Erotismo y Amor -

Relato erótico

Riberas del Donetz 3

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RESUMEN

Estimados lectores, pues sencillamente que la historia acaba como creo que a todos más nos gusta. Luego sólo me resta, como es natural, agradeceros de corazón haberme aguantado hasta aquí, esperando no haberos aburrido demasiado. Un abrazo a todos os mando y como siempre, hasta siempre amigos.

CAPITULO 3º 

Entre los días 11 y 15 de Julio de 1943 tiene lugar la que ha pasado a la Historia como Batalla de Kursk, que no fue sino una serie de combates que tuvieron lugar en distintos lugares más o menos próximos a esa gran ciudad, pero que en realidad ninguno tuvo lugar en tal Urbe. Los más importantes se dieron en las inmediaciones del lugar llamado Prokhorovka, localidad a medio camino entre Belgorod y Kursk, entre los días 12 y 15. No interesa aquí tratar de establecer lo que realmente sucedió esos días, (aunque si hubiere algún lector curioso puede consultar la nota al texto), nos basta con señalar que Hitller dio carpetazo a la Ofensiva Ciudadela, que se cortó por lo sano el 17 de Julio, y con “Ciudadela” se acabaron los sueños de conquista alemanes, que desde entonces ya no pararían de retirarse en forma más o menos ordenada hasta cumplirse el último acto de la tragedia en las mismísimas calles berlinesas a fines de Abril de 1945.(1)  

Stella Antonovna ya no era sargento, sino teniente del Ejército Rojo y comandante efectivo de la Compañía que, en honor a su primer comandante, seguía llevando el nombre de “Baida”.

El 3 de Agosto de 1943 el Ejército Rojo inició la Ofensiva “Rumiantsev”, cuyo objetivo inmediato era destruir al 4º Ejército Panzer y al Panzer Korps “Kempf”, aislar al resto de las unidades del Grupo de Ejércitos “Sur” de von Manstein y liberar Jarkov. En forma secundaria, la ofensiva liberaría también Dniepropetrovsk para así alcanzar el mar Negro, recuperándose Ucrania Oriental.

La Compañía Baida, junto al batallón que la encuadraba, fue agregada al VIIº Ejército de la Guardia y las muchachas se encaramaron a lo alto de los T-34, llegando así hasta la primera línea, hasta el choque frontal con la infantería alemana como cualquier otra unidad de infantería de línea. Los combates se hicieron encarnizados pues los alemanes se defendían palmo a palmo y cada palmo avanzado costaba a los soviéticos bajas y bajas. Las fusileras demostraron ser tan duras y correosas como el hombre más “bragado” y asumían las bajas sufridas con ejemplar estoicismo. En una cosa, sin embargo, se diferenciaban de las gemelas unidades masculinas: Ellas no admitían prisioneros, por lo que soldado alemán que se decidía a levantar los brazos en señal de rendición, soldado que de inmediato era abatido con el típico agujero casi entre los ojos, un poco por encima del nacimiento de la nariz. El 5 de Agosto los soviéticos liberaron Belgorod iniciando la marcha directa sobre Jarkov

A la teniente Stella Antonovna se le asignó la misión de limpiar de enemigos la región recién recuperada, alemanes dispersos, aislados de sus unidades que deambulaban por los bosques intentando recuperar el contacto con las unidades propias. En este cometido sería apoyada por otras tres compañías de infantería de sendos batallones masculinos. Estas cuatro compañías peinaron aldeas y graneros, bosques y monte bajo sacando de sus escondrijos soldados y más soldados alemanes, que suerte tenían si caían en poder de las tres compañías masculinas, pues al final eran enviados a los puntos de concentración y clasificación de prisioneros, porque los que caían en manos de las chicas… pues ya se sabe: Disparo a la frente y a otra cosa. Por otra parte, otras unidades se encargaban de ir recogiendo cadáveres de alemanes; les cargaban en camiones y los trasladaban a diversos puntos donde esperaban fosas largas y poco profundas en las que eran incinerados. Tal procedimiento ya se inició en Stalingrado; era cómodo y, además, no dejaba huellas tras de sí.

El día 11 de Agosto Stella Antonovna subió al jeep Willys procedente de la Ayuda Americana que entonces llegaba a raudales a la URSS y del que desde fines de Julio Stella se venía sirviendo para sus desplazamientos, conduciéndolo ella misma. Había salido aquella tarde, cuando en la aldea donde se alojaba la Compañía empezaban a repartir la cena, para encontrarse con el comandante de una de las compañías comprometidas en la labor de limpieza para estudiar los nuevos movimientos que seguirían en fechas próximas. Entonces divisó casi a lo lejos un vehículo semi oruga alemán, un SD-KFZ 251 le pareció. Detuvo el jeep y sacó sus prismáticos enfocándole. Sí, era ese tipo de blindado, despanzurrado y con varios alemanes inertes a su alrededor. Era evidente que un impacto directo de artillería le había alcanzado exterminando a su tripulación. Iba a guardar los prismáticos pues unos cuantos muertos alemanes más poco le interesaban, cuando creyó ver que uno de esos cuerpos se movía. Enfocó de nuevo los prismáticos sobre aquel cuerpo y no le cupo duda: El pobre diablo todavía alentaba. Pensó por un momento dejarle allí, que acabara de reventar en la estepa, pero luego se sintió generosa. Sí, sería más humano ahorrarle sufrimientos, despenarle de un disparo. Dejó los prismáticos junto a ella, en el asiento contiguo, y aceleró el vehículo casi a fondo partiendo rauda hacia la hondonada. Llegó junto al vehículo alemán, prácticamente al lado del moribundo, y frenó en seco el jeep. Requirió su fusil y de un salto se plantó en el suelo dirigiéndose de inmediato hacia el caído. El alemán estaba tendido de lado, con la cara casi enterrada en el polvo de la estepa, los pantalones desgarrados y cubiertos de sangre con una especie de tampón ensangrentado en aquella pierna derecha, tampón que formaban los mismos girones del tejido de la prenda arremolinados en tal lugar de aquel ser humano con más parecido a guiñapo que a otra cosa.

Stella no se lo pensó un segundo y, más bien por inercia, soltó el típico “Stoi” (¡Quieto!), previo al disparo a la frente. El hombre entonces levantó el rostro hacia ella y Stella, tan pronto vio ese rostro, arrojó el fusil y se precipitó sobre ese cuerpo, ese rostro embadurnado en sangre, polvo y sudor que no era otro sino el que a fuego llevaba gravado en su corazón, en su alma; el de Piotr.

Se arrodilló a su lado y le tendió ambos brazos al cuello abrazándole, cogiendo aquella cara y llevándola a su pecho, estrechándola contra sus senos como si quisiera meterla, incrustarla en ella misma, en su propio ser.

  • ¡Oh Piotr, Piotr, vives! ¡Vives Piotr, cariño mío, querido mío! No te preocupes de nada amor mío. Estoy aquí, contigo… ¡No te preocupes, mi amor!

Peter Hesslich alzó más el rostro, mirándola, como si no pudiera creer aquello. Y le habló con voz queda, trémula, agotada como él mismo se sentía, al límite de sus fuerzas, al límite y final de su vida

  • Stella… ¿De verdad eres tú?... Todavía hay milagros en este asqueroso mundo… Aunque sea al final, en el último momento…
  • No final, no último momento… ¡Vives Piotr, vives!... ¡Yo estoy aquí, contigo mi amor! ¡No final, no último momento!
  • Stella, es demasiado tarde… Esto se acaba Stella, esto se acaba…
  • ¡No tarde, no acabarse nada!

Stella vio de nuevo la herida en el muslo de Piotr y le pareció horrible… Empezó a temblar y sintió que las lágrimas le corrían por el rostro pero como si no fueran de ella… Y sollozos quedos sacudieron todo su cuerpo

  • ¡Vives Piotr, vives mi amor! –Repetía una y otra vez enfebrecida- Conmigo tú vivir, no morir… ¡Vayná rota, guerra rota! ¡Tú y yo juntos, siempre juntos! ¡Tú no morir Piotr, tú no morir! Estás conmigo, Piotr; tú no morir

A Peter Hesslich se le fue nublando la vista y perdió el conocimiento.

Allí estaba ella, en medio de la estepa, en la soledad de la estepa… Rodeada de cinco cadáveres y con su hombre entre los brazos. Stella apretó más todavía el rostro de Piotr contra su regazo y lloró; lloró amargamente… La tarde se rendía a pasos agigantados y el crepúsculo tintaba de rojo casi carmesí el cielo.

  • Mañana será distinto, cariño mío, porque ya no habrá nunca más “mañana” para nosotros, ni para ti ni para mí. Será un tiempo estático en el que sólo habrá presente, hoy, ahora. Pero tú no tengas miedo, mi amor, yo siempre estaré contigo…

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La noche del 11 al 12 de Agosto de 1943 iba transcurriendo sobre la estepa rusa próxima al Donetz y Stella Antonovna permanecía allí, sola en la inmensidad de Rusia con el indefenso, desmadejado cuerpo de Piotr entre sus brazos, con sus manos acariciando aquel rostro embarrado en sangre y polvo y aquellos cabellos desmandados, desordenados y compactos por el barrillo formado por la tierra, el polvo estepario, al mezclarse con los fluidos del sudor y la sangre. La verdad era que su situación más desesperada no podía ser: Si optaba por regresar con los suyos, a su Compañía “Baida”, Piotr sería sacrificado, ejecutado, pues la ley de “No prisioneros” que la terrible Soia Valentinovna impusiera en su tiempo seguía por entero vigente entre ellas, luego… ¿A qué perdonar la vida a Piotr? Y, si intentaba llegar a las líneas alemanas, sería ella, Stella, la que no sólo resultaría ahorcada al final, sino torturada previamente e, incluso, quién sabe si violada repetidamente antes de ejecutarla

Sí estaba en un callejón sin salida, entre la espada y la pared, sin poder moverse hacia adelante pero tampoco hacia atrás. Entonces, aquella noche, fue la segunda vez que su pensamiento, los ojos de su alma; o, tal vez de su inconsciente desesperación, se volvieron hacia aquel Dios de los Cielos, Aquel en quién su padre y su madre, y su tío Iván, creían y Al que rezaban. Ese Dios en el que en el fondo de su mente ella no creía, ese Dios al que tiempo ha el Marxismo-Leninismo desenmascarara, demostrando que no era más que un fantoche que las clases opresoras usaron para domeñar al buen pueblo; bueno, sí, pero inculto y supersticioso. Pero, no obstante todo eso, lo cierto es le rogó a ese Dios en el que no creía que les ayudara; les protegiera a Piotr y a ella… Pero al momento se dio cuenta de que todo sería inútil, pues para ellos dos no había remedio; no había lugar en la Tierra donde pudieran refugiarse… Donde pudieran vivir en paz, como cualquier otra pareja

La noche avanzaba y el nuevo amanecer estaba bastante más cerca que lejos, cuando el horizonte, hacia el lado soviético, se iluminó al resplandor del fuego de artillería alemán que, de improviso, empezó a martillear las líneas del Ejército Rojo. Eso complicaba aún más la situación de Stella y Piotr, pues su experiencia le decía que las granadas de la artillería alemana volaban, sin duda alguna, sobre sus cabezas. Y tal bombardeo artillero sólo podía significar una cosa: Por increíble que pareciera, los alemanes se aprestaban a lanzar una contraofensiva precisamente en ese sector, donde ella y Piotr estaban. Y eso, estar los dos allí, en plena zona del avance alemán podría ser fatal para ellos; luego lo sensato era escapar de allí a todo gas… Pero… ¿Cómo y a dónde? Lo de a dónde lo tuvo más fácil, pues a seis u ocho kilómetros había atravesado una de tantas aldeas devastadas, destruidas por la guerra… Pero el cómo… Al fin Stella apartó con cuidado la cabeza de Piotr depositándola con toda suavidad sobre la rala hierba que a trechos enverdecía la parda tierra de la estepa, se levantó dirigiéndose al jeep que hasta allí la llevara, tomando antes un par de fusiles de los de los alemanes muertos. Se volvió con el jeep hasta donde dejara a Piotr y, despertándole, dijo al tiempo que le tendía su fusil

  • Piotr, cariño, debemos irnos. Esto en nada convertirse en infierno… Tú apoyar en fusil y yo sostener. Subir al jeep.
  • Será inútil Stella, no tiene sentido… ¿Dónde iríamos, dónde podemos ir?
  • A la paz. Tú y yo. Solos. A la paz… No más vayná, no más guerra para nosotros. Paz, sólo paz mi amor
  • ¡Por Dios Stella!... ¿Es que vas a desertar? ¿Vas a desertar por mí, conmigo?
  • Sí, yo desertar. Yo te amo Piotr, eso lo único que importa a mí. Sin ti yo ya no vivo. No poder vivir sin ti; no querer vivir sin ti.

Hesslich se rindió al razonamiento de Stella y trató de ponerse en pie, pero lanzó un verdadero alarido de dolor. No, no le era posible levantarse; a lo más que llegaba era a sentarse aunque la pierna herida le dolía enormemente hasta así, sentado. Bueno, lo cierto es que la pierna le dolía hasta casi enloquecerle en cualquier postura que estuviera, tumbado o sentado, luego lo más seguro es que, sentado, simplemente le doliera lo mismo que tumbado. Pero Stella no se dio por vencida. Se colocó a espaldas de Piotr y le rogó

  • Piotr, por favor, un esfuerzo. Un esfuerzo. Duele, pero tener que hacerlo. Tú apoyar dos manos en fusil y apoyar también pierna sin dolor. Yo empujo por detrás. Tú levantas y enseguida jeep

Hesslich de nuevo lo intentó. Rechinó los dientes, los enclavijó, gruñó como un cerdo al que acuchillaran, pero se levantó del suelo y logró subir al jeep. El viaje hasta la cercana aldea en ruinas fue de alivio para Peter Hesslich. No sólo es que a cada bache, que por cierto se daba un segundo sí y al siguiente otra vez, viera las estrellas, sino que la propia posición en el coche le atormentaba sin cesar, pues no podía extender la pierna herida lo bastante como para encontrar un cierto alivio. Para entender lo que Hesslich pasaba, basta imaginar que se nos fracturó una pierna y necesariamente la tuviéramos que mantener flexionada, pendiente en el vacío: Podríamos hasta perder el conocimiento por el dolor

Llegaron por fin a la aldea y Stella se apeó, registrando casa tras casa, las que mejor se conservaban, lógico. En la cuarta casa encontró lo que buscaba: Una especie de cueva en el subsuelo de lo que sin duda debió ser cocina, comedor y cuartito de estar, todo en una pieza. La cueva estaba excavada en el típico suelo de tierra negra propio de la estepa y apuntalada con una pared de mampostería de piedra, en tanto que el techo estaba asegurado con vigas de madera compactadas por el suelo de tierra apisonada con lecho de mortero de barro de la casa. Una trampilla de tablones constituía el acceso a la cueva. Esta debió ser una especie de almacén de patatas, pues aún había cierta cantidad de ellas, fermentadas y pútridas, que inundaban el más bien diminuto que mediano cuchitril de un hedor nauseabundo. Pero era un refugio no tan despreciable, pues permitiría que Piotr se tumbara a todo lo largo. Stella volvió al jeep para ayudar a Piotr a llegar hasta aquel refugio, cosa que no resultó tan sencilla. Al esfuerzo para volver a ponerse en pie o, mejor dicho, bajarse del vehículo, que a Hesslich le costó Dios y ayuda y toda su fuerza de voluntad para sobreponerse al tremendo dolor que le causaba, se unió lo terrible que para él fue cubrir la distancia hasta la casa y bajar luego a la cueva protectora ya se hizo inenarrable. Momento hubo que pareció imposible lograrlo, pues descolgarse él sólo hasta el suelo de la cueva, teniéndose que valer sobre solamente que la pierna sana, sin apoyo ninguno, pareció algo así como “Misión Imposible”, mas finalmente lo consiguió, eso sí, para prácticamente caer desvanecido al suelo cuando por fin se pudo tender en un rincón. Tal sería el estado de consunción absoluta de Peter Hesslich que ni se enteró del pestilente hedor que en el reducto aquel reinaba. Pero de todas formas se repuso. Recostada un tanto la espalda en la pared de la cueva, estiró completamente ambas piernas poniendo el fusil de Stella bajo el muslo herido tratando así de acomodarlo algo mejor; respiró con fuerza varias veces y pareció que así el dolor, si no remitió del todo, al menos sí se hizo algo más tolerable, un poco más llevadero.

Stella volvió a salir al exterior de la casa para llevarse de allí el jeep. Le condujo hasta la salida de la arrasada aldea y destrozó sus ruedas disparando sobre ellas los cargadores de ambos Máuser que tomara de entre los cuerpos exánimes alrededor del Sdkfz 251. Luego regresó a la cueva. Antes de descolgarse adentro la muchacha amontonó sobre la trampilla de madera que daba acceso a tal sótano inmundicias, cascote y lienzo de pared derrumbado para disimular la entrada, tras lo cual con sumo cuidado abrió la digamos “puerta” lo mínimo necesario para deslizarse hasta abajo cerrando tras de sí la “puerta”. Ya dentro, con la trampilla cerrada, el cuchitril aquél quedaba en la más densa oscuridad, amén de no permitir erguirse del todo a una persona de estatura simplemente mediana, ni siquiera alta. Stella, más bien no muy alta amén de menudita, hubiera podido erguirse en toda su envergadura mas prefirió quedarse larga sobre el suelo por lo que reptó hasta alcanzar el sitio donde Piotr estaba. Al llegar junto a Hesslich tendió sus manos al cuerpo de él, al rostro de él y comprendió por qué los ciegos tienden las yemas de sus dedos para reconocer algo o a alguien: Al tacto de las yemas de sus dedos reconoció a Piotr, le “vio” casi como si le mirara a la luz del día, si es que no mejor, pues juraría que así hasta “veía” su alma, su estado de ánimo, sus sensaciones. Así, valiéndose sólo de los dedos supo que Piotr tenía los ojos abiertos y que la miraba; que sus labios temblaban y su cuerpo se estremecía. Que estaba entre recostado en la pared y tumbado sobre un suelo que apestaba a putrefacción fermentada, con el propio fusil de ella bajo el muslo herido buscando así una postura más estabilizada. Se sentó a su lado y atrajo hacia sí la cabeza de Hesslich que se dejó llevar por la amorosa atención de la mujer recostándose en ella hasta que cabeza y hombros descansaron sobre el regazo femenino.  

  • Descansa mi amor, descansa… Duerme vida mía… Duerme y descansa… Yo estoy contigo, yo te cuidaré…

Efectivamente, Peter Hesslich se durmió digamos que acunado por el tibio calor del cuerpo femenino que le abrazaba. Fuera, las estridencias del bombardeo artillero se mantenían, arreciadas al unirse al mismo piezas soviéticas que abrían fuego de contrabatería sobre la artillería alemana pero muy especialmente sobre los blindados que a toda velocidad avanzaban por la estepa al encuentro de las posiciones rusas. Escasamente habrían transcurrido doce, tal vez quince minutos cuando el estruendo de cadenas atronó el sucinto habitáculo. Las paredes de la cueva y la propia casa semi derruida bajo la que se asentaba temblaron como si un gigante sobrehumano las agitara: Un grupo de carros alemanes, algo más de la veintena, con soldados de infantería subidos a lo alto de los carros sujetos a los asideros, cruzaba en esos momentos a través de la aldea discurriendo entre sus calles en paralelo por lo que pasaban junto a la casa por ambos lados, la entrada y la parte posterior a la vez.  El estruendo y vibraciones de la cueva y la casa se mantuvieron unos minutos pero poco a poco fueron decreciendo a medida que los blindados se alejaban rumbo al inmediato objetivo. Era uno de los tres “Kampfgruppe” (Grupo de Combate) que la SS Waffen División Panzer “Totenkopf” lanzara a un increíble, por suicida, contraataque en la madrugada del 12 de Agosto de 1943.(2) Poco después de que los carros alemanes pasaran por la aldea, tal vez algo más de media hora, la artillería alemana enmudeció, señal evidente de que las vanguardias alemanas acababan de hacer contacto con la primera línea soviética. Ahora, al estruendo del bombardeo artillero y la aproximación de los panzer alemanes, sucedió el fragor del combate que a no demasiada distancia mantenían los carros y la infantería alemana con las defensas de la primera línea soviética. En no sabían qué lugar pero sin duda cercano, el combate prosiguió durante toda la noche y las primeras horas del siguiente día, aunque según la luz del sol tomaba más y más cuerpo los ruidos de la batalla se fueron alejando hasta cesar por entero.

Todo aquel día, el primero que amanecía con ellos en ese sótano, Stella y Hesslich permanecieron en la cueva, sin atreverse a salir en ningún momento. Y así siguieron el siguiente y el otro y el otro… Al tercer día que allí les amaneciera Piotr empezó a dejar de quejarse pero también a dejar de hablar mientras iba cayendo en extraña modorra hasta que en la cuarta noche que allí pasaban, la de aquel tercer día, Piotr pasó de la modorra de duermevela a sumirse en un intenso sopor; un estado de somnolencia que enseguida estuvo asociado a fiebre alta, pues el cuerpo de Piotr, cara, manos, todo él ardía. Entonces, el pánico se apoderó de Stella, pues sabía lo que pasaba: Piotr estaba al borde de entrar en coma; Piotr se moría, se le moriría allí, entre sus brazos… La herida del muslo se le había infectado hasta, seguramente, entrar los tejidos en necrosis con lo que la gangrena estaría servida en breve, si es que para entonces no se había declarado ya. Desde un principio Stella sabía que esa herida precisaba atención médica urgente pero, ¿cómo procurársela allí, en tales condiciones?  Y ella no podría hacer nada por evitarlo, tendría que asistir, impotente, a la agonía del ser para ella más amado… Y una terrible idea se empezó a apoderar de su mente: Allí tenía su fusil. Cargado, listo para abrir fuego… Sería esa la solución: Primero a él, un disparo a la cabeza; pero no a la frente, sino un poco más arriba, volándole la tapa de los sesos… Y a correo seguido, dispararse ella misma con el cañón del fusil metido en la boca, hasta casi la garganta…

Cundo el amanecer del cuarto día era ya un hecho consolidado aunque todavía el sol ni siquiera alcanzaba la media mañana ocurrió aquello. Comenzó con un tenue rumor de pasos en la calle, junto a la casa cuyo sótano era la cueva. Desde un par de días antes, desde el segundo que allí les amaneciera, mantenía Stella abierta la trampilla que daba acceso al sótano para permitir que la luz diurna les iluminara; total, aquello estaba siempre en la soledad más absoluta... Además, daba por descontado que, fuera quien fuese que se aproximara, alemanes o soviéticos, se dejarían oír bien pues lo harían entre el chirriar de blindados acercándose. Por eso, cuando quiso levantarse para cerrar y enmascarar bien aquella salida al exterior era ya muy tarde pues los pasos ya no era que se acercaran a la casa, sino que retumbaban dentro de ella, por lo que Stella no pudo hacer otra cosa que dejar caer tras ella los tablones de madera de la “puerta” de acceso a la cueva y correr junto a Piotr otra vez, abrazándose a él más aún que antes lo hiciera. Los pasos sobre el suelo de la casa, sobre sus cabezas, se agudizaron y multiplicaron, en clara indicación de que los “visitantes” se acercaban a ellos a la vez que crecían en número. Pero junto a los pasos llegaron también voces: Conversaciones más o menos amenas, más o menos vulgares… En alemán.

Stella no pudo ni reaccionar, ni pensar apenas, al hecho de que los “visitantes” fueran alemanes, pues casi al instante la negrura del cuchitril que les acogía difusamente se iluminó en penumbra merced a la luz diurna que inundó el sótano al abrirse la trampilla de entrada; de forma casi simultánea a que el sol aclarara las tinieblas de la cueva, una linterna llenó de luz los rincones que recorría en reconocimiento del lugar. Entonces, Stella sí reaccionó, hablando con suavidad, casi con afecto

  • Estamos aquí, alemán

No había terminado de hablar Stella cuando el habitáculo volvió a quedarse a oscuras al saltar hacia atrás, atemorizado, el brigada Pflaume. Durante unos minutos reinó el silencio sólo interrumpido por una serie de imprecaciones y murmullos arriba que Stella no pudo descifrar. De nuevo fue ella la que rompió aquel semi silencio que reinaba

  • Me rindo, estoy desarmada. Pero vuestro camarada está herido, muy herido, y precisa médico rápido.

El desconcierto del momento se prolongó algunos minutos más hasta que la luz solar volvió a difuminar una vez más la lobreguez del somero habitáculo. Y unos segundos más tarde vino la gran sorpresa: Inopinadamente para Stella por la abertura del techo de la cueva cayó un gran trozo de lienzo de la derruida pared que fue a quedar ligeramente adelantado respecto al lugar que el grupo Stella-Piotr formaban, para segundos después precipitarse hasta el suelo una figura humana, el mismo brigada Pflaume, que aterrizó sobre su vientre, cuerpo a tierra boca abajo y en perfecta posición de disparo con una Walther MP 40 enfilando el lugar donde estaban Stella y Piotr. La masa de cascote, adoquín y mampostería que previamente arrojara por la oquedad del techo estaba entre la posición ocupada por Pflaume y el lugar donde estaban la muchacha y el herido: Por el oído, el brigada Pflaume había calculado perfectamente desde dónde provenían las voces de ella, con lo que tenía bien localizada su posición. Stella entonces se limitó a levantar ambos brazos en el universal gesto de rendición y Pflaume se fijó casi con más detenimiento en el cuerpo con uniforme alemán que, inerte, la mujer mantenía acunado sobre su regazo. El brigada alemán alzó los ojos, centrándolos en los femeninos y lo que vio le agradó y, lo que era mejor, le tranquilizó, porque esos ojos no transmitían odio pero miedo tampoco. Más bien al brigada Pflaume le pareció ver en ellos anhelo, súplica… Y estuvo seguro que no era por ella, sino por el cuerpo inerte que acogía en su regazo, un cuerpo con uniforme alemán. Era él, el alemán aquél, quien la preocupaba. Aquí, el brigada Pflaume hizo lo que en principio era una locura, pero que él entonces, en ese momento, sabía que no era riesgo alguno pues también estaba seguro de que, entonces, aquella mujer, aquella fusilera que Dios sabría cuántos “palotes” tenía su cartilla de aciertos, no era una enemiga, sino sólo un pobre ser atribulado. Por eso, se levantó, bajó la MP 40 y resuelto se dirigió hacia la mujer y el alemán inerme mientras gritaba

  • Mi teniente, es una mujer, inofensiva, con uno de los nuestros herido.

Pflaume se acercó a Stella con sonrisa abierta, esa sonrisa que decimos “De oreja a oreja”, para decirle 

  • Tranquila princesa, no pasa nada.

Entonces, mientras el brigada fijaba su vista en el herido y le volvía hacia sí la cara, una nueva figura con uniforme alemán se dejó caer abiertamente hasta el suelo de la cueva seguido al instante por otras cuatro figuras más, también uniformadas: El teniente Franz Bauer, el sargento sanitario Hans Fritzke, dos “guripas” sanitarios y otro más, simple “grenadier”. Sí, quienes acababan de llegar a la aldea eran los hombres de la IVª Compañía, los eternos “enemigos íntimos” de la Compañía Baida.

Entonces, cuando el teniente Bauer se acercaba a la más que extraña pareja formada por una fusilera roja y un soldado alemán, el brigada Pflaume gritó. 

  • ¡La madre de Dios! ¡Es Hesslich mi teniente! ¡Peter Hesslich ni más ni menos!

Aquello ya sí que era increíble para todo el mundo: Una fusilera de la Compañía que les estaba partiendo el cuello desde ya ni se acordaban cuándo, junto al “Gran Cazador” de hembras rojas… Y, desde luego, sin traza de enemistad entre ellos… Sí, increíble…

Pero aún más estupefacto quedó Franz Bauer cuando se apercibió de las insignias de mando que la mujer ostentaba: Eran de oficial, de teniente exactamente, lo que indicaba que no debía ser una fusilera cualquiera, sino una de élite, de verdadera élite… Lo mismo, aquella “Gran Cazadora” de hombres que tan caro se estaba cobrando la invasión de su Santa Rusia en gente de la IVª Compañía… ¡Inaudito!... Sin duda, inaudita tal relación entre antagónicos “Ases” en el arte de matar…

Pero la realidad era la realidad, y esa realidad era que Hesslich, de verdad y como ella proclamara, estaba mal, muy mal… Eso, a simple vista se veía. Se volvió al sargento Fritzke para decirle. 

  • Encárgate de Hesslich, Hans.

 

El sargento Fritzke se adelantó hasta el herido Hesslich y con el machete rasgó la pernera del pantalón hasta arriba, con lo que el muslo tumefacto quedó al aire y la vista. Y lo que vio no le gustó nada: No era médico, pero casi: A meses de obtener la licenciatura en Medicina, allá por Abril de 1940, le movilizaron para servir en unidades Sanitarias y, tras tres años de ver e incluso a veces tratar heridas por arma de fuego, reconocía bien cuándo una de estas heridas estaba a punto de gangrenar, y la que veía en Hesslich era una de esas. 

  • Ante todo hay que sacarle fuera, libre de este ambiente de podredumbre y suciedad, paraíso de todo tipo de gérmenes.

El teniente Bauer asintió y se dirigió a Stella, alargándole la mano para ayudarla

  • Ya ha oído señorita…

Stella le miró con ojos duros para anteponer

  • No señorita, teniente. Teniente del Ejército Rojo Stella Antonovna Korolenko. Y eso es lo único que le voy a confesar por mucho que me halague o torture.
  • De acuerdo, teniente Stella Antonovna Korolenko. Pero sigue siendo necesario salir de aquí cuanto antes. Permítale ayudarle, teniente… Simple cortesía militar: Yo soy el oficial-jefe anfitrión y usted el visitante…

Stella volvió a mirarle y la anterior dureza fue desapareciendo de sus ojos. Al fin, aceptó la mano que Bauer le ofrecía y se levantó, dirigiéndose al boquete del techo que daba acceso al exterior. Bauer la siguió y, cuando ambos estaban bajo el agujero, le preguntó

  • ¿Necesitará apoyarse en algo? Si lo desea puede apoyarse en mi pierna. Con gusto se la doblaré para que usted pueda apoyarse en ella
  • No es necesario… Teniente también, ¿verdad?… Gracias no obstante

Efectivamente, Stella trepó ágilmente al piso de la casa saliendo a continuación al exterior, a la calle de la destruida aldea, para sentarse en el escalón de maderos que daba acceso a la casa. Estaba desconcertada… O mejor, abatida. Por una parte, feliz pues Piotr estaba en vías de salir de aquella, pero por otra el futuro la amargaba. Y no porque tal vez ese futuro no existiera pues lo más seguro es que se limitara a un pelotón de ejecución, en el mejor de los casos, o a la horca… O cualquiera sabe a qué. No, eso no la preocupaba pues lo tenía asumido. De antiguo lo tenía asumido, desde que fuera consciente del amor que sentía por Piotr sabía y deseaba que el final llegara en forma de un disparo compasivo. Pero también eso significaba perder a Piotr, separarse para siempre  de él…

Entonces llegó a su lado el teniente Franz Bauer. Se sentó junto a ella y, sacando del bolsillo un par de “papirosa” (3) ofreció uno a la muchacha que lo declinó

  • Le amas. Es tu hombre, ¿verdad?

Stella asintió con la cabeza. Luego dijo 

  • Por favor teniente, fusíleme; no me entregue a las SS. Se lo suplico, teniente
  • No hablemos de eso ahora… O bueno, sí. Mi obligación sería entregarte al mando como prisionero de guerra.... Pero eso no quiero hacerlo, acabarías en manos de la SD, los SS que se ocupan de los prisioneros rusos que desde luego te ahorcarían. No he hablado con mis hombres, pero sé que ellos piensan como yo: Lo cierto es que, por el motivo que sea, si Hesslich sobrevive será gracias a ti… 

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Peter Hesslich sobrevivió. El sanitario sargento Hans Fritzke, el que por meses no obtuvo la titulación médica, a pesar de no tener autorización para ello, pues oficialmente no era médico de la Wehrmacht, operó al brigada Hesslich limpiándole la herida; seccionó la carne emponzoñada lavó y esterilizó la zona herida con agua limpia y sulfamida en polvo. Vendó luego la herida debidamente e incluso le marcó un tratamiento a base de sulfamidas por vía oral. Luego fue internado en un hospital militar de Poltava, donde se le reconoció y dio por buena la intervención del sargento Fritzke aunque, eso sí, sin mencionar nombre de cirujano alguno. La operación practicada en aquella ignota aldea debió ser Obra y Gracia del Espíritu Santo... En fin, que aquella pierna estaba bastante bien, a falta sólo de la necesaria recuperación de su vigor y  masa muscular perdida. Allí estuvo Peter Hesslich pocos días, diez-doce, los imprescindibles para poderle trasladar a otro hospital más hacia el oeste, más cercano a Alemania, en la ciudad de Minsk. Allí pasó poco menos de dos meses, para por fin transferirlo a otro, este ya en Alemania, al sur de Berlín, donde le dieron de alta con la licencia absoluta de las Fuerzas Armadas, la Wehrmacht, hacia las Navidades 1943-44 por Inválido de Guerra.

En todo ese tiempo pasado de hospital en hospital, a Peter Hesslich le acompañó una mocita rusa, Stella Antonovna Korolensko, una campesina nacionalista anti bolchevique que, casualmente, le encontrara en plena estepa, malherido, y se apiadó de él, cuidándole y escondiéndole de los bolcheviques… Esta rusita, en ese hospital al sur de Berlín, trocó su nombre en Stella Antonovna Hesslich, al contraer matrimonio con el brigada alemán recién licenciado por inválido… La pareja se había ido enamorando en ese ínterin de hospital tras hospital, llegando su amor al cénit al contraer matrimonio. Al casarse, la pareja se estableció en ese mismo suburbio berlinés que ubicaba al hospital hasta inicios de Marzo de 1945, cuando Piotr dijo a su mujer que dispusiera lo imprescindible para viajar, pues se marchaban de aquél Berlín amenazado por el imparable avance soviético.. Y de la propia Alemania, entonces la tierra del horror y de la muerte… De la Guerra, ese Cuarto Caballo del Apocalipsis… Una Alemania que, para Hesslich, se acabaría para nunca más volver a existir tras la tremenda derrota ya más que cantada; una derrota de la que la nación alemana jamás podría salir pues, con más o menos razón, los vencedores nunca se lo permitirían.  Así, el once de aquél mes de Marzo de 1945, Peter Hesslich y Stella Antonovna salieron de aquél Berlín al que fluían riadas de refugiados de Silesia, Pomerania, parte de Mecklemburgo, ya en manos del Ejército Rojo; masas de gentes despavoridas, que contaban y no acababan de la ferocidad, el terror que los soldados rusos aplicaban sobre la población civil alemana de tales territorios… Matanzas a granel, violaciones sin cuento… Muerte, y muerte, y más muerte… Horror, y horror y más horror

El viaje o más bien peregrinaje fue inenarrable: No pocas veces en trenes atestados o simples vagones de ganado que a cada nada debían ceder el paso a convoyes militares que iban o regresaban de los cambiantes frentes,  y bastantes a pie a través de carreteras atestadas de gente y vehículos de toda clase y condición demasiadas veces tirados por caballos, acémilas e incluso bueyes; vehículos que las más de las veces no eran los típicos carros o carretas de tracción animal, sino automóviles, camionetas, camiones, en los que la gasolina se trocara en animales de tiro. Carreteras que no pocas veces se abarrotaban aún más con el tránsito militar, coches y camiones cargados de soldados, y blindados; carros de combate, artillería automóvil, piezas remolcadas bien por vehículos, bien por tiros de caballos…  Y las interminables columnas de soldados que a marchas forzadas, a golpe de “pinrel”, avanzaban allá donde más necesarios podían ser. La Wehrmacht de 1945, triste caricatura de aquella otra de los días de vino y rosas de Polonia, Francia… Incluso de la Operación Barbarroja. Una Wehrmacht ésta de rostros aniñados o surcados por mil y una arrugas trazadas por los años, unos rostros arrugados que conocieron las trincheras de la 1ª Guerra Mundial, la de 1914 a 1918… Y rostros ni demasiado jóvenes ni demasiado viejos; soldados veteranos de aquellas campañas de 1939, 40, 41, 42, 43…Soldados con la terrible experiencia de haber entrado una y otra, y otra vez más en combate, desde las inmensidades rusas hasta los arenales norteafricanos, pasando por la campiña francesa de 1944… Soldados hartos de pelear,  hartos de guerra, hartos de sangre, derramada y hecha derramar, pero que seguían combatiendo, a pesar del hastío, de las perdidas ilusiones… Una Wehrmacht que era trágico reflejo de la tremenda derrota que llamaba ya, irremisiblemente, a la puerta de todos los alemanes

En los primeros días de Abril, coincidiendo con la eliminación por los norteamericanos de los efectivos alemanes de la bolsa de Colmar, entre Estrasburgo y la frontera suiza, Peter Hesslich y Stella Antonovna llegaron por fin a Singen, por entonces todavía una no muy gran ciudad, en el estado de Baden, hoy Baden-Würtemberg, a unos nueve-diez kilómetros de la frontera suiza. Cuando Hesslich dijo a Stella lo que se proponía, huir de Alemania hacia Suiza, la previno del duro e incierto viaje que sería marchar desde Berlín hasta la frontera; y lo complicado que sería atravesar los bosques y montañas que cubrían toda aquella zona fronteriza, con las continuas patrullas de la Policía de Fronteras acechando a cada paso con órdenes de disparar a matar contra cualquier sospechoso-sospechosa de querer desertar, huir de aquella Alemania prácticamente desmoronada ya. Cuando le escuchó, Stella se echó a reír alegremente

  • ¡Juego de niños Piotr, lo de burlar a esos guardias! ¿Acaso no te paseaste por entre mis camaradas de la Compañía Baida? ¿Acaso yo no me filtré entre tus camaradas cuantas veces quise? ¿Son esos guardias mejores que mis camaradas o los tuyos, allá, junto al Donetz? Juego de niños, Piotr, juego de niños. Y el viaje lo superaremos cariño, ya lo verás. ¡Nada podrá con nosotros, nada nos detendrá! ¿Es que no tenemos la piel dura, Piotr? Sobrevivimos al Donetz, a la guerra en primera línea, querido mío… ¿No vamos a poder con ese viaje, por penoso que sea? Iremos hacia la Paz, hacia la Libertad, mi amor y… ¿Nos vamos a rendir Piotr? ¡Seremos libres, cariño, libres! Ahora sí que escaparemos a la guerra; ahora sí que “vayná” rota, no más “vayná”, no más guerra…

Cuando la pareja llegó a Singen venía cansada hasta casi desfallecer por lo que decidieron descansar allí algún tiempo, un par de días al menos que al final fueron tres. La meta de Hesslich era la ciudad suiza de Schaffhousen. ¿Por qué esa ciudad precisamente? Pues porque a cinco kilómetros está Büsingen, un pueblecito alemán de menos de mil habitantes y escasos ocho Km. de extensión. Y Büsingen tiene una muy especial peculiaridad: Está dentro de Suiza, aislada por completo del resto de Alemania(4). Allí, por su particular situación, la guerra no había llegado… No había sufrido bombardeos ni estrecheces económicas… La casi hambre que los alemanes, en general, venían padeciendo desde, al menos, el pasado 1944. Sus jóvenes no habían ido a la guerra, y tampoco allí llegó el nacismo… Claro que hondearon las banderas y gallardetes con la esvástica en el Ayuntamiento, pero como medida burocrática: Cumpliendo disposiciones gubernamentales que poco trabajo costaba admitir, pero ni un miembro del partido se contaba entre sus habitantes y, como quién dice, ni un voto a Hitller había aparecido en las urnas de las elecciones…cuando se celebraban, aún, elecciones.

Las razones de tal decisión estaban más en el terror que miedo que al hombre le causaba la posibilidad de que su amada Stella acabara en manos soviéticas, pues bien sabía que el resultado sería la muerte de la mujer, más o menos horrendamente. Eso le determinaba a salir de Alemania, escapar a que ambos cayeran en poder de los aliados, desconfiando de británicos y norteamericanos, y no digamos de los franceses, que no entregaran a su mujer a los rusos, a Stalin, como traidora a su patria… Pero también deseaba permanecer en Alemania, en su tierra, en su patria… La especial situación de ese enclave alemán que era Büsingen, le hacía concebir esperanzas de que allí la ocupación no sería como en el resto de Alemania… Vamos, que el ocupante no plantaría allí sus reales y por ende, no amenazaría a su mujer; pero tampoco al respecto las tenía todas consigo, por lo que, de momento, prefería quedarse en suelo suizo, en Schaffhousen, pero a un paso de Büsingen, de Alemania, a fin de cuentas; y allí, a esperar y ver la marcha de los acontecimientos… 

Tras buscar y buscar encontraron una simple habitación en la casa de una viuda con dos hijos. La verdad es que estaban agotados, tras casi un mes de andar y andar en un viaje con las peores condiciones, deambulando de tren abarrotado en tren abarrotado, de vagón de ganado, en vagón de tal condición, sobre paja maloliente… De caminar y caminar cientos y cientos de kilómetros, en una primavera que más lluviosa no podía ser, aquella noche fue la primera en ni se sabe los días que podían dormir en una cama casi digna de tal nombre. Se acostaron tan pronto pagaron su dinero a la mujer y ésta les dejó solos en la habitación, pues precisaban más un buen descanso que un plato caliente…aunque tampoco de éstos, los platos calientes, andaban, precisamente, sobrados entonces. De modo que se acostaron más que rápidamente y de inmediato el sueño les venció a los dos, abrazando Piotr a Stella cuál era su costumbre desde que iniciaron su vida en común, en tanto Stella acogía entre sus amorosos brazos a su más que querido marido.

No sabía cuánto tiempo llevaría durmiendo cuando Stella medio abrió los ojos todavía adormilada. No sabía bien qué, pero algo, una sensación más bien agradable, la había sacado de su tranquilo sueño; intentó removerse, buscar de nuevo posición idónea para regresar s los brazos de Morfeo, cuando se dio cuenta de qué era lo que la sacara de tales brazos: las manos de su marido palpándole, acariciándole, los senos en directo a través de la abertura practicada en su camisón al desabrocharle los botones que cerraban tal  abertura… Y abrió los ojos como platos, más que despabilada a la deliciosa sensación. Se volvió hacia él, entre mimosa y burlona, diciéndole    

  • ¡Con que mi maridito se ha despertado juguetón!

Y a qué seguir relatando lo que a continuación sucedió, y no sólo esa primera noche, sino también las dos siguientes que en aquella habitación pasaran. Pero lo notorio no fue que más o menos veces practicaran eso que solemos llamar “Hacer el Amor”, sino que aquellas noches fueron las primeras que Peter Hesslich y Stella Antonovna decidieron escribir cartas y más cartas a la cigüeña, certificadas y con acuse de recibo.

En fin, que la cosa fue que tras pasar dos días y tres noches al amparo de la habitación que la viuda de Singen les alquilara, a la algo más que atardecida del que sería tercero que allí les amaneciera, abandonaron la ciudad para encarar la última jornada de su viaje hacia la Paz y la Libertad. En verdad que esta última etapa sería la más difícil, pues el territorio a cruzar sólo lo conocían por los muchos mapas consultados, y claro, pasar del mapa al terreno, a la tierra firme, era bastante complicado, pues allí, en los bosques que se abrían a poco de salir de Singen, ya no disponían de las referencias que el mapa otorgaba y todo dependía de su propio sentido de orientación…ayudados por una brújula y un cronómetro de que se proveyeran. En un mapa topográfico de la región trazaron la ruta Singen-Schaffhousen, en rectilíneo, que guiándose por la brújula seguirían, ajustando la dirección, casi al milímetro, señalando en el arco oeste/sur de la brújula, el ángulo oeste/suroeste que, calculado por ellos, debía llevarles directamente a su destino, la ciudad suiza de Schaffhousen; y el cronómetro les diría, con bastante precisión, los kilómetros recorridos en cada momento. Así, cuando hubieran dejado atrás unos diez-once kilómetros, podrían estar casi seguros  de pisar ya suelo suizo…aunque tal seguridad no les entró hasta tener recorridos los doce/trece.

Durante los primeros cinco o seis kilómetros, anduvieron despreocupados, pues, aunque fueran campo través, surcando terrenos de bosque de montaña, la frontera quedaba aún lo suficientemente lejos para que las patrullas de la Guardia Fronteriza, los omnipresentes SS, les diera por hacer acto de presencia por allí, pero a partir de ahí la cosa se complicaría más y más, según se acercaran a la frontera. Así, que decidieron hacer un alto, ocultándose entre la espesura circundante, esperando que la noche cerrara por entero con la madrugada, reiniciando la marcha desde ese momento. Para entonces, siguiendo las máximas de su más que reciente pasado, se enmascararon el rostro con limo para evitar que la luz de la luna les delatara al reflejarse en su rostro, dejando además la marcha a cuerpo erguido llevada hasta allá, para pasar a ir reptando sobre el terreno, trecho a trecho, con el mayor sigilo, parando de vez en cuando para otear el terreno a la vista y descansar un poco del trabajoso camino… Según sus cálculos, debían estar a no más de cinco kilómetros de la frontera…seis, a todo tirar. Eso, a paso normal, les hubiera supuesto, máximo, una hora, hora y muy poco; pues bien, hacia las cinco y media-seis, se tumbaron por fin felices, abrazándose alborozados, seguros ya de estar en terreno suizo… Es decir, entre cinco y seis horas después de que reemprendieran la marcha, a eso de las doce y media de la noche

Como Stella Antonovna pronosticara, burlar las patrullas de la Policía alemana de Fronteras fue juego de niños para ellos dos, deslizándose como sombras entre los mismísimos SS, que ni siquiera llegaron a presumir su presencia. Pero entonces, seguros ya de encontrarse a salvo, volvieron a reemprender la marcha con toda normalidad, sin las enormes precauciones de esos últimos, digamos, cinco kilómetros… Otros tantos les separaban de la anhelada meta, de la Paz y la Libertad, y más alegres no pudieron hacer ese último trecho del camino… Hasta un alto en el camino hicieron, para, amparados en la frondosidad de aquellos bosques de alta montaña, solazarse dando rienda suelta a su amor de pareja… Vamos, una casi fugaz “alegría p’al cuerpo” que les sentó como agua de mayo a sus humanidades más que humanas… ¡Que no sólo de pan vive el hombre!... Y, palabra, la mujer tampoco…

Serían, más menos, las siete y media de la mañana cuando, andando por una vereda forestal, se toparon con un grupo de personas, leñadores más bien, suizos para más detalle, que iniciaban la faena del día. El entendimiento entre ellos y los suizos fue sencillo, pues esos hijos de Helvetia(5) hablaban la misma lengua que los Hesslich, pues su cantón, el de Schaffhousen, ciudad capital del mismo, era, es, de habla alemana. Así, confirmaron su creencia de estar en el buen camino para alcanzar la ciudad que era la meta de su viaje. Esa senda o vereda forestal, a menos de un kilómetro, desembocaba en la carretera estatal que, precisamente, era, es, la vía directa entre Singen y Schaffhousen. Así que eso es lo que hizo la pareja de caminantes: Seguir la ruta forestal hasta encontrar la carretera, como quien dice, ya en los suburbios de su ansiada meta de viaje, donde llegaron sobre las ocho y media de la mañana… Y, enteramente hambrientos. La prudencia les aconsejaba que, lo primero, debía ser regularizar su situación en esa tierra extraña… Aunque, lo de extraña, sólo hasta cierto punto, pues la identidad de lenguaje une cosa fina; pero las repetidas protestas de sus vacíos estómagos les llevó a buscar, urgentemente, sitio donde poder saciar tal urgencia.

Acallada la apremiante necesidad, procedieron a solucionar esa otra necesidad, más importante si cabe, presentándose en la comisaría de policía de la ciudad, demandando el derecho de asilo  en país neutral, como población civil de un país azotado, y de qué manera, por la guerra, lo que les fue solucionado, siquiera momentáneamente, al ser provistos de sendos salvoconductos que les autorizaba la estancia en la ciudad por un mes. Aquí se alojaron, de momento, en una pensión, aunque  en un par de semanas dispusieron de un piso, par de habitaciones, cocina y retrete, que sus posibles les permitieron alquilar. Y allí se establecieron, dejando pasar el tiempo, hasta que llegó el 8 de mayo de aquél año 1945, y con él, el fin de la guerra con la incondicional rendición de Alemania… Claro que también les llegaron las noticias de lo que en Alemania pasaba en esos días, con la consiguiente consternación de Piotr, que su Stella trataba de paliar con todo el amor que le profesaba…

Y a seguir esperando y viendo qué sucedía en ese tan próximo retazo alemán que era el lugar llamado Büsingen, incógnita que se desveló cuando una representación del mando norteamericano de ocupación en Alemania, se presentó el tal sitio: Un grupo de siete u ocho oficiales norteamericanos, presidido por un comandante, eso sí, uniformados, pero desarmados, al haber tenido que cruzar espacio suizo, que se limitaron a declarar que el enclave quedaba bajo la autoridad norteamericana de ocupación, el estado de Baden, hoy Baden-Würtemberg, en el que la población se inscribe, quedó en la Zona de Ocupación de los EEUU, pero bajo la autoridad efectiva del entonces alcalde, que la ejercería en el nombre de la autoridad ocupante. Y, tras dejar esto establecido, se marcharon los oficiales americanos para nunca más volver. Todavía aguardaron los Hesslich alguna semana en su esperar y ver, hasta que, al fin, Piotr se convenció de que nada tendrían que temer regresando a Alemania, trasladándose a tan peculiar rincón alemán, cosa que, finalmente hicieron casi un mes después de la visita de los americanos al lugar

Y allí residieron hasta mediados de los años cincuenta, cuando regresaron a una Alemania que ya era, de nuevo, estado soberano, la República Federal de Alemania, estableciéndose, ni más ni menos, en la ciudad de Singen, esa que tan buenos recuerdos les traía… Y, colorín, colorado, esta historia ha acabado…

FIN DEL CAPÍTULO Y DEL RELATO

 NOTAS AL TEXTO. 

  1. Hasta primeros de los años 80 no hubo información fidedigna de la “Operación Ciudadela”-”Batalla de Kursk”, pues la única información manejada provenía de relatos de esta batalla narrados por sus protagonistas soviéticos, en especial del que fuera Teniente General del Ejército Rojo y comandante en jefe del 5º Ejército de carros de la Guardia, Pavel Alexeyevich Rotmistrov, que en sus memorias “arrima el ascua a su sardina” cosa mala, y tal versión ha sido admitida por la historiografía occidental en general como verdad establecida. Pero en 1979/1980 los EEUU desclasificaron los Archivos secretos alemanes llevados a Washington desde Berlín en Mayo de 1945, quedando así a disposición de historiadores e investigadores los estadillos de bajas de las unidades alemanas. Es decir, los informes de bajas que las unidades, desde tipo compañía hasta regimiento o división, elevaban al mando. Estos estadillos reducen las bajas muy por debajo de las hasta entonces mantenidas, cifrándolas en 40 carros y 937 hombres el día 12 en Prokhorovka, la mayor y más sangrienta batalla de “Ciudadela”, en tanto el general Rotmistrov las evalúa entre 350 y 400 carros más unos 4000 soldados. La realidad es que entre los días 12 al 16 los alemanes perdieron en total unos 80/100 carros más 1400/1600 soldados. Y no cabe pensar que esos informes falseen la verdad minorando las bajas pues eso, amén de de confundir al mando, redundaría en su contra al no recibir los reemplazos de material y hombres necesario. Pero ¿tiene importancia lo que realmente sucediera? ¿Tiene importancia dilucidar si “Ciudadela”/”Kursk” constituyó una gran derrota alemana o fue la URSS la vapuleada? Francamente creo que no pues el final de la guerra hubiera sido el mismo. En todo caso, que el derrumbe alemán se hubiera producido un tiempo después, a todo lo más un año, lo que sólo hubiera servido para alargar el sufrimiento de todos, muy especialmente del pueblo alemán. En fin, que bien están las cosas como están.

  2. Efectivamente. En la madrugada del 12 de Agosto de 1943 tres Kampfgruppe, Grupos de Combate, de la 3ª División Panzergrenadier SS Waffen “Totenkopf” lanzaron un ataque coordinado sobre el 1º Ejército de carros de la Guardia al que destruye 100 carros cercando varios de sus destacamentos blindados. El 13 los soviéticos lanzan un contraataque que, aunque recupera la aldea deVysokopol, no puede doblegar la fuerza alemana de la “Totenkopf”, que les hace frente con extrema decisión. A la operación se unen el día 13 las Divisiones Waffen SS “Das Reich nº 2yViking” nº 5, que el día 16 estabilizan al fin el frente, con lo que concluye la Ofensiva “Rumiantsev”. No obstante, al este de donde se libran estos combates, el mariscal Ivan Koniev con su Frente Estepa sigue avanzando sobre Jarkov, ciudad que recupera el 23 de Agosto.    

  3. Los “Papirosa” son una marca de cigarrillos muy popular en la URSS entre los años 30 a 60 y que aún hoy sobrevive. Es un cigarrillo largo, más que los occidentales, pero con poca carga de tabaco, pues ésta es más o menos un tercio de su longitud. Tiene una enorme “boquilla” que no es sino un tubo de papel más fuerte que el de arroz que contiene el tabaco y sirve como filtro y protección para no quemarse los dedos. Fue creada en 1932 por la empresa tabaquera soviética Uritsky de Leningrado para conmemorar el inicio de las obras del canal Mar Blanco-Báltico por la misma Leningrado o, actualmente otra vez, San Petersburgo, cuyos planos iniciales adornan las cajetillas. Este canal resultó un fiasco, porque diseñado como vía fluvial navegable que uniera ambos mares, su profundidad resultó ser exigua para el calado de los buques que habrían de navegarlo, por lo que fue un gasto inútil, no sólo de dinero sino, lo más trágico, en vidas humanas, ya que como era habitual, la mano de obra salió del Gulag.

  4. Esta localidad es absolutamente real: Una ciudad alemana, de pleno derecho, dentro de Suiza, rodeada completamente de territorio suizo y enteramente aislada de Alemania. También es histórica la forma en que narro la, digamos, “ocupación” de la ciudad por los norteamericanos, hecho que, realmente, se produjo en Agosto de 1945, tras la Conferencia de Postdam, donde se establecieron las primeras tres zonas de ocupación de Alemania, soviética, americana y británica, conjuntamente con el reparto de Berlín,  también en tres zonas. El entonces Estado, “lander”, de Baden, hoy Baden-Württemberg, quedó dentro de la zona americana, y el enclave de Büsingen dependía entonces, y depende aún hoy día de tal Estado p “Lander” alemán; por eso, fueron los estadunidenses los que ocuparon el enclave,

  5. Figura de mujer que personifica a la nación suiza. Su nombre deriva del de una antigua tribu celta, principales pobladores, en la antigüedad, de lo que hoy es a República Federal de Suiza (Su nombre oficial es “Confederación Helvética”), los Helvetios. La famosa Guerra de las Galias, comandada por Julio César, que dio a Roma casi todo lo que hoy día es Bélgica, centro y norte de Francia y Suiza, se libró, principalmente, contra este pueblo celta (galo) de los “Helvetios”. Su caudillo, Vercingetorix, fue apresado por Julio César, que lo cargó de cadenas y, uncido así a su carro de guerra, le hizo desfilar por las calles de Roma, en el Triunfo con que Roma le honró por su victoria. Por finales, a Vercingetorix le sacaron los ojos y lo encerraron en una mazmorra de la que no salió ya, sino muerto… El famoso “¡Vae Victis!” “¡Hay de los vencidos!”, castigo ejemplarizante que Roma daba a los pueblos que no se rendían al poder romano, sino que resistían ante sus legiones arma en mano.

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