Diana, para ti

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Me acerqué a su rostro. No era un hombre atractivo, pero los hombres mayores tienen siempre sorpresas en la intimidad para mí. Así que sin titubear le di un enorme beso en la boca

El hombre fue quien tomó la iniciativa de hablarme. Debió ser la odiosa minifalda que me había puesto ese día para estar sentada en esa banca en el Parque; creo que de usar una prenda menos llamativa habría sido una tarde relajada y hasta aburrida. Pero, en lugar de eso, él se había obsesionado conmigo.

—¿Vienes seguido por acá? —preguntó el hombre de unos 45 años, moreno y un poco pasado de libras.

—No. Esta vez vine por compromiso.

—Bendito compromiso el que me ha permitido conocerte. Me llamo Julián. Soy fotógrafo, ¿y tú?

—Estudio nada más —respondí, tratando de ser lo más cortante posible, aunque era mi cliente. Él parecía no perder la motivación.

—Hay cosas que a mí me gustaría estudiar… —dijo, moviendo su mirada hacia mis piernas. De verdad que era descarado. Pero por desgracia no iba a librarme de él. De hecho, tendría que acompañarlo.

Minutos después, iba junto a él en su auto. Un vehículo lujoso y bien cuidado con vidrios polarizados.

—Eres más joven de lo que pareces —comentó.

—Lamento decepcionarlo —respondí de forma sarcástica.

—Pues es mucho mejor de lo que imaginaba, a decir verdad. No me hubiera gustado el caso contrario.

—Yo le imaginaba menor, pero tampoco me molesta —confesé tras una pausa, ya más relajada. Luego añadí — ¿Su verdadero nombre es Julián?

—Si quieres lo cambio. ¿Y tu nombre real es…?

—Dígame como guste. Yo puedo llamarle “papi”, si quiere.

—¡Me encanta! En ese caso te llamaré “Diana”.

Y empezó a acariciar mi pierna.

Su casa estaba en una residencial exclusiva, custodiada por un gran portón y dotada de un garaje espacioso. La elegante sala me impresionó. Al parecer, Julián vivía solo.

—Si esto te gusta, espera a ver mi estudio. Sube las gradas y lo verás.

Empecé a subir, mientras él se quedó abajo uno segundos, con seguridad para ver debajo de mi falda en una oportunidad. De seguro lo logró.

Su estudio era como un dormitorio, pero lleno de espejos, luces y cámaras.

—¿Verdad que es un bonito estudio, Diana?

—Sí. Es lindo, papi. Como tú.

A él le sorprendió mi comentario final. Lo noté por la forma en que casi bota la pequeña cámara que estaba activando.

—Gracias, hermosa Diana. Saluda a tu familia que te ve desde lejos.

Me puse frente a la cámara y fingí una actitud muy entusiasta, además de pararme y moverme como una niña pequeña.

—¡Hola a todos, los amo! —dije moviendo la mano y lanzando un beso.

—Así es. Ellos te aman y quieren ver como juegas con tu papi.

—¿De verdad? Me gusta jugar con mi papi.

Al decir eso, él se acercó a mí y nos abrazamos. Me fue moviendo un poco hasta que quedé de espaldas a la cámara, y sin soltarme bajó las manos y apretó mi trasero. Una de sus manos se metió bajo la minifalda y se entretuvo ahí.

—¡Qué manos tan juguetonas! —comenté sin dejar de actuar.

—Mis manos adoran tu hermoso cuerpo.

—¿Te gusto? ¿Aunque parezca una niña?

—Me gustas por ser tan linda niña. ¿Y qué te gusta de tu papá?

—Pues no lo sé —dije, y di un giro, dejando mi trasero a la altura de su pene y moviendo mis caderas un poco. Él soltó una pequeña risa.

—Ya veo. A mi niña le gusta lo bueno y grande.

—Sí, y necesita algo para que se ponga grande.

Me puse otra vez de espaldas a la cámara, y mientras lo veía a los ojos me empecé a bajar la falda. Mi pequeña ropa interior blanca de encajes fue algo que mi “familia” disfrutó en primer plano. Papá se encargó de mi blusa.

—Ahora sí está tal como te gusta, nena.

Me acerqué a su rostro. No era un hombre atractivo, pero los hombres mayores tienen siempre sorpresas en la intimidad para mí. Así que sin titubear le di un enorme beso en la boca.

Nunca conocí a mi padre, ¿Saben? Él sólo sedujo a mi madre y la embarazó, el muy hijo de puta. Por eso es en parte que aprecio la compañía de hombres mayores y procuro llamarlos papi. Como si quisiera un reemplazo temporal, aunque ese reemplazo solo quisiera desnudarme y meterme sus dedos en todas partes, como en ese momento.

Papá había logrado quitarme el sostén y empezó a chupar mis senos. Me fue acostado para seguir su fandom acompañado más comodidad. Luego, empezó a quitarme la tanga.

—¿Que vas a hacerme ahora, papi? —pregunté con voz fingida.

—Algo que te encantará —respondió, y mojando uno de sus dedos lo pasó por mi vulva un par de veces hasta meterlo y sacarlo con rapidez. La fricción estaba logrando hacerme perder el control. Empecé a gemir cada vez con más naturalidad. Uno de mis espasmos le hizo sacar el dedo y empezó a desvestirse con rapidez.

De ahí en adelante, papá fue amoroso conmigo.

Mientras yo seguía boca arriba, el condón texturizado en su pene entraba cada vez más profundo en mi vagina, gracias al gran peso de su cuerpo. Luego, me levantó una pierna hasta la cabeza para penetrarme aún más al fondo y hacerme gritar como loca. Después, era mi turno de ser una hija rebelde. Quería cabalgarlo, así que lo acosté boca arriba y me senté en su largo miembro, saltando una y otra vez mientras papá me jalaba del cabello y apretaba mis pechos. Ahí vino el orgasmo, como una explosión en mi cabeza y un baño de jugo sobre su virilidad.

—Papá… Te amo.

—Yo te amo a ti, hijita bella.

Nos volvimos a besar. Sus ásperas manos volvieron a recorrer mi piel desnuda, mientras tras las cámaras registraban lo mucho que amaba a ese que llamaba papá una y otra vez, mientras se movía para derramar su semen en mi rostro embelesado.

La semana siguiente tuve dos dulces papás.

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