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Tiempos difíciles, sexo fácil

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En la mitad de la noche siento que alguien se introduce en mi cama, una mano me acaricia, se mete debajo del slip toma la verga que se pone al palo en el acto. No habla, no pregunto quién es, con tal calentura ni falta que hace, aunque sea la abuela es igual

El presente testimonio sucedió hace un par de décadas, en otro contexto económico y social de la Argentina. Por razones que no vienen al caso mencionar, mis padres estaban preocupados por la seguridad de su hijo, por lo cual decidieron enviarme lejos por un tiempo, hasta que la cosa se pusiera tranqui.

Me instalaron en la provincia del Chubut en la casa de unos entrañables amigos de ellos, una antigua estancia que se dedica a la explotación ovina y producción de lana, lo típico de esa zona de la Patagonia, ubicada en un lugar cercano a la cordillera de los Andes, de esos que parece solo existen en los catálogos de viajes, bosque autóctono, quietud, lagos y la nieve coronando los picos de la montaña.

La casa principal de la estancia, grande y acogedora, estilo colonial, era habitada por una familia compuesta por el matrimonio con dos hijos, la madre del señor y el personal doméstico. El hijo varón y el señor estaban de viaje por Europa buscando compradores para colocar la producción de la temporada de esquila, quedando solo las tres mujeres, suegra, esposa y nieta. Ema, la madre, cuarentona y autoritaria, debajo de esa pátina severa intuía una mujer ardiente y sensual, de formas contundentes, Silvia, la hija, una bonita rubiecita, algo tímida, tan solo un año menor que yo, completa el trío de féminas Aurora, la abuela.

Se alegraron de tener compañía, sobre todo como están tan alejados de los centros sociales son pocas la visitas, Ema mencionó que en la casa faltaba presencia masculina. Yo, casi, veinte años, con toda la testosterona pidiendo acción, las tenía grabadas en mi memoria erótica, sobre todo a la señora.

De inmediato se generó una corriente de simpatía, los discos y casetes, que en buena cantidad traje como obsequio, animaron las largas veladas lejos de los centros de esparcimiento. El clima frío y las nevadas frecuentes podía mantenernos aislados durante varios días: acercaba a estrechamos vínculos.

Una noche, después de festejar, con torta galesa y glorioso espumante producido en la zona, los dos meses de mi llegada, sin otra cosa que hacer, los brindis se pasaron de la raya, luego la música y algo de baile, primero con Silvita y luego con Ema y hasta la abuela se le animó a la danza.

En algún momento debió notárseme el efecto que me produjo el contacto con un cuerpo femenino entre mis brazos, comprensible con lo que me gusta el sexo, tan luego después de esta forzada abstinencia.

Ema parecía que acusó recibo del efecto que me produjo su contacto, se apretó más, para ocultar el bulto que crecía en mí bragueta, o para aprovecharse del contacto. Los calores y agitación de Ema denotaban que no está ajena a mi realidad. Se retiraron la abuela y Sivita, yo colaboré con Ema para levantar la mesa.

En la mitad de la noche siento que alguien se introduce en mi cama, debajo de las cobijas. Una mano me acaricia el pecho, la espalda y se mete debajo del slip tomándome la verga que se pone al palo en el acto. No habla, no pregunto quién es, con tal calentura ni falta que hace, aunque sea la abuela es igual.

La dejo hacer, muevo la pelvis, acompaño la mano femenina. Giro, la abrazo, está desnuda, por el volumen de las tetas pareciera ser Ema. Responde el apretado abrazo con profundo suspiro, aprieta contra mí y en un susurro dice:

- Soy Ema, dejame estar con vos.

- Sí, claro.

Me saca el slip, acaricia la verga. Los cuerpos pegados, con angustiosa urgencia me comió la boca, recorría el interior con su lengua, se escurrió en la cama, besando y lamiendo descendió por mi cuerpo, hasta la pija. Lamió y se la engulló hasta la garganta, recorría en toda su extensión, mientras acariciaba los testículos.

El hambre acumulada, la juventud y tan intensa mamada hicieron estragos en mi sexo, incapaz de retener por más tiempo la eyaculación le avisé que de continuar así me iba, en su boca.

- Vení, venite en mi boca, no te detengas más, ¡la quiero toda!

Volvió a chupar con ansiedad. La estaba cogiendo por su boca, le tomé la cabeza, apretándola contra el vientre y avisé que me venía, empujón hasta la campanilla. Exploté en su boca. La leche salió, como nunca, con fuerza. Un sonido gutural de lo profundo de la garganta acompañó el último envío de semen. Tragó todo, disfrutando de la intensa acabada, tanto como yo.

Encendí la luz. Dijo que necesitaba tener sexo, urgente y mucho, remarcó lo de mucho.

- Estoy necesitada, no sabés cuánto. Te voy a poner al día.

Ahora, a la luz podía admirarla, belleza serena de mujer, carnes firmes por el trabajo rural. Pechos firmes y opulentos, levemente hacia abajo, pezones gruesos y erguidos se me ofrecían tentadoras como las deliciosas fresas de la zona. Lamidas, leves y no tanto, mordiscos e intensa chupada a los pezones arrancaban sus mejores gemidos de placer, aumentaron en intensidad cuando mi mano deja de estrujarle las tetas y pasó a nadar en la abundante humedad de la concha. El dedo gordo en el clítoris y los tres siguientes explorando en la conchita, la recalentaron al máximo.

La boca buscó la verga, pegó tremendas chupadas para después a horcajadas mío metérsela en la concha, hasta los huevos. Un instante, a fondo para sentirla toda en ella. Me miró agradeciendo lo que tenía dentro, movimientos de subibaja, saliéndose hasta la cabeza para dejarse caer lento, hasta presionar dejándose caer con fuerza para sentir el vigor de la empalada.

El ritmo crece, provocaba jadeos más y más intensos, los ojos fuertemente cerrados, concentrada solo en su placer, comprensible, para saciar el deseo contenido. No pudo aguantar tanto como hubiera querido, sorprendida por el orgasmo estremecedor y violento, convulsionó en temblores y gemidos, en toda la duración de la secuencia hasta liberarse en un estado de éxtasis conmovedor.

La contuve con las manos en las caderas para que no cayera, con elevaciones de pelvis me introducía cuanto podía en su argolla, haciendo los orgasmos más profundos y duraderos. Agotada se dejó caer encima de mí, buscando el aire que le faltaba en sus pulmones, sin salirse. Recién acabado, podía aguantar un poco más. Cambiamos, ella debajo, yo muy adentro, sus piernas rodean mi espalda.

Tengo el dominio de las acciones, empujando en la concha. Por dos veces necesité secar la pija debido al exceso de humedad por tamaña calentura de la señora. Bombeando, desenfrenado, avisé que estaba llegando el semen, me pidió todo el que pudiera darle.

Pocas embestidas más y estoy vaciando todo el contenido de los testículos, en el fondo de la vagina. En el proceso de acabarle, casi al final, orgasmeó nuevamente, al sentir el semen. De costado, en cucharita, enchufados, adormecimos por la intensa entrega.

Recompuestos emprendimos un nuevo polvo, con todo, como si no hubiéramos cogido, después dormimos juntos, muy abrazados.

Ese día fue distinto, el buen humor reinaba en la casa, el brillo del sol era distinto, para nosotros dos al menos. Esa noche reanudamos el deseo trunco de la mañana. Con menor apremio tuvimos más tiempo para disfrutarnos; en los siguientes me hice adicto a chuparle la concha, ella me enseñó, y también accedió a dejarse hacer el traste.

Era una mujer total: con todo. Demostró ser madre considerada, hembra solidaria, madre comprensiva y sobre todo eso, comprendía las necesidades propias del aislamiento. A los pocos días, saciado lo más urgente del deseo sexual, permitió que la visitante nocturna fuera Silvita.

Una noche, como la primera vez, en la oscuridad, se deslizó en mi cama un cuerpo desnudo, no era la piel conocida, otro perfume, otro el tamaño de los pechos. No tuve duda, era Silvita, sin palabras ni explicaciones. Nos besamos con besos húmedos, en extremo. Ella apremiada por el perentorio llamado de su conchita, buscaba satisfacción urgente a tan incontenible calentura.

Las bocas saciaron sus deseos de besar. Sus tetitas, jóvenes, más pequeñas que las de mamá, pero duras y paraditas fueron fácil presa para la boca ávida, pronto di cuenta de ellas, mamaba, saltando de una a otra entre los gemidos de Silvita.

Le atendía la conchita, metiéndole un par de dedos. Poca resistencia o mucha calentura pudieron más que ella, llevándola a su nirvana sexual, cuando un orgasmo inesperado la tomó. Sin soltarla, reanudé el tratamiento poniéndola a tono otra vez. Devolución de atenciones, con una chupada de pija, como anguila hambrienta.

De espaldas, una almohada debajo de las caderas, elevada y las piernas bien abiertas fui con la pija al encuentro de esa boca húmeda urgida de mi carne inflamada. Breve encuentro de sus labios con el glande, y pidió:

- Cogeme, cogeme! Me sale fuego!

La cabeza entró fácil en la abundante y espesa humedad. Se ayuda con las manos para llevarme totalmente en ella, pedía:

-Todo adentro!

Con la fuerza de los talones en mi espalda, traccionando contra sí. Qué fuerza ponía! En medio de la acción preguntó:

- No se te olvide ponerte forro antes de acabarme, ¡eh!

- No tengo, no traje… pero igual podemos...

Interrumpió, no me dejó continuar:

- Entonces no me termines adentro, acabá fuera de la concha.

- Dónde?

- En otro lugar, y... si te lo ganás... en… por la cola...

Motivado por la tentadora invitación, me propuse hacerla gozar hasta matarla de placer. Le removí la concha a pijazos, ella era una hoja sacudida en la tempestad bramante de una poronga que buscaba dejarle la argolla hecha flecos.

Los gemidos de gozo se sumaron a los quejidos producidos por el profundo empuje de mi cuerpo dentro del suyo, queríamos fundirnos en una sola humanidad. Explotó en incontenible orgasmo continuado que la dejó dada vuelta, agotada en su resistencia y en el deseo.

Me mantuve dentro de su concha, moviendo la pija, muy poco. Luego de prudente respeto por su orgasmo, la puse boca abajo, entré por la concha, desde atrás, siempre sobre la almohada. Apuré los movimientos, consulté si me había ganado el marrón. Respondió que sí, pero como lo usó pocas veces y bien gorda, pidió que no la lastimara.

A todo lo que pidió, sí a todo, totalmente volcado a hacerle el culito me había guardado para este momento. Sus jugos lubricante para el ano, agrandarlo con uno y dos dedos, consideré llegado el momento de colocarla. Apoyé el glande en el agujero estrecho, con cuidado y decisión entré en él. Removía las caderas haciendo que se deslizara, sin pausa, hasta alojarse en toda su extensión dentro del recto.

Estar todo adentro era una sensación deliciosa, no paraba de moverse, subiendo y bajando las caderas, ayudando con movimientos acordes a los míos. La pija en su vaivén, muy apretada como para sacarle chispas en la fricción no pudo resistir mucho más. Unas pocas entradas con toda la fuerza en ese culo fueron suficientes para derramar adentro todo el contenido de leche acumulada.

Quedé alucinado, por la intensidad. No se la saqué, un momento sin moverme, casi no disminuyó la erección. Ella comenzó el movimiento, sin querer salirse. Quería más fiesta, la tendrá.

Mis veinte años, el movimiento del culito, hicieron que la pija volviera a la acción como si no hubiera eyaculado. El recinto estaba más húmedo por la acabada reciente, el tránsito por este túnel era mucho más placentero para ambos. En un momento estábamos cogiendo en loco desenfreno.

Silvita, loquísima, pedía y pedía más y más pija, que la traspasara. Estaba gozosa de sentirlo por el traste, yo la gozaba, como nunca.

Hasta el final todo fue agitación y desmadre en los movimientos, descontrol total en nuestros actos hasta llegar, casi juntos a una acabada fenomenal. Esa acabada en simultáneo, fue de locura, como si con el semen fuera una parte de mí, sensación irrepetible, el tiempo no pudo borrar este gozo tan compartido como nunca nadie igualó.

Por esa noche fue bastante para los dos. Desperté cuando sus manos estaban haciendo lo mismo con el miembro, poniéndolo a punto para el mañanero, no era cuestión de perderlo. Le di el gusto, ahora terminando en su boca, el otro acceso necesitaba descanso según ella.

En el grato relax, entró Ema, con el desayuno.

- Qué tal chichos, ¿todo bien?

A buen entendedor... ellas se habían contado todo, me compartían. Me compartieron durante casi un año que estuve viviendo con ellas. El día previo a la despedida fue la gran fiesta, en grupo, pero eso es demasiado para un solo relato, necesita un espacio propio, en otra ocasión será.

Estas vivencias encendieron tu deseo? dimelo [email protected]

Lobo Feroz

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