La docente que me enseñó

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Prólogo

Este relato ocurrió cuando contaba con diecinueve años de edad. Por aquel entonces vivía con mis padres, estudiaba en la universidad y necesitaba profesores particulares. Uno de ellos, mi profesora de inglés, me dejó un recuerdo imborrable.

Dos semanas antes del examen de inglés.

Mi profesora de inglés, una irlandesa pelirroja que pasaba de los 45, abrió la puerta de su casa.

Estaba algo pálida y llevaba puesto un holgado pijama azul de cuadros.

-Sorprendido. -dijo con voz ronca.

No respondí.

Nunca la había visto en pijama. Estaba acostumbrado a sus faldas de cuero y camisas de generoso escote. A sus pantalones ajustados y cinturones de gran hebilla. Incluso su calzado, zapatillas de andar por casa, se me hacía extraño.

Sin embargo su aroma, el perfume que usaba estaba allí, flotando en él ambiente.

-Tengo la voz algo tomada. -dijo casi hablando para sí misma mientras tomábamos asiento en la cocina.

Tosió.

-¿Quieres algo de beber?

Negué con la cabeza.

-Ya, entiendo. Para serte sincero me duele la cabeza. El médico me ha prescrito paracetamol pero tengo la tripita… es la molestia más que los gases, pero…

Paró de hablar y debió ver algo en mi expresión porque sonrió enigmática.

-Esta es mi habitación. -Reanudo la conversación un tiempo después mientras abría la puerta de un cuarto pequeño. Me acerqué. La cama desecha, cojines rosas por el suelo, papeles de sonarse los mocos arrugados en una papelera de plástico y la ventana abierta, dejando entrar el aire fresco de una tarde gris.

Se sentó en la cama.

-¿Necesitas que te ayude en algo? -dije directo, con confianza.

Sus mejillas, o eso me pareció a mí, se ruborizaron levemente.

Luego tomó la palabra. Las pastillas no la sentaban bien, volvió a contarme. En la farmacia le habían ofrecido supositorios con paracetamol como principio activo.

-Ya. -dije sin terminar de procesar la información.

-Me ayudas a ponérmelos.

Tragué saliva y asentí con la cabeza. No quería que las palabras denotasen mi nerviosismo. Me sentía capaz de ayudar y de paso… de paso cumplir mi sueño de verle el culo.

Mi profesora sacó la caja de supositorios del cajón, la abrió y sacó dos “pequeños torpedos” del envoltorio plateado.

-Aquí tienes y cierra la ventana, que no quiero que se me enfríe el trasero.

Cerré la ventana mientras ella se tumbaba de lado en la cama dándome la espalda.

Cogí uno en la mano.

-Bájate los pantalones del pijama.

La maestra obedeció y descubrió un culete temblón enfundado en bragas granate que había empezado a perder la lucha contra la gravedad. La raja, generosa, había engullido casi toda la tela de las bragas.

Dejé la medicina en la mesita. Me senté en el borde de la cama y alargando las manos cogí el elástico de las braguitas y tiré de ellas dejando a la vista un culo completamente desnudo.

Lo observé durante unos instantes. Dos granitos en la nalga derecha, un lunar en la izquierda. Era, definitivamente, un culo con personalidad propia. Podría estar contemplándolo un buen rato, pero tenía una misión que cumplir.

-Puedes… puedes separar las nalgas. -dije

La mujer madura llevó las manos atrás y separó con decisión sus cachetes dejando a la vista el orificio anal. También dobló una pierna llevándola al pecho. Era la posición recomendada para facilitar la inserción del medicamento.

Tomé el primer supositorio y con paciencia, poco a poco, lo introduje en el agujero junto a parte de mi dedo índice.

Ella apretó el esfínter instintivamente para retenerlo.

Unos segundos después repetí la operación con el segundo, mantenimiento mi dedo en el agujero del culo durante unos instantes.

Aprieta el trasero. -dije innecesariamente mientras observaba como se tensaban los músculos del pompis de aquella mujer.

Casi inmediatamente, en cuanto saqué el dedo, con prisa, se subió las bragas y cubrió con los pantalones del pijama su desnudez.

-Listo. -dije mientras ella seguía tumbada de espaldas.

Un minuto después giró sobre sí misma.

Tenía las mejillas rojas.

-Los malditos bastardos se están derritiendo ahí dentro. Gracias.

-A ti por ser tan valiente . Me voy que se me hace tarde. -dije. Y salí de la habitación para darle privacidad.

“Quizás necesite tocarse para relajarse o tirarse uno.” Pensé.

Varias demás antes del examen

Aquella tarde llegué a casa a eso de las ocho y me fui directo a la habitación.

Antes de cerrar la puerta, notando que mi madre estaba viendo la tele en el salón, dije en voz alta.

-¡Voy a estudiar!

Ya dentro de mi cuarto, encendí la luz del flexo, cogí un cuaderno y comencé a escribir o dibujar palabras y frases en el nuevo idioma.

Sin embargo el idioma que tenía que aprender para superar la asignatura era el inglés. Se me daba así así y mi padre decidió contratar a una profesora nativa particular.

Miré el reloj y cerré el cuaderno. La docente estaba a punto de llegar.

Sí, confieso que tengo un flechazo o “crush” como dirían los angloparlantes. La mujer es más mayor que mi madre y nos llevamos muchos años pero… pero me gusta. Su ropa, la forma de moverse… qué sé yo. Bueno sí, las tetas, que tienen que ser de buen tamaño y el trasero. Pero bueno, quizás es la ropa que hace mucho o el morbo de estar con una “mujer” a solas durante hora y media en mi cuarto.

Creo que ella sabe que la miro, o lo intuye. Quizás le guste. No sé, soy joven, pero soy un tío y… y sí. De vez en cuando tengo que respirar hondo y relajarme. Menos mal que está la mesa de estudio y mi erección queda oculta… solo imaginar que ve eso…. que vergüenza.

No sé cuando lo descubrió, pero el caso es que esa tarde, antes de empezar la clase, cerró la puerta del cuarto. La tele estaba alta y no creo que mi madre nos oyese, pero cuando habló entendí perfectamente todas aquellas precauciones.

-He visto tu cuaderno. ¿qué escribes en chino?

Por un instante respiré con alivio. Aquella mujer no sabía que mis escritos estaban en japonés, muy probablemente no tenía ni idea de lo que ponía.

-No soy tonta. No sé japonés, pero se buscar y traducir. -dijo sacando mi cuaderno del cajón y pasando las hojas.

“Quien se ha creído que es para leer mis cosas..” pensé

Pero ella pareció adivinar lo que pensaba y leyó.

-“sensei no Osihiri ga daisuki” -dijo

Enrojecí.

Y luego continuó leyendo palabras sueltas en japonés.

-así que “me gusta mucho el culo de la profe” -tradujo bajando la voz

-y luego palabritas como tetas, vagina, quiero verte las domingas… ¿es correcta mi traducción?

Sentí mucha vergüenza, pero lo que más me preocupaba era que hablase con mis padres. No solo por la falta en sí, si no porque decidiesen cortar el grifo o aún peor, echarme de casa.

Para mi sorpresa la profesora fue comprensiva y decidió añadir picante a las clases de inglés, haciéndome escribir ejemplos de frases que incluían partes del cuerpo de carácter sexual. Créanlo o no aquella mujer era muy buena y con la gracia, no solo aumentó mi motivación, si no que aprendí un montón de gramática.

-Recuerda. En el examen usa otros nombres, la gramática ya te la sabes.

Semana a semana mi inglés mejoraba.

Un día, como premio, la maestra dejó que le tocara las tetas. Eran tiernas.

-¿quieres ver un pezón? -preguntó en inglés

-sí, claro.

Cerré la puerta con pestillo

Ella descubrió el pecho y yo puede ver, e incluso chupar aquel pezón.

A la siguiente semana no vino.

Mis padres me informaron que estaba algo acatarrada y, como no vivía lejos, decidí ir a visitarla.

Como saben, acabé metiendo supositorios en su culete de ensueño.

Una semana después del examen de inglés

No podía creerlo, sobresaliente en inglés. Mis padres me felicitaron y fuimos a comer fuera.

Por la tarde me encerré en la habitación y llamé a mi profesora.

-he aprobado. -dije

-enhorabuena, pero eso no es lo que hablamos. -respondió.

Saboree el momento antes de replicar.

-Lo sé. La nota es sobresaliente.

Cuando colgué tenía el estómago lleno de mariposas. Elegí unos calzoncillos limpios, los mejores que tenía, también pantalones vaqueros. Después me duché, usé la esponja y mucho jabón para lavarme bien el culo y el pene. Con la colonia fui moderado , ya que según me confesó, le gustaba mi olor natural.

“Si sacas un sobresaliente hacemos el amor” me prometió en su día.

Ese día había llegado.

Llegué a su casa y me recibió con ropa cómoda y atractiva. El perfume, como siempre, inundándolo todo.

Bebimos una copa de vino.

Ella se acercó a mi sitio y sacando la lengua, metió la punta en mi oreja. Tirité con las cosquillas y mi pene creció bajo los pantalones.

-Levántate.

Obedecí.

Me beso en los labios.

Abrí la boca y metió su lengua. Sabía a vino y a algo amargo difícil de definir. Algo adictivo. Nos besamos con pasión. La saliva fluía, las lenguas danzaban explorando todo con avidez.

Puse mis manos en sus nalgas y las apreté como si estuviera dándole un masaje, ella separó su boca y gimió. Luego arrodillándose me desabrochó el botón del pantalón, bajó la cremallera y me desnudó.

El pene saltó como un resorte. Crecido, palpitante, erecto.

-menudo mástil. -observó la docente con genuina admiración.

-¿Vienes preparado?

Me apresuré y me quité los pantalones y calzoncillos del todo sacándolos por los pies. Del bolsillo de los primeros saqué un preservativo.

Ella rio.

-Primero vamos a ponerla bien dura. -dijo metiendo mi miembro en su boca y chupando con avidez.

Milagrosamente, de alguna manera, evité eyacular ahí mismo.

Se desnudó del todo.

La imité.

Fuimos a su habitación.

Se tumbó boca arriba. Las piernas abiertas, el coño expuesto sin tapujos.

Pase mi lengua por esos pliegues empapados. Probé a meter un dedo. Estaba tan mojado que se deslizó sin esfuerzo.

-Métemela ya. -rogó la mujer madura en medio de la excitación.

No me hice de rogar e introduje el pene en su vagina hasta el fondo.

Ella se aferró a la cama, mordió el labio inferior en un gesto sensual y ahogó un grito de placer infinito.

Logré jugar al mete saca cinco veces hasta eyacular.

Para entonces ella ya había alcanzado el orgasmo. Su cuerpo temblando de manera deliciosa.

Han pasado años. Demasiados.

Mi novia, joven, ha cabalgado junto a mi. Hemos visto las estrellas, hemos alcanzado la felicidad. Sin embargo, de alguna manera, todavía recuerdo aquella primera vez, con mi profesora de inglés. Una madura que me abrió de par en par las puertas de su cuerpo. Mi primer amor. Mi maestra. Thank you.

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