Un capricho y un castigo

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RESUMEN

En un encuentro prohibido en un rancho de playa, se vale cumplir algunos antojos.

–¿Te gusta, verdad? ¿Te gusta?

Él sabía que me gustaba y aun así lo preguntaba con insistencia. Quería oírmelo decir eso. Así que lo hice, sacando la voz con el poco aliento que tenía.

–Sí, me gusta, rico, rico…

Ramón me mordisqueaba los pechos, y succionaba mis pezones con fuerza. Nunca me lo habían hecho así, de una forma en que el dolor fuera tan delicioso. Yo me quejaba ruidosamente; sabía que nadie me podría escuchar. Estaba en un rancho de playa, uno que conocía muy bien, pues lo había visitado en familia. Pero ahora esta sola con el viejo gordito, un socio de mi papi al que siempre le tuve un especial cariño. Y por lo visto, era un sentimiento mutuo.

Cuando me invitó a venir, presentí cual era su intención. Con cierta timidez, había elegido ir bastante abrigada, con doble camisa y jeans largos. Pero igual, acabé con mi torso desnudo, recibiendo el roce de su barba en mis pechos. Todo aquello, su dura voz, su fuerte presencia, me había debilitado, al grado que yo misma fui desabrochando mi pantalón. Al enterarse, se alejó un poco y me vio retirar lo poco de vestimenta que me quedaba. Y sonrió.

– Todo eso se ve riquísimo.

Yo solté una risita, y sin detenerme di un pequeño giro. Quería que me admirara.

–Qué linda sos…

Y era su turno ahora. Me le acerqué, le quité su camisa y lo empujé a la cama, para que se sentara. Había un bulto en su pantalón que estaba por ser liberado.

Ramón me dijo suavemente: –Veo que algo te llamó la atención, princesa.

Bajó su zipper, y su grueso pene salió firme.

Acarició mi rostro, y fue acercando mi cabeza hasta su miembro. Yo tenía muy poca experiencia en sexo oral, pero era algo que quería hacer para él. Di un besito en la punta, y fui poniendo mis labios. Empecé a chupar con suavidad. Sabía un poco salado y lechoso. Ramón gemía en voz baja, mientras su mano acariciaba mi cabello. Empecé a chupar más fuerte, y el volumen de su voz aumentó. Le gustaba. Me sentía dichosa esa tarde con mi dulce gordo, ese que tanto me deseó. Ese al que mis labios estaban enloqueciendo.

–Qué rico la mamas, preciosa… Me encanta… –susurraba, y eso me animaba a seguir. Su otra mano recorría mi espalda. Fui más profundo, y más fuerte. Ese garrote era grueso y jugoso, una maravilla. Lo apreté con mis labios al chuparlo, y el quejido que provocó me motivó a hacer una locura.

Se la mordí. Y no debí hacerlo.

Me empujó hacia atrás, gritando: –¡AY! ¡MIERDA! ¿QUÉ HICISTE, PENDEJA?

Yo caí sentada, mientras él se ponía de pie. No pude decir ni una palabra.

Prosiguió: –¿Qué te pasa? ¿Estás loca, acaso? ¡Eso estuvo horrible!

Yo sólo pude decir: –Perdón.

–¡COME MIERDA! ¡Dolió demasiado!

–De verdad lo siento, papi. ¿Puedo hacer algo para que me perdonés?

Él guardó silencio. Tras unos segundos, tomó su ropa y empezó a vestirse.  Salió hacia donde está la piscina y se sentó frente a una de las mesas que la rodeaban. Yo le seguí, desnuda todavía, y le hallé con la mirada al cielo.

–¿Estás bien, amor? – Tuve que preguntar. Y le vi sonreír.

–Traeme algo de comer, y de tomar… Una cerveza.

Sin titubear, corrí a la cocina. Ahí empecé a prepararle un buen sándwich, con lechuga, jamón, pepperoni, queso mozzarella y aceite de oliva. Es lo bueno de que haya planeado todo. Se encargó de tener bien surtido el refrigerador antes de invitarme. Y por supuesto, su marca de cerveza favorita estaba disponible.

Usando un azafate, se lo entregué justo en su mesa. Ya lo veía más relajado.

–Gracias, Irisita. De verdad me encanta verte desnuda.

–De nada, quiero que te sintás bien. De verdad.

–Yo sé como me va a hacer sentirme bien. ¿Querés saber?

–Sí.

Abrió la cerveza, y dio un gran trago. Puso la lata a un lado, y prosiguió.

–Sentate en mis piernas.

Yo sonreí. Él empezó a sacarse nuevamente su miembro, firme como antes.

Cuando ya estaba por sentarme, dio una orden.  –Date vuelta.

Y quedé viendo hacia el otro, dándole la espalda. Eso me puso nerviosa. Él me pidió que me tranquilizara, mientras una mano me acariciaba el trasero. Se deleitaba con la firmeza de mis pompis. Dos dedos entraron sin delicadeza en mi ano, haciéndome lanzar un quejido.

–Tranquila, bebé. Tranquila.

Los dedos entraban y salían sin cesar. Era una sensación fuerte, invasiva, que aceleraba mi corazón. No se detenían. Nunca imaginé que iría a pedir algo como eso.

Se detuvo. Me sentí a punto de perder el control, con mi respiración acelerada.

Entonces dijo: –Siéntate sin voltear.

Lo sospechaba. Despacio, me fui sentando en su regazo, y la temida sensación de su grueso pene estaba muy cercana a mi trasero. Lo sentí entrar con lentitud, y ese dolor se incrementó. Mi quejido fue más fuerte, aun sabiendo que sólo Ramón lo podría escuchar. Sus manos rodearon mi abdomen, y fue apretando hacia abajo, para terminar la entrada con mayor fuerza. Empezó un ciclo de dolor y placer, de locura y pasión, en el que me sentía violada repetidamente. Aquel enorme palo no dejaba de perforar mi alma una y otra vez, una y otra vez… El sonido del mar quizás haya menguado el ruido de mis gritos. Eso deseo pensar al recordar ese momento salvaje.

–Me vendré adentro de vos, mamita. Eso es lo que más quiero.

–¡Dale, mi amor, dale!

Su chorro caliente se disparó hacia adentro de mí, haciendo arder aun más mi desenfreno. Un quejido ahogado… y silencio. Fue hermoso sentir la brisa en mi cuerpo desnudo y ver el suave sol de la tarde iluminar mi piel. Todo fue hermoso. Más que nunca, quería besarlo. Lo hice de inmediato. Me abrazó con dulzura, y sin decirme nada, tomó la lata y vació lo que quedaba de cerveza en mi espalda. Magia pura.

Nos abrazamos largo tiempo en silencio. Y le dije algo con todo mi corazón.

–Creo que algún día volveré a morderte. Valió la pena.

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