INICIO » Categoría » Ana, una ninfómana casada e insaciable

Ana, una ninfómana casada e insaciable

  • 18
  • 10.956
  • 9,80 (25 Val.)
  • Una compañera de trabajo le hace al protagonista una proposición insólita, gracias a su afición por los relatos eróticos y por las páginas web calientes

    Esta historia puede constituir una lección acerca de lo útil que puede resultar escribir relatos eróticos, si es que hay alguien que pueda considerar que no vale la pena hacerlo. Claro que no es un indicador de que lo que pasó aquí le vaya a suceder a todo el mundo (pues se trata de una coincidencia sorprendente), pero bueno, siempre queda la esperanza de que este tipo de narración nos pueda llevar a algo más de lo que esperábamos.

    En la empresa donde trabajo el cargo de gerente de informática quedó vacante el año pasado. El tipo que se encargaba del área fue despedido porque tenía problemas con la bebida. Para reemplazarlo contrataron a Ana, una preciosa ingeniera de unos 30 años. Cuando los hombres de la oficina la vimos por primera vez quedamos boquiabiertos. Aunque de cara no es extraordinariamente hermosa –cuidado, tampoco es fea, tiene su atractivo-, el resto de su anatomía es increíblemente apetecible. Bastante alta, delgada, muy blanca, con una silueta llena de cuervas, rematada por un par de piernas largas y espectaculares, Ana llamó la atención del público masculino desde su ingreso a la empresa. El culo era magnífico- cosa que a mí me vuelve loco- y sus tetas eran de buen tamaño, firmes y paradas. A su atractivo habría que agregar, además, un bonito cabello rubio con bucles como de angelito y unos bellísimos ojos azules.

    Su defecto era su falta de simpatía personal. Era poco comunicativa y algo seca y prepotente en el trato. Pero eso le añadía, por otra parte, un aura de misterio. A pesar de que era madre de dos niños pequeños y de estar casada con un médico joven, Ana me trasmitía la idea de que en la cama debía ser una puta de la peor clase. A veces llevaba unas falditas muy sugerentes que, sin ser vulgares, permitían apreciar sus bellas y bien torneadas piernas, las cuales provocaba acariciar y tocar sin ningún límite.

    A pesar de haber fantaseado algunas veces con ella y de haberle dedicado un par de pajas, yo no esperaba lograr nada con aquel monumento, pues me la imaginaba como una madre y esposa dedicada. Pero he aprendido que la vida da giros inesperados que uno debe aprovechar.

    Un día recibí una llamada de Ana, pidiéndome que fuera a su oficina. Estaba vestida muy elegante, con un taller azul celeste. La falda permitía, de nuevo, disfrutar de la vista de sus bellas extremidades inferiores, a las cuales dediqué una mirada que probablemente se prolongó más allá de lo debido y que ella notó. Me pidió que me sentara, cosa que procedí a hacer y le dije que era todo oídos, que me dijera lo que necesitaba.

    Sacando una carpeta con aire muy ejecutivo, me dijo:

    -Bueno Alberto, tenemos un pequeño problemita por aquí, el cual, sin embargo, podemos resolver fácilmente. Resulta que aquí en la compañía usamos unos programas para detectar las actividades que hacen los empleados a través de sus PC y he encontrado cosas inusuales en tu caso. Veo que accedes a páginas web de contenido sexual y que has escrito relatos en el que involucras incluso a gente de la oficina.

    Yo estaba mudo, muy avergonzado por haber sido descubierto. Ella se dio cuenta y sin perturbarse me dijo:

    -No te preocupes. Yo te entiendo, pues algunas personas somos muy calientes –hizo un énfasis muy peculiar en ese "somos"-. Yo puedo perfectamente no revelar esta información si tú haces algo por mí...

    Al decir esto, una sonrisa extraña y sensual se dibujó en sus labios. Perplejo, le contesté:

    -Está bien... Dime en qué puedo servirte...

    Ella volvió a sonreír y luego de un par de segundos terminó la conversación diciendo:

    -Ven el sábado en la noche a mi casa y te cuento de qué se trata.

    Parecía obvio que se trataba de una insinuación de carácter sexual, pero al salir de su oficina yo no podía dar crédito a lo que había escuchado minutos antes. Una mujer casada y con hijos que, además, me proponía que lo hiciéramos en su casa... Aquello no podía ser. Podíamos haber escogido otro lugar menos comprometido. Durante los dos días siguientes estuve dándole vueltas a la cabeza sobre ese asunto y a veces el pene se me puso como una roca de sólo pensar en el banquete que seguramente iba a darme con aquella mujer.

    Llegó el sábado en la tarde. Comencé a arreglarme para llegar a su casa –ella me había mandado la dirección por e-mail-. Me bañé escrupulosamente, me puse mis mejores galas, me eché bastante agua de colonia y guardé varios condones en la cartera, para estar a tono cuando llegara "el momento".

    Cuando llegué al edificio donde Ana vivía y me bajé de mi carro, mi corazón latía con expectación. Toqué el intercomunicador y reconocí su voz al otro lado. Me dijo que pasara y tomara el ascensor. Así lo hice y arribé al piso 5. Pulsé el timbre de su apartamento y un minuto después me llevé una sorpresa que constituyó, en ese momento, un baño de agua fría: la puerta la abrió Luis, su marido.

    En ese momento toda mi fantasía de que me iba a tirar a Ana esa noche se fue al piso. Me dije a mí mismo: "Estúpido, te equivocaste! Seguro que el favor que les vas a hacer es darles algún consejo financiero o ayudarlos en quién sabe qué cosa". Luis me saludó con mucha amabilidad –lo había conocido en una fiesta de la compañía- y me invitó a pasar. Mi cara de "ponchado" era obvia y probablemente él se había dado cuenta. El me dijo que Ana no tardaría en salir y que mientras tanto me sentara en la sala, que el prepararía unas bebidas.

    No pasó mucho tiempo cuando Ana salió del área de las habitaciones. Cuando la vi mi sensación de "¿qué pasa aquí?" resurgió, pues ella iba vestida con una bata blanca algo corta e iba descalza. Sus piernas estaban muy descubiertas y parecía que a ella no le importaba. El cabello lo llevaba suelto. La verdad es que estaba preciosa! Una erección comenzó a abultar mi entrepierna, cosa que me hizo poner aún más nervioso.

    Luis trajo las bebidas y se sentó junto a Ana, en un sofá que estaba frente a la butaca que yo había elegido. Imperturbable, ella rompió el silencio:

    -Bueno Alberto, te preguntarás por qué te he pedido que vengas aquí hoy. Te lo voy a decir de la manera más cruda y directa. Aprovechamos que los niños van a pasar la noche en casa de mi mamá para ejecutar una de nuestras fantasías y te elegí a ti para que participes porque he visto que eres un tipo muy caliente y de mente abierta...

    Yo no podía creer lo que mis oídos estaban escuchando! Casi eyaculo ante la vista de aquella hembra diciéndome esas cosas con esa voz tan sensual y felina. Ella continuó:

    -Yo soy una mujer muy fogosa. No culpo a Luis porque él es un amante muy superior al estándar. El problema es mío, que no quedo satisfecha ni con el tipo más resistente... Luis quiere que yo quede complacida aunque sea una sola vez. Por eso hemos empezado varios experimentos y esta es una parte de la cadena. La idea es que tú me folles por donde se te ocurra mientras Luis mira y nos filma... Él no va a participar mientras tú estés cogiéndome. Solamente va a ver. La condición es que cuando termines te vistas, salgas del apartamento y te vayas, pues Luis me va a hacer el amor después, para probar si esta vez puede hacerme quedar exhausta. Él quiere ver, aunque sea un solo día, cómo quedo gritando que no deseo más nada y que estoy cansada.

    Les confieso que no sabía qué decir, aunque obviamente ya estaba resuelto, internamente, a acceder a los deseos de la mujer. Como me veía tan cortado, Luis me dijo con tranquilidad:

    -Mira Alberto, no te vayas a cohibir. Nosotros somos una pareja adulta y liberal que disfruta del sexo. Nos amamos y respetamos profundamente, pero hemos decidido llevar nuestras fantasías a la realidad. Puedes hacerle todo lo que quieras a Ana. Yo solamente voy a mirar y a grabar. Sé que eso te puede resultar incómodo, pero ya verás que la pasarás bien.

    Yo no lograba articular palabra, así que Ana, resuelta, se levantó del sofá y me dijo:

    -Nos vamos al dormitorio?

    Ante esta pregunta me incorporé casi mecánicamente y la seguí. El corazón se me iba a salir por la boca de la excitación y los nervios. Luis iba detrás de nosotros. Entramos al área de las habitaciones. El cuarto de la pareja estaba al fondo. Pasamos por la puerta del cuarto de los dos niños pequeños. Era increíble que la madre de aquellos angelitos fuera una ninfómana insaciable. Pero bueno, muchas cosas se ven en el mundo y esa noche yo estaba dispuesto a dejar a un lado los puritanismos y a gozar a mis anchas de aquella preciosa hembra.

    Entramos a la habitación. Era muy espaciosa, presidida por una cama matrimonial tipo king size, verdaderamente grande. A Un lado estaba colocada una silla, junto a un trípode en el que reposaba una cámara filmadora. Luis encendió la cámara y se sentó en la silla, diciendo:

    -Hagan como si yo no estuviera aquí.

    Aquello era un poco difícil. Tirarse a una mujer enfrente de su marido no es cualquier cosa. Ana comprendía que sería ella quien tendría que romper el hielo, de manera que se acercó a mí –yo estaba parado cerca de la cama- y me rodeó con sus brazos. Pude sentir su aliento exquisito cerca de mi cara. Lentamente yo fui rodeando su espalda y acerqué su cuerpo al mío. Pude sentir su calor... Eso me hizo estremecer. Sus tetas generosas y firmes quedaron apoyadas contra mi pecho y luego le pegué mi pene en su entrepierna. Huelga decir que mi tranca estaba durísima. Ella lo notó con mucha satisfacción y con su mano izquierda me tocó el miembro por encima del pantalón y empezó a acariciarlo. Yo empecé a besarle el cuello apasionadamente, luego a recorrer el lóbulo de una de sus orejas con la lengua. Ella comenzó a emitir unos gemidos muy ricos. Con frenesí busqué sus labios y la besé. Pensé que tal vez iba a rechazar un beso, pero no, me dejó meter mi lengua hasta las profundidades de su boca cálida y húmeda.

    Mi timidez terminó desapareciendo cuando mis manos palparon por debajo de la bata la piel sedosa y lisa de sus nalgas turgentes y firmes. Se las apreté con fruición y ella dejó escapar otro gemido muy suave que indicaba que aquello le estaba gustando. De las nalgas pasé a meter mi mano en su cuquita... Los vellos se sentían muy suaves y más abajo encontré la humedad chorreante de una vagina cálida que esperaba por mí. Le metí un dedo y ella pegó un respingo, luego con más fuerza le introduje dos y luego subí hasta su clítoris, el cual comencé a estimular muy suavemente, cosa que le arrancó otros gemidos.

    Segundos después le saqué la bata de seda, dejándola en ropa interior. Aquella mujer era una belleza. Su cuerpo, de piel muy blanca, no tenía nada fuera de lugar, a pesar de que ya había pasado por dos embarazos. Un abdomen plano daba paso a unas caderas amplias y bien formadas que luego bajaban hacia las piernas que tanto me enloquecían cuando estábamos en la oficina. Ana llevaba un conjunto de ropa interior blanco, con unas tanguitas que se metían en la raja de su culo de manera deliciosa. Aquellas nalgas llamaban a ser mordisqueada, tocadas, besadas, pellizcadas y, por sobre todas las cosas, gozadas. Las tetas luchaban por salir de la prisión del sujetador. Yo no tardé en liberarlas y en disfrutar de la sensación táctil que proporcionaban. Comencé a chupar los pezones con ansia, al tiempo que tumbé a Ana en la cama, mientras me yo me despojaba de mi ropa. Mi falo, en total estado de rigidez, quedó al descubierto, con la cabeza enhiesta mirando hacia el cielo, ante los ojos desorbitados de Ana.

    Con firmeza y decisión la despojé de su tanga, con lo cual quedó completamente desnuda. Aquella visión era como para degustarla durante mucho tiempo, pero no había momento qué perder. Ella tendría que ser mía de todas las formas, para su placer y el de su marido. Atraje su cuerpo hacia mí hasta que sus nalgas quedaron apoyadas en el borde de la cama, con las piernas casi colgando. Yo me arrodillé frente a ella, le abrí las piernas y hundí mi cabeza en la entrada de su cueva. Empecé a chuparle el coño de manera increíble. Le metía la lengua en su raja y provocaba en ella estertores de placer. Ella gemía cada vez más duro. Parecía incluso que haberse olvidado de que su marido estaba allí (en verdad yo tampoco lo recordaba, pero él estaba sin duda disfrutando de todo aquello). Cuando mi lengua se dedicó sin piedad a lamerle el clítoris en forma rápida e insistente, comenzó a botar muchísimo jugo por la vagina, hasta que pegó un rugido que anunció un orgasmo bestial:

    -Ah, coñooo, me vengo todaaa! Que sabroso!

    Le di un tiempo para recuperarse, pero no necesitó mucho. Aquella hembra quería acción y yo no pensaba negársela. Quizás con otras mujeres habría sido menos directo, pero Ana estaba muy caliente y era una puta ninfómana, así que en lugar de empezar por la posición clásica del misionero, de una vez la puse en cuatro patas. A ella le gustó aquello y se volteó a mirarme, diciendo:

    -Sí Alberto, trátame como a una perra. No me tengas compasión!

    La visión de aquél cuerpo de piel nívea arrodillado en cuatro era celestial. La figura curvilínea se apreciaba magníficamente, con las nalgas enhiestas mirando hacia arriba y las piernas torneadas, formando una silueta hermosa que continuaba hacia arriba con un abdomen que se mantenía plano, luchando contra la gravedad, y las dos tetas generosas colgando y clamando por ser acariciadas. Su expresión, además, era fulgurantemente salvaje, con los cabellos rubios cayendo sobre su rostro.

    Yo no pude resistir más. Me coloqué detrás de ella, me puse un condón y le clavé el pene hasta el fondo de la totona sin ningún tipo de miramiento. A pesar de que emitió un gemido ronco, era un sonido provocado por el placer que estaba sintiendo, pues la vagina la tenía muy mojada y por haber sido madre dos veces ya no era tan estrecha como debió haberlo sido antes. Pero se sentía caliente y muy, muy húmeda. Yo la bombée suave y sensualmente al principio. Quería disfrutar de cada segundo dentro de aquella cuca divina, sintiendo con mi pene rozaba las paredes lubricadas de su concha rodeada por pelitos rubios cortados al ras. De su interior salían y salían cantidades de líquido que se escurrían un poco entre sus piernas. Sus tetas se bamboleaban acompasadamente con nuestro movimiento. Al tiempo que yo la penetraba y me movía, ella meneaba sus caderas, con lo cual el placer se hacía mayor. Yo fui incrementado paulatinamente el ritmo de la penetración y ella comenzó a pegar unos grititos muy agudos. La piel de sus piernas comenzó a erizarse y luego todo su cuerpo tembló castigado por un intenso orgasmo que le provocó otro grito que hizo que yo también comenzara a acabar. Tres chorros de semen inundaron el preservativo y yo pensé que era hora de retirarme de su interior. Pero cuando adivinó mis intenciones ella empezó a mover sus caderas hacia atrás y a menearlas, con lo cual, aún poseído yo de alguna fuerza, la bombeé un poco más durante unos segundos, cosa que le provocó un orgasmo adicional. Luego le saqué el guevo de la cochofla y me quité el preservativo.

    Mi herramienta necesitaba algo de descanso. Pero ella no estaba dispuesta a darme mucho tiempo. Dos minutos después estaba acostada boca abajo mientras yo permanecía arrodillado en la cama, buscando mi pene fláccido con sus labios. Lo empezó a chupar y mi verga, al sentirse dentro de aquella boca cálida, se empezó a endurecer progresivamente hasta alcanzar de nuevo su esplendor. Ana mamaba mi guevo como una profesional, recorriendo el tronco con la lengua y metiéndoselo todo hasta la garganta. Parecía una verdadera estrella porno y lo hacía además con mucha pasión. Cuando ella sintió que mi herramienta estaba en su punto otra vez, me tumbó boca arriba sobre la cama y sin colocarme el preservativo, se sentó sobre mí introduciéndose mi pene hasta el fondo de la cochofla.

    Yo le dije, alarmado:

    -Que haces?

    -Me molesta esa barrera de goma –contestó ella-. Estoy segura de que no tienes enfermedades raras y yo te aviso que no las tengo, así que quiero gozarte completico.

    Aquello era medio irresponsable, pero yo confieso que me dejé llevar. En ese momento no podía poner muchos reparos. Ella empezó a cabalgarme salvajemente, como ninguna hembra lo ha hecho hasta ahora conmigo. Parecía un jinete corriendo en el hipódromo. Sentir las paredes de su gruta, caliente como el infierno, sin tener el condón como intermediario, era realmente exquisito. De pronto disminuyó el ritmo y empezó a subir y a bajar muy lentamente, acompañando el mete y saca con la contracción de sus músculos vaginales, lo cual hizo que yo empezara a sentir como si mi pene fuese succionado por su cuca. Eso fue increíble y yo, como poseído, sin sacar mi herramienta de su interior, la empuje y le di vuelta. Ahora ella estaba abajo y yo arriba, tomando el control. Tomé una almohada y se la coloqué debajo de las nalgas. Luego agarré sus piernas de diosa y las apoyé dobladas sobre mis hombros. Las penetraciones eran ahora profundísimas y salvajes, al tiempo que la besaba en la boca a mis anchas. El ritmo era cada vez más frenético y ella gritaba:

    -Dale! Reviéntame la totona! Hazme tuya! Hazme mujer!

    Aquello era demasiado. Ella empezó a temblar de nuevo como loca, poseída por su orgasmo. Yo me retiré de su interior y pensé, de nuevo, en dejarla descansar, pero aquella mujer no paraba. Estaba cada vez más excitada y me ordenó que buscara un pote de vaselina que estaba sobre una de las mesas de noche, pues ahora quería que la poseyera por el culo.

    Yo no me hice de rogar, porque mi verga estaba al rojo vivo y deseosa de gozar de aquel culo, que era como un manjar de los dioses. Tomé un poco de vaselina entre mis dedos y puse a Ana acostada boca arriba, con la almohada debajo de las nalgas. A mi vista quedaron su vulva y, más abajo, el hueco de su culo. Mientras le mamaba el coño una vez más, fui dilatándole el esfínter con mis dedos, hasta que sentí que estaba lo suficientemente abierto. Embadurné mi pene de vaselina y coloqué a Ana nuevamente en posición de perrito. Excitadísimo, ubiqué mi glande en la entrada de su recto y empecé a empujarlo lenta pero decididamente, hasta que mis testículos chocaron con sus nalgas y ella emitió un alarido sordo, para luego gritar:

    -Coñooo! Me duele! Pero también me gusta, así que no pares hasta que me saques sangre, cabrón!

    Les juro que nunca le he bombeado el culo tan duro a ninguna mujer. Siempre trato de ser delicado. Pero aquella puta me estaba pidiendo que le reventara el esfínter y yo tenía que obedecerla. Además, su culo sí que estaba cerrado y me chupaba el pene hacia adentro, apretándolo bastante. Tenía que darle duro pues yo no tardaría en correrme. Ella gritaba como posesa. Yo gritaba: "Que culo mujer, que culo te gastas! Que cuerpo de diosa!!!". Mientras tanto, yo le iba frotando el clítoris. Ella acabó en un orgasmo muy intenso y yo a su vez me vine ruidosamente, inundando sus intestinos con un chorro larguísimo de leche caliente y espesa, que parecía no detenerse.

    Yo sentí que no podía más, pero aquella mujer quería más guerra. Fue entonces cuando me percaté de nuevo que Luis estaba en la misma habitación. Seguía filmándonos, aunque se había sacado los pantalones y de vez en cuando se meneaba el falo. Estaba excitadísimo y se veía dispuesto a entrar en acción cuanto antes. Fue entonces cuando él interrumpió su silencio y dijo:

    -Creo que debemos relevar a Alberto de su deber, por demás magníficamente cumplido.

    Estuve de acuerdo y empecé a vestirme. Al tiempo que Luis, sin pudor alguno, comenzaba a quitarse la ropa. Ni siquiera hice el amago de despedirme. Simplemente salí de la habitación y cerré la puerta.

    No pude evitar permanecer algunos minutos en la sala. Desde afuera se oían los gritos de placer de Ana. Su marido seguramente le estaba dando durísimo. Pero ya mi presencia no se justificaba. Seguir allí habría sido traicionar su confianza e inmiscuirme en sus asuntos de pareja, así que decidí marcharme, seguro de haber gozado una de las mejores sesiones de sexo de mi vida.

    El lunes siguiente me encontré a Ana en un pasillo de la oficina. No había más nadie alrededor y se detuvo a saludarme con un beso en la mejilla-. Yo le pregunté con picardía:

    -Y lograste solucionar el problema.

    Y ella respondió, guiñándome el ojo:

    -Sí, todo salió perfecto. A lo mejor volvemos a necesitar de tu ayuda.

    Nunca más me volvieron a llamar. Pero no podré olvidar jamás lo que ocurrió ese sábado en la noche en el apartamento de Ana, mientras su marido nos filmaba.

    • Valorar relato
    • (25)
    • Compartir en redes