Historia del chip (036): Vasile (Daphne 012)

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Historia del chip (036): Vasile (Daphne 012)

RESUMEN

Vasile estaba relamiéndose de gusto. Nunca había encontrado una mujer que fuese tan directa. Debía ser verdad eso de la adrenalina y el peligro. Los pezones eran perfectos. Los pechos turgentes y las nalgas querían sentir como se movía cuando la penetrase.

Fueron andando pues Vasile vivía al lado del hospital. Era poco hablador y Daphne le contó lo que había pasado. Él ya había oído algo rumor, sólo que su especialidad era cardiología y su turno de urgencias no había coincidido con la entrada de Daphne y Jennifer. Amablemente le dijo que quizás debía descansar más que salir de marcha o tener una cita. Daphne atacó.

—¿Es que no te gusto?

Vasile se echó a reír.

—No, eres realmente fea. Pero es que esta noche no tengo a nadie a quién llamar.

Daphne le dio un codazo y empezó a correr. Estuvieron varios minutos dándose esquinazo, no siendo los altos tacones de Daphne lo más recomendable para esos juegos o acaso precisamente por eso tenía su atractivo. Vasile la atrapó colina arriba. La hierba estaba húmeda y hacía frío. Daphne se rindió casi de inmediato y quiso tentarle: “¿Qué haremos ahora? ¿Descansar?”

Vasile volvió a reírse.

—Levanta. Vas a mancharte el vestido.

Daphne se lo quitó de un gesto.

—Guárdalo en tu cartera. Oye, me siento muy viva después de lo de ayer. Quiero vaciarte, antes de nada. Mi sexualidad está a flor de piel, pero quiero comprobar que realmente te gusto.

Le cogió las manos y se los llevó a sus pechos. Le obligó a quedarse ahí mientras se besaban. Cuando él trataba de llevar las manos a otro sitio, ella se los ponía otra vez en el mismo lugar. No tenía tiempo para largos preludios. Mientras le besaba el cuello le dijo: “Quiero que me toques el culo y los pechos. Luego te contaré cómo me gusta que me lo hagan, pero sólo si ya has eyaculado en mi boca. Te doy diez minutos para terminar de comprobar si te realmente te gusta mi cuerpo.”

Vasile estaba relamiéndose de gusto. Nunca había encontrado una mujer que fuese tan directa. Debía ser verdad eso de la adrenalina y el peligro. Los pezones eran perfectos. Los pechos turgentes y las nalgas querían sentir como se movía cuando la penetrase. Pero si una mujer te quiere vaciar en su boca ¿cómo negarse? No terminaba de atreverse. Ella le volvió a poner las manos en las tetas.

—Veo que no quieres vaciar. Hagamos un trato. Siempre que quieras puedes usar mi boca, sin necesidad de cortejos o preámbulos. Cuando confíe en ti y vea que realmente te gusto, te diré lo que a mí me pone. Pero quiero que siempre que quieras vaciar lleves el pene a mis labios sin cortarte. No me gustan los hombres tímidos ni recatados. Quiero alguien que sepa imponerse.

Vasile decidió que ya bastaba de esperar. Eyaculó en cuanto los labios rodearon el pene. Ella no pareció molesta, más bien lo contrario. Cuando hubo acabado de tragar todo el esperma le preguntó: “¿Te gusta la idea de besarme sabiendo a esperma? ¿O prefieres no hacerlo?

Vasile no quiso contestar. Quizás no le gustaría que fuera sincero. Ella entendió con su silencio que no le gustaba. Daphne siguió preguntando: “¿Y mi vagina húmeda? ¿Te gustaría saborearla?”

A Vasile le cambió la cara. Estaban en una zona poco iluminada y aun así a Daphne no le costó demasiado ver el cambio de su expresión.

—Esa idea te gusta más. A mí también. Llevo el chip así que no hay manera de que pueda tener un orgasmo, pero me encantaría saber cómo te gusta acariciar a una mujer abajo. Quiero que hagas lo que te da placer a ti siempre que no sea no más de un minuto.

Vasile no se hizo rogar y acarició los muslos antes de rozar los labios húmedos y expectantes de Daphne. Con la uña arañó ligeramente la zona interior del clítoris antes de introducir un dedo. Daphne lo paró.

—Todavía no, querido. Es pronto para eso. Perdería el encanto. Quiero pensar que cuando introduzcas un dedo es porque quieres que disfrute. Que lo harás sólo si crees que me lo he merecido. Que realmente me lo he merecido. ¿Te parece bien?

—Te lo mereces. Eres tan fantástica. ¿Volverás? ¿Verdad? No me imagino que te vayas y nunca vuelvas cuando den de alta a tu amiga— preguntó con tanta ansiedad que Daphne sintió un poco de lástima por él.

—Estudio un poco lejos y depende más bien de ella, pues es la que tiene el dinero. Vendré si ella viene. Pero es un poco pronto para hablar del futuro. Además, seguro que tienes un montón de mujeres esperándote. No quiero que te enamores de mí. Y menos ahora. Quiero sexo, quiero un hombre ansioso por magrearme. Un hombre que cuando piense en mí, tengan erecciones y en cuando me vea me arrincone en un pasillo y me obligue a vaciarle.

—¿Y violarte? — inquirió Vasile, tanteando la típica fantasía masculina y también de muchas féminas. Daphne le contestó con una sonrisa.

—No sería violación. Estaría encantada, pero podemos simular que me fuerzas si es lo que deseas. Me adaptaré a tus fantasías. Antes quiero estar segura de que no vas a contenerte. Quiero que los dos aprendamos rápidamente lo que le gusta al otro. Estoy segura de que te gusta la idea de tener a tu disposición mis senos y mis nalgas. ¿O prefieres llamarlas tetas y culo? — preguntó Daphne, tratando por todos los medios de excitarle.

—Lo que más te guste a ti. ¿Seguro que no te importa que me dedique a tus tetas y a tu culo primordialmente? A muchas mujeres les parece mal, se sienten como objetos— preguntó Vasile con algo de inseguridad. No parecía entender la suerte que tenía.

—De eso se trata. Mírame como un objeto. A casi todos os gustan las tetas y los culos y sobar cuando os apetece. ¿Quieres la lengua otra vez en tu falo? Deseo que lo pongas en mi boca en cuanto esté erecto y tengas ganas de eyacular. Nada de cortejos, preámbulos ni insinuaciones. Quiero un hombre que sepa admitir su excitación y que me ayude a aplacarla.

Vasile llevó a toda velocidad su pene a la boca de Daphne, que consiguió que estuviera allí casi dos minutos regodeándose con él antes de que eyaculase mucho menos cantidad que antes. Lo limpió con cuidado sabiendo lo poco que les gustaba a algunos hombres que le tocasen el glande justo después de eyacular. Se tragó el esperma

Una vez tragado el esperma le dijo: “No ha estado mal, pero creo que no me he ganado un escarceo. Tu esperma no tenía la vitalidad de antes o acaso te ha faltado jugar más con mis pechos. Perdona, tengo un poco de frío.”

Vasile se levantó al instante y le sacó el vestido de su cartera. La ayudó a colocárselo. Inmediatamente tuvo una nueva erección. Todavía no se había puesto los calzoncillos ni los pantalones así que Daphne pudo apreciarla en todo su esplendor.

—Veo que te ha gustado lo del vestido. ¿Ves cómo es bueno empezar con el sexo? Así nos conocemos mejor. Quiero beber así luego te puedo besar. Me has dejado a cien. ¿Te gusta tenerme así? — le preguntó Daphne sabiendo, desde luego, la respuesta.

—Me encanta, pero...— empezó a contestar Vasile inseguro de confirmárselo.

—Nada de peros... quiero saber lo que te gusta. Y si dejarme excitada te resulta agradable, mejor. Ya tendremos tiempo más tarde de dedicarnos a mi ardor. No me siento bien con un hombre que me oculta su verdadera pasión, que no me muestra lo que le gusta. Espero que no te parezca mal.

Daphne, -que no se había quitado los tacones-, siente como le llega una oleada desde ellos. Jennifer debe estar soñando con algo que le excita. Si no hace algo rápido, sabe que va a quedarse arrebolada de amor en un momento. Se arrodilla con el vestido puesto.

—Quiero contarte un secreto, una fantasía mía. Me gusta que, si un hombre se ha quedado satisfecho por mi actuación, si realmente se le ha gustado, me acaricie las orejas, los lóbulos, un poco. Un pequeño roce o un poco más de tiempo, pero sin abusar. Es como un regalo, un reconocimiento.

Daphne balbucea porque desde los pies le está llegando tal necesidad de ser penetrada que si no supiera que Vasile no iba a poder ensartarla en ese momento, lo hubiera violado.

Vasile le acaricia los lóbulos relajadamente. Daphne suspira al sentirlos vivos y plenos. Así puede disimular la otra fuente de excitación. Vasile deja de jugar con ellos demasiado pronto, tal y como se lo ha indicado. Todavía sus zapatos le mandan las señales de pasión. Vasile, suponiendo que quiere que continúe, toma la iniciativa y le acaricia la cara, la nuca, los hombros. Para Daphne cualquier contacto es ahora tan agradable, tan importante, que quiere llorar de felicidad. Quiere que él vuelva a los pechos, que le haga un rápido, pero no se da cuenta. Prefiere obviarlo. Es demasiado pronto. Cuando vuelva a ocurrir se lo comunicará. Debe aprender a verla. Los zapatos por fin atenúan un poco su radiación sexual pero el cuerpo de Daphne no atenúa su imperiosa necesidad.

Vasile sí comprende que Daphne ha terminado de soltar tensión. Cree que ha sido la adrenalina que ha surgido después del terrible día que ha sufrido. Se arrodilla y la besa. Daphne hace ya rato que se ha tragado el esperma y aunque quede algo de sabor, no cree que le importe. Por eso mantiene un contacto con los labios sin llevar la lengua. Vasile también se retrae, aunque más bien porque cree que ella ya no quiere más sexo. Que está saciada. No puede estar más equivocado. No es capaz de ver más allá.

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