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Amor inesperado en la oficina

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Vivimos una época llena de incertidumbres e inseguridades. Desde que salí de la universidad he ido saltando de contrato en contrato con épocas de desempleo de longitud variable entre unos y otros. Al menos tengo la suerte de haber podido entrar en el mercado laboral. 

Conocí a Ana en un tiempo en el que me contrataba de vez en cuando la misma empresa para cubrir épocas en las que la producción crecía o era necesario cubrir bajas y vacaciones. Ella estaba indefinida (que no fija).

Ana estaba casada y tenía una hija de seis años. En la actualidad sigue casada, pero su hija ya es una adolescente. Yo pasaba una época sentimental complicada. La que creía la mujer de mi vida... había dejado de sentir amor por mi. Yo por ella... no.

Aunque nadie me crea, he de decir que yo soy fiel y leal y que estando en una relación siempre me ha pasado lo mismo: se me cierran los ojos a otras mujeres. Me convierto en asexual para todas menos para mi pareja. Y estando soltero... lo mismo me pasaba cuando una mujer me decía que tenía novio o marido. Dejaban de ser mujeres para pasar a ser personas asexuadas. Así era y así suele ser. Pero la excepción se presentó sin esperarlo ninguno de los dos. 

Ana y yo coincidíamos en algunas circunstancias de nuestro trabajo y a la hora de comer. Comiendo nos juntábamos un grupito de seis personas que terminamos siendo muy amigos. Al principio intercambiábamos confidencias del trabajo y jamás nos traicionamos entre nosotros. Con los meses... tratábamos incluso nuestros problemas personales, llegando a ser eso una terapia de grupo que nos beneficiaba a todos. Además no teníamos apenas relación fuera del horario de trabajo, excepto algún viernes que nos íbamos a tomar una caña antes de irnos a nuestra casa. No todos. 

Ana jamás se venía de cañas, ella siempre salía rápido para recoger a su hija del colegio y volver a casa con su marido. A su vida feliz: hacer las tareas del hogar, cocinar, ayudar a su hija con las tareas y seguir alguna serie. Siempre juntos.

Yo vivía en otra ciudad, a una hora en transporte público. Una hora que solía invertir en analizar por qué me habían dejado de amar. Torturarme, sí, eso es lo que hacía. 

Como dos años después de conocernos, en uno de mis cambios de contrato, pasé a trabajar más cerca de Ana y a veces nos tocaba estar largos ratos juntos. Coincidió que ella estaba pasando una época en la que le preocupaba mucho la salud de sus padres y los problemas sentimentales y económicos de uno de sus hermanos. Problemas que a veces le enfrentaban a su marido por tener criterios diferentes. Criterios que a veces te hacen ser o parecer egoísta y que, sin llegar a ser nada importante, te hacen pasar por rachas en las que te sientes incómodo en tu propia casa. 

Yo simplemente escuchaba e intentaba animarla. Y, todo en su conjunto, nos convirtió en seres muy cercanos. Aunque sólo fuera durante ocho horas al día. Algo más, porque empezamos a mandarnos mensajes de móvil y algún e-mail fuera del horario de trabajo. 

Un día que a media mañana Ana se encontraba cansada, con mala cara, dolor de cuello y cabeza le hice parar de trabajar, apagar el monitor y cerrar los ojos. Me puse tras ella para darle un largo masaje en cuello, hombros y omoplatos. Cuando acabé, sin terminar de abrir los ojos me cogió la mano de su hombro me la acarició con su mejilla y me dijo: “muchas gracias, amor”

Ella hablaba así con casi todo el mundo. En cuanto te consideraba conocido de confianza te llamaba “amor”, “cariño” y por algún diminutivo de tu nombre. Pero aquel “muchas gracias, amor” sonó mucho más íntimo y los dos nos dimos cuenta en el mismo instante que acabó de decirlo, por lo que el ambiente se enrareció.

Durante algunos días construyó algunos muros y marcó ciertas distancias. Y yo también. Pero la confianza y el cariño que nos teníamos era más fuerte y bajamos las defensas sin darnos cuenta. Yo, por primera vez en muchos meses, empecé a querer abrazar a una nueva mujer. Y si nuestras manos y rodillas se rozaban... sentía un rubor que empezó a convertirse en un calor cada vez más intenso y tuve que recurrir a pensamientos contrarios para evitar grandes erecciones cuando notaba que se me ponía morcillona. Volví a la adolescencia de golpe. Y ella también. 

No lo materializamos en palabras hasta un día que por debajo de la mesa, mientras comíamos con los compañeros, le enganché su meñique con el mío y ella no sólo no lo apartó sino que me agarró la mano entera y estuvimos así hasta que nos levantamos para volver al trabajo. Y cuando volvimos a su despacho me dijo en voz baja que sentía atracción por mi pero que ella amaba a su marido, que no iba a dejarlo nunca, que tenía una hija, que era feliz con su vida, que no entendía nada y que además era cinco años mayor que yo. Aquella última sentencia me hizo reír a carcajadas e hice que ella también se echase a reír, lo que destensó mucho el momento. Le dije que yo tampoco lo entendía pero que me estaba como medio enamorando de ella, que eso me estaba ayudando por fin a olvidar mi anterior situación... pero que no se preocupara que yo respetaba su matrimonio y que no iba a pasar nada entre nosotros. Sólo teníamos que saber poner el límite y no sobrepasarlo. 

Filtreábamos. ¿A quién no le gusta filtrear y sentirse deseado? Pero mantuvimos el límite. Hasta el último día de mi contrato. 

Según se acercaba el día, Ana se fue entristeciendo. A veces se sentía ofuscada y contrariada, pero el sentimiento general era el de tristeza, por más que yo la dijera que en un par de meses estaría de vuelta, probablemente. 

El caso es que mientras recogía mis cosas, hubo un momento en que Ana se levantó, cerró la puerta del despacho, giró mi silla y me besó. Ella de pie, yo sentado, sus manos levantando mi cara y nuestros labios y lenguas sintiendo lo que llevaban semanas queriendo sentir. 

Dejó de besarme sin soltar mi cara. Cuando abrí los ojos vi que ella tenía los suyos llenos de lágrimas. Se separó de mi, cogió su chaqueta, su bolso y se fue. Se fue a casa, porque cuando fui a comer ella no estaba allí y todos me preguntaron preocupados. Me inventé una hija enferma y le mandé un breve SMS con la información para no contradecirnos cuando ella volviese al día siguiente al trabajo.

Pasaron varias semanas sin tener noticias de Ana. Yo sí la envié un SMS de vez en cuando dejando patente que la echaba de menos. 

Y un buen día, un jueves a eso de las 16:30, me despertó de la siesta una llamada al móvil. Era ella. Acababa de coger al autobús que la traería a mi ciudad.  

Me levanté de un salto, me duché rápidamente, me perfumé y me vestí con lo que más guapo me parecía estar. 

A mis padres, con los que había vuelto a vivir tras romper con mi novia debido a que mi sueldo era intermitente y se me hacía difícil mantener un alquiler, les dije que no me esperaran despiertos porque venían unos compañeros de visita y probablemente cenaríamos y saldríamos de copas. 

Cuando Ana bajó del autobús nos dimos un largo abrazo y poco más porque allí podría haber gente que me conociera a mi y no era cuestión de arriesgar más de lo debido. 

Mientras paseábamos por las calles más turísticas y concurridas de mi ciudad me contó que su marido había salido de viaje a una capital europea por trabajo, que volvería al día siguiente por la tarde y que su hija dormiría en casa de la mejor amiga y que la otra madre las llevaría al colegio al día siguiente. Ana había conspirado de tal forma que había parecido que la idea había sido de las niñas. También había desviado las llamadas del fijo de su casa a su móvil. 

Cuando empezamos a transitar callejuelas más solitarias nos agarramos de la mano olvidándonos de quién éramos por separado para ser lo que éramos cuando estábamos juntos. Hubo besos robados y besos sin robar. Nos achispamos un poco en un bar y la llevé a cenar al sitio más romántico que conocía. 

Durante la cena volvimos a la realidad y me dijo que ella debería volver a casa porque al día siguiente trabajaba. Le dije que yo la llevaría a casa en coche, tras enseñarle una panorámica de mi ciudad. Y eso hicimos, nos montamos en mi coche y nos fuimos a las afueras. Apagué el motor frente a unas estupendas vistas, salimos a contemplar el paisaje y volvimos a besarnos como dos adolescentes. Animados por la oscuridad, nuestras manos comenzaron a explorar el cuerpo del otro y tuvimos que volver al coche. Aunque antes de montar en él paramos a recapacitar si debíamos parar en ese momento o meternos en el asiento de atrás y terminar de perder el control. “No, mira, váyamonos... que esto está yendo demasiado lejos”.

Nos fuimos de allí. Pero a los pocos kilómetros de haber cogido la autopista, Ana me puso la mano en el muslo y empezó a acariciarme. Poco a poco subía hacia mi paquete. Yo, sin poderme contener, le cogí la mano y se la puse encima de mi palpitante tronco. Ella se sorprendió al notarlo tan grande y duro. “Me tienes como a un toro, niña”, le dije. Empezó a acariciarlo y bajó la cremallera de mi bragueta. La detuve. “No, no sigas... que tenemos un accidente”. “Para”, me dijo. Salí de la autopista y en un oscuro área, junto a unos altos pinos y como a unos doscientos metros de un camión cuyo camionero estaría durmiendo mientras se le pasaba el tiempo obligatorio de parada, ella extrajo de mis boxers mi inhiesto pene. “Menudo mástil, amor”, susurró mientras lo acariciaba de arriba a abajo. Yo desabroché el botón de su pantalón e introduje mi mano por debajo de sus braguitas hasta que con el dedo corazón rocé su clítoris. Gimió. Estaba empapada. Según iba avanzando mis dedos por sus abultados labios y se excitaba más, más fuerte y más rápida me hacía la paja a mi. Cuando noté que me iba a correr le pedí que parase un momento y que buscase un kleenex en el lateral de la puerta porque llevaba tiempo sin descargar y aquello podía ser caótico. Nos concentramos en mi corrida y en no manchar nada. Y cuando estaba todo controlado, volví a ella. Cambié de mano y mientras la exploraba con mis dedos de la mano izquierda, empecé a desabrocharle la blusa con la derecha y al apartarle el sujetador, empecé a lamerle un pezón. Llegó a los pocos segundos a un intenso orgasmo. Tan intenso que tuvimos que usar otro kleenex si no queríamos que pareciese que sufría incontinencia cuando pidiésemos llave en el próximo hotel u hostal que encontrásemos, porque ya teníamos claro que aquello ya no podía pararse.

Un hotel de una conocida y económica cadena fue lo que encontramos. La tiré de espaldas sobre la cama, deslicé sus pantalones junto con sus bragas al suelo, me arrodillé en el mismo y comencé a explorar con mi lengua todos sus pliegues, centrándome sobre todo en su clítoris. Ella no podía contener sus gemidos y se contorsionaba de placer. Cuando note que salía mucho líquido de su vagina, me desabroché mis pantalones, saqué mi tranca y comencé a acariciarle con el capullo todo su sexo. Ella se arqueaba y sólo pudo farfullar a duras penas: “Métela ya, cabrón”. Entró con facilidad. Me sentí un dios. Me quedé quieto, sintiendo como sus paredes vaginales abrazaban candorosamente cada centímetro de mi polla. Nos miramos a los ojos. Desprendía lujuria. La besé. Besé su cuello. Besé sus pechos. Empecé a moverme despacio y fui acelerando hasta que convertí mis embestidas en fuertes estocadas. Ella se volvió a correr, pero yo no podía parar ni disminuir mi ritmo. “Me voy a correr”, dije saliendo de ella. “Tomo la píldora”, dijo como suplicando que no me saliera... así que di la última estocada y me quedé en lo más hondo. De mis huevos salió tal cantidad de semen que llené sus entrañas con cuatro o cinco disparos. Y ella volvió a tener un orgasmo al sentirlos. Era multiorgásmica. Me quedé allí tendido sobre ella. Cuando recuperamos el aliento empezamos a besarnos y a desnudarnos al completo.

El segundo asalto fue más tranquilo y duró más. Comenzó cabalgándome ella. Despacio, sintiendo dentro de ella cada movimiento que hacíamos, sin dejar de mirarnos a los ojos. Yo me deleitaba viendo el bamboleo de sus pechos y su mirada de fuego. Apenas hablábamos. El sonido del sexo era suficiente para excitarnos más y más. 

Tras el tercer asalto, que acometí desde atrás, ella totalmente tumbada boca abajo con las piernas cerradas para que sintiera mucho más mi candente misil adentrándose en su extralubricada vagina... nos quedamos profundamente dormidos.

La alarma del móvil sonó a las 5:30 y nos sorprendió acurrucados. Su cuerpo desnudo totalmente abrazado al mío. A pesar de haber estallado cuatro veces durante la noche, una erección matutina luchaba por levantar la sábana. Bajé mis dedos a su sexo y comencé a acariciar con mucho amor. “No, no, no, por favor.... no puedo, me tengo que duchar e irme a trabajar”. Levanté la sábana y le enseñé lo que pasaba por allí abajo. Reptó por debajo de la sábana y comenzó a comerme la polla como nadie lo había hecho nunca. Y ver cómo la sábana subía y bajaba al ritmo de su cabeza es lo más erótico que he vivido nunca. No tardé en correrme. Me limpió con la lengua y se levantó corriendo al baño. 

Cuando escuché el sonido de la ducha, me levanté, fui al baño, oriné y me metí con ella bajo el agua. Se estaba haciendo un dedo para calmar su propio deseo. Mi erección fue instantánea. La puse de cara a mi, la cogí de las piernas, la apoyé contra la pared y la volví a penetrar con pasión mientras me comía su boca. Me arañó la espalda para sujetarse a mi cuando empezó a vibrar y creyó que se caería. Y yo acabé de nuevo dentro de ella.

No pude dejarla a la puerta del trabajo. Paré lo más cerca posible donde nadie que nos conociera pudiera vernos. “No deberíamos volver a repetir esto”, dijo bajándose del coche. Pero pasó por delante, se aproximó a mi ventanilla y me besó como una amante apasionada antes de irse.

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