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El hombre huevo

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La imagen la encontré en un disco viejo de música disco, era un hombre sin camisa con un enorme casco o máscara, la cual tenía boca, nariz, ojos y cejas, pero con cabeza en forma de huevo, el “hombre huevo”. Era una imagen simpática que me pareció increíble. Todos lo veían como centro de atención.

Me propuse hacer tal máscara o casco, me apliqué a pegar muchas capas de periódico con engrudo, le añadí unas micas polarizadas para no dejar de ver nada al interior, sobre todo me costó trabajo y tiempo.

A mis amigos les parecía divertido y algo loco tal máscara. Se la ponían, pero no aguantaban mucho tiempo con ella puesta. Quizá el calor, o sentirse atrapados, no sé, se reían y se la quitaban. Alguna de mis amigas dijo que le parecía algo “friki”, parecía molesta pero le brillaban los ojos, tal comentario me hizo pensar algunas cosas e investigar un poco sobre esto, pero no le di más importancia.

Fue en una fiesta de disfraces donde llevé al “hombre huevo”. La fiesta transcurrió como todas, al inicio aburrida, después mejor, en período de diversión y luego algún pleito que hace necesaria una pausa. La anfitriona se peleó con uno de los amigos vaquetones de su hermano. El tipo venía disfrazado de “rambo”, el personaje se hizo el chistoso y acoso a las chicas y estuvo muy pesado con nosotros, los adolescentes de ese entonces. Fue hasta que llegó el hermano de la festejada, un tipo lleno de músculos y practicante de box que puso calma y gobierno sobre el patán del tal “rambo”.

Saqué a bailar a la festejada para que se le pasara el enojo, ella empezó a reírse, a animarse, le brillaba la mirada. La máscara le divertía. Saltaba al bailar, le rebotaban sus enormes senos que podía ver con toda confianza de no ser observado. Nunca la había visto bailar así, sus amigas lo atribuyeron al alcohol, pero yo sabía que no era por eso. Ahí nació algo en mí que me gustó: el ver a esa chica frenética, con sus chichis enormes, agitada, casi sobre mí, con pezones endurecidos y excitada.

Años después, yo iniciaba los treinta, me hice de una novia muy rarita, no le gustaba quitarse toda la ropa ni que la observara desnuda. Pedía oscuridad casi total, después entendí que era por el lunar que tenía sobre uno de sus brazos, le nacía casi en el hombro y le llegaba casi al codo, era obscuro, con vello e irregular. A mi no me molestaba pero a ella sí. Lo que sí me molestaba esa inseguridad, pero sobre todo era que no se sintiera libre de complejos lo que me mataba. Le pedí que se colocara una venda mientras yo hacía mi numerito. Al pedirle que se quitará la venda ahí estaba yo, con una poderosa erección apenas contenida por mi calzoncillo y sin más ropa, sólo con la máscara del “Hombre huevo”. Apenas me vio, se despojó de toda la ropa y saltó sobre mí, me quitó la trusa y la cargué para que me rodeara con sus piernas mientras que, con equilibrio, logré penetrarla y llevarla con la frotación a un rico orgasmo de pie mientras podía observar su expresión frente a mí. Era un rostro fascinante, de exigencia, desafío, excitación y expectativa. El milagro del “Hombre huevo” se había manifestado en uno de sus misterios más gozosos.

Ya en el límite de los treinta, casi a los cuarenta, “por no dejar”, le pedí a una buena amiga su cuerpo, le prometí acariciar la suavidad de sus muslos, morder sus pantorrillas y saborear su sexo, para luego penetrarla de manera violenta mientras frotaría su clítoris. Me respondió cohibida y apenada, que le sería muy complicado por la amistad de mi pareja de ese entonces, pero entendí que ese “no”, justo no lo decía no por ella, sino que lo atribuía, pude ver cierto brillo en su mirada, por lo que le propuse algo que no tenía nada que ver conmigo, bueno, en parte sí. Le dije que la entendía y que yo no haría nada con ella, pero podría pasar algo. Lo que le decía era cierto en parte, claro.

En el cumpleaños cuarenta de mi amiga le dije que tenía algo preparado. Fue una fiesta en un Airbnb, comida con meseros, música, sólo que al final de la fiesta vino el show, la gente del servicio se fue y sólo quedaron tres bailarines, dos hombres y una mujer.

Ellos bailaron entre sí, desvistieron a la bailarina y le bailaron hasta tener sexo con ella, mi amiga sólo abría los ojos y se veía muy expectante de la acción. Hicieron una pausa y la bailarina le pidió a la festejada que la acompañara a una habitación. Le mostró dos trajes, uno amarillo que significaría para los bailarines que sólo deseaba que le bailaran. El traje negro significaba que deseaba que la poseyeran. Podría ser suave o duro, según les indicará.

Salieron a la sala, mi amiga con el traje negro, se encontró con los dos bailarines que empezaron a hacer de las suyas o mejor dicho, a hacerla suya, mientras la bailarina fue conmigo, el “Hombre huevo”.

Fue un juego de espejos, yo podía ver cómo la penetraban y la sometían, mientras que ella podía ver cómo la bailarina chupaba mi miembro grueso. Fue muy excitante verla en cuatro recibir por todas partes placer. Sentía su mirada salvaje, gozosa e intensa, se sabía mirada pero no podía ver mis ojos, eso le dejaba ser todo lo libre que quisiera. Ahí estaba el “Hombre huevo”, sin expresión, sólo presente frente al deseo salvaje de alguien que se sabía vista, pero no juzgada.

Al final, cuando pagué y se fueron los demás, le entregué a mi amiga otro de sus regalos. Ella rompió la envoltura, abrió la caja de cartón del regalo y abrió los ojos ante ese regalo sorpresa.

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