Amira y Benicio
Y así, con esa frescura que ahora lo envolvía todo, acercó la punta de su hermosa mazorca, redonda y firme, y la apoyó suavemente en la entrada de aquel rincón suyo. Solo la cabeza, despacio, muy despacio, dejando que ella misma sintiera cómo se abría para recibirlo, cediendo poquito a poco, como una flor que se abre al sol. Amira...