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Cartas homoeróticas (V): De Mikel a Janpaul

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Querido Janpaul,

Tus cartas remueven mi memoria y me ponen muy, pero que muy caliente. Me entran ganas y me hacen feliz, pero esta felicidad se mezcla de tristeza porque no podemos seguir haciendo nuestras escapadas, aunque tengo la esperanza firme y segura que un día todo será nuestro, tú mío y yo tuyo. Pensar esto es lo que más feliz me hace, ya te lo puedes imaginar, tú que me conoces bien lo sentimental que soy, que leerte en tus cartas y temblarme las piernas es una misma cosa que me hace recordar las veces que he tenido tu polla en mi culo, no sabría ni podría decir cuál de ellas me gusta más, porque en todas te siento con solo recordarlo.

Ahora mismo me acuerdo de aquella vez que habíamos quedado en ir a casa de Jessica para celebrar su cumpleaños. En aquella ridícula y pequeña tarjeta de invitación que nos mando ponía: «Presentarse muy elegantes». Tú viniste a recogerme a mi casa y parecías el príncipe Harry, estabas guapo, guapísimo, con tu camisa, tu corbata michi, la chaquetilla corta hasta la cintura y tu pantalón negro acampanado a la antigua. Ese día te pusiste un slip transparente, «por si acaso» me dijiste después del accidente que te voy a recordar.

Como siempre entraste a mi habitación sin llamar cuando yo ya me había duchado y estaba frente a mi ropero para decidir qué me pondría. Lo tuyo siempre es así: fue verme desnudo y te echaste de rodillas a mis pies y te metiste a comerte mi polla amarrándome con tus manos a mi cadera para que no me escapara. Fue una de las mejores mamadas que me diste, tus labios y tu lengua alternaban pasado por el frenillo y por el anillo, por lo que yo me retorcía de gusto como electrizado y sentí desde abajo en mis huevos subir el placer hasta el glande. Te tragaste todo el semen que no fue poco. Yo estaba preocupado por tus vestidos elegantes. Pero menos mal que no te los ensucié, pensé agradecido a tus tragaderas.

Siempre que pensamos algo ocurre y a veces peor de como lo habíamos pensado. Y así fue. Estabas lamiéndome la polla para dejarla limpísima, y te dije «déjame, que quiero orinar» y tu respondiste «pues orina, joder».

Como parecía que si hablaba me iba a orinar allí mismo forcejeé para escaparme, pero me amarraste fuerte y en uno de esos tirones allá que me fui. Comencé a orinar, el chorro era gordo, color cerveza, creo que lo llaman ámbar, potente e imparable, es que no lo podía frenar. Tú levantaste la cara para mirarme mientras movías tu cabeza para que mi orina se extendiera por todo tu rostro y así fue. La meada fue larga, pues de antes de entrar en la ducha que no había orinado, solo me masturbé una vez y luego tu mamada, pero conforme salía la orina de mi pene yo me iba aliviando lo que era un verdadero placer. Me sentía libre y ver tu cara de pan bendito soportando la lluvia todavía me parecía más placentero.

¡Joder, macho! Cuando acabé de orinar y me besaste con algo de mi orina en tu boca, y yo lamía tu rostro por participar de tu sabor, tu cuerpo tocó el mío y fue entonces cuando me di cuenta que toda tu elegante ropa estaba impregnada de mi orina. Me aparte horrorizado. Te quedaste mirándome y me preguntaste: «¿qué te pasa?». «A mí nada, a ti», respondí. Todavía dijiste: «a mí, ¿qué?, no me pasa nada». «Pero a tu ropa...» Entonces te miraste y, al darte cuenta que estabas totalmente impregnado de mi orina dijiste: «¡¡La puta...!! ¡La puta de tu polla...! Si estoy todo mojado de tus orines, hum...»

Entonces te fuiste a desnudar en el baño y a ducharte, entré contigo para ayudare a enjabonarte. Te ayudé a quitarte tu ropa y te metiste con tu slip en la ducha, para lavarlo, te lo cogí de las manos y lo eché con toda la ropa meada. Nos duchamos, nos besamos, me follaste y me hiciste delirar, porque parecía que ya no querías ir a ningún sitio. Nos lavamos bien y me dijiste que no fuéramos a casa de Jessica. Te convencí que te vistieras con algunas de mis ropas, que fuéramos igualmente vestidos, un poco de sport pero con algo nuevo. Nos pusimos jeans guapos y camiseta muy de moda pero irrepetible como después se demostró. Todavía saqué dos gorras nuevas que me había traído mi padre y estaban sin estrenar y los mocasines sin medias que tenemos y que tú ya llevabas, suerte que ahí llegó poco.

Previamente habíamos consumido un rollo de papel higiénico para limpiar la gran meada del suelo. Miré como hiciste la de los perros, olisqueaste, probaste y volviste a sorber orina del piso. Yo hice lo mismo y me entraron ganas de probar la tuya, pero no dije nada para sorprenderte en otra ocasión, cosa que ya no hice, pero en mi próximo primer encuentro que tengamos, es lo primero que tengo que hacer, chuparte la polla, sacarte el semen y luego que me des tu orina. Lo deseo tanto...

Cada vez nos alargamos más en nuestras cartas y eso quizá llegue un día que nos canse y digamos: «para mañana», entonces poco a poco demoramos el envío de cartas, mejor será que seamos breves y en lugar de recordarnos tantas cosas, una cada vez. De todas formas tú haz como quieras, porque cuando uno se pone delante del ordenador y comienza a recordar, ya no sabe cómo acabar.

Esto que hemos recordado fue la primera y única lluvia dorada de mi vida que he dado y no he recibido ninguna, espero remediar esto contigo.

Muchas noches al acostarme, no me pongo pijama para recordarte más, porque sé que nunca duermes con ropa, sino desnudo, quiero irme acostumbrando y ahora lo hago como para sentirte cerca, pongo un dedo en mi culo imaginando que es tu pene, pongo un algodón con leche o con mi lefa en mi culo y pienso que es tu semen y también uno un dildo que imagino sea tu polla.

Te cuento que este dildo se lo sustraje a mi padre de una caja que tiene en su habitación. Mi madre también tiene su caja, pero no la he tocado aún, pero la de mi padre tiene tantas cosas para el sexo que ni se va a enterar, aunque un día pienso decírselo, aunque lo ponga colorado y me llame la atención con su vozarrón “mis cosas no se tocan”, jejeje, a estas alturas ya no hay secretos.

Ah, quiero recordarte que mi madre te manda saludos, y ahora que me acuerdo: cuando le dijimos que en el baño estaba tu ropa orinada y le dije: «es que se ha meado encima», ella contestó «¿se ha meado o lo has meado?». Le tuve que decir: «Mamá, ¿por qué no te callas y haces como si no entendieras nada?» Pero ya sabes como es ella, dice las cosas, pero también las hace, recogió todo y luego lo llevó a la tintorería.

Ahora sí, ya cierro la carta porque se me hace tarde y quiero llevarla al correo mientras voy a la universidad.

Muchos besos para ti, saluda de mi parte a tus papás.

Quien te quiere y no puede olvidarte,

Mikel

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