Eres caprichosa, enojona y un poco vale madres. Yo soy, como siempre me dices, un coqueto. Como dije, la cago a cada rato y me es difícil controlar mis caras y mis expresiones, las cuales, yo sé, pueden llegar a ser muy hirientes. Volteo los ojos a cada rato. Soy muy terco… En fin… ni tú, ni yo, somos una perita en dulce. Me engañaste como toda una zorra y yo te puse el cuerno con tu propia hermana. Somos terribles personas y hemos hecho cosas muy culeras, independientemente de quién más o quién menos. – me sinceré completamente. Ella escuchaba atenta, pero con una sonrisa y lágrimas al borde. – Pero, también te amo, Elena. Te amo con cada fibra y molécula de mi ser. Te lo demostré durante mucho tiempo en el pasado, así como tú me lo demostraste. En aras de ese amor, es que te propongo esto. Así que, si aceptas, te prometo que cada día haré mi mejor esfuerzo por que esto funcione. ¿Qué me dices, Elena? ¿Quieres ser mi esposa?

Al instante, me arrebató el estuche y ella misma se puso el anillo. Me jaló hacia ella y me besó como nunca antes me había besado, llorando. Me besó repetidas veces. Me besó con pasión, con lujuria, con inocencia, con emoción, con deseo… con amor.

—Si – me respondió aun con lágrimas en los ojos y con la respiración agitada, cuando rompió el beso. Me miraba fijamente. – Si y mil veces sí.

—Aún hay cosas por definir – le previne – y creo que influirán un poco en tu decisión. Por un momento, una sombra de miedo y enojo cruzó su semblante, pero se esfumó en un parpadeo. La curiosidad tomó lugar y la felicidad regresó casi al instante

—Mi respuesta es sí, a menos que estés ya estés casado y tengas hijos que no conozca – me dijo, aun sonriendo.

—No tiene nada que ver con eso – le aseguré y le indiqué con la cabeza que regresásemos al hotel – Pero prefiero comentarlo cuando te tenga desnuda y abierta de piernas… - le dije con perversión.

—¡Oh! Es en ese sentido – suspiró aliviada. – En ese caso, lo vuelvo a decir: SÍ y mil veces SÍ

—Aún no sabes lo que quiero pedirte – le recriminé.

—No me importa. – me espetó y me besó indecentemente. Dirigió una de mis manos a sus nalgas – Si, acepto cualquier cosa que me vayas a pedir.

—Eso ya lo veremos…

—¿Pablo? - preguntó mientras caminábamos

—¿Si? – quise saber

—Siempre quise esto… - me confesó

—Yo también – respondí cuando cruzábamos las puertas giratorias del hotel.

Entramos a la habitación. Ella caminando delante de mí. Ella abrió las ventanas, que daban hacia la playa. No prendimos la luz. Mi mochila estaba sobre la cama y ella la colocó en el suelo. “Te amo”, me susurró y me plantó otro beso. Después me empujó suavemente y me volvió a dar la espalda. Con un movimiento simple, se despojó del vestido que traía, develándome que, bajo él estaba completamente desnuda. No llevaba ropa interior. “Zorra”, pensé y me sonreí.

Se quedó, viéndome con sensualidad para después clavar su mirada en mi entrepierna. Para esos momentos, yo ya estaba listo, incluso, para atravesar la pared, por lo duro que estaba. Me quité la camisa que llevaba. Desabroché mi pantalón y me bajé el bóxer al mismo tiempo. Ella avanzó hacia mí, pero la detuve. Había llegado el momento de plantearle algo muy delicado.

—Antes de que hagamos otra cosa, quiero que me prometas algo – le dije con seriedad.

—¿Ahorita? – me recriminó intentando avanzar, pero la volví a detener – Estoy muy caliente wey, quiero coger

—En esto también quiero que entiendas mi nivel de compromiso… - ella suspiró y me miró expectante, aunque impaciente.

—O.k. – convino

—Necesito que seas completamente honesta conmigo – le pedí

—O.k. – accedió, pero no sentí mucha convicción

—Es en serio, necesito que seas completamente honesta conmigo. – la miré a los ojos con enojo

—Está bien, lo prometo – accedió con sinceridad.

—¿Con cuántos me engañaste? – le pregunté tras un breve momento de silencio.

—¿Es eso? – me espetó - ¿Estás seguro que quieres hablar de eso ahorita, antes de coger? ¿Después de lo que me acabas de proponer?

—Si – le dije con seguridad. Ella al momento, se giró con evidente molestia e incomodidad. Yo, al instante la tomé del brazo con fuerza y la obligué a quedarse frente a mí. Su cara reflejaba enojo, molestia y, con seguridad, vergüenza. – Agárrame la verga, mujer y siénteme. – Le ordené y como no reaccionaba, tomé su mano y la hice tomarla. – Jálamela, lento. Siente mi excitación y cómo me pongo cada vez más duro… ¿Con cuántos?

—No sé… - me respondió evitando mi mirada. Me seguía masturbando - ¿Cómo puedes preguntarme eso…?

—Elena, cuántos. – le pregunté y sentí que su mano se separaba de mi inhiesto miembro. – ¡No la sueltes, carajo!

—¡Es que, no mames wey! – me recriminó, pero obedeció y reanudó su labor

—Me prometiste honestidad – le recordé. Seguía evitando mi mirada. Sin duda, no sabía lo que estaba a punto de proponerle. Suspiró profundamente y se quedó en silencio un momento.

—Por lo menos… más de 20 – me confesó con evidente pena – De los que recuerdo, más de 20…

—¿Y cogiste con todos ellos? – le pregunté e hice que aumentara el ritmo con su mano.

—Probablemente con más – en ese momento, su cara era un mar de confusión. Me miró extrañada.

—Cuando me enteré de eso me dolió mucho – comencé – Me enojé, me frustré y me sentí bastante mal. Independientemente de tus razones (las cuales, espero alguna vez me confieses), me ardí y me sentí mal como hombre. No sabía si era por ser un mal amante, por no tener tiempo, por nuestras constantes peleas o porque eres una verdadera zorra. Quizá todas las anteriores, quizá ninguna.

—Soy una zorra – admitió, pero al instante la callé con una cachetada fuerte y un autoritario “shhh”.

—Sabes que soy un pervertido. Conoces mi lado oscuro y sabes que es muy, muy oscuro y retorcido. – continué con una mirada atenta por parte de Elena – Sabes de mi amor por la lectura y que siempre he estado leyendo relatos eróticos. Leyendo, me topé con algunos relatos que, sin darme cuenta me excitaron; sin embargo, no me di cuenta qué tanto, hasta que tú misma, me confesaste los cuernos. Para mi incredulidad, me excité. Eran relatos de infidelidad consentida.

—¿Cómo? – me preguntó completamente perdida

—No lo sé, pero me excité. Para serte honesto, había dos cosas dentro de mí. En primer lugar, el dolor, la humillación, la mentira y falta de respeto ante el hecho. En segundo lugar, precisamente esa humillación hacia mi persona y puterío de tu parte, eran lo que me excitaban. Mucho, mucho.

—Estás loco Pablo – me dijo y me soltó y se separó de mí. No alcanzaba a distinguir qué sucedía por su mente.

—Es en serio Elena – la alcancé y volví a colocar su mano en mi pene – Siente lo duro que estoy. Siente como crece más y se pone más duro con la sola mención. Es neta. No me agrada, pero me excita muchísimo… Te reitero, soy un maldito pervertido. Así que… ¿qué me dirías si te digo que quiero que me engañes… otra vez?

—¡No mames, estás completamente chiflado! – me regañó negando rotundamente con la cabeza - ¡No te creo!

—¿Lo harías? – le pregunté – Aunque eso no es todo…

—¡Ja! ¿Acaso hay más? – me preguntó con sarcasmo

—Para que se haga bien, tengo que poner reglas y no se te debe de olvidar que el que manda aquí, soy yo. – sentencié – Además de que, va a haber un castigo…

—Eso ya me está agradando más – me miró y sonrió después de no hacerlo durante un buen rato. Volvió a tomar mi verga y a masturbarme. - ¿Cuáles son las condiciones?

—Lo estuve pensando mucho. Le di muchas vueltas…

—No divagues y dilo ya – me ordenó. Sonreí. A veces divago.

—Quiero que seas completamente honesta conmigo. No quiero que te guardes absolutamente nada. Quiero saberlo todo y con detalle. Eso sí, sólo debe de ser sexo, nada de enamoramientos. Si comienzas a sentir algo por alguien, lo dejas, sí o sí. También, te prohibiría que fuera alguien que conozcamos. Nadie que yo conozca. Prefiero evitar algún pleito o grosería de parte de ellos. Por lo demás, me da igual con quién o con cuántos quieras meterte.

—¡Oye! – me recriminó

—Aun no termino – le corté y continué – Te repito, quiero que seas completamente honesta. No quiero enterarme por terceras personas, quiero que tú misma me lo digas. Quiero que seas descarada, que me humilles. Se una zorra. Eso sí, cada vez que lo hagas, te voy a castigar duramente. CADA VEZ. – hubo un silencio cuando terminé solo roto por el sonido que generaba la frenética masturbación que me hacía. Al final me besó.

—Probablemente lo haría sólo para que me castigaras… - me dijo cuándo se despegó de mí. – Pero eso lo puedes hacer siempre que se te antoje… Pero… me cae que estas verdaderamente enfermo

—Lo sé – admití acercándome a ella - ¿Cuál es tu respuesta?

—¿Tengo que responder ahorita? – preguntó con impaciencia

—No – convine – Pero prométeme que lo vas a considerar

—Te lo prometo – Se soltó de mi verga y ella misma se pegó a mí. Comenzó a sobar y a apretar mis nalgas. Me soltaba nalgadas fuertes mientras me besaba el pecho y el torso. Yo cada vez me excitaba más- ¿Ya me vas a coger o hay más cosas que quieras decirme?

—¿Sigues queriendo ser mi esposa? - pregunté

—Por supuesto - me aseguró en un tono que me dejó claro que la duda ofendía. Me sostuvo la mirada unos momentos y al final volvió a preguntar apretándome la verga - ¿Tons ya?

Cómo respuesta a la pregunta, la empujé bruscamente hacia la cama. Abrí sus piernas y la penetré en el acto. Me apoderé de sus pechos y los apreté con brío. Ella sonrió y comenzó a gemir como la puta que es. Yo aumenté el ritmo, excitado a más no poder. Feliz, pleno. Ella se dejaba hacer y me demostraba así, su entrega, su pasión, su sensualidad. La besé y tras unos breves instantes, terminé inundándola con mi cimiente. Me abracé a ella.

—Perdón – me disculpé muerto de vergüenza – no quería terminar tan rápido…

—Shhh – me calló – Eres el mejor… Además, la noche es larga.

—Eso sí – convine mientras salía de ella, con mi verga dormida. Ella se recostó sobre uno de sus brazos y me miró feliz. – Te amo.

—Yo también te amo – respondí

—Me sentiría honrada de ser tu esposa – me dijo.

—El honor será todo mío – repuse.

Nos quedamos recostados unos minutos, disfrutando solamente de la mutua presencia. Fue algo puramente mágico.

—Sigues asombrándome – dijo mientras sus manos recorrían mi pecho. Adoro esa clase de caricias. – Y en el espíritu de los castigos que propones, quiero que me castigues ahorita.

—¿Por qué? – le pregunté

—Por todas las veces que te engañé en el pasado – respondió con cierto deje de obviedad y una lujuria implícita – Quiero que me lastimes, fuerte. Sin piedad. Que me dejes chillando…

—¿Neta? – le pregunté y ella asintió con seguridad y picardía - ¿Segura? – le pregunté de nuevo sintiendo como mi virilidad comenzaba a despertar nuevamente. Ella sabe cómo me calienta la disposición al dolor.

—Mira – me dijo y colocó una de mis manos en su hermoso trasero – siéntelas. Siempre serán tuyas, así como yo, pero, sobre todo, siente como mis nalgas están llamando a los golpes…

Lo solté una nalgada fuerte. Ni siquiera se inmutó. Dos, tres más. Sólo me sonreía. Se despegó de mí, se incorporó y me atrajo hacia el filo de la cama, haciendo que me sentara. Después, ella colocó su pelvis sobre mis muslos, dejándome expuestas sus asombrosamente bellas posaderas.

—Castígame, amo – me dijo guiando mi mano a su trasero – Castiga mi puterío y mi ultraje. Véngate hasta que te sacies y no hagas caso de mis gritos o súplicas. Soy enteramente tuya, para que hagas lo que quieras. LO QUE QUIERAS. "Pégame, pero no me dejes…".

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