INICIO » Categoría » Violación a una voyeur

Violación a una voyeur

  • 22
  • 15.041
  • 9,71 (34 Val.)
Natalia es una joven sevillana que disfruta haciendo de mirona, pero una noche la pillan y la obligan a participar en una orgía

Es curioso, pero lo aceptamos como algo normal. A todos y todas nos encanta el sexo pero lo reprimimos. Somos un buen vecino cuando hablamos con la vecina, pero queremos follarla. Somos una fantástica madre de alumno, pero deseamos al profesor. Te pone la hija de tu amigo o tu profesor del gym.

Somos así. Hemos aceptado la educación que nos han dado donde el sexo era algo a ocultar. De día somos ejemplares en ese sentido, pero cuando estamos a solas es diferente.

Algo parecido le pasaba a Natalia. Natalia era una chica de 19 años que ese año había entrado en la Universidad de Sevilla. Era la pequeña de la familia, teniendo dos hermanos mayores, así que os podéis hacer una idea de que era una "niña modélica". Siempre sonriente y siempre solícita. Vivía en una localidad de la zona metropolitana de Sevilla de unos 20.000 habitantes. Allí tenía bastantes amigos y amigas. Pertenecía a alguna Hermandad religiosa, y le encantaba lo que era usual allí: Semana Santa, Feria.... Tenía novio desde los 13 años, siempre el mismo, del que se mostraba muy enamorada. Sus notas siempre habían sido muy altas, y ese año, como decía con anterioridad, había entrado en la Facultad para estudiar una Ingeniera.

Sus padres podían estar orgullosos de ella desde luego.

Pero algo la comía por dentro. Y es que detrás de esa fachada latía alguien que disfrutaba y anhelaba el sexo. Le gustaba mucho. Pero ni siquiera su novio lo sabía. Con él era tranquila y conservadora en ese campo: un polvo rápido de vez en cuando y bastante orgasmo fingido. Ella notaba que no le llenaba. Pero esa faceta suya la avergonzaba por lo que ese anhelo de sexo sólo lo podía cubrir cuando estaba a solas. Aprovechaba cuando se quedaba a solas en casa para dar rienda suelta a su imaginación: se masturbaba imaginando mil y una historias, navegando por internet, visitando páginas porno... Cuando llegaba alguien a casa lo que se encontraba era a Natalia con sus libros y apuntes, sin imaginar que solo un rato antes estaba en pleno orgasmo al masturbarse de forma intensa. Porque eso era otra cosa, le era fácil llegar al orgasmo con la masturbación y la imaginación, pero no con su novio. Es más, más de una vez mientras estaba abajo de él recibiendo sus pollazos (el misionero era la postura casi única en sus relaciones) se imaginaba que estaba en alguna orgía, o con otro chico, o en cualquier situación que su imaginación deseara. Entonces, alguna vez, si se corría. Obviamente su novio luego se ponía la medalla. Pero una cosa es ponerse la medalla y otra habérsela ganado.

Así iba la vida de Natalia. Con una cara de cara a la gente y otra en la intimidad.

Sin embargo hubo un hecho en su vida que la cambió. Natalia quería ser algo independiente de sus padres en cuanto al tema económico. Vivía con ellos y tal, pero ya hacía algún tiempo que compaginaba los estudios con trabajos en la hostelería. Algún bar de comidas, caterings en bodas y últimamente en un bar de copas de una localidad muy cercana a la suya. El dueño de este último negocio abrió un pequeño hotel a la entrada de esa localidad y le propuso que si quería trabajar allí en la recepción. Le supondría horarios, a veces, más jodidos, pero la subida del sueldo era importante.

Natalia dijo que probaría.

He escrito hotel. Sí. Pero no era un hotel al uso. Os lo explico. Era más bien un "picadero" en toda regla.

Era un pequeño complejo de cuatro casitas a poca distancia de la localidad. A poca distancia pero algo oculto. Para llegar a él debías desviarte de la carretera principal y por otra carretera bastante solitaria, se llegaba, tras un par de kilómetros al complejo. Se veía desde lejos por unas palmeras altas que había en un patio que estaba en el centro mismo del complejo.

Altas paredes blancas ocultaban a la vista esa pequeña plaza donde estaban plantadas las palmeras acompañadas de una fuente. Alrededor de esa plaza estaban las cuatro casas. Realmente no eran casas al uso, ya que, aunque había de dos categorías, las "casas", como pudo Natalia comprobar la primera vez que entró en una de ellas, se componían de un gran espacio diáfano que servía de dormitorio y salón. Camas redondas enormes con un sofá a los pies y una enorme pantalla de tv. A otra altura, separado por un par de escalones, un baño sin separación ni paredes compuesto por un enorme jacuzzy y un lavabo. Lo único que tenía algo de intimidad era el wc en sí, que estaba en una esquina. Luego lo típico, un par de sillas, una mesa, un minifrigorífico etc. Todo decorado con motivos árabes, por cierto.

Otra cosa que llamó la atención a Natalia, la primera vez que entró, es que esas "casas" no tenían puertas. Se accedía a ellas por una puerta de garaje que se abría automáticamente pulsando en un teclado que tenía cada una de ellas un código. Era un sistema con una funcionalidad que a Natalia no se le escapó desde el principio.

Junto a la verja de entrada al recinto estaba la caseta de recepción.

El dueño le contó que había visto algo parecido en un viaje y que le pareció una idea muy buena. Se lo dijo guiñándole un ojo así que quedaba claro que la idea del jefe era forrarse a costa de las personas que quisieran echar un polvo y no tuvieran sitio. Y lo cierto es que, aunque al principio Natalia, dudaba del futuro de la idea, no tardó en comprobar que era una mina de oro. Los precios ajustados y la tranquilidad del sitio parecían definitivos.

Y ella, además, trabajaba poco, la verdad. Su sueldo había aumentado al aceptar aquel trabajo, y también lo que tenía que hacer. Por el propio sistema del hotel ella, cuando estaba en la recepción, mataba las horas viendo la tele, navegando por internet... Los clientes alquilaban la habitación por internet, pagaban por internet también y era el propio sistema informático el que les mandaba el código a teclear en las puertas. Tras el uso de una casa, esta se quedaba sin poder alquilar, hasta que se realizaba su limpieza, pero eso era cada 5 horas. Y eso era cosa de un par de mujeres mayores que se turnaban. Natalia sólo tuvo contacto con un par de clientes en los primeros meses de trabajo: que si una tele que no funcionaba, que si el jacuzzi solo tenía agua fría... Pero poco más.

El novio de Natalia sabía dónde trabajaba y no estaba muy de acuerdo con la idea puesto que la fama de picadero se había extendido por toda la comarca. Aunque Natalia lo tranquilizaba e incluso un par de noches lo invitó a estar con ella en la recepción para ver que los ratos que echaba allí eran más para bostezar que para otra cosa. Eso sí, los padres de ella ignoraban lo del nuevo trabajo de la niña. Seguían pensando que trabajaba sirviendo copas y café. Fue una medida de seguridad que ella tuvo y que su novio apoyó.

Pues así pasaban las semanas. Y cada semana que pasaba Natalia iba más contenta al trabajo. No sólo por la pasta que estaba ganando y los pocos quebraderos de cabeza que le daba, sino porque le gustaba. Ella pensaba que era el trabajo más morboso que se podía tener. Veía desde donde estaba, los coches pasar, levantarse las puertas de los garajes, entrar y de nuevo la puerta abajo. Natalia pensaba y se imaginaba cada vez que eso pasaba lo que ocurriría luego tras esas puertas y esa la excitaba.

La primera vez lo hizo con temor. Con ganas pero con temor. Pero luego ya lo hacía con normalidad. Natalia solía masturbarse en el trabajo. Estaba sola allí, tras una barra que la protegía de miradas que pudieran darse de algún cliente que entrara en la recepción de forma sorpresiva y lo aprovechaba. Incluso cambió su forma de vestir para ir al trabajo por ello. Las primeras veces que se masturbó llevaba vaqueros pero no era lo mejor para lo que hacía así que empezó a acudir con faldas que le facilitaban la cosa. Su imaginación volaba al mismo tiempo que lo hacían sus dedos en su vulva. En aquellas semanas se masturbaba en aquella recepción casi de forma compulsiva. Y algunos de esos orgasmos fueron bestiales. Algunas noches, pasaba las horas en falda sí. Pero sin nada abajo. Se deslizaba las bragas hasta los tobillos, se las quitaba y las metía en el cajón. Y un par de noches se corrió una y otra vez, una y otra vez. Alguna mañana tras la jornada de trabajo todavía sentía los dolores de su coño por tanto masturbarse.

Pero un día, con la imaginación ya no tuvo bastante. Viendo una serie de la tele, una tarde en casa, tuvo una idea.

A través de internet compró un reloj despertador digital. No era uno normal. En su interior contenía una cámara hd en color y un micrófono. Pero visto de cerca lo cierto era que parecía un reloj más. La web lo llamaba el "reloj espía", un nombre más que apropiado.

Temblando pero segura de sí, Natalia accedió en su siguiente turno a la casa más cara de todas, la que era más amplia. Colocó el reloj en un sitio estratégico y lo conectó al sistema wifi del complejo. Luego se volvió a la recepción. En su portátil había instalado el programa del reloj. Accedió a él. La calidad de imagen la maravilló. Tenía en la pantalla una imagen magnífica de la habitación. Notó como sólo eso bastaba para mojarle la ropa interior.

Los días siguientes vio de todo. Orgías, tríos, madres que parecían ejemplares en la puerta del colegio que se revolcaban con jóvenes de instituto ante sus ojos, padres de familia que follaban chicas mucho más jóvenes, chicos de gym haciendo felaciones a otros chicos, cuernos por doquier, parejas jóvenes sin sitio donde hacerlo más allá del coche... Se ve que la gente tenía una vida de cara a la calle pero entre las paredes de aquel sitio...

Natalia estaba viviendo una experiencia brutal de sexo y morbo. Y cada noche que pasaba estaba segura que lo que había hecho era perfecto, indetectable. Las masturbaciones se encadenaban una tras otra.

Pero una noche su suerte cambió.

Serían las 22 de un jueves. Sólo estaba ocupada la casa grande, pero Natalia tenía examen pronto en la facultad y esa noche había decidido no activar la cam del reloj. Debía estudiar. Y aprovechaba las horas muertas en recepción para hacerlo.

Se abrió la puerta de la recepción. Tras unos segundos para llegar al final de la línea que leía, Natalia levantó la mirada.

Delante de ella estaba una persona que nunca se esperaría ver allí.

Era uno de sus profesores del instituto, el profesor de Historia. Antonio. Era un hombre de unos 54 años, gordo, algo calvo, con gafas y con barba. Siempre fue mi amable con Natalia en clase, pese a que Historia no era de las asignaturas favoritas de ella.

-Hola, buenas noches. -titubeó por la sorpresa Natalia

-¿Eres Natalia no? Vaya que sorpresa, no sabía que trabajaras aquí.

-Bueno no, sí. Quiero decir, sí. Compagino esto con la carrera. Ya sabe.

-Eso está bien. Ingeniería elegiste ¿no?

-Si si.

-Me alegro que te vaya bien. ¡Siempre fuiste buena estudiante!

-Gracias. Eso intento. -y le sonrió al profesor- En que puedo ayudarle, Antonio? ¿Qué necesita?

-Me gustaría hablar con el responsable.

-¿Con el responsable? -titubeó de nuevo Natalia- ¿Le ocurre algo?

Antonio colocó sobre la mesa de la recepción el reloj que Natalia había colocado en aquella habitación.

-Si. Me he encontrado esto en la habitación.

A Natalia un sudor frio empezó a recorrerle todo el cuerpo.

-Es un reloj ¿no? -dijo ella con voz temblorosa.

-Exacto. Un reloj. Un reloj... espía. Este cacharro tiene una cámara dentro. Estoy seguro de ello porque yo tengo uno exactamente igual en mi casa.

-¿Un reloj espía? -dijo teatralmente Natalia.

-Exacto. Puesto allí para grabar y ver lo que pasa. Un delito bastante grave. Por eso necesito hablar con el responsable. Vamos a denunciar esto.

-Pero puede ser que se haya puesto allí... sin saber que era un reloj espía. Puede que...

-Eso lo podrá comprobar los peritos de la policía sin mucho problema.

La cabeza de Natalia empezaba a nublarse.

-El responsable... es que no está ahora localizable, Antonio. Yo...

-Bueno, pues hazme el favor entonces de llamar a la policía, Natalia. Por favor.

Natalia rompió a llorar. Aquello se le estaba escapando de las manos.

-Oye Natalia. ¿Qué te pasa? No es nada contra ti, es contra tu jefe que será quien ha puesto esto allí.

-No. He... sido yo -dijo con los ojos llenos de lágrimas.

-¿Tú?

-Sólo quería ver. Era curiosidad. Pero no lo he conectado. En serio. No he sabido, yo... Te pido disculpas Antonio. De verdad. Por favor. Yo no pretendía... yo no quería... Por favor, no puedes llamar a la policía. Lo quitaré y ya está. De verdad. Por favor... si viene la policía me voy a meter en un buen lío. Por favor.

-Esto que has hecho Natalia, es muy grave.

-Lo siento... lo siento.

Antonio la miraba de forma muy severa.

-Ven y explícaselo a mi mujer que está en la casa. Ven. Allí decidiremos que haremos.

Natalia vio una posibilidad de que aquello se solucionara. Y eso la hizo dejar de llorar.

-Pero no puedo irme de recepción. Debo quedarme aquí. - dijo. Antonio puso cara de póker. -Espera un momento. Voy a ver si hay reservas que tengan que llegar pronto. Un momento. - miró el ordenador. No había nada aquella noche, y la mujer del siguiente turno de limpieza no llegaría hasta la mañana siguiente. - Vale, no hay nada. Voy a cerrar esto y voy contigo a hablar con tu mujer.

Accionó un botón para cerrar la puerta del complejo y salió con Antonio.

En un minuto estaban ante la puerta del garaje que daba acceso a la vivienda. Antonio marcó el código asignado y entraron. Natalia vio que había dos coches en el garaje. Vaya, pensó, la mujer ha traído su propio coche. Antonio fue hacia la puerta que daba acceso al espacio de la casa, y dejó pasar a Natalia sin abrir la boca. La verdad es que no la había abierto desde que salieron de la recepción. Natalia entró en la habitación, y Antonio cerró la puerta una vez ya dentro, quedándose apoyada en ella.

La mujer de Antonio estaba sentada junto a una mesa que había a un lado de la pantalla de tv. Era una mujer de la misma edad que Antonio, con el pelo teñido de rojizo y que le llegaba hasta medio hombro. No era gorda como Antonio sino con un cuerpo bastante bueno para la edad que tenía. Vestía un corto vestido negro. A Natalia le sorprendió lo corto que era. Dejaba ver las medias y el liguero y el pecho lo tenía bastante apretado también. También llevaba unos altos tacones. No era la imagen de esa mujer a la que estaba acostumbrada Natalia. Creía recordar que esa mujer trabajaba en un banco de la localidad y la imagen que Natalia tenía de ella era bastante diferente. Pero con lo que había visto esas semanas no le sorprendió. A cada pareja le gusta lo que le gusta.

Alzó la vista de lo que hacía para mirar a Natalia. Y Natalia vio entonces porqué estaba sentada a la mesa. Estaba esnifando cocaína. La mujer miró a Natalia a los ojos. Sonrío. Hizo un ruido con la nariz al terminar de esnifar algo que tenía en ella y miró al marido.

-Creo que he encontrado a quien ha puesto la cámara en esta habitación. -dijo él señalando a Natalia con la mirada.

Natalia, allí en medio de la habitación tembló. No he descrito como era Natalia hasta ahora. Era bajita, de un metro y sesenta y poco y delgada. Morena aunque de tonos más claros cuanto más cerca del borde del pelo, que le llegaba a los hombros. Ojos grandes y oscuros. Una boca también pequeña. Tenía un gracioso lunar cerca de la comisura de los labios en el lado izquierdo. En aquel momento, por las lágrimas que había soltado, tenía las mejillas algo manchadas de pintura negra. Llevaba puesto un pantalón corto de color rojizo con un cinturón blanco, una camisa de mangas cortas, y ceñida, amarilla y unas sandalias planas con piedrecitas de colores. Se decidió por mantener la historia que le había contado a Antonio y contársela igual a la mujer.

-Ese reloj es mío. Lo... lo puse aquí por curiosidad. Pero no... no lo he usado para mirar nada al final. De verdad. Me daba cosa... no sé... no pude instalarlo... daba error... En serio. No he visto nada. Por favor. Me he equivocado vale. Lo sé. Pero no pueden denunciarme a la policía. Por favor. Se va a montar un escándalo. Por favor. Por favor. -y empezó a llorar de nuevo.

-¿Qué hacemos cariño? -le dijo Antonio.

-A ver que nos ofrece la pequeña voyeur a cambio de que no digamos nada. -dijo la mujer levantándose.

En ese momento se abrió la puerta del espacio que cerraba al wc. Natalia no se había percatado de que en la habitación había alguien más. Salió un chico joven, mulato. Tendría sobre los 25 o 26 años. Vestía vaqueros, aunque iba descalzo y sin camiseta. Estaba muy musculado, chico de gym seguro, y tenía un gran tatuaje en un brazo. Llegó andando tranquilo y sonriendo.

-Vaya vaya. Tenemos compañía de más en la fiesta ¿no?

Natalia miró a los ojos de la mujer que se le había plantado delante. Le brillaban. Se giró luego a mirar a Antonio. Éste seguía apoyado en la puerta de entrada con una sonrisa.

-No le diremos nada a nadie de ese reloj. -empezó a decir y eso hizo que Natalia la mirara y sonriera.

El mulato se había sentado a la mesa y estaba preparándose una dosis de coca.

-Pero a cambio le vas a comer la polla a mi marido aquí delante de mi, pequeña puta.

Natalia tembló. Notó como se sonrojó. Y voz titubeante dijo:

-¿Qué? ¿Comerle la polla a Antonio? Ha... ha sido profesor mío. No puedo... no quiero. No lo voy a hacer. Estáis locos si...

-Pues ya sabes entonces lo que te queda. Explicar ante la policía que has hecho. - dijo la mujer con una amplia sonrisa

-Pero... noooo. Un momento. Habrá otra cosa que...

-Ponte de rodillas y mámasela.

Natalia agachó la mirada, mirándose las uñas de los pies pintadas de rosa. Y volvió a mirar a la mujer. Ésta le colocó la mano en un hombro y la empujaba hacia el suelo.

-Va... vale. Lo haré – y se giró a mirar a Antonio.

Joder. No quería hacer aquello. No quería comerle la polla a aquel gordo que la miraba con cara de salido.

-Siempre fuiste buena alumna, Natalia. Vamos a ver si en esto también eres buena.

Y se incorporó, separándose de la pared y dando unos pasos hasta donde estaba Natalia. Ésta noto que había echado la llave de la puerta de salida y que la traía en la mano. Natalia temblaba y se puso los brazos delante de su pecho. Cuando llego a su altura, el hombre volvió a sonreír. Le dio las llaves a la mujer.

-Toma, guarda esto. Creo que esa puerta va a estar así un buen rato.

Y empezó a quitarse el cinturón del pantalón. Natalia notó como la mujer le ponía una mano en la cabeza y la obligaba a arrodillarse.

-Vamos a ver si además de hacerte deditos espiando sabes hacer algo más, puta.

Natalia tenía la cara a pocos centímetros de la cremallera del hombre. Notaba todavía lágrimas correrle por las mejillas. Además notaba que estaba respirando muy rápidamente y que el corazón se le podía escapar de un momento a otro del pecho.

A la velocidad de la luz le pasaban por la cabeza las diferentes posibilidades que tenía, pero en todas salía mal parada.

Antonio se bajó los pantalones. Tenía una polla pequeña, enterrada casi por la barriga que le caía encima. Estaba sin depilar. A Natalia, las náuseas, le aumentaron junto con las lágrimas.

La mujer le dio una torta en la cabeza, le volvió a colocar la mano en la cabeza y la empujó hacia la polla del marido. Natalia colocó las manos sobre las caderas del él para no caerse. Si las náuseas ya eran importantes, el olor que desprendía aquella polla no ayudó. Era un olor agrio, que revolvía el estómago de Natalia. Sin embargo ésta no tuvo más opción que abrir levemente los labios y que el glande de él entrara su boca. Ahora lloraba de nuevo de forma importante.

Sintió otro empujón en la cabeza que hizo que terminara dentro de su boca la polla entera. Pero era pequeña y podía con ello. Cerró los labios alrededor de la base de esa polla y inició una felación. Sintió como Antonio y la mujer reía ante lo que veían. Y también escuchó como el mulato se acercaba para ver mejor la escena.

Hacía lo posible porque su lengua no tocara aquella polla. Se limitaba a aguantar las náuseas y a mover los labios un poco por aquella polla. Estuvo así un par de minutos, pero la polla seguía sin ponerse erecta.

El propio Antonio la apartó de él. Ella aprovecho para escupir al suelo, intentando quitarse ese sabor de la boca. Notó las lágrimas caer también al suelo.

- Vaya con la putita. Parece que lo de mamar no se le da bien – rio la mujer.- Aunque no voy a engañarte, a Antonio le cuesta algo que se le ponga dura. No como a éste. Mira para acá, putita.

Natalia giró algo la cabeza. El mulato no tenía ya los pantalones. Estaba desnudo completamente. Entre las piernas tenía una polla enorme. No estaba totalmente erecta, pero aun así era monstruosa. La mujer de Antonio tenía su mano cerrada sobre aquella polla y la masturbaba.

-Por eso venimos aquí. Para disfrutar ambos de pollas como ésta. Te gusta putita?

Natalia no contestó y miró al suelo de nuevo.

La mujer rio de forma estruendosa.

-No has cumplido tu parte del trato, Natalia -dijo Antonio – Dijimos que me la ibas a mamar y lo que has hecho ha sido una mierda.

-Pe... pero...

-Tendrás que compensarnos de otra manera si quieres nuestro silencio.- Natalia alzó la mirada para mirar a Antonio y la mirada de él la asustó. - Por ahora queremos ver tus tetas, ¿verdad? - dijo sonriendo a su mujer y al mulato.

-Pues sí, mi amigo y su polla quieren ver las tetas de esta zorra – dijo la mujer sin soltar el nabo del chaval.

Natalia tragó saliva. Se sentía impotente. Sin salida. Cerró los ojos y allí sentada en el suelo empezó a desabrocharse la camisa. Se la quitó totalmente. Llevaba un sujetador rosa.

-Pues las tetas de esta guarra no están mal, verdad ¿cariño? -le dijo la mujer al mulato, besándolo a continuación.

Antonio agarró a Natalia y la hizo levantarse. Ella sollozaba. Se tapaba el sujetador y las tetas con las manos. Antonio le dio una torta en la mejilla. Natalia notó el ardor. A continuación de un tirón le quitó las manos de los pechos y de otro le destrozó el sujetador, que le quedó colgando de un hombro. Las tetas ya, sin nada que las aprisionaran, se mostraron tal como eran: pechos jóvenes y firmes, ni grandes ni pequeños. Los pezones eran pequeños y rosados, pero estaban muy erectos.

Antonio apretó uno de los pechos muy fuerte, tanto que Natalia protestó con un pequeño grito. La mujer se acercó tirando por la polla del mulato. Cuando llego a la altura de Natalia agarró fuerte el otro pecho y lo estrujo. Otro grito escapó de la garganta de Natalia.

-Por favor, ya. Ya vale. Por favor.

Sintió los labios de la mujer sobre los suyos. Sabían a alcohol y a tabaco. Cerró sus labios para impedir que la lengua de aquella mujer entrara en su boca pero los tuvo que abrir por otro apretón en el pecho. La lengua de la mujer recorrió toda su boca de arriba abajo.

Noto también como la mano de Antonio empezaba a soltar su cinturón. Intentó sujetarlo pero dos fuertes manos, las del chico mulato agarraron sus manos y no pudo hacer nada. Tras soltar el cinturón, Antonio metió por encima de él la mano y la llevó, apretándola contra la piel de la chica, hasta su vulva. No hubo caricias ni nada, sólo un movimiento rápido y un dedo que entró dentro de Natalia. Ella gimió. Y la lengua de la mujer seguía arriba y abajo...

Luego la mujer de Antonio se apartó y se la quedó mirando con una sonrisa en los labios.

-Me gusta esa boquita que tienes, pequeña. Me vas a comer el coño con ella ahora mismo.

Natalia abrió la boca, pero ya ni pudo protestar. Como en un sueño vio como la mujer se tendía en la cama y se abría de piernas, mostrándole su vagina. Iba depilada. La tenía muy roja.

-Vamos, ven aquí.

El chico la obligó, empujándola, a ir a la cama. Hizo que se pusiera entre las piernas de la mujer y la obligó a agachar la cabeza hasta su sexo. El olor era dulzón. La mujer se había empezado a tocar, dejando ver el interior de su cuerpo, moviendo esos labios que parecían estar al rojo vivo.

Natalia no quería. Nunca había sentido deseo por comérselo a una mujer. No quería...

El mulato le empujó de nuevo la cabeza y se la enterró en el coño de la mujer, que la recibió con un gemido. Ahora, además de la mano del mulato, la mano de la mujer también le presionaba la cabeza contra su sexo.

-Comételo, puta. Vamos.

Notó como el mulato se colocaba a su lado en la cama. La soltó del agarrón del pelo. Pero fue solo para cambiar la mano con que la sujetaba. Al segundo supo Natalia porqué había hecho eso. Notó la otra mano entrar por la parte trasera de sus pantalones y agarrar fuerte su culo. Luego la mano siguió bajando y, tal como había hecho Antonio antes, la penetró con dos dedos que separó una vez dentro de ella. Natalia se tuvo que mover un poco adelante para que disminuir el dolor que aquello le produjo y abrió algo la boca. Sintió el sabor del sexo de la mujer en toda su boca.

No quería hacer aquello, pero ¿qué podía hacer para escapar? Aguantando las ganas de vomitar empezó a besar un poco el coño de aquella mujer.

-Saca la lengua, y cómetelo bien -le ordenó ella.

No pudo más que obedecer. Con un rio de lágrimas corriendo por sus mejillas, empezó a acariciar con la punta de su lengua los labios vaginales de aquella mujer que gemía bajo ella.

Notaba los fluidos salir del cuerpo y meterse en su boca. Varias veces pensó que vomitaría pero aguantó.

Los dos dedos del mulato se convirtieron en tres. Ella también, aunque fuera en contra de su voluntad, estaba lubricando.

Pasaron así algunos minutos.

La mano de la mujer volvió a aumentar el agarrón sobre el pelo de Natalia.

-Joder... me voy me voy... -Natalia había apartado algo la cabeza y vio como la mujer se llevaba la mano a la vagina y la movía frenéticamente. A continuación un gran espasmo y un gemido indicaron que se había corrido.

Natalia apartó la mirada, pero se encontró con algo peor. Antonio estaba también sobre la cama. Y estaba haciéndole una felación al mulato. Se veía allí, sentado sobre la cama, con una gran barriga descansando sobre sus muslos, y metiéndose aquel tremendo pene en la boca.

Se quedó mirando pasmada.

Notó como el mulato sacaba los dedos de su interior. Y notó como la mujer se incorporaba y la abrazaba por detrás. Con asco notó la lengua de ella que le recorría el cuello hasta llegar a la altura de la oreja.

-No te pierdas esto, guapa.

Antonio se había girado hasta quedar a cuatro patas sobre la cama. Natalia sabía lo que venía ahora.

El mulato subió algo su posición, colocando un pie bien en la cama, y con un rápido movimiento llevó aquel enorme miembro al ano de Antonio, penetrándolo sin problemas. Las sacudidas eran enormes y hacían temblar el montón de carne y grasa que conformaba el cuerpo del profesor.

Natalia miraba anodada aquel movimiento, aquella follada.

Notaba los besos de la mujer en el cuello, sus dedos jugando con sus pezones... pero nada parecía molestarle ya.

Antonio gemía con cada arremetida del chaval, que aumentaba la contundencia.

-Mira al cabrón de mi marido, ahora se le está poniendo dura...

Era cierto, el pene de Antonio empezaba a asomar algo más erecto que antes. Cierto que no mucho más pero se notaba.

El mulato estaba destrozando el ano de aquel hombre. Los gemidos de Antonio ahora eran casi alaridos.

La mujer agarró con dos manos la cara de Natalia y la hizo girarse hacia ella. Le volvió a meter la lengua en la boca.

-Me lo has comido bien, pero te queda que aprender. Te voy a enseñar cómo se hace.

Con un leve empujón tiró a Natalia en la cama. La giró haciendo que quedará boca abajo. Cogió una almohada y se la metió en la zona del ombligo, obligándola a levantar algo el culo.

La mujer tenía la mano sobre la cabeza de ella, obligándola a tenerla apretada contra la cama, mirando en sentido contrario al que ocupaban Antonio y el mulato. Ellos parecían haberse detenido, ya que la cama ya no se movía.

Notó como la mujer con la mano libre le bajaba los pantalones y la ropa interior hasta los tobillos. Otras manos se lo quitaron del todo. La dejaron allí solo con las sandalias. La obligaron a abrir las piernas en aquella posición.

-Mmmmm, que coño más bonito, me gusta. Me lo voy a comer enterito – dijo la mujer. Natalia notó como le pasaba la mano con saliva por su sexo. - Además estás más que mojada, que delicia.

Natalia notó como se movía entre sus piernas. Cerró los ojos para recibir la lengua de aquella mujer.

El gemido de Natalia fue tremendo.

La lengua de la mujer no llegó a su coño. Lo que llegó fue el pene del mulato que penetró duramente su vulva. Fue una penetración dura, sin contemplaciones. Natalia mordió las sábanas, mientras escuchaba la risa de la mujer.

-Cambio de planes, guapa.

Noto las manos del mulato que se dejó caer sobre la parte posterior de su cintura. Y empezaron las embestidas. Eran brutales. No lo aguantaba. Creía que se iba a desmayar. Lloraba del dolor. Del dolor físico y de todo el demás dolor, del castigo que estaba recibiendo. Escuchaba los gemidos del mulato y como sus dedos se hundían en la piel de su cintura. Estaba completamente clavada en el colchón y empalada por el mulato.

Notó movimiento junto a su cabeza.

-Abre la boca guapa. Que mi marido ya está listo para lo que prometiste hacer. Natalia levantó la cabeza algo y se encontró con la polla de Antonio, en estado semierecta, que le intentaba penetrar la boca. Cerró con fuerza los labios. Pero la mujer le dio otro tortazo. Los abrió y Antonio le metió la polla. No tuvo que hacerle felación ninguna. Se corrió casi instantáneamente. Notó la corrida caliente en la boca.

Cuando le sacó la polla de la boca dejó caer el semen a la cama. No era mucho, pero era muy denso. Le daba mucho asco.

Entonces notó un monstruoso empujón por parte del mulato. El enorme pene le estaba haciendo mucho daño. Lo notaba pero ya no podía ni protestar. Otro enorme empujón del mulato hizo que hundiera la frente en las sabanas, manchándose toda la frente con la corrida de Antonio.

Notó el semen caliente desparramarse por el interior de su cuerpo. Notaba perfectamente como salía de la polla del chico y la llenaba. Notó cada una de las sueltas de semen de aquella polla. Pero cada vez que pensaba "ya se ha corrido" notaba otra suelta. No sabía cuántas había sentido, había perdido la cuenta. Pero habían sido seis o siete seguro. Notó como el chico aflojaba el peso encima de ella y se retiraba sacándole la polla de su interior.

Cerró las piernas y se giró algo. Empezó de nuevo a llorar.

Notó un beso en la frente. Era la mujer.

Riéndose le dijo:

-Espero que hayas aprendido la lección.

  • Valorar relato
  • (34)
  • Compartir en redes