El regalo de la mistress

0
2609
T. Lectura: 3 min.

Diciembre, año 1950.

En el sótano secreto de un club privado, donde los hombres de traje gris y sombrero fedora llegaban fingiendo que solo venían a fumar puros y beber bourbon, pero su objetivo era gozar de la vista de la dama vestida con cuero negro, ella reinaba todas las noches de sábado en una estancia subterránea.

La llamaban simplemente «La Mistress X», porque ninguno de los clientes sabía su verdadero nombre y rostro, lo que desataba su imaginación, ya que podría ser cualquier mujer que conocieran en la vida cotidiana e incluso cruzarse con ella en la calle, su espectáculo de dominación con su látigo despertaba las más profundas fantasías, ella jugaba con el látigo y su cuerpo, se acercaba provocativamente pero no dejaba nadie la tocara, dominando toda la situación, lo que a algunos hombres volvía loco de emoción. Ella aparecía siempre a las once en punto PM, cuando la orquesta de arriba terminaba el último tema y los clientes «especiales» bajaban por la escalera de servicio.

Aquella noche de diciembre, en medio de las festividades de fin de año, el aire olía a tabaco caro y a cuero recién lustrado, la estancia subterránea lucia en dicha ocasión luces navideñas.

Ella entró como siempre, de forma imprevista detrás de un telón de fieltro, causando sorpresa a los visitantes dado su imponente ropaje, lo que se intensificaba con el ruido de los tacones de aguja de doce centímetros que resonaban como latigazos sobre el suelo de roble, su traje era una obra de arte prohibida, un bello catsuit completo de cuero negro brillante, cosido a medida en París por un artesano que solo trabajaba para ella, el traje le cubría todo su cuerpo pero el brillo del cuero llamaba a la imaginación.

El corsé, implacable, le reducía la cintura, empujando sus pechos hacia arriba en una curva agresiva y perfecta, cordones plateados subían desde la entrepierna hasta el cuello, cruzándose como venas de deseo, usaba guantes hasta el codo y una máscara tipo capucha que solo dejaba ver unos labios rojos como sangre y ojos felinos maquillados, en sus manos había una fusta, que alternaba de mano en mano según sus caprichos.

Los hombres, todos adinerados, directores de banco, abogados, incluso un político, se quedaron mudos. Se habían quitado las chaquetas y las corbatas, pero seguían con las camisas blancas impecables, observando embelesados la misteriosa figura femenina.

Mistress X, apoyó una mano enguantada en el respaldo de un sillón Luis XV tapizado en terciopelo burdeos. El cuero crujió, ese sonido húmedo y obsceno que hacía que todos tragaran saliva al unísono, y indico – Atendida la época del año le daré a uno de ustedes un regalo, dejare uno de ustedes perros, puedan adorarme esta noche en persona —su voz era dulce pero firme, una mezcla que incitaba deseos tenía un acento indefinido que podía ser francés o simplemente pecado puro.

Se estableció un sistema para echar las suertes y “el afortunado” resulto ser un hombre joven, apenas treinta años, ejecutivo de una agencia de publicidad, este dio un paso al frente. Temblaba. Ella lo observó con lentitud, como un gato que ya sabe que el ratón no tiene escapatoria. —Quítate la camisa —ordenó sin alzar la voz. Él obedeció. Sus dedos se volvieron torpes con los botones. Cuando la prenda cayó al suelo, ella se acercó. El aroma del cuero caliente, mezclado con su perfume lo envolvió. Mistress X levantó un brazo y rozó con la punta del guante el pecho desnudo del hombre. Solo un roce. Pero el cuero era tan suave y firme a la vez que este soltó un gemido bajo. —Arrodíllate, prepárate para recibir tu regalo, – dijo.

Él cayó de rodillas. Ella colocó la bota derecha sobre el respaldo del sillón, justo a la altura de su rostro. La pierna se estiró, el cuero se tensó, brillando bajo la luz tenue de las lámparas de pie. Los cordones plateados subían desde el tobillo hasta medio muslo como una escalera hacia el infierno más dulce.—Besa —susurró ella.

El Hombre acercó los labios al cuero. Primero con timidez, luego con hambre. El sabor era salado, animal, adictivo. Recorrió con la lengua cada centímetro de la bota, desde la punta hasta donde los cordones se cruzaban. Ella lo observaba, inmóvil, solo moviendo ligeramente la cadera para que el traje crujiera otra vez, un sonido que era casi un latigazo.

Los otros hombres respiraban agitados, algunos ya con la mano dentro del pantalón, sin atreverse a más. Ella los ignoraba. Solo existía el hombre a sus pies, entonces ordeno.—Ahora abre la cremallera —Entre sus piernas, oculta en el cuero, había una cremallera diminuta, el hombre sintiéndose humillado levantó la mirada suplicante, pero ella fue implacable y con su látigo le dio un fuerte fustazo en su espalda.

Con dedos temblorosos, él bajó la cremallera muy despacio. El sonido metálico llenó la habitación como una promesa. Debajo no había nada. Solo piel depilada, húmeda, caliente. Mistress X agarró su cabello y lo empujó hacia adelante. —Adora, perrito- .Y mientras la lengua del hombre se perdía entre sus muslos, ella cerró los ojos y dejó que el placer la recorriera como una corriente eléctrica bajo la segunda piel negra que nunca se quitaba.

Había silencio en la sala solo se oía el crujir del cuero, los jadeos y el chasquido de los tacones cuando ella, por fin, se permitió gemir, entonces sin más aviso, de su cuerpo de dios manaron una serie de fluidos indeterminados sobre la cara del hombre, la Mistress X dijo riéndose – Espero hayas disfrutado de mi regalo de navidad perro – el hombre solo pudo atinar a asentir.

Los hombres miraban la situación entre asombrados y excitados envidiando apenados por no tener esa navidad un regalo de Mistress, más de uno pensó que quizás el regalar en estas épocas navideñas se volvería una tradición y quizás el próximo año tendría otra chace de recibir el regalo de la mistress.

Loading

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí