El tornillo inesperado

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La campanilla de la puerta tintineó con un sonido metálico cuando Marcos empujó la pesada puerta de cristal de la ferretería “El Rincón del Hogar”. Tenía veintitrés años, complexión redonda y mejillas sonrosadas por el esfuerzo de caminar bajo el sol de la tarde. Su padre le había encargado comprar tornillos específicos para reparar la vieja estantería del garaje, y Marcos, distraído como siempre, había salido de casa con prisas.

El interior olía a metal, madera y aceite. Estantes repletos de cajas, herramientas colgando de paneles perforados, y un mostrador de madera desgastada por el tiempo. Detrás de él, un hombre de unos cuarenta y cuatro años, con una camisa a cuadros que apenas contenía su torso ancho y fuerte, hojeaba un catálogo. Tenía brazos macizos, pelo entre cano recortado y una barba de varios días.

—Buenas tardes —dijo Marcos, acercándose al mostrador—. Necesito tornillos de cabeza hexagonal, de unos cuatro centímetros.

El tendero, que según la placa en su pecho se llamaba Héctor, levantó la vista y sonrió con una expresión amable.

—¿Para madera o metal? ¿Y el grosor? —preguntó, apoyando las manos en el mostrador.

Marcos parpadeó, tratando de recordar las instrucciones de su padre.

—Eh… para madera, creo. Mi padre dijo que eran los que usó la última vez, pero no estoy seguro.

Héctor soltó un suspiro juguetón.

—”Los de la última vez” no me ayuda mucho, chaval. Ven, mejor te muestro las opciones —dijo, saliendo de detrás del mostrador—. Los tenemos en el pasillo de atrás, en los cajones bajos.

Marcos lo siguió por el estrecho pasillo entre estanterías, iluminado por luces fluorescentes que parpadeaban levemente. Llegaron a una sección con cajones de plástico etiquetados. Héctor se detuvo frente a uno de ellos, marcado con “Tornillos para Madera”.

—Aquí deberían estar —murmuró, y entonces hizo algo que tomó a Marcos por sorpresa.

En lugar de agacharse con cuidado, Héctor se inclinó bruscamente, a cuatro patas, para abrir el cajón inferior. Su viejo pantalón de trabajo, tenso por la posición, reveló una raja considerable en la parte trasera, mostrando un vistazo de su piel, vello oscuro y parte de sus nalgas robustas. La escena fue tan inesperada, tan íntima en su crudeza cotidiana, que Marcos sintió un golpe de adrenalina.

Un hormigueo familiar comenzó en su entrepierna, y antes de que pudiera reaccionar, sintió cómo su pene, grueso y largo, se erguía rápidamente, empujando contra la tela. La cremallera, que estaba abierta, cedió, y de repente, su miembro quedó al descubierto, sobresaliendo obscenamente entre los vaqueros.

Marcos se quedó paralizado por lo que sentía en ese momento de revelación, la sangre latiendo en sus oídos por algo de asombro.

Héctor, tras sacar una caja de tornillos, se giró mientras aún estaba de rodillas, quedando sentado en el suelo. Sus ojos, de un color avellana, bajaron directamente al regazo de Marcos cuando se golpeó la frente con algo cálido. No pareció sorprendido, sino más bien intrigado. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.

—Vaya, vaya —dijo Héctor, con una voz ronca pero calmada—. ¿Y eso qué es? ¿Vas a atracarme con ese cañón o es ese el “tornillo” que querías enseñarme?

Y entonces recordó.

Había salido de casa sin ropa interior, algo que hacía muchas veces por pereza, y en su prisa, tampoco había revisado la cremallera de sus pantalones vaqueros. Marcos enrojeció hasta la raíz del cabello. Intentó cubrirse con las manos, pero era inútil; su erección era demasiado grande para ocultarla. Tartamudeó una disculpa, pero las palabras se atascaron en su garganta.

Héctor se rio, un sonido cálido y bajo.

—Tranquilo, chaval. A tu edad, yo también me empalmaba con cualquier cosa. ¡La imaginación vuela! —dijo, sin levantarse. Su mirada era directa, sin vergüenza—. Y viéndome así, enseñándote el culo entero y en pompa, no me extraña que te hayas puesto así. Buena herramienta de trabajo manejas tú, ¿no? ¡Poco más y me sacas un ojo!

Marcos apenas podía creer lo que escuchaba. Su mente gritaba que debía huir, pero su cuerpo, excitado y confundido, no se movía. Héctor seguía a escasos centímetros de él, aún de rodillas. El aire en el pasillo parecía espesarse.

—La verdad es que llevo días sin correrme, y la vista no ha sido para nada mala. ¿Te importa si hacemos algo al respecto? Los dos.

Héctor extendió una mano grande y callosa, y con un movimiento seguro, rodeó el rabo del chico y lo comenzó a masturbar. El contacto fue electrizante. Marcos, sin pensarlo dos veces, gimió con intensidad por lo que sucedía, dejándose llevar. Héctor hizo lo mismo, se desabrochó el pantalón y cogió su miembro, ya medio erecto y desde el suelo comenzó a pajearse.

Los dos respiraban entrecortadamente, Marcos sintiendo el aliento cálido de la boca de ese hombre en la punta de su polla, y el silencio solo era roto por el leve zumbido de las luces.

Fue rápido, intenso, y totalmente inesperado. Marcos, acostumbrado a la soledad de su habitación, no estaba preparado para la sensación de otra mano en él. El calor se acumuló en su vientre con una velocidad alarmante y notó como sus pelotas se encogían levemente.

—Espera, para —logró decir, pero era demasiado tarde—. Voy a…

Un gemido ahogado escapó de sus labios, y su cuerpo se tensó. Con una sacudida involuntaria, eyaculó. Pero en lugar de caer únicamente al suelo, su semen, abundante y espeso, salió proyectado directamente hacia el rostro de Héctor, que estaba justo en frente. Chorros blancos mancharon su barba, sus mejillas, y varios de ellos incluso alcanzaron su boca entreabierta y su lengua.

La sorpresa fue total e impactante. Héctor parpadeó, atónito por la repentina y cálida humedad. Y esa sorpresa, combinada con la estimulación y la vista del joven acabando con tanto ímpetu, fue suficiente para él. Con un gruñido ronco, Héctor también llegó al orgasmo, eyaculando en grandes chorros que mancharon el suelo de linóleo y su propia camisa.

Durante un momento, solo hubo silencio, respiración pesada y jadeante. Marcos, recuperando la conciencia de la situación, vio el desastre en la cara de Héctor y sintió una ola de vergüenza y pánico.

—Dios mío… lo siento… no fue intencionado… —balbuceó, buscando desesperadamente algo con qué limpiar mientras chorreaba algo aún su polla empalmada.

Héctor, sin embargo, comenzó a reír. Se limpió lentamente la cara con el dorso de la mano y luego lamió sus labios con una expresión pensativa.

—No te disculpes, chico —dijo, su voz aún ronca y entrecortada—. Hacía tiempo que no recibía una… lluvia tan buena. Y brutal, por cierto.

Se levantó con un quejido, arreglándose la ropa. Luego miró a Marcos, que seguía allí, con el gran rabo erecto intentando cubrirse por la vergüenza.

—¡Uff, joder! —dijo Héctor, con un guiño—. ¿Y los tornillos? ¿Los de cabeza hexagonal, de cuatro centímetros? Creo que los tengo aquí. Serán tres euros con cincuenta.

Le dio el dinero en mano, allí, junto con él, con manos temblorosas he intentó recolocar todo lo suyo apresuradamente.

Y por lo otro… —añadió, bajando la voz—, considera esto otro como un servicio extra sin cargo. Pero la próxima vez, chaval, revisa la cremallera.

Marcos, aturdido, asintió y salió de la ferretería con la cabeza baja, sintiendo aún el latido de su corazón y el aroma a metal y a sexo en el aire.

Héctor lo vio marchar, sonriendo para sus adentros mientras limpiaba el suelo. Algunos días en la ferretería eran más interesantes que otros. Y ese, definitivamente, había sido uno para recordar.

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