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Historia del Chip (033) Seducción - Enko 002

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Enko se impone nuevos retos, como seducir a una mujer sin su arsenal químico

Una vez completada la misión con William e Isabel, Enko se planteó nuevos objetivos. Aunque no tuviese una presa a tiro, Enko nunca se quedaba quieto. Prácticamente cada noche salía a ligar y, -en la medida de lo posible-, no usaba su arsenal químico. Era importante desarrollar la empatía y las dotes de seducción sin ayudas de otra clase. Con la confianza que tenía en sí mismo, su dinero y su apariencia no era demasiado difícil.

Se imponía nuevos retos, como buscar a las más recalcitrantes o las más atractivas del bar o el tugurio dónde se encontrase. Muchas veces iba a la misma disco de Nueva York, siendo una coartada perfecta, debido a la cantidad de gente que lo veía y también por las cámaras de la entrada.

Esa noche se decidió por una morena, muy delgada y larguirucha. Con unas piernas de escándalo y poco pecho. No era la más sugerente pero sí parecía reacia.

— Hola, me llamo Enko. ¿Puedo invitarte a una copa?

— Puedes, pero lamento decirte que no estoy disponible.

— No importa. Me basta con charlar contigo.

Al final terminaron saliendo juntos de la discoteca, sólo que cada uno para su casa. A Enko no le preocupó en absoluto. Jugaba con demasiada ventaja. La chica no podría solazarse y antes o después buscaría un desahogo, aunque tardase semanas. Al final se equivocó.

— Enko, ¡espera!

— ¿Sí, Trudy?

— En el fondo, me lo he pensado mejor. ¿Quieres tomar otra copa?

— No sé, Trudy. Me resultas muy atractiva pero no me van los juegos.

Enko estaba junto a la puerta del taxi abierta. Trudy ni siquiera había abierto la del suyo.

— No me hagas rogar.

— Está bien, pero vamos a tu casa.

Ya en plena faena, Enko trató de sentirla sin usar su máxima sensibilidad, como un amante no mejorado. Estuvo varios minutos jugando con el cuerpo de ella, aparentando que necesitaba un tiempo de calentamiento y solo tuvo el orgasmo cuando notó que ella ya estaba apurada.

Sabía que no le molestaría que él tuviese el clímax sin ella. El chip había cambiado las expectativas de las mujeres. Hubiera podido masturbarse. ¿Para qué hacerlo si podía estar con un hombre? Siempre era mejor tener dos manos ajenas a tu servicio. El único pago era la sensación de frustración ante el orgasmo del acompañante, mientras que una misma sólo podía envidiar el placer que otorgaba y que le resultaba vedado.

Enko disfrutó del sexo libremente elegido de su pareja y se decidió por hacerla disfrutar un poco más. El cuerpo de la mujer era un campo fascinante. Había tantas zonas erógenas disponibles y tan fácil hacer que una de ellas se volviese protagonista, que lo difícil era escoger dónde atacar.

Era mejor dejar que la propia mujer te lo dijese de manera inconsciente y Enko cayó en la cuenta de que para Trudy, con sus piernas finas y esbeltas, probablemente sentiría esa zona con más aprecio. Por eso mismo, no la tocó allí si no en los pezones, que eran grandes teniendo en cuenta el poco pecho que tenía.

Enko pensaba que, -si le hubiera dado demasiado placer en una primera cita-, ella hubiera podido retraerse, hacerla pensar en algún antiguo novio, una relación que claramente no había funcionado. Y lo mejor era que creyese que controlaba el ritmo.

—Follas como una diosa, Trudy.

— ¡Mentiroso! Pero no ha estado mal para una primera vez.

— ¿Puedo quedarme a dormir?

— ¿Por qué no?

No es que durmieran demasiado. Enko se dedicó a acariciar puntos más sensibles, -según su intuición-, y ofreció su mejor arsenal que sus dedos pudieran otorgar. Trudy pareció acoger la oferta con agrado. Terminó dándose la vuelta y preguntando.

—¿No íbamos a dormir?

—No puedo. La piel fina y aterciopelada es superior a mis fuerzas.

No era suficiente.

— Algo me dice que tienes mucha práctica.

— Hago lo que puedo.

— Durmamos.

— Está bien.

Enko retiró los dedos comprendiendo que debía de ir más lento la próxima vez. Las mujeres no quieren que vayas rápido, te lo dicen en caso contrario. Seguía insegura.

Cuando Trudy se quedó dormida, Enko se levantó sigilosamente, le dejó una nota con su teléfono y se fue. Lo único que no sabía es cuánto tardaría en llamar.

*—*—*

Fue quince días más tarde.

—¿Enko?

—Sí… ¿quién es?

—Trudy. ¿Te pillo ocupado?

—Más o menos. ¿Cómo estás?

—¿Te gustaría quedar un día de estos?

—¿Por qué no? ¿En la disco?

—¿No sería mejor algo más tranquilo?

—Haré una reserva. Luego te digo dónde.

*—*—*

Apareció bien arreglada, en un vestido corto destinado a realzar sus piernas. Zapatos planos y un peinado corto. Sin maquillaje.

Por su parte, Enko se había engalanado de manera más informal. Al acabar la cena, -al no recibir propuesta de Trudy para ir a su casa-, la dejó en un taxi. Trudy se quedó tan sorprendida que no reaccionó a tiempo. El taxi ya había arrancado cuando quiso decir algo.

Lo llamó dos días después.

—Hola, Trudy.

—¿Qué paso el otro día?

—No sé a qué te refieres.

—No quisiste venir a mi casa.

—No me lo ofreciste, Trudy. O quizás entendí mal. Creí que solo querías charlar, que necesitabas algo de compañía.

—Podías haber…

—Déjalo, Trudy. Se me dan fatal estas cosas. Y no creo que seas una puritana. Si quieres follar, sólo tienes que decirlo.

Oyó como colgaba, molesta.

*—*—*

Pasaron dos meses.

—¡Trudy, cuánto tiempo sin saber de ti!

—Hola, Enko. ¿Qué es de tu vida?

—¡Estupendamente! ¿Y tú?

—¿Te gustaría quedar?

—¿A cenar otra vez?

—Podríamos…

—Que te parece que vaya a tu casa primero. Luego, si nos apetece, nos vamos por ahí.

—Es un buen plan.

—¿Seguro? — preguntó Enko tratando de asegurarse.

—Seguro.

*—*—*

A los seis meses, Enko ya tenía a Trudy en el bote. La primera mujer que atraía a su redil sin necesidad de artificios químicos. No sería la última. Tomó la decisión de continuar el experimento más allá de lo necesario.

—Trudy… hay algo qué deseo con todas mis fuerzas.

Ella levantó la cabeza para mirarlo. Un fuerte maquillaje en los labios como único atuendo.

—¿Qué es?

—Debemos dar el siguiente paso en nuestra relación o dejarlo.

—¿Dejarlo? ¿Por qué? Sé que te gusta estar conmigo.

—¡Me encanta! Por eso mismo, quiero una prueba de tu determinación.

—¿Qué prueba?

—Algo que nos hará sentirnos más unidos.

—Me están dejando en ascuas.

Enko sacó su tableta.

—Esto es lo que quiero que te pongas.

Trudy lo identificó de inmediato: un cinturón de castidad.

—¡Ni lo sueñes!

—¿Por qué no?

—No estamos en la edad media. Y no pienso darte ese gusto.

—¿Por qué no? Lo disfrutaríamos.

—¡Tú disfrutarías! ¡Yo tendría que aguantarme!

—Vale, vale. Era solo una idea.

*—*—*

La paciencia es a veces el mejor motor. Enko esperó un mes para empezar a racanear un poco y aparecer menos por casa de Trudy. Un día, dándose cuenta ella de lo que quería, preguntó al respecto.

—¿Tanto te gustaría?

—Es uno de mis sueños, Trudy.

—¿Y cuánto tiempo tendría que llevarlo puesto?

—Siempre, tonta. ¿De qué sirve un cinturón de castidad si no es permanente?

—No voy con nadie más, al contrario que tú. ¿Por qué tendría que llevar algo así?

—No es por falta de confianza, es un emblema. De tus ganas de estar conmigo.

—Ya no podré masturbarme… — dijo Trudy con aprehensión.

—Tienes el resto de tu cuerpo, Trudy. Esa zona entre tus piernas sería exclusivamente mía.

—Necesito pensarlo.

—Te doy una semana. Si dices que no, nos despediremos como buenos amigos.

—¡Por favor, Enko! — rogó sin darse cuenta de que en el fondo ya había aceptado.

*—*—*

Mientras realizaba el experimento con Trudy, Enko proseguía con sus tareas habituales. Había encontrado un reto digno de él. Sería más difícil de lo habitual y más peligroso: la mujer del general Rogers, que se había casado hacía poco con una mujer treinta años más joven.

Como siempre, estudió el caso detenidamente antes de realizar ningún avance. Estaba seguro de que lo investigarían en cuando se acercase a ella. No era un problema importante si se convertía en un amante regular, salvo por el problema de los viajes.

Habló con la central y solicitó la activación de uno de los dobles. En unas semanas, estaría disponible. Mientras tanto, se apuntó al club de gimnasia de ella, cuidando de ir a horas distintas y también ligando ocasionalmente con alguna de las mujeres que aparecían por allí.

Crearse un historial era importante. Su personaje público era el de un multimillonario frívolo y algo pervertido. Esto conllevaba ciertas ventajas como la de poder viajar por todo el planeta o si lo estudiaban detenidamente, tendrían el trabajo extra de tener que centrarse de igual manera en sus amantes.

Los clones creaban la coartada. Podían quedarse en una habitación de hotel, en una fiesta apoteósica con alguna mujer despampanante que normalmente también estaba controlada por la central.

No tenían sus habilidades, ni su agilidad mental o su formación. Y su único cometido era básicamente follar de cuando en cuando. El proyecto de Enko era tan importante que los costes transversales se consideraban marginales.

Con acceso al gimnasio, fue sencillo colocar un conjunto de nanos que filmasen el vestuario femenino. No tenía sentido tener que visionar horas y horas aleatoriamente, así que Enko programó el sistema de manera que recogiese todo lo que hacía Lyuba, ese era su nombre.

También ajustó el sistema de manera que almacenara las escenas de toda mujer que hablase con ella en el gimnasio y que cumpliese unos mínimos criterios estéticos. Nunca se sabía la mejor manera de abordar a un sujeto. El ser presentado por una amiga siempre era buena idea.

La información de los nanos sólo le llegaba a él, pero por seguridad sólo abría los ficheros desde un ordenador en otra ciudad y dónde había un cibercafé cerca de una de sus viviendas. Tenía un enlace virtual con uno de esos ordenadores, así que cualquier acceso parecería provenir de la sala de internet, nunca de su casa.

Contempló el cuerpo desnudo de Lyuba con interés. El sistema virtual 3D le permitía acercar, alejar o rotar la imagen. Incluso hacerla andar o crear muecas en su cara. Enko se quedó maravillado de la figura escultural, así como de la textura y la piel reluciente. No había duda de por qué el general Rogers la había escogido como esposa. Y comprendía perfectamente la elección de Lyuba. Estaba claro que era un matrimonio de conveniencia, al uso moderno. El prestigio del general unido a la belleza modificada de Lyuba era una asociación fuerte y estable.

Lo primero que hizo Enko fue comparar la imagen actual con la de hacía unos años. Se lo pensó un poco y alimentó al software con todas las imágenes que pudo hallar de Lyuba remontándose a unos diez años atrás. La aplicación escupió todos los cambios que pudo comprobar:

Pelo más fuerte, largo y a color rubio

Ojos cambiados a verde

Orejas y lóbulos estilizados

Cejas

Nariz más pequeña

Dientes

Boca más grande, labios más turgentes, color rojo intenso

Posiblemente lengua

Mandíbula afilada

Pechos más grandes, profundos y firmes

Pezones mejorados

Estrechamiento de cintura

Pubis y piernas no necesitarían depilación nunca más

Piernas reconfiguradas

Piel lisa y dorada

Había una docena de modificaciones menores que Enko no se molestó en leer. Ya lo haría más adelante. Puso la imagen de una chica con la que al parecer Lyuba iba al gimnasio, probablemente buena amiga suya. Se llamaba Nadia y también era bastante atractiva y con muchos menos arreglos.

No tardó ni treinta segundos en averiguar que estaba divorciada y su chip no estaba activado. No se molestó en seguir mirando. Ya tenía presa.

*—*—*

Estuvo un mes, -a ratos-, recopilando toda la información que pudo sobre Nadia, sus amigos y su trabajo y por fin se planteó cómo conocerla. Necesitaba que estuviera sola y no con Lyuba. Un procedimiento sencillo sería tropezar con ella a la salida del gimnasio. Después de recrear varias situaciones se decidió por un atraco. Ella estaría saliendo en ese momento y él estaría a punto de entrar.

Una nariz maltrecha y un orgullo herido hacen maravillas, sobre todo si la chica sale intacta. El atracador se llevó el bolso de Nadia y la cartera de Enko, lo que suponía una denuncia y un registro electrónico, útil a largo plazo como coartada.

Pronto estuvo en la cama de Nadia. Tuvo que frenarse y frenarla para evitar un enamoramiento álgido, ya que sólo era la escala para una presa mayor. Y como ya resultaba accesible, cualquier relación entre ellos era viable.

El problema era que no podía deshacerse de Nadia en poco tiempo, así que aprovechó para disfrutar un poco, ya que no carecía de atractivos. Mientras tanto recabó más información de Lyuba sin resultar sospechoso.

Nadia era lo suficientemente interesante como para no tener que sentir celos de otra mujer. Lo malo era que su mejor amiga se había convertido en una mujer perfecta. Y se hubiera podido explotar ese camino. Enko comprendió que eso sólo llevaría al desastre. Lo que podría funcionar, en cambio, era llenarla de atención, algo que su amiga del alma no tenía el lujo de disfrutar. El general estaba tan enamorado de su trabajo como de su mujer.

Después de un par de meses titubeantes para consolidar la relación, Enko le ofreció a Nadia programarle el chip en un año si todo iba bien.

—¿Un año?

—Menos tiempo no sería prudente, Nadia. Tendrás que acomodarte a muchas cosas. Mis viajes, mis otras amantes.

Nadia no se molestó. Los hombres ricos no ofrecían el chip sin haber evaluado correctamente lo que podían conseguir.

—¿Puedo confiar en ti? —preguntó.

—No puedo darte garantías, Nadia. Te quiero.

—Está bien. ¿Hay algo que desees que haga?

—¿Qué te parece que te vengas a vivir a Nueva York conmigo?

—¿Y tus otras chicas?

—Ahora mismo hay dos: Trudy e Ivonne. Pero eres tú la elegida.

—Yo quiero decir que sí. Es sólo que supongo que conviviré contigo. Ningún hombre se comporta igual en cuanto te has vuelto su amante habitual.

—Y yo no soy distinto. Además, te pediré algunas cosas.

—¿Qué cosas?

—No es el momento. Piensa en lo que te he dicho.

*—*—*

Nadia aceptó. No es que se lo hubiera pensado demasiado. No tenía mejores opciones. Se estaba acomodando a los nuevos requisitos como amante habitual de Enko. Entre ellos, ir siempre con minifalda y tacones altos. Y sin sujetador.

El siguiente paso era la operación de senos. Nadia tenía un pecho bonito pero los nuevos serían más abundantes, con pezones más sensibles y, muy importante, más firmes y recios. Y algo en lo que no cayó, similares a los de Lyuba.

Una condición que Enko impuso es que la operación fuese permanente. Los pechos ya no podrían ser tratados para nuevas operaciones de estética. Nadia aceptó sin pensar en las consecuencias. Estaba ebria de amor por Enko, cuyas manipulaciones químicas la habían llevado al paroxismo. No es que hubiera necesitado demasiadas alteraciones. Era una hembra muy sexual y abierta. A Enko le bastó con estimular un par de zonas erógenas además de los pezones.

Salió de la operación inquieta, sintiendo los pechos pesados, aunque muy firmes. Enko no había querido modificar también la espalda, necesario en esos casos. No por cuestión de dinero sino de practicidad. Si Nadia no mantenía la espalda bien recta, le dolería. Así que no tendría más remedio que mantenerse erguida.

Los nuevos pezones eran tan sensibles que, -las primeras veces-, Nadia llegó a tener un orgasmo a través de ellos, sintiéndose en la gloria pudiendo sortear el chip. Esa sensación de libertad y gozo sólo duraría quince días hasta que los nervios terminaran de crecer. No se llamó a engaño, sabía que ocurriría. Había sido informada de ello. No obstante, estaba a la expectativa. Cuando le practicaran los piercings, posiblemente perdería algo de sensibilidad.

*—*—-*

Esperó pacientemente a que llegara el operador. Desnuda, las piernas abiertas y engarzadas a cada lado de la camilla. Manos detrás de la cabeza y un collar postural que sólo le permitía mirar al techo. Enko le enganchó el corsé a la mesa. Un par de precauciones más y Nadia no pudo mover ni un músculo.

—Prepare los pezones, por favor— solicitó el operador a Enko, que mostró la mejor de las disposiciones. Cada nuevo pezón era grande y turgente. Se mantenían duros mucho más tiempo que antes y, según los cálculos de Enko, en un futuro gracias a la cadena que unirían ambos pezones, se mantendrían permanentemente excitados.

Sin ofrecer consuelo, Enko acarició los pezones casi durante diez minutos, cuando unos pocos segundos ya hubieran bastado. Cuando se cansó de prestarles atención, cogió la pequeña taladradora que el operador le ofreció. No avisó a Nadia de que era el momento. El taladrador penetró de golpe, rompiendo tejidos, nervios y neuronas. El dolor, inaguantable, llegó al cerebro de Nadia como una oleada de quemazón. Enko le dio un beso para confortarla.

—Vamos con el otro, amor.

Nadia no podía contener las lágrimas y la expectativa era superior a sus fuerzas. Enko no dejó que se desmayase. El segundo piercing fue más devastador que el primero y también un alivio, ya que Nadia supo que se había acabado.

El operador desperdigó una generosa ración de espray para evitar infecciones. Enko ya tenía en las manos la cadena que uniría para siempre ambos pezones. El metal era una aleación especial, que se fundiría al contacto con el oxígeno.

Enko colocó cada extremo de la cadena en el correspondiente anillo del pezón y asegurándose de que estaban correctamente instalado, comprobó que la cadena tenía suficiente holgura tirando de ella hacia el ombligo. Si el ángulo era el adecuado y el tirón suficientemente fuerte, Nadia soportaría una carga de placer.

Y así fue. Se quejó de inmediato ante la sensación ardiente, mezclada con el calor que seguía sintiendo en cada pezón furioso.

Enko, mucho más frío y cauto, ya confirmada la idoneidad de la cadena, retiró el plástico que rodeaba al metal y en cuanto este quedó al aire, comenzó a fundirse en la zona de los anillos, donde sólo estaba conectado con unas arandelas.

Enko y el operador se fueron a tomar unas cervezas, mientras Nadia esperaba que todo el conjunto se asentase. Volvieron a la media hora y la soltaron, sin olvidar el operador de volver a pasar el espray por las zonas perforadas.

Nadia se incorporó con precaución. Notaba los pezones casi chillar de dolor y la cadena era demasiado amenazadora. Al quedarse de pie, sintió como los pechos eran arrastrados ligeramente hacia abajo por el peso del artilugio implantado. Y, sobre todo, la sensación de los pezones de ser acariciados. Era extraño e inesperado.

Enko le había explicado que había conseguido la información sobre esa técnica en un país sudamericano y que podría llegar a mantener los orgasmos que había tenido esas últimas semanas si las cadenas tiraban lo suficiente y los pezones se mantenían en contacto.

No era cierto, claro. Eran los compuestos químicos que poblaban el cerebro de Nadia, los responsables. Enko acarició un pezón para demostrar lo bella que estaba y lo irresistible que resultaba la cadena. Nadia sintió como el pezón quedaba envuelto en cúmulo de caricias internas casi imposibles de asumir. Tuvo el orgasmo al instante.

Enko, aparentando sorpresa, se alejó del órgano como si el calor le hubiera traspasado el dedo. Nadia imploró.

—Otro, por favor— obviando al operador y la situación.

—Ahora no, cariño. Habrá tiempo.

El operador le ofreció una bebida y Enko le puso la falda corta que había traído. El top que sacó de una bolsa era distinto. Era como un sujetador sin copas. Se ajustaba por una leve presión que a Nadia no le pasó desapercibida.

Se preguntó si iba a ir con los pezones al aire, Enko sacó otra tela. Cubría todo el pecho incluyendo los pezones, aunque no los laterales. El tejido era tan fino que parecía que los pezones fueran a taladrarlo y su ligereza no auguraba nada bueno.

Nadia miró hacia abajo tratando de discernir si mostraba más de lo debido. La forma de los pezones con forma de goma de borrar en el extremo de un lápiz aparecía algo distorsionada pero inconfundible y la cadena surgía a pocos centímetros de los supuestos lápices. El contacto era tan agradable que Nadia suspiró ante la idea de moverse con ese conjunto. Los aros que presionaban los pechos habían desaparecido.

— Se mimetizan con la piel en cuando reciben energía térmica, en este caso de tu cuerpo—corroboró Enko claramente apreciativo. —Y sirven para que la tela no se aleje.

Cuando se inclinó para ponerse los tacones, la tela no se despegó, pero la cadena osciló llevando consigo los pezones, provocando un ligero roce con su cobertura liviana. Nadia tuvo un estremecimiento ante el contacto sensual e imposible de predecir.

Enko, -aprovechando que el operador había salido-, puso las manos por debajo de la tela y la separó para juguetear con ambos pechos. Fue un gesto casi espontáneo y la tela se alejó sin esfuerzo. Su conexión con los aros invisibles era demasiado tenue. Nadia tuvo otro orgasmo automáticamente.

Enko tiró de la cadena, no con fuerza, sí con decisión. Los pezones, todavía tremendamente doloridos ante la agresión practicada por el piercing, sintieron el desgarro.

—Hay que entrenar estos nuevos juguetes. Quiero que tardes un poco más. Más adelante sólo se te permitirá un orgasmo al día.

— Lo siento. No pude evitarlo. Tenía tantas ganas… ¿Esto es legal?

— No es delito que una mujer disfrute a través de sus pezones.

Nadia asintió. No le molestó que el top fuera atrevido. Quería que él la tocase todo el tiempo. Tuvo ocasión de verse en un reflejo, el seno aparecía desnudo y libre visto desde un lado. Hasta parte del pezón podía apreciarse desde el ángulo adecuado.

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