Voyerismo - Sexo con maduros

Relato erótico

Carne tierna para dos abuelitos

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RESUMEN

Dejé que mi conejita, mojadita ya tras la braguita, se restregara contra su verga. Sonreí cuando sentí que poco a poco se endurecía, él quería salirse obviamente pero yo no le iba a soltar, iba a calentarlo a tope.

Durante un torneo de tenis amateur, decidí ser la putita de dos jueces sexagenarios para conseguir resultados favorables. Hola queridos lectores, me llamo Rocío y soy de Montevideo. Quisiera compartir nuevamente con ustedes mis relatos. En una primera vez conté cómo mi instructor de tenis me calentó hasta liberar la putita que tenía escondida en mí, para convertirme en su esclava particular. Prácticas de Tenis. Luego cómo el mismo hombre amañó mis entrenamientos de tenis para que yo y mi hermano termináramos follando como cerdos. Mi hermano es un cabrón. Yo estaba muy nerviosa porque terminó la sesión de entrenamiento. El Señor Gonzáles, mi instructor, me había dicho días atrás que pronto me metería cuatro dedos en el culito para seguir ensanchándolo y por fin hacerme debutar con su enorme tranca, pero la verdad es que con tres dedos yo me ponía a chillar y llorar porque me resulta muy doloroso aún. ¿Cuatro dedos? Me ponía caliente la idea pero mi culito pedía tregua. Pensé que tal vez si le hacía una chaquetita tras los arbustos podría perdonarme por ese día.

—Rocío, te puedes ir a tu casa, tengo que prepararme porque me voy a Paysandú, me invitaron a un torneo Senior Amateur que durará una semana. Creo que tengo condiciones para llegar mínimo a la final, ¿tú qué piensas?

—¿Se va por una semana? Ojalá tenga un accidente en el camino y así nunca más volvamos a vernos.

—Qué malvada eres. ¿Vas a extrañarme, mi putita?

—No soy su putita. Debería darle vergüenza hablarle así a alguien de mi edad.

Claro que iba a extrañarlo. ¿Pero admitir que me gusta el contacto de su verga en mi conejita, de sus dientes en mis pezones, de sus peludos huevos en mi boquita? ¿Admitir que me mojo todita cuando me ordena ir a su oficina para “jugar un rato”? Jamás, que yo tengo una imagen de chica decente que mantener. Me dio un beso y se alejó. Me hice de la remolona y crucé mis brazos como si no me importara. ¿Una semana sin mí querido instructor? Era una locura. Le seguí hasta su coche, a una distancia prudente sin que él me notara. Cuando se subió, me acerqué y golpeé la ventanilla insistentemente con mi raqueta:

—¿Qué pasa, Rocío?

—¿Ese torneo en Paysandú no tendrá una sección amateur para gente de mi edad?

—Sí, seguro que lo hay. ¿Y por qué quieres ir a ese torneo?

—Usted más que nadie ha visto mi progreso en la cancha, creo que un torneo para medir mis capacidades sería perfecto, ¿no?

—A ver, Rocío, ese torneo es importante para mí, preferiría evitar cualquier tipo de distracción. Y tú, tu culito, tus tetas y tu conejita son una maldita distracción.

—¿Qué le hace pensar que quiero estar con un viejo asqueroso como usted? Ya le dije, quiero probar mis habilidades, apoyarme y ayudarme es su responsabilidad como mi instructor. ¡Mi padre le paga para eso!

—Mira jovencita, si tanto quieres ir, voy a esperarte mañana aquí a las dos de la tarde, pero iremos para JUGAR TENIS y nada más. Habla con tu padre, él confía en mí, dile que te alojarás en mi casa en Paysandú.

—¡No me haga llorar de la risa, Señor! ¿Realmente piensa que solo lo hago porque quiero coger con usted? Baje esos humos, pero por favor. Yo estaba afuera de la habitación de mi papá, esperando que terminara de hablar teléfono, pero parecía que nunca iba a terminar de discutir con su colega.  Para esa ocasión solo llevaba una camisetita rosada que revelaba mi ombligo y una braguita blanca. Me había deshecho de la coleta y dejé que mi cabello lacio y mojado terminaran de darme la imagen ideal. Entré en su habitación. Él me miró fugazmente mientras hablaba, puso su mano en el móvil y me dijo:

—Rocío, ¿entras sin tocar?

—Perdón papi, quería pedirte un favor. Me subí en su cama y a cuatro patas avancé lentamente hasta quedar encima de él. Su mirada era extraña, como si tratara de reconocerme. Aún no sabía que su hija se había convertido en una adicta al sexo duro. Me mordí el labio inferior y llevé un mechón tras mi oreja.

—Papi, hablemos un ratito.

—Te llamo luego –colgó su móvil-. Pero bueno, mírate nada más, qué bonita estás, Rocío. ¿Qué quieres?

—Voy a irme a Paysandú para participar en un torneo amateur de tenis. No te preocupes por mí, me alojaré en la casa del Señor Gonzáles y su esposa –inventé lo de la esposa-.

—Sigues viviendo bajo mi techo. Mi casa, mis normas, nena. No hay trato, te quedas aquí. Me estaba poniendo mal humorada, sentía que la tranca venosa de mi entrenador se alejaba de mis manos. Volvió a coger su móvil para llamar a su colega pero yo no iba a dejarle, me abalancé para abrazarlo con brazos y piernitas, mi manita disimuladamente lanzó el móvil al suelo, llevé mi naricita hasta su oído y le susurré muy sexy:

—Por fiiiii papiii, no seas malo, te prometo que te traeré una medalla para que estés orgulloso de tu nenita.

—Rocío… ufff, pero qué te pasa… Quiso apartarme pero yo me senté sobre él y apoyé mis manos en sus hombros. Gemí porque el culo aún me dolía un poquito, pero decidí aguantármelo, me reí y mordí la puntita de mi lengua.

—No te soltaré hasta que me lo permitas, papi. Venga, solo serán unos siete días, te llamaré todos los días, te lo juro.

—Bufff… Confío en el Señor Gonzáles, ha enderezado un montón a tu hermano. No se lo digas a nadie, pero el muchacho me dijo que está enamorado de una chica y que busca ponerse serio con ella. Pues claro que mi hermano estaba enamorado. Estaba enamorado de mí gracias a las clases de tenis de mi instructor. Pero él era de lo menos en ese momento, era evidente que mi papá no me veía como una mujer deseosa de carne, yo era simplemente su hijita, por más cortita de ropas que estuviera, por más que yo gimiera como cerdita y por más que me restregara contra su pelvis.

—Papi no hablemos de Sebastián, hablemos del torneo de tenis en Paysandú.

—Ah, eso. No, lo siento Rocío. Mandé mi rodilla en su entrepierna y golpeé ligeramente su bulto. Él quería acomodarse pero yo lo tenía bien sujeto, me acerqué más y más con una carita de gatita triste.

—¿Me he portado mal alguna vez, papi?

—Ufff… Ro… Rocío, me estás golpeando ahí abajo. ¿Quieres quitarte de encima?

—No hasta que me des permiso, papi. Dejé que mi conejita, mojadita ya tras la braguita, se restregara contra su verga. Sonreí cuando sentí que poco a poco se endurecía, él quería salirse obviamente pero yo no le iba a soltar, iba a calentarlo a tope.

—Madre mía, niña… ¿puedes dejar de hacer eso?

—¿Hacer qué, papi?

–Besé la puntita de su nariz–. Te voy a comer a besos y no te soltaré hasta que me des permiso. Empecé a dar piquitos en su mejilla, luego fui hasta la comisura de sus labios de manera rápida. Él ladeaba su rostro con risas forzadas mientras su verga ya se ponía a pleno. Me reí tan inocentemente pude, restregándome más y más, luchando ambos en la cama. Un libro cayó al suelo, una almohada también, y así, enredados los dos entre las sábanas, por fin habló:

—¡Bufff!… Suficiente, Rocío… ¡Basta!, la verdad es que nunca me has fallado. Vale, puedes irte. ¡Simplemente sal de encima!

—Eres el mejor papi del mundo.

—Sí, claro, recuerda llamarme todos los días. Me fui con una sonrisa de punta a punta pero con unas ganitas terribles también, de hecho me llevé una almohada para que no notara mi braguita mojadita. Obviamente no iba a coger con mi papá, no soy tan guarra. Por eso fui a la habitación de mi hermano Sebastián, que con él sí podría descargarme todita. Pateé su puerta violentamente y lo asusté. Estaba escuchando música desde su cama, tenía puesta una camiseta de Peñarol y nada más, se podía apreciar su verga gorda reposando entre sus piernas. Con la mirada enojada le pedí que levantara sus brazos. Cuando lo hizo le quité su camiseta y lo tiré al suelo.

—Flaca, ¿estás con hambre, no?

—Imbécil, no soporto esa camiseta y lo sabes, solo te la he quitado porque no la quiero ver –mentí, evidentemente quería deleitarme con la vista.

—¿A qué se debe esta visita inesperada, Rocío?

—Mañana me voy a Paysandú para jugar un torneo. Estaré fuera por una semana.

—Vaya mierda, flaca, ¿ahora a quién le pediré una mamada matutina?—Pues te buscas una novia y listo.

 —No quiero una novia, te quiero a ti. Me puse un poquito colorada pero tenía que ser firme:

—Se ve que cuando eras bebé te caíste de cabeza, nene. Por nuestro bien será mejor que te consigas una chica y te dejes de tonterías conmigo.

—Ya, ya… supongo que tienes razón. Es una pena, flaquita, porque creo que tenemos mucha química en la cama. Digo, en la mesa.

—¿Ves cómo eres subnormal, Sebastián? Si tú quieres puede seguir como perrito faldero detrás de mí. Evidentemente no conseguirás nada, pero bueno, eso ya es tu problema.

—Claro, claro, “yo jamás me rebajaré a coger contigo” y punto. Cerré su puerta y puse el seguro, me mordí el labio inferior, avancé hacia él y me quité la camisetita. Él sonreía como un tarado porque le encantan mis tetas, pero yo iba a borrar esa sonrisa muy rápido:

—Sebastián, he grabado cuando follamos en la cocina.

—¿Eh? ¿Que qué has hecho? … ¿QUÉ ME ESTÁS DICIENDO? —Se lo mostraré a papá a menos que hagas algo por mí.

—No te atreverías, puta.

—¿A qué no? He visto el vídeo solo una vez y se nota que eres tú el que insiste cogerme –la verdad es que me he hecho un montón de pajitas muy ricas viendo varias veces ese video.

—¿Quieres dinero, eso quieres maldita ramera?

—Vas a ser mi esclavo, Sebastián. Y la única orden es que sientes tu puta cabeza. Que elijas una chica decente y te pongas serio. Y si quieres montar a tu nueva novia, lo harás LEJOS de aquí. No pienso volver a soportar tus griteríos tras la pared de mi habitación.

—¿En serio? ¿Es todo? Creo que puedo hacerlo.

—Te recomiendo que busques novia ya, que de mí no volverás a obtener carne -Me quité la braguita y la tiré en su cara.

—¡Jaja!, flaca, si no existieras te inventaría –dijo oliéndola. Me arrodillé frente a su imponente verga. No tardó mucho en ponerse a tope gracias a mis manitas y lengüita, que si algo he aprendido desde que me he convertido en la putita de mi instructor, es mamar vergas. Puse la puntita de mi lengua en el glande y jugué un poco con ese agujerito en el centro, eso lo volvió loco y quiso salirse de encima porque se ve que aún no se acostumbra a mis mañas. Pero no pudo escaparse porque yo atajaba fuerte su tronco con ambas manitas. Empecé a mordisquear la cabecita de su enorme pija, mirándolo y contemplando cómo ponía una cara retorcida. Envié una mano entre sus huevos y su culo, ahí donde es tan sensible y empecé a acariciarlo con mi dedito corazón. Eso lo puso más loco y se tuvo que morder una almohada. Yo estoy acostumbrada a que me tomen del cabello para que me cojan la boca, pero como mi hermano es algo menso yo tuve que hacer todo el trabajo. Metí su tranca hasta el fondo de mi garganta, hasta que ya no pude respirar, luego lo retiré un poquito y seguí ensalivando. Sebastián gemía demasiado pero por suerte su música estaba un poquito fuerte, pero si aumentaba sus gritos papá podría escucharnos. Eso me puso a cien, así que lamí con mucha fuerza ese vergon y acaricié esos huevos para verlo sufrir. Puso sus ojos en blanco y con una cara horrible se derramo en mi boca, yo me aseguré de succionar muy fuerte y exprimirlo bien, que por la experiencia sé que a veces quedan gotitas que les cuesta salir de la uretra. Quería tener toda su lechita, pero no para tragarla. Cogí su camiseta de Peñarol. Yo soy hincha de Nacional, así que escupí todo su semen caliente en su camiseta con mucho cariño. No lo vio pues se tiró en su cama para descansar. Me reí y me subí encima de él, más le valía al cabroncito volver a poner a tope ese pitote, que yo no me iría de su habitación sin una buena ración de carne porque mi padre me ha dejado cachondísima.

—Ufff… flaquita, ¿qué haces? Pensé que nunca te subirías a mi cama.

—Te voy a besar, Sebastián.

—Ni lo pienses, ¡aléjate! Eso es asqueroso, tienes los labios repletos de semen, puta madre.

—Eres mi esclavo ahora, toca complacer a tu dueña.

—Estás loca, Rocío. Me acarició la mejilla y me miró muy tierno. Yo me mordí la lengua porque sabía que la noche solo comenzaba para nosotros. Al día siguiente esperé a mi instructor en el predio. Me fui con una camiseta femenina de mi querido Nacional y unos leggins ajustados de color blanco, lo elegí adrede para que se vieran bien mis labios vaginales, que a esa altura ya estaban bien voluminosos debido a la succión matutina que me regaló mi hermano a modo de despedida. Básicamente, quería mostrarle a mi instructor que mi conejita tenía ganas de recibir vergas. Llego puntual pero no quiso bajarse del coche para abrirme la puerta. Me enojé un poquito, ya podría ponerse caballeroso pero qué se puede esperar de alguien cuya meta en la vida es cogerme el culito con su puño. Llegamos a Paysandú cerca de las seis de la tarde. Casi cuatro horas de viaje en donde traté de calentarlo en vano, desde luego era verdad eso de que él quería evitar tentaciones. Incluso cuando hicimos una parada para cargar combustible, me salí del coche, levanté un poquito mi camiseta y le mostré mi culito para preguntarle si mi leggins tenía alguna rajadura. El cabrón soportó mis embistes pero yo no me iba a rendir. Llegamos al recinto para inscribirnos en nuestras respectivas modalidades. Luego de merendar en ese hermoso lugar, nos fuimos a la casa del Señor Gonzáles. No estaba muy lejos del complejo deportivo, era una casa de dos pisos bastante grande, mucho más que la mía, y me dijo que vivía allí antes de separarse de su ex.

—Mi habitación está arriba, a la izquierda.

—¿Y cuál es la mía, profe? —Al otro extremo, allá, a la derecha. —Carajo, me ha puesto muy lejos de usted.

—Mira, Rocío, en mi grupo está el señor Guillermo Peralta. Desde chiquillos siempre hemos sido muy enemigos y competitivos. Voy a enfrentarme a él mañana, y lo último que necesito es desconcentrarme. Así que por esta noche necesito que estés lejos de mí.

—Lo dice como si yo quisiera dormir con usted, viejo pervertido. Cerca de las nueve de la noche me fui a su habitación para golpear su puerta. Me puse un camisón sexy y trasparente que revelaba que yo no tenía braguitas puestas. Toqué un montón de veces y parecía que no me iba a abrir, pero lo hizo al decimoprimer intento. El señor puso una cara de perros y se recostó en el marco de la puerta:

—Rocío… ¿Qué haces aquí a estas horas?

—Señor Gonzáles, esta casa es enorme. La mía es pequeña y estoy muy acostumbrada a dormir con gente cerca de mí. Más allá de que las paredes me separan a mí de mi hermano y mi padre, siento que están cerca para protegerme.

—Ajá…

—Voy a entrar en su habitación para dormir. Agradecería que no hiciera nada obsceno conmigo Señor, verá, yo también tengo un partido de tenis importante mañana.

—No entrarás, Rocío, me va a ganar la tentación. Además no hay lugar en mi cama, tal vez si hubieras traído tu colchón jaja…

—Resulta que sí he traído mi colchón, Señor Gonzáles –le señalé el pasillo en donde se quedó parado. Y así pude descansar más tranquila sabiendo que estaba cerca de alguien. El colchón lo acomodé al lado de su cama, pero no podía dejar de pensar en el macho que dormía a un paso de mí. Me levanté y subí en su lecho. Me arrodillé y puse mis manos en mi regazo, mi boquita estaba levemente abierta, mi respiración entrecortada.

—Rocío, ¿qué mierda tienes en la cabeza? -me preguntó cuándo estiré su frazada y la tiré al suelo. Su deliciosa verga se podía apreciar bajo de la sabana, si era por mí me abalanzaba y le metía mi lengua hasta la uretra. Pero me aguante.

—Acompáñeme hasta la cocina, Señor, quiero tomar agua. Mi cara estaba colorada. Mi camisón no podía disimular mis pezones paraditos y mi conejita húmeda. El señor Gonzáles me vio la cara desesperada, toda calentita y encabronada a la vez porque no podía tranquilizar mis ganitas.

—¿Y por qué no vas tú sola?

—Tengo miedo, es todo. No le molestaría si realmente no tuviera sed. No me hizo caso, buscó su manta y se arropó de nuevo. Con mucho enojo y muy cachonda, dormí a su lado pegando mis pechitos contra su espalda, restregando mis piernitas por las suyas. Reposé mi nariz cerca de su oído para que escuchara mi respiración, y hasta fingí tener pesadillas para que escuchara mis gemidos de perrita pero el desgraciado no me prestaba atención. Ambos teníamos prioridades, él ganarle a su enemigo de toda la vida, y yo, ganar una medallita para mi padre. Se ve que el único con fuerza de voluntad para alcanzarlas era él. El día siguiente estaba bastante nublado. Por las dudas llevé una sombrilla de su casa antes de irnos al predio. Su partido era bien temprano y desde luego estaba concentrado al cien por cien, evitándome y dejándome con muchísimas ganas de coger. Y eso que yo lucía bastante apetecible con mi faldita deportiva y mi camiseta ajustadita, lista para jugar. Eso sí, se sentía raro usar calzon tras tanto tiempo sin el. Su juego fue el primero. Le acompañé hasta su cancha y me senté en una paupérrima gradería, con la increíble cantidad de tres personas más. Por lo visto mi instructor es famoso. Saludó y charló con su rival, calentaron un rato para después empezar el juego que consistía en tres sets. El Señor Gonzáles peleó duro en la primera tanda de manera increíble, eran idénticos en habilidades. Yo me enojé porque toda esa energía la podría usar mejor conmigo. Ganó el primer set a duras penas, pero lamentablemente para él, no pudo comenzar el segundo set porque la lluvia se hizo presente. Vino junto a mí para resguardarse bajo mi sombrilla. Yo estaba encabronadisima, ¿he viajado cuatro horas para nada? Por un instante pensé que hubiera sido mejor haberme quedado con mi hermano Sebastián en casita.

—Señor Gonzáles, estuvo usted muy bien.

—Gracias Rocío, ¡la verdad es que no pude haber comenzado mejor! El segundo set será muy duro pero tengo energía a tope, esto de no coger me devuelve mucha vitalidad, seguro que gracias a eso tú también ganarás fácil, chica. Me levanté bastante enojada. Se suponía que había viajado hasta Paysandú para comer carne pero no la estaba obteniendo. Le tiré la sombrilla y me fui por una caminata bajo la lluvia esperando que mi calentura y enojo se calmaran un poquito. Mi entrenador quiso detenerme pero yo no quería saber nada de él. Durante mi caminar vi que el Juez de silla y el Juez de línea del partido me llamaron a lo lejos. Ellos estaban afuera de una pequeña oficina. Eran dos hombres mucho más mayores que mi entrenador: si él iba por los cuarenta, ellos probablemente rondarían los cincuenta y muchos como mínimo. Ambos canosos y con un poquito de pancita, pero se le veía muy felices, fumándose unos habanos. Me acerqué a ellos, toda mojadita y con la cara de pocos amigos.

—Oye, niña, ¿por qué caminas por ahí sin una sombrilla?

—Vas a pescar un resfrío, ven un rato, entremos hasta que pare la lluvia. ¡Hay toallas y café!

—Eso, no aceptaremos un no por respuesta. Por cierto, tú estabas en las graderías mirando el juego, ¿no?

—Sí señores, estaba mirando el juego entre el Señor Gonzáles y un tal Peralta. Como sea, aburrido a más no poder.

—¡Ja! Qué graciosa, vamos adentro. Cuando entré en la pequeña oficina, me senté y crucé mis brazos. Ellos notaron que yo estaba visiblemente molesta, por lo que me tiraban muchas bromas para levantarme el ánimo sin éxito. Me pasaron una toallita y posteriormente una tacita de café. Fue cuando le di un sorbito que se prendió un foco dentro de mi cabeza, los dos árbitros me miraron con sonrisas amistosas. Desde luego no sabían lo que les tenía preparado.

—Mi novio me ha dejado, señores árbitros -mentí.

—¡Oh, ya veo niña! Pues lo lamento mucho, así que por eso estabas con esa carita tan malita.

—Nosotros hemos pasado mucho por esa clase de situaciones cuando teníamos tu edad, chica, y míranos ahora, sonriendo y pasándola bien. Lo que te quiero decir es que todo termina superándose.

—No sé, es que lo amaba mucho, pero resulta que es un cobarde porque de un día para otro decidió cortar conmigo por Whats ap.

—¿Waqué? Mira, tú eres una chica muy bonita, en serio, no vas a tardar en encontrar a un chico que te sepa apreciar. Empezaron a salir mis lágrimas de cocodrilo. Puse la tacita en una mesita y me levanté como para irme del lugar. No tardó uno de ellos en soltar su habano para rodear su brazo en mis hombros y zarandearme amistosamente.

—¡Ánimo, chica! ¿Cómo te llamas? Te pareces un poquito a mi nieta, por lo tremendista que eres.

—Rocío, me llamo Rocío, señor árbitro.

—Llámame Jorge. Y mi amigo allí es Alberto. Venga, no nos gusta ver una carita tan linda así de triste. Como el señor no planeaba abrazarme a pleno, lo hice yo. Puse mi cabecita bajo su mentón y restregué un poquito mi cuerpito contra él, muy sutilmente y gimiendo. Sentí su mano acariciando mi cabello y aproveché para rozar un poquito mis piernitas contra su bulto.

—¡Nadie nunca más me querrá, señor Jorge!

—No digas eso, me voy a cansar de decirte que eres una chica muy hermosa. Si tuviera veinte, ten por seguro que estaría detrás de ti todo el tiempo.

—¡Y yo también, chiquilla, te diría un montón de guarrerías, jaja! –dijo Alberto, levantando su habano.  

—Tranquilo Alberto, no te pases y controla tu lengua, que ella tiene la edad de tu nieta Sofía.

—¿Qué me tranquilice yo? Eres tú el que la está abrazando demasiado apretado, hombre. Además, para mí tiene un aire a Rosalba, tu nieta. La verdad es que me estaba molestando un poquito que solo fueran capaces de pensar en sus malditas y tiernas nietas, así que decidí seguir estirando la situación hacia donde yo quería.

—¿Qué clase de guarrerías me dirías, señor Alberto? –le miré con mis acuosos ojitos.

—Pues tengo un montón en mi repertorio pero no te los voy a decir, ¡que no quiero corromperte! Sonreí un poco. Me di cuenta que hasta ese momento Jorge no me soltaba de sus brazos, le miré y le di un beso en la mejilla para susurrarle “Muchas gracias por levantarme el ánimo”. Me abrazó muy fuerte con una gran sonrisa mientras ya podía sentir poco a poco su vergon erecto bajo su pantalón, rozándose contra mi muslo juguetón. Me salí del abrazo y me acerqué a Alberto. Como él estaba sentado, aproveché y me senté en sus piernas. No me gustaba mucho ese olor pesado a habano pero debía aguantármelo.

—Ojalá consiga un novio como ustedes, señores.

—Rocío, ya quisiera que mi esposa fuera tan coqueta como tú. A él también le besé su mejilla, no sin antes gemir levemente a centímetros de su oído. En cuestión de segundos su tranca se podía sentir bajo mis muslitos. Y así, sonriente, llevé accidentalmente mi mano en su paquete y puse una carita de sorprendida. Los dos viejos me miraban con asombro.

—Lo… Lo siento, Rocío, por favor sal de encima, qué vergüenza, vaya no sé dónde meter mi cara.

—No se avergüence, Señor Alberto. Me sorprende y me halaga, no sabía que a su edad aún puedan levantar al soldadito.

—Jaja, te equivocas Rocío, claro que podemos. Y con la experiencia que tenemos, podemos guerrear de maneras que tu exnovio nunca podrá. Jorge se acercó a nosotros y me tomó de la otra manita. Me la llevó hasta su enorme erección y yo fingí asombrarme, pero luego agarré esa enorme tranca que parecía iba a reventar su pantalón:

—Pues sí, niña, ¿o crees que tener canas y barriga nos quita el deseo sexual?

—Diossss… vaya, señor Jorge, es TREMENDO. Ufff… siento envidia de sus esposas.

—¡Bah! No hables de esa vieja testaruda que vas a bajar la erección.

—Perdón señor, pero realmente ellas se están perdiendo de grandes cosas. Estaba empezando a acariciar lentamente ambas trancas por sobre los pantalones. Alberto me invitó a probar una bocanada de su habano, la verdad es que tosí brutalmente porque no estoy acostumbrada. Se rieron los dos de mí un rato pero fue Jorge el que me acarició la mejilla y me dijo:

—¿Quieres olvidarte para siempre de ese exnovio, Rocío? No recuerdo en mi vida haber estado tan caliente. Ya estaba harta de ir tirando balones fuera, por mí, que entraran todos los balones de una puta vez. Así que le sonreí y le respondí:

—¡Síiii! Fui tomada de los brazos hasta el escritorio en donde estaban las boletas de inscripciones y algunas medallas. Me hicieron acostar allí, con mis tetas aplastándose contra los papeles. Uno de ellos subio mi faldita y el otro bajó el calzon hasta las rodillas, y juntos empezaron a sobar mi culito con sus rugosas manos.

—Qué precioso culo, mira Alberto, carne magra, ¿hace cuánto que no vemos algo así? Me dieron unas cuantas nalgadas y apretaron mucho, me dolió un poquito pero me dejé hacer porque aún me faltaba recorrer un largo camino para concretar mi plan maestro. Sentí las gruesas manos de uno restregarse por mi pepita, separando hábilmente mis pequeños labios vaginales. Di un respingo cuando sentí su tibia lengua recorrerme mis carnes inferiores.

—Ayyyy, me gusta muchooo ssseñor… qué ricoooo por dioooss….

—Oye Rocío, ¿ya practicaste sexo anal? Seguro que Alberto va a cogerte por tu pepita, yo quiero usar este culito tierno que tienes.

—Nnnoooo… por favor noooo señor Jorge… solo aguanto hasta tres dedos… ufff… pero me dueleee cuando lo hacen….

—Eso es porque no te lo han hecho bien. Llevó sus manos hasta mi boca y me pidió que lo lamiera. Pasé mi lengua por y entre cada uno de sus arrugados dedos. Yo estaba demasiado caliente pues su amigo Alberto chupaba y succionaba mis carnecitas tiernas, cuando él lamía mi puntito yo mordía los dedos de Jorge porque me volvía loquísima. Al terminar de humedecer sus dedos, me pidió que separara mis nalguitas con mis manos. Cuando lo hice, sentí un cuajo caerse en mi ano y posteriormente su dedo se introdujo. A esas alturas yo podía aguantarlo bien. Me folló con su dedo un buen ratito, lento y tierno, no como esos negros cabrones o mi instructor. Los dos abuelos me hacían ver las estrellas, mi baba caía sobre las medallas y las hojas del escritorio de lo rico que se sentía. Mis piernas temblaban porque nunca en la vida pensé que existirían machos así de hábiles. Al meter su segundo dedo casi ni gemí del dolor, pero cuando llego el tercero volví a chillar y a quejarme mucho. Me dijo que me relajara, que aflojara la presión de mi culito, que era la única forma de avanzar. Su amigo Alberto le ayudó, empezó a estimular a mi chorreante clítoris con la puntita de su lengua. Yo quería morirme, era una puta delicia, sentía un poquito de vértigo por lo bien que lo hacía el malnacido.

—Diossss… mmmmíooooo… me voy a volvvver… looocaaaa…

—Aguanta Rocío, siento que tu culito está cediendo. Ufff… pues sí, ya están entrando bien mis tres dedos.

—Métameeee… másss… señoooorr…. másss dedosss…

—No, chica, por lo que veo, falta mucho para que puedas recibir una verga en tu culo. Pero oye, al menos he abierto un poquito más la brecha. Supongo que le dejaré el honor a algún otro afortunado. El hijo de la grandísima puta quitó sus dedos y me dio un beso en el ano. Fue la primera vez que alguien lo hizo, me corrí fuertísimo, berreé como una putita barata y arqueé mi espalda. Fue demasiado rico para ser verdad, en serio esos viejos me estaban haciendo gozar más de lo que yo creía posible, me iba a desmayar de la ricura, de la masturbada que me hacía su amigo y de la lengua áspera que jugaba en mi culo.

—Ayyyy diosssssss…. mbuffff… me vooyyyy a moooriiiiiiiirrrr de gusto cabronessss…. La lengua de Jorge abandonó mi culito y él se dirigió al otro lado del escritorio para ver mis vidriosos ojos. Yo estaba rojísima, muy sudada y con saliva colgándoseme de la boca, se suponía que yo era una putita con algo de experiencia pero esos maduros me demostraron que no. Jorge tomó de mi cabello y puso la punta de su verga en mi boquita. Era un mástil enorme, restregó por mi carita sus huevos y su tranca. Yo abrí la boca y engullí como buena chica que soy. Alberto por su parte me tomó de la cinturita y dispuso su tranca en mi humedecida e hinchada rajita. Cuando la verga entró un poquito, dio un empujón violento que me hizo ver estrellas. El infeliz me atravesó toda, tocó carnes que yo no sabía que tenía adentro y removió mis carnes. Yo lloré un poquito y quise protestar, pero poco podía decir si la enorme verga del señor Jorge me llenaba la boquita hasta la garganta. No tenían piedad de mis gárgaras, apenas podía respirar y mi pequeño cuerpito era vilmente embestido por ambos frentes. Alberto empezó a darme nalgadas dolorosas, yo arañaba la madera del escritorio como queriendo escaparme de esos dos monstruos sexuales, pero ellos eran muy fuertes y además la putita dentro de mí me exigía carne, carne, carne y más carne. Me dieron unos gloriosos segundos para descansar. Yo respiraba agitadamente y trataba de pensar con claridad, pero ellos aún querían darme duro y yo buscaba una banderita blanca. Y de nuevo, sin tregua, me pusieron boca arriba y se intercambiaron los roles. Fue el pollón de Alberto el que empezó a cogerme violentamente la boquita al tiempo en que sus dedos estrujaban mis pezonsitos. Mi boca se llenó de los jugos de él y los de mi conejita, me puse muy caliente al saborearlos. Por otro lado Jorge reventaba mi tierno conejito, me dolía mucho carajo, parecía que iba a desgarrarme. Con mis últimas fuerzas, saqué el venoso pito de mi boca y aproveché para rogarles:

—Piieedddaaaad… hijooos de putassssss…. Ufff uffff… diosssss míooo… Piedaaaaddddd…De poco sirvió, Alberto me quiso callar de un vergazo, pero yo cerré la boca porque en serio yo quería descansar un ratito. El apretó mi naricita y, segundos después, no me quedó otra que abrir la boquita para respirar… el cabronazo aprovechó y me la metió hasta la campanilla. A esas alturas, los negros, el entrenador o mi hermanito ya se hubieran corrido. Yo estaba acostumbrada a ellos, pero no a esos maestros del sexo. Mi segundo orgasmo era inminente, pero los abuelos ni siquiera se habían corrido aún. Pensé por un momento que realmente iba a desmayarme porque no aflojaban el ritmo, porque el aire no entraba correctamente en mi cuerpo y porque mis tetas y nalgas me dolían de tantos pellizcos. Y cuando el eléctrico orgasmo me llegó, quedé ciega, sorda, muda, sin poder controlar brazos y piernas. Yo me convertí en una muñequita de trapo vilmente cogida por todos sus agujeritos. No sé si ellos llegaron a entender las palabras que yo decía, ni siquiera yo me entendía con tremendo vergon destrozándome la boca, con mi carita coloradísima y con los ojitos en blanco. Antes de desmayarme del placer, traté de rogarles por última vez, pero no salió nada entendible de mi boca, solo se escapaba saliva y rico jugo pre seminal de la comisura de mis labios. No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando me desperté, yo estaba sentada entre las piernas de Jorge, con mi rostro descansando en su pecho desnudo y peludo. Él estaba fumando su habano, acariciando mi cabello. Mi cabeza me dolía muchísimo y mis agujeros también.

—Rocío, despertaste.

—Ufff, señor Jorge, dígame que estoy en el cielo –dije quitándome algunos pelillos púbicos que se quedaron pegados en mi lengua. —Jaja, mejor vístete mi pequeñita, que ya ha dejado de llover, tengo que ir a arbitrar el partido entre Gonzáles y Peralta en unos minutos. Alberto ya se fue, pero tú quédate un ratito aquí para recuperarte, si quieres. —Necesitaré quedarme una semana para recuperarme, me partieron en dos. Me invitó otra vez su habano. Yo lo probé pero realmente era difícil acostumbrarme, volví a toser y él se rio de mí:

—Eres una chica muy especial, Rocío. Te doy las gracias. Tomó de mi barbilla y me metió lengua hasta donde se podía. A esa altura ya me daba igual el olor a habano y me dediqué a chuparla a modo de agradecimiento. Antes de que se levantara ejecuté el paso final de mi plan:

—Señor Jorge. El padre de mi exnovio es el señor Gonzáles, el tenista que usted va a arbitrar.

—Vaya, no lo sabía.

—Síiii, es verdad. Él le dijo mentiras a su hijo para que termine conmigo. Dijo que soy una puta entre otras lindezas.

—¡Qué vergüenza! Hablar así de una chica… Rocío, no puedo expulsarle del torneo por algo como eso. Pero te prometo algo, vamos a hacer lo posible para arbitrar en contra de ese cabrón. Quedará eliminado en menos de lo que canta un gallo.

—Gracias, me hará muy feliz si él se queda eliminado. Y por cierto, ¿puedo llevarme una medallita para mí? Cualquiera de esas que están en el suelo está bien. Se lo prometí a mi papi.

—Toma, preciosa, esta medalla dice “Primer Lugar Tenis Junior Femenino”. Te lo has ganado. Sonreí porque mi instructor quedaría rápidamente eliminado con el arbitraje comprado a mi favor. De esa manera podríamos pasar una rica semana en Paysandú, ya sin necesidad de preocuparnos por el torneo. Y desde luego, a mí no me sentaría nada mal hacerles una visita a mis abuelos preferidos antes de volver a Montevideo. Ellos nunca se corrieron, nunca me bañaron la carita y el conejita con su lechita, y lo último que yo quiero es dejar a medias a un hombre. Dos, en este caso. Antes de terminar el día, el Señor Gonzáles vino hasta las graderías en donde yo estaba leyendo un mensaje raro de mi padre: “Rocío, cuando vuelvas quiero hablar en privado contigo”. Me pregunté qué quería de mí. Pero noté que el Señor Gonzáles estaba muy cabizbajo y nervioso, pues perdió todos sus juegos y quedó eliminado. Guardé mi móvil y le puse buena cara porque esa rabia y esa energía habría que aprovecharla en la cama. Cuando se sentó a mi lado, reposé mi cabecita en su hombro.

—Perdón por haberlo abandonado, Señor Gonzáles. Ya estoy más tranquilita.

—Rocío… este torneo es una mierda.

—Vamos afuera para merendar, Señor. Ya no tiene sentido estar aquí en el predio, después de todo a mí también me eliminaron por Walkover. Tenemos seis maravillosos días por delante aquí en Paysandú.

—Pues es verdad, pensando en frío, debo decir que no todo es malo. Me quedas tú… mi putita. Me alegró un montón que por fin haya vuelto a hablarme como a mí me gusta. Eso sí, le di una bofetada:

—No soy su putita, infeliz. Qué asqueroso, usted solo piensa en coger. No cuente conmigo, contrate unas putas y a mí déjeme tranquila.

—¡Bah! Quién te entiende, muchacha, vámonos ya –nos levantamos para irnos a comer. Y mientras nos alejábamos, me preguntó:

—Rocío, ¿por qué hueles a cigarro?

Un beso.

Rocío

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