Mi casera me la chupaba estando en la Universidad

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Mi casera me la chupaba estando en la Universidad

RESUMEN

Aquel primer año en la Universidad me alojé en una casa particular, en la que, tras unas primeras semanas de exhibicionismo y de miradas indiscretas, el deseo se propagó y mi casera me la empezó a chupar, ¡casi todos los días! Más adelante, el morboso marido quiso estar presente y ver cómo chupaba.

Aquel primer año en la Universidad me alojé en una casa particular, en la que, tras unas primeras semanas de exhibicionismo y de miradas indiscretas, el deseo se propagó y mi casera me la empezó a chupar, ¡casi todos los días! Más adelante, el morboso marido quiso estar presente y ver cómo me la chupaba. Yo sentía vergüenza.

Me animo de nuevo a contar mis andanzas después de varios meses sin escribir, unos meses de desánimo tras lesionarme la rodilla, lo que me obligó a abandonar el deporte profesional e hizo que engordara un poco, no demasiado; pero sí lo suficiente para añorar el cuerpo atlético y casi perfecto que yo tenía hace tan solo ocho meses. Esa añoranza es la que me anima a volver a contar mis experiencias, pasadas y, aunque menos atlético, presentes también.

Hace seis años, cuando sucedió lo de mi casera, mi cuerpo no era tan atlético como a primeros de este mismo año, pero tenía la belleza de un cuerpo fuerte, joven y de piel suave. Yo tenía dieciocho años y era mi primer año en la universidad. Me alojaba en una casa particular, en la que mi casera, una señora de cincuenta y ocho años, casada y con una hija, me espiaba desnudo... después me hizo muchas felaciones y, tras un tiempo chupándomela, su marido quiso estar presente y ver cómo me lo hacía.

Los nombres del relato no son los nombres reales, solo el mío.

Llegué a aquella vieja casa del centro de la ciudad en otoño, ya había refrescado, pero en aquel hogar no hacía frío ya que, aunque las paredes interiores tienen algunos desperfectos, los antiguos muros exteriores eran fuertes y muy gruesos; lo que hacía que el frío no penetrara allí. Un mes antes de instalarme a vivir con aquella familia había leído un anuncio en internet, en el que se alquilaba una habitación en una casa particular a muy buen precio, con comida y lavado de ropa incluido. El precio era tan bueno que la reservé de inmediato haciendo un ingreso.

Al entrar a la casa con mis maletas me recibió Cecilia, mi casera, después me presentó a su hija Elisa y a su marido Pablo; todos me parecieron muy amables y encantadores. Mi habitación estaba en la parte superior de la casa, en la buhardilla, y para llegar a ella había que subir a lo más alto de la escalera, pasando antes por la planta baja, donde estaba el comedor, la cocina y los aseos; y después por la planta primera, que es donde estaba el dormitorio de mis caseros y el de su hija Elisa, junto con otro aseo más pequeño. La casa no era grande y yo era el único huésped; me dijeron que todos los años alquilaban la buhardilla, como un modo de relacionarse y de obtener unos ingresos extra.

Yo estaba encantado de ser el único huésped ya que todas las atenciones eran para mí desde el primer día; haciéndome sentir el rey de la casa. La señora Cecilia tenía entonces cincuenta y ocho años y se conservaba bastante bien: buen culo para su edad y una cara muy bella, que hacía pensar que de joven habría roto más de un corazón. El señor Pablo tenía un año más que ella y se veía bastante más envejecido que ella. Don Pablo siempre estaba preocupado por algo y parecía que se asustaba fácilmente. En una tarde de cervezas, estando solos don Pablo y yo, él me contó algo íntimo en confianza, pidiéndome discreción; con el alcohol se desahogó contándome cosas más bien privadas... me dijo don Pablo.

—Antonio, me siento tan distinto de cuando era joven y fuerte como tú eras ahora, ¡sabes!, no tengo una erección desde hace más de seis años y mis testículos parecen haber encogido —Don Pablo tomó un buen trago de cerveza y continuó—solo siento algo de placer al recordar; tanto es así que a veces ojeo revistas de hombres desnudos, ¡no pienses mal!; las miro porque al ver esos miembros me acuerdo de mí mismo; ¡mis locuras Antonio!

—No son locuras don Pablo, todos necesitamos llenar nuestra vista y nuestra mente con sueños, cada uno a su manera, pero, ¿Por qué no toma alguna pastilla para la erección?

—Ya las estuve tomando y no me fue bien, porque, aunque mi pene crecía, no sentía deseo y, al hacerlo sin deseo era como si no fuera yo el que lo hacía y se me desempalmaba de golpe, como un acto reflejo de algún problema psicológico que tengo que tener, o solo es la edad. Tan inexistente es el deseo en mí que, cuando veo el cuerpo de mi mujer desnuda, ¡que todavía tiene un cuerpazo!, no solo no me empalmo, sino que, ya no me importa no poder; es como si deseara sentirme así, como si con el tiempo hubiera cambiado. Cecilia dice que lo que me ocurre es que "mi fuego" se apagó con la edad y eso es todo, pero que aun así ella me quiere. Aunque tengo que consolarla muchos días con los dedos Antonio, ¡es mucha hembra!, para no darle placer; además ella siempre ha sido muy fogosa.

Tras aquella confesión sentí pena por don Pablo, creyendo yo que los problemas habían podido con él y que lo habían hecho "replegarse" sobre sí mismo.

Doña Cecilia me demostraba constantemente la vitalidad que tenía, fruto sin duda del deseo reprimido durante los seis años que hacía que su marido no la penetraba. Su sonrisa nerviosa y su mirada intensa delataban lo necesitada que estaba de que "le dieran cariño". Vestía bien, bastante elegante, pero desde mi llegada fue poniéndose cada vez ropa más picante, luciendo vestidos cortos que me mostraban sus muslos en posturas sensuales. Cecilia me decía halagos en plan cariñoso, eran piropos como estos:

—Antonio, pero cómo puedes ser tan guapo, pareces un modelo jovencito, habrás dejado más de una novia en el pueblo… etc.

Viendo a Cecilia tan exultante en mi presencia y, sabiendo lo de su marido, sentía como si "aquel campo" no tuviera dueño y pensar en ello hacía que mis testículos sintieran correr el semen en su interior agrandándolos. Me daba algo de vergüenza sentir ese deseo casi animal, pero no deseaba controlarlo.

Elisa, la hija de ambos, era una mujer de treinta y seis años, el doble de años que yo, con carrera universitaria y con un trabajo por las tardes. Elisa era una mujer preciosa y muy desenvuelta también; tenía chispa en la mirada. Desde el mismo día de mi llegada, cuando me la presentó su madre, vi en sus ojos al fijarse en los míos que yo le gustaba mucho y desde ese día, cada vez que estábamos juntos, Elisa se ponía roja y nerviosa.

Mi habitación era fantástica, al ser la buhardilla, tenía el techo en disminución, algo muy bohemio. Aunque al ser una casa antigua estaba algo deteriorada, viéndose algunas grietas en las paredes. Tenía unos grandes ventanales que daban a la calle en el mismo centro de la ciudad; desde los cuales hice muchas fotografías de la gente anónima que pasaba por la calle, (la fotografía es mi afición desde niño).

Me encanta estar desnudo desde siempre y, en aquella habitación, donde solo estaba yo, sentía la intimidad y la independencia de no vivir con mis padres en casa y no tener a nadie que entrara en mi habitación sin llamar. Me desnudaba para estudiar desde el primer día en la ciudad, dejando que mi pene rozara la vieja silla mientras leía, eso me gustaba mucho. También me desnudaba cuando me tendía en la cama para leer. Siempre que me desnudaba me dejaba puesta una camiseta de algodón muy ceñida, no sé porque, pero me da morbo desnudarme solo de cintura para abajo y andar descalzo. Las ventanas de mi habitación me llegaban a la altura del pubis, con lo cual solía hacer fotografías a la multitud estando desnudo de cintura para abajo sin que lo supieran los transeúntes.

Cuando ya llevaba un mes en aquella casa, en una de mis tardes desnudo y, mientras me masturbaba mirando el poster de mi actriz favorita, (pegado en la puerta de la habitación) vi un ojo mirándome por una grieta de la pared, junto al marco de la puerta; donde la grieta se abría formando un pequeño agujero de unos dos centímetros que daba al pasillo. Mi mano paró unos segundos viendo como aquel ojo, que incluso parpadeaba. Decidí disimular haberlo visto, mirando al techo y siguiendo con la paja, para que no supiera "mi espía" que lo había descubierto. Sentirme observado me dio mucha vergüenza, pero tras la impresión primera, me excitaba mucho la idea de exhibirme sin que "mi espía" supiera que no todo lo que yo hacía era improvisado… ¡Morbo total!, que provocó que mi erección se intensificara; siempre he sido un exhibicionista y en aquella época más. Desde que tengo uso de razón me ha gustado que me vean desnudo. Desde aquel día, cada vez que me desnudaba, miraba disimuladamente el agujero junto a la puerta. Muchos días me cambiaba de ropa frente a la puerta, buscando ser observado… aquel ojo indecente estaba presente en muchas ocasiones, cada día más; tanto es así, que tuve dudas de que me observara una sola persona.

Tras más de dos semanas estirando el pellejo de mi grueso y oscuro pene frente a la puerta, tuve ganas de saber quién me miraba y ver el rostro de aquel ojo, frente al cual había soltado ya ríos de semen. No sabía si me observaban desde que llegué a la casa o solo desde hacía poco tiempo.

Mi amigo Gabriel es informático y, tras una charla con él, me informó sobre el modo de instalar una mini webcam y los materiales que necesitaría. Compré todo y, siguiendo las instrucciones de mi amigo, un día que la familia salió al completo al centro comercial, me situé en el pasillo frente a mi puerta, buscando la mejor ubicación para la mini cámara. El sitio que escogí fue un cuadro en el pasillo con un marco a base de relieves de flores, donde la mini cámara, no mayor que la uña del dedo gordo de mi mano, pasaba desapercibida entre las flores. Luego, en mi habitación, busqué en el ordenador portátil la señal que emitía la cámara; y allí estaba la puerta de mi habitación vista desde el pasillo. Coloqué el portátil sobre una silla junto a la puerta, pero con la pantalla de espaldas a esta. Aquel mismo día, en cuanto escuché abrirse la puerta inferior de la escalera, comencé a masturbarme con intensidad. La pantalla del portátil me mostró la imagen de mi casera subiendo y cerrando tras de ella la puerta que conducía al último tramo de las escaleras. Muy despacio, para no hacer ruido, mi casera se acercó a la puerta de mi habitación y se puso de rodillas para que el agujero quedara a la altura de sus ojos y, como si mirara por un catalejo, pegó su rostro al agujero junto a mi puerta. Al verla postrada a los pies de mi puerta, paré de masturbarme, dejando que mi pene diera saltitos en el aire frente a su ojo espía, sin cogérmelo con las manos. Me tendí en la cama y sabiéndome observado comencé a tocarme los huevos, tirando de mi muy distendida y oscura piel. Al poco de dejar de masturbarme mi polla se "aflojó", y yacía en la cama hinchada y flácida, con sus pliegues pellejudos apuntando hacia la puerta como una serpiente agazapada esperando "soltar el veneno".

Que sensación de plenitud estar sobre la cama y sentir como mi bolsa escrotal se expandía y mis huevos gordos se veían relajados sabiendo que me miraban. En la pantalla del portátil vi como doña Cecilia apoyaba una mano contra la puerta y con la otra se restregaba bajo el vestido; su mano aceleró restregando su sexo y, con la excitación, Cecilia bajó la cabeza separándose del agujero y dejando de mirarme mientras se tocaba. En ese momento comencé a meneármela de nuevo mirándola a ella en la pantalla del portátil, se me puso dura como una roca y con la excitación, me levanté de la cama y, desnudo como estaba, abrí de golpe la puerta: doña Cecilia perdió el apoyo de la puerta y cayó al suelo de lado, despatarrada, con las bragas bajadas hasta las rodillas, mostrándome su coño peludo y muy empapado. Ella miró hacia arriba desde el suelo, viendo sobre su cabeza mi gran polla bajo la luz de la bombilla de la escalera. Su rostro se puso tan rojo como la bombilla de una casa de putas; le dije.

—Pase usted adentro, por favor Cecilia, no esté haciendo eso en la puerta.

—Gracias Antonio, perdona, pero desde el otro día que vi luz por el agujero y no pude resistirme a mirar, tengo el cuerpo revolucionado y he perdido la vergüenza, ¡pero como puedes tener ese pedazo de pito!, ¡con tu edad!, además tu pito es muy rudo y bello a la vez, mirarte me conmueve tanto que casi me hace daño, por eso no he podido resistir la tentación de continuar espiando.

Hago aquí un inciso necesario para describirme, puesto que lo que sintió Cecilia al ver mi polla junto a su rostro lo han sentido más mujeres y esa es la razón de mi facilidad para convencer. Sé que al leer cómo me describo a mí mismo, muchos diréis que soy un presuntuoso y un fanfarrón, ¡tenéis derecho a decirlo!, pero además de ser verdad mi descripción, es que es necesario para que entendáis porqué sucedió lo de mi casera. Yo:

Mi miembro es grande, no demasiado, solo veinte cm, pero es muy grueso y el glande es, ¡"un mazo"!; pero sobre todo es un pene muy atractivo para las mujeres, no sé porque. Mi pene se muestra "grandote" incluso sin erección; es de piel algo oscura y con pliegues enrollados a medio empalmar. Algunas mujeres me han dicho que mi pene les recuerda el miembro de un caballo, no por el tamaño, ¡claro está!, sino por su aspecto rudo. Mi rostro aniñado y mi pene con apariencia madura y "casi animal", las vuelve locas.

Cecilia entró en mi habitación seguida de mí, cerré la puerta y me acerqué a ella, que estaba roja de vergüenza y a punto de echarse a llorar. Puse mis manos en sus hombros apretando hacia el suelo, ella siguió mi indicación y, sin hablar, clavó sus rodillas sin medias en las viejas losas del suelo. Yo acerqué mi polla desnuda a su boca y, tirando de su cabellera hacia mi cuerpo le estampé mi glande contra sus labios pintados de rosa. Abrió la boca como una cría de rapaz y "se tragó" mi gordo glande entero, mordió mi polla donde acababa el glande, marcando sus dientes y, acto seguido me miró a los ojos al liberar mi polla del mordisco. Le agarré la cabeza con las dos manos y moviendo mi culo le metí la polla en la boca hasta sentir como su campanilla se deslizaba sobre la punta de mi miembro. Aquella mamada, tanto tiempo esperada, hizo que mis huevos se relajaran tanto que colgaban más de diez centímetros por debajo de mi pene, golpeando la garganta de doña Cecilia por debajo de su barbilla, a cada viaje que le metía en la boca. Entraba y salía de su boca con movimientos cada vez más violentos, sus labios entregados hacían ruidos al ser traspasados continuamente por mis veinte, gruesos, centímetros de polla. Me corría sin remedio, me agarré a su nuca con las dos manos, conservando Cecilia en su interior mi pene entero. Sentí como un caño de leche salía de mi pene, directo hasta su garganta; apreté a Cecilia contra mí y solté otro chorro aun mayor sobre su esófago, ¡que gustazo aquella primera vez! Se la saqué de la boca de golpe y Cecilia derramó dos bocanadas blancas sobre su vestido color beige. Cecilia lamió los restos que circundaban mi prepucio y me dijo:

—Antonio, tu corrida es dulce como la miel; me siento tan bien, gracias por hacerme tan feliz, muchacho.

Desde ese día y, todas las tardes; cuando su hija Elisa se iba a trabajar y su marido se ponía a ver la tele, Cecilia subía las escaleras y tocaba a mi puerta. Yo le abría y la recibía siempre con una camiseta de algodón color azul oscuro como mi única prenda, y con mi pene con forma de garrote cruel apuntándole. Ella hacia la misma ceremonia a diario:

Cecilia su ponía de rodillas y se sacaba las tetas por arriba del vestido, abría mucho los labios y yo "le follaba la boca" un buen rato, disfrutando de sentir como entraba en ella; y cómo la golpeaba con mis huevos mientras sus labios se arañaban con los pelitos de mi pubis afeitado al metérsela hasta las trancas. Me corría sobre su garganta, a veces sobre sus cabellos peinados de peluquería o sobre sus tetas o sobre su maquillado rostro. Cecilia, no solo disfrutaba chupando, al final se recreaba con mi semen, lamiendo cualquier resto y, para ello, lo recogía con sus manos de sus cabellos o de sus tetas y después se lamía las manos; pero siempre terminaba lamiéndome la polla muy despacio, como si fuera una piruleta. Cecilia no quería que me la follara, no deseaba engañar a su marido hasta ese punto; me dijo tras la primera mamada:

—Antonio, quiero comer de tu pito, me encanta hacértelo; pero no quiero desnudarme, solo enseñarte mis pechos; no quiero que me lo metas abajo; no me sentiría bien llegando a tanto en la infidelidad a Pablo, ¿te parece bien?

—Bueno, me parece aceptable, pero muy morboso a la vez señora.

Cada día Cecilia entraba a tomar "su alimento" y se marchaba. Tras varias semanas tragándose mi leche su rostro se mostraba radiante y, en las cenas, me hablaba sin parar; cuando en las visitas a mi habitación solo abría la boca para "tragar". En una cena su marido le preguntó.

—Querida, que has tomado; que te veo tan exultante —ella le respondió así, mirándome a mí a los ojos a la vez y sonriendo.

—La vida, querido, me he tomado la vida.

Su marido pareció entrever algo entre los dos por las miradas cómplices, su hija no. Al otro día, mientras mi casera me la chupaba de rodillas, escuché un ruido en las escaleras y al momento vi un ojo mirando por el agujero. Ver ese ojo me excito tanto que agarré la cabeza de Cecilia con mucha fuerza clavándole mi miembro en la garganta como un dardo y, aplastando mis distendidos huevos contra su barbilla como si fueran una hamburguesa. El ojo permaneció allí inmutable, muy abierto y sin parpadear, yo, muy excitado sintiéndome observado, le saqué la polla de la boca a la señora y, meneándomela frente a su cara me corrí a chorros sobre ella. Mi semen se deslizaba desde su rostro hasta su garganta y hasta su vestido con gotas espesas. Sin que Cecilia viera la pantalla, abrí el portátil y vi a su marido al otro lado de la puerta mirando por el agujero. Muchas tardes me corrí sobre mi casera, en su boca, en su rostro; mientras su marido nos miraba por el agujero; ¡qué fuerte me pareció aquello entonces! (Aun me lo parece).

Después de más de un mes así, las cenas y los almuerzos eran mi pasión, por ver a mi casera disimulando y a su marido hablándome entusiasmado y brillándole los ojos al mirarme, demostrándome que no sólo aceptaba lo que hacíamos, sino que le gustaba. Elisa, la hija de ambos estaba cada vez más contenta de ver a sus padres tan felices; además, a Elisa le brillaban los ojos al mirarme y me sonreía sonrojada... se estaba enamorando de mí.

Una tarde entró Cecilia a mi habitación y no se puso de rodillas como siempre, no, permaneció de pie y muy seria me hablo:

—Antonio, mi marido me ha confesado que me ha visto chuparte el pito varias veces por el agujero. Estaba celoso al hablarme, pero dice que le excita mucho y que me perdona; incluso acepta que sigamos y que yo desahogue mis deseos. Sabes Antonio, mi marido es impotente, tanto que cuando se desnuda solo se le ve un gusanito, pero yo lo amo. Pablo, en esta situación, se siente tan postergado que está muy triste y me ha pedido un favor, bueno un favor que nos pide a los dos…

—Dime Cecilia.

—Él quiere estar presente cuando te la chupe, solo para mirar; yo le he dicho que por mi parte sí, pero que la última palabra la tienes tú.

— Esto es muy fuerte doña Cecilia, me da mucha vergüenza que él esté junto a nosotros, no sé si podré sentirme cómodo, pero vale, que mire. Pero con dos condiciones.

— ¿Cuáles Antonio?

—Que don Pablo esté siempre con su ropa, no quiero un hombre desnudo junto a mi mientras lo hago; la otra condición es que usted se desnude completamente delante de nosotros dos; no como hasta ahora que solo me ha enseñado las tetas.

—Me da mucha vergüenza Antonio, me haces sentir como una puta.

—Me da morbo que sea así, que su marido vea como se desnuda para mí; ¡si no es así!, mejor lo dejamos.

—No te disgustes muchacho, lo haré; pero tengo que preguntarle a mi marido primero.

Esa tarde la pase estudiando solo, sin descargar en Cecilia; y en cierto modo me sentí bien, y dormí mejor; me hacía falta un descanso, porque Cecilia me estaba sorbiendo las fuerzas. Al día siguiente entraron los dos en mi habitación en cuanto Elisa se marchó. Y Cecilia me dijo:

—Sin problema Antonio, será un placer que me veas desnuda, me daba corte, no sé porque, Pablo también lo acepta, ¿verdad cariño?

—Sí, verdad, aunque no sé; es como perderte.

—No digas tonterías, siempre estaré cerca de ti.

Cecilia comenzó a desnudarse muy despacio, cuando se quitó las bragas y pude verle el coño me emocioné. Don Pablo observó cómo se desnudaba su esposa con una mirada triste, pero resignada; y a la vez con ojos de excitación. Yo llevaba solo mi camiseta y mi pene estaba a medio empalmar; al verlos a los dos allí y sabiendo a lo que venían, sentí tanta vergüenza que casi me echó a llorar. Ellos vieron mi tensión y don Pablo me dijo:

—No sientas vergüenza muchacho, esto lo deseamos, tú no estás haciendo nada malo; ¡además!, lo que tú tienes es algo digno de ver, ni en las revistas he visto un miembro tan bonito como el tuyo. Y tus, bueno tus huevos son tan grandes como los de un toro, será un placer verte en acción chaval, no te preocupes.

—Gracias por el alago señor, ya estoy bien, solo es que me he sentido abrumado por la situación.

Mi pene, que se había aflojado, comenzó de nuevo a engordar. Cecilia se puso de rodillas delante de mí, con los ojos cerrados y con la boca muy abierta. Al agacharse ella pude ver que tenía un coño perfecto, con unos labios mayores preciosos. Acerqué mi polla a su rostro y ella me la cogió con las dos manos bajo la atenta mirada de Pablo, a un metro escaso de nosotros sentado en una silla. Mientras Cecilia recorría todo mi miembro con su lengua yo miraba alternativamente a los dos, Pablo tenía la boca y los ojos muy abiertos y le caía un hilillo de saliva por la comisura de sus labios. Cecilia me agarró los huevos con su mano derecha, tirando de mi "bolsa" como si fuera una aldaba. Le introduje la polla en la boca poco a poco, viendo como sus labios se estiraban tanto que perdían la forma. Empecé a moverme adelante y atrás, penetrando su boca como un animal, sus tetas se zarandeaban. Ella soltó mis huevos y rodeándome con las dos manos me agarró el culo clavándome las uñas en los cachetes. Aceleré, y mis huevos se mecían en el aire dentro de mi escroto, un escroto tan distendido que dejaba ver claramente unos huevos casi del tamaño de un huevo de gallina.

Mientras yo tiraba de los cabellos de Cecilia con las dos manos acercándola a mí, para metérsela en la boca con más furia, ¡sentí!, como por debajo de mí, don Pablo había estirado el brazo y, con su mano derecha, acariciaba muy suavemente mis huevos.

No me gustan los hombres pero esa caricia tan sutil me pareció un halago, nada brusco; algo que me gustó y decidí no pararle los pies, y más teniendo en cuenta que me la estaba chupando su mujer. Lejos de enfadarme lo que hice fue excitarme muchísimo, un cosquilleo agradable recorría mi escroto desde el ojete del culo hasta la unión con el pene. Cecilia abrió los ojos y al ver a su marido cogiéndome los huevos se sacó mi polla de la boca y le dijo:

— ¡Pero qué haces cariño!, no sabía que a ti también te gustaba el chaval.

—Solo es una caricia, un halago; es como recordarme a mí de joven, perdón.

—Da igual cariño, me encanta verte tocándolo, si a Antonio no le molesta claro está; es tan excitante Pablo, y tan raro eso que le haces a Antonio que me enciende más aún —dijo y respondió su esposo.

—Gracias por no enfadarte Cecilia. Es que al ver cómo le chupas ese pene tan bello me han dado ganas de tocarlo, ¡solo como admiración! Y tú Antonio perdóname, por favor, no lo he podido resistir, no tocaré más.

—Son ustedes dos muy especiales. Don Pablo, mientras no pase "de ahí" no me importa que siga acariciándome.

—Gracias Antonio, me haces muy feliz, eres un primor de chico.

Pasaban los días y yo me abstenía de masturbarme en solitario, porque estaba encendido esperando la tarde, encelado por ver a Cecilia desnudarse y tragarse mi leche delante de don Pablo. Me sentía como un joven malévolo. Más de un mes estuvo chupándomela mi casera bajo la atenta mirada de don Pablo, y cada día que pasaba, las caricias de don Pablo se volvían más expertas y más sofisticadas; aprendiendo él a acompasar sus caricias con el balanceo de mi bolsa escrotal, sin estorbarme mientras penetraba la boca de su mujer.

Deseaba follarme a mi casera, no por necesidad, ya que en la facultad me había hecho muy popular y ya me había tirado a varias compañeras, era por vicio, por puro vicio. Necesitaba metérsela mientras su marido nos miraba, para mí era como el clímax de mi exhibicionismo morboso. Entró un día Cecilia a mi habitación acompañada de Pablo y les pedí:

—Cecilia y Pablo, este juego, para mi necesita ya un desenlace lógico, llevo mucho tiempo siendo "la vaca lechera" de Cecilia. Me encanta que se haya bebido mi semen tantas veces, pero ahora quiero penetrarla, ¡claro está!, si ustedes dos me lo permiten —Habló Cecilia y después Pablo.

— Yo también lo deseo y, estando Pablo presente, si él está de acuerdo ya no me sentiré mal; además, para mi es casi una necesidad ahora, pero no me atrevía a planteároslo a los dos.

—Yo ya, no solo no me atrevo a oponerme, es que además y aunque parezca un cabrón, estoy deseando que se la claves, por mi adelante; pero quiero mirar —dijo pablo y le dije yo a Cecilia:

—Por favor Cecilia, desnúdese como de costumbre y apoye los brazos en mi escritorio dándome la espalda, con la cabeza sobre el escritorio y el culo bien alto, por favor.

Hago un alto para decir que mi éxito con Cecilia no fue casualidad; ya tenía suerte con las mujeres en el pueblo. Desde que cumplí los dieciocho años no he parado de hacerlo con vecinas de mi pueblo, la mayoría casadas y mayores que yo. Esas mujeres siempre habían sido muy cariñosas conmigo, diciéndome halagos. Se corrió la voz por el pueblo de que, además de guapo, Antoñito tenía un pene que quitaba el sentido; esa indiscreción de una de mis primeras "conquistas" tras alcanzar la mayoría de edad, hizo que mi despertar a la sexualidad fuera apoteósico; haciendo el amor con muchas mujeres en el pueblo… Sigo con mi casera:

Apoyada sobre mi escritorio de cintura para arriba, su culo en pompa era perfecto y grande, se alzaba sobre unas piernas puestas en pie, su cuerpo formaba un ángulo recto. Bajo su culo asomaba ese coño azabache, con unos labios menores tan inflamados que parecían sonreír. Yo estaba empalmado como un borrico, mi pene se tornaba en morado por el riego sanguíneo. Puesto también de pie detrás de ella, le introduje en el coño mi gruesa polla de golpe, metiéndosela y sacándosela con furia, golpeando su culo con mis huevos, distendidos dentro de la bolsa escrotal. Me dijo muy relajada.

—Antonio, me siento tan llena y tan feliz; ¿sabes?, cuando miré la primera vez por la grieta de la pared quedé impresionada, al ver tu pene de piel gruesa y tus grandes huevos en un cuerpo tan joven; me excite mucho... aaaaggggaaa —dijo jadeando al acelerar yo.

Don pablo estaba nervioso, estaba sudando; su rostro era una mezcla de excitación y de temores. Él estaba de pie, vestido; ¡como siempre!; su mano derecha buscó mis huevos desde detrás de mí y, para facilitarle el trabajo, separé mis piernas la una de la otra casi una cuarta. La mano de don Pablo atrapó mi bolsa escrotal entera dentro de su mano sin apretar demasiado, pero agarrándome los huevos muy bien, con lo cual, cada vez que se la metía a mi casera tiraba del brazo de don Pablo, que me frenaba. Después me los soltó y solo los acariciaba por debajo, desde mi ano, el cual rozó con sus dedos haciéndome cosquillas, hasta el comienzo de mi polla.

El deseo me podía, me sentía poderoso, como si ella fuera mi juguete. La llevé hasta la cama, Pablo, como buen mamporrero, nos siguió; poniéndose al lado de la cama. La puse a cuatro patas sobre la cama, su culo bello, pero algo estriado estaba en pompa, más alzado que antes cuando estaba de pie; esperándome. Le penetré el coño desde atrás, con brío; agarrando fuertemente sus posaderas maduras y bellas. Mientras mi pene entraba y salía, envuelto en los abultados labios externos de su sexo como perrito caliente, vi como su ano se abría un poco cada vez que le clavaba el pene en el coño. Ese ano abriéndose y cerrándose era como las pompas que surgen en el barro termal, desee intensamente sodomizarla y me sentí mal… recordaba las tardes que habíamos estado escuchado música clásica juntos en el salón, nuestra mutua y delicada afición; algo tan distinto de lo que quería hacerle en ese momento. Quería poseerla como mi esclava y, a la vez, me sentía como un niño malo penetrando a la señora Cecilia, teniendo yo solo dieciocho años; le dije.

—Cecilia, me gustaría mucho metérsela por el culo también, con cuidado, ¿me deja usted?, y "la compaña".

—Antonio, qué joven más impetuoso eres; a mí nunca me han hecho eso.

—Más le gustara, porfa; déjame hacerle el culo —dije con insistencia.

—Vale Antonio, házmelo, ¡eres un sinvergüenza maravilloso!, que me ha robado la voluntad.

Pablo, situado de pie junto a la cama, solo movió la cabeza en señal de asentimiento; Pablo ya no sudaba, ahora tenía un rostro entusiasmado, parecía que se había liberado del todo tras verme cabalgar el coño de su mujer.

Me puse detrás de Cecilia, con "mi garrote" a cien; Intenté metérsela, pero no entraba bastante dilatado, nos dolía a los dos. Fui a una estantería y cogí mi bote de espuma de afeitar (lo que tenía más cerca). Separé sus carnes a la entrada del ano y apuntando dentro le metí bastante espuma a presión.

— ¡Que frio Antonio!, ¿qué es?, ¿nata?

—No señora, es espuma de afeitar.

—Que bruto eres Antonio.

No le respondí, me situé de rodillas detrás de ella y me eche en el pene otro puñado de espuma de afeitar y se la acerqué al agujero "espumoso" del culo... apreté y entró, pero muy, muy apretada; al final "se la cole entera". Deje mi polla dentro de su ano sin moverme, sintiendo como me la apastaba la polla con los músculos de su culo y con su carne caliente. Empecé a penetrar su culo con una velocidad de leopardo, moviendo todos los músculos de mi cuerpo y haciendo que el cuerpo de ella se zarandeara sobre la cama como un guiñapo. No podía aguantar más, necesitaba correrme y lo hice dentro de su culo y, al sacarla de su ano, brotó un hilo continuo muy blanco.

El último día que me la follé, Cecilia hizo un alto en el coito para ir a hacer pis, se orinaba sin remedio y no podía esperar. En ese momento la penetraba en pompa sobre la cama, mientras su marido agarraba fuertemente mi bolsa escrotal. Dijo Cecilia:

—Antonio, no puedo aguantar, ¡que me meo! Y andando a gatas sobre la cama se "desenganchó de mí y salió de la habitación.

Me quedé solo en la cama, de rodillas, con lo polla dura como un bastón mirando al frente, mientras don Pablo situado junto a la cama continuaba tocándome los huevos sin descanso. La mano de Pablo agarró mi polla suavemente y comenzó a meneármela, muy finamente y si apretar, ¡coño como me gustó!, giró su espalda y acercó su cabeza a mi pene, pero antes de que diera con su boca en mi glande le puse una mano en la frente para detenerlo y le dije:

—No se pase usted, menéemela si quiere, pero no quiero que me la chupe usted.

—Vale Antonio.

Su cabeza estaba a una cuarta de mi polla, la cual meneaba Pablo con su mano derecha, mientras con la izquierda apretaba mis cojones casi haciéndome daño. Pablo vio como mi pene redoblaba su dureza y adivinó que estaba a punto de correrme. Para no desobedecer, acercó su boca muy abierta situándola a escasos cinco centímetros de la punta de mi polla. En ese momento entró Cecilia y apartando a su marido de malos modos, se metió mi polla en la boca… al instante un caudal de semen discurrió por su garganta. Después de tragarlo todo y de relamer mi polla le dijo a su marido:

La leche de Antonio, ¡aquí!, ¡solo me la bebo yo!

Poco después de ese día empecé a salir con Elisa, la hija de ambos; que aunque me doblaba la edad era tanta la atracción entre los dos que no le importó que sus amigas la criticaran por salir con un pipiolo. Le dije a Cecilia y a Pablo que ya solo lo haría con su hija Elisa; porque que seguir dándoles placer a ellos dos se me hacía cuesta arriba. Elisa y yo empezamos a salir tras entrar ella en el aseo y verme desnudo, su rostro aquel día mostró tanta felicidad que me enamoró. Hasta final de curso me la estuve follando en su habitación, que estaba situada junto al dormitorio de sus padres. Los jadeos de ella eran el insomnio de sus padres. En segundo curso de la carrera universitaria rompí con Elisa y ya no podía seguir en aquella casa, porque lo que bien empieza bien termina.

© Antonio Alexilo 2017

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