Triple encuentro en el metro

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Luis tiene dos oportunidades en el metro, y a la tercera se lo pasa de miedo, aunque de una forma un poco embarazosa

La historia que les voy a contar es bastante sorprendente.

Iba un día viajando en el metro, leyendo como siempre, con un libro en la mano. Estaba de pie, con mi mano sujeta a la barra. No había mucha gente pero no había ningún asiento disponible.

El vagón se detuvo en una estación y se abrieron las puertas. Entró una chica jovencita, atractiva, que parecía bastante arreglada, a la moda, con esos pantalones de tela de pata ancha y gafas con esa montura moderna de estrella pop. De pronto se puso delante de mí y me rozó con su culo. Pero lo bueno duró poco tiempo; parece que vio a otro tipo algo más joven y se arrimó a él. De todas formas yo me tenía que parar en la siguiente.

Unas semanas después volví a ver a la misma chica que estaba apretando su trasero con un tío. Entonces me di cuenta de que el chaval estaba empalmado. Ella ya sabe, cuando hace lo que hace, a que tío se va a encontrar. Y va de uno a otro. Y lo que me pasaba a mí es que me masturbo con demasiada frecuencia. Hoy en día las chicas se fijan mucho en eso y se dan cuenta de si vas a funcionar o no, sólo con rozarte, sobre todo esta clase de mujeres.

Es importante que te vean de vez en cuando empalmado.

Meses después. Habiendo olvidado esta situación, el vagón de metro estaba repleto de gente. Por azar yo tenía mi espalda aplastada contra una mujer de unos 35 años, de buenos pechos, algo robusta, que llevaba una falda bastante corta. La mujer se apoyaba sobre la puerta, que da al túnel, es decir la que no se va abrir en la siguiente estación. Ya digo, sus tetas me presionaban. Y se me había puesto dura. Yo leía mi libro como podía. En ese momento entra más gente y noto un golpe sobre mi pantalón y es el trasero de la chica de siempre. Es decir delante tengo a la de las gafas, bonita y detrás a la maciza.

La de las gafas, va empujando cada vez más.

Me doy cuenta de que la mujer que llevó detrás está hablando con un hombre que está en otro lado y que debe ser el marido, que ha debido entrar también en ese momento. ¡Qué vergüenza de situación!

―¿Es la siguiente? -pregunta el marido.

―No. Quedan todavía dos.

Cuando dice esto abre las piernas y aprieta sus muslos descubiertos contra los míos, que están cubiertos por el pantalón. Esto yo creo que se debe a la presión que está haciendo la chica de las gafas. Entonces ésta se da la vuelta descaradamente y se aprieta contra mí ya frontalmente, incluso llega a pegar su cara a la mía.

Yo estoy disimulando.

Me ha parecido que han pasado varias estaciones y yo sigo dándome el lote con la chica.

―¿Nos bajamos aquí? -vuelve a preguntar el marido.

―No. Espera todavía -contesta la mujer que tengo detrás.

La chica que me abraza, me baja la cremallera y también la suya y nos juntamos. Esta empapada, oigo su respiración. Me ha desabrochado también el cinturón, y los pantalones se me están cayendo. La mujer de detrás tiene que estar dándose cuenta. Parte de mi calzón sudoroso está pegado a su faldita.

―Quedan dos estaciones -le dice a su marido.

La joven está frotándose, meneando sus caderas contra mí. Sin parar. Hace un “ay”. Y yo me corro, en la situación más embarazosa posible. Estoy dejando los calzones empapados y no deja de salir semen. Aprieto los dientes para que no se note.

Llega la dichosa estación y yo me subo los pantalones como buenamente puedo. Los tres nos despegamos literalmente. Yo salgo empapado en sudor.

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