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Mi querido profe y sus lecciones de vida

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Estaba en mi segundo año de Universidad y emocionada por lo que estaba aprendiendo. No me iba muy mal con mis clases, y mis maestros me caían muy bien. Esperaba más bien que me exigieran bastante, pero en general me la estaba pasando suave. Tenía apenas 19 años y me gustaba un chico que estudiaba conmigo. Casi no pasamos tiempo juntos por tanto estudio y proyectos que entregar así que solo nos veíamos una vez a la semana.

Extrañaba mucho a mis padres pero dichosamente uno de mis profesores era muy amable y me hacía sentir como una hija. Una tarde que me quedé un momento más en clase para seguir tomando notas, el profesor Montiel me pidió que si le podía ayudar a organizar unos archivos en su oficina, ya que veía lo eficiente que era organizando mis notas y según me dijo, le parecía que yo era exactamente la que él necesitaba.

Me sentí extremadamente halagada, y no dude en decirle que sí. Una tarde, cuando termine mis otras clases y unos trabajos que tenía que entregar al otro día, se me hizo fácil salir rumbo a su oficina a ver si en algo le podía ayudar, y de igual manera, si él me podía ayudar con unos deberes que no entendía. Al llegar a su oficina note que no todas las luces estaban encendidas; probablemente porque recién oscurecía, y el solo ocupaba la luz de su oficina.

Una vez que entre, lo encontré sentado en su escritorio leyendo y mostró estar muy contento de verme. Me dijo: “qué bueno que llegaste, estaba pensando en ti”. La verdad me dio gusto porque me caía muy bien y se portaba súper amable conmigo. Casi siempre cuando me quedaba después de clases, se acercaba a mi escritorio y me ofrecía su ayuda. En algunas ocasiones me decía, “me caes muy bien. Eres una chica muy linda”, luego me ponía las manos en los hombros mientras yo estaba sentada y me daba masaje, luego, me decía: debes relajarte y tomar las cosas con más tranquilidad, eres mejor de lo que piensas”. Eso me motivaba muchísimo y como él me decía que le recordaba a su hija, me abrazaba con fuerzas.

Una tarde estaba yo arreglando mis cosas para salir de la clase, cuando él se acercó a ver si necesitaba algo y accidentalmente me topó por atrás. La verdad es que me incomodo un poco, pero el rápido se disculpó y me di cuenta de que fue un accidente. Los días pasaron y a medida que llegaba a la oficina del profesor Montiel, fuimos tomando más confianza. Una de esas tardes, lo encontré muy pensativo en la oficina y no tarde en preguntarle qué pasaba. Tenía una mirada de tristeza y me confeso que tenía algunos problemas con su esposa. Según me dijo, se sentía muy solo y como que ya no le importaba a su familia. Me dio tanta pena, que me acerque a él y le di un abrazo como él me los daba a mí.

De repente, sentí como él me apretó y deslizó sus manos en la parte baja de mi espalda y me beso muy cerca de los labios. De inmediato baje mi rostro pero sentí un cosquilleo en mi pecho y en mis labios. El profesor Montiel apretó su cuerpo contra el mío y pude sentir su pene junto a mi cuerpo y eso me excito tanto que comencé a sentir un cosquilleo en otras partes de mi cuerpo y me pegue más contra él. Volví a levantar mi rostro hacia él y sin saber en qué momento, el me volvió a besar suavemente, ahora en los labios. Me pasaron mil pensamientos por la mente pero no hice el intento por alejarme de él. Sabía que no estaba bien, después de todo, yo tenía novio, él estaba casado y creo que tenía un poco más de los 40 años. Aun así, lo deje que me besara suavemente. No hizo el intento por forzarme ni por besarme más fuerte, solo suave y delicado y eso me estaba enloqueciendo. Sentía como besos románticos y poco a poco abría más y más mi boca y lo deje controlarme. Poco a poco, sin soltar mi cintura, me chupaba los labios hasta que metió su lengua y yo le di la mía. De un solo, me levanto por el culo y me llevo al sillón, ahora yo con mis manos en su cuello y mis piernas alrededor de él, no dejaba de besarlo. Nunca me habían besado así.

Al acostarse en el sillón, me alejo un poco solo para desabrochar su pantalón y abrió el cierre, yo seguía sentada en sus piernas. Yo traía puesto un vestido veraniego, así que me saque el suéter que traía y solo levante mi falda sentada sobre él. El profe Montiel de inmediato metió sus manos y comenzó a sobar mi culo; era una sensación excitante y morbosa. Sentía tan rico que lo empecé a besar con pasión y a chupar su lengua. Me excitaban sus palabras, “nena, que rica que estas, me traes loco”. No dejaba de subir y bajar sus manos en mi cuerpo y me tocaba toda. En un momento, me bajó las tiras de mi vestido y descubrió mis tetas. Con su lengua empezó a dar masaje a mis pezones y lamia todo alrededor y yo sentía que enloquecía. Yo estaba tan excitada que chorreaba y creo que él lo sintió porque allí tocó mi pussy con su dedo y metió su pene dejando salir un gemido, posiblemente porque estaba tan apretado, era mi primera vez. Se sentía tan caliente y grueso que yo gemí y él no dejaba de chupar mis tetas. Allí solos en su oficina el también empezó a gemir como saboreando mi cuerpo y yo sentía como una tras otra vez tenía orgasmos. Estaba mojadisima pero no quería que terminara. El entraba una y otra vez mientras me besaba con una pasión que no he vuelto a vivir. Su semen corría por mis piernas en abundancia y se regaba por el sillón. No creo que le importaba porque no dejaba de tocar mi cuerpo ni me dejaba levantar. Es fue la primera vez que tuve a un hombre dentro de mi y fue un éxtasis. Después de esa experiencia ya no fue igual. Buscábamos ocasiones para darnos una mirada de morbo y de vez en cuando me pasaba tocando el culo. Las visitas a su oficina fueron más frecuentes y solo íbamos al grano. Todo cesó cuando entre a mi tercer año y por alguna razón él dejó de enseñar. No sé dónde está el profesor Montiel ahora, pero me dio una lección que nunca olvidaré.

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