Convertido en la sissy de mi ex esposa

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Demián había aceptado su destino mucho antes de enviar el mensaje. Su divorcio de Joy no fue por falta de amor; fue por falta de hombría. Nueve centímetros de vergüenza encerrados ahora en una jaula rosa diminuta que apenas cubría su inutilidad. Joy, en cambio, florecía: pechos más grandes y perfectos que nunca, tatuajes que contaban historias de libertad y placer, un cuerpo que pedía ser adorado por alguien capaz de hacerlo –como ese culo redondo y firme en las fotos, enmarcado en bragas rosas, tentador e inalcanzable para él.

Una noche, Demián les transfirió una cantidad obscena de dinero con un solo mensaje:

«Por favor, usen mi apartamento otra vez. Quiero ser su sissy completa. Enciérrenme y fóllenla frente a mí. Necesito verlo señor »

Llegaron al atardecer ese mismo día Joy entró primero, vestida con un top negro ajustado que apenas contenía sus tetas magníficas, el tatuaje de concha visible entre ellas como un recordatorio cruel de lo que había perdido. Caesar la seguía, alto, moreno, dominante, con esa sonrisa que decía que sabía exactamente quién mandaba ahora.

Demián los recibió de rodillas, vestido solo con la jaula rosa y un delantal de sirvienta ridículo. Joy lo miró de arriba abajo y soltó una carcajada suave pero cortante.

—Mira qué lindo, Caesar. Nuestra sissy ya está lista para servir. ¿No es patético cómo se viste para nosotros?

Caesar se acercó, agarró la jaula con dos dedos y la sacudió ligeramente y apretó los huevos de Demián

—¿Esto es todo lo que tienes, cornudo? ¿Esto es lo que Joy tuvo que soportar años? No me extraña que te haya cambiado por mí. Míralo, Joy: ni siquiera se mueve ahí dentro.

Joy se rio, cruzando los brazos bajo sus pechos para que rebotaran ligeramente.

—Pobre Demián. ¿Recuerda cuando intentabas usarlo conmigo? Imaginalo desesperado tratando de hacerme sentir algo Era como tratar de encender un fuego con un fósforo mojado. Inútil micropene impotente.

Joy se quitó el top lentamente frente al espejo del salón, dejando que sus pechos perfectos se liberaran. Los apretó con ambas manos, mirando a Demián por el reflejo.

—¿Recuerdas cuando intentabas tocarlos y ni siquiera llegabas a excitarme? Mira ahora cómo se ponen duros solo con pensar en Caesar un hombre que me domina me trata como merezco Ven, amor, muéstrale cómo se hace.

Caesar la tomó por la cintura, la giró y la besó con fuerza mientras sus manos grandes cubrían por completo esos pechos que Demián solo había tocado con torpeza. Joy gimió contra su boca, arqueando la espalda.

—Quítate de en medio, sissy —ordenó Caesar sin mirarlo—. Siéntate en la esquina y mira cómo un hombre de verdad la hace mujer. Y no te atrevas a tocar esa jaulita rosa tuya o tendré que fustigarte, dijo mientras le mostró un fajo de piel.

Demián obedeció, arrastrándose hasta una silla pequeña en el rincón. La jaula rosa le apretaba dolorosamente mientras veía cómo Caesar bajaba la cabeza y tomaba uno de los pezones de Joy entre sus labios. Ella cerró los ojos, exactamente como en las fotos antiguas, pero ahora era real, estaba sucediendo a metros de él. Sus gemidos llenaban el apartamento que Demián pagaba ahora para ser el motel de su ex esposa.

—Dime, Joy —gruñó Caesar entre chupadas—, ¿este cornudo alguna vez te hizo sentir así?

—No, amor —jadeó ella, mirando a Demián con desprecio—. Él solo servía para pagar las cuentas. Tú me haces mujer de verdad. Míralo ahí, Caesar: está goteando como una perra en celo, pero ni siquiera puede endurecerse, poco hombre

Caesar levantó a Joy sin esfuerzo y la llevó al sofá. La colocó de espaldas, sus tetas perfectas balanceándose mientras él se desabrochaba el pantalón. Cuando sacó su miembro, grueso, largo, venoso, Joy literalmente jadeó de anticipación.

—Esto es lo que necesito —susurró ella, mirando directamente a Demián—. Esto es lo que tú nunca me diste. Míralo, sissy: esto es un pene de hombre. El tuyo es… ¿cómo lo llamamos? Un clítoris fallido.

Caesar se rio, embistiendo a Joy de una sola vez profunda. Ella gritó de placer, sus pechos rebotando con cada golpe, el tatuaje entre ellos moviéndose como una bandera de victoria. Ella clavaba las uñas en su espalda, rogando por más, mientras Caesar gruñía órdenes:

—Dile a tu ex maridito lo que sientes, Joy.

—Siento… un hombre de verdad dentro de mí… por primera vez en años… ¡Oh Dios, Caesar, más fuerte! Demián, ¿oyes eso? Ese es el sonido de placer real, no las fingidas que te daba por lástima.

Demián lloraba en silencio en su esquina, la jaula rosa goteando precúm inútil. En un momento, Caesar lo miró directamente:

—Acércate, sissy. De rodillas. Limpia mis bolas mientras la follo. Y hazlo bien, o te dejamos sin pagar por más.

Demián gateó. Su lengua tocó la piel sudorosa de Caesar mientras este embestía a Joy sin piedad. Ella lo miró desde arriba, sus pechos perfectos agitándose, y sonrió con crueldad.

—Mírame a los ojos, cornudo. Mira lo que perdiste para siempre. ¿Sientes envidia? Deberías. Caesar me folla como tú nunca pudiste, y tú pagas por verlo. Patético.

La noche continuó así: Caesar la tomó en todas las posiciones, sobre la mesa, contra la pared, en la cama que había sido matrimonial. Cada orgasmo de Joy era una puñalada para Demián.

—Otro más, amor —gemía Joy después del tercero—. Demián nunca me dio ni uno solo. Era como follar con un muñeco roto.

Caesar, sudando y dominante, respondía:

—Porque él no es un hombre, Joy. Es nuestra sissy. Mira cómo lame, como una perra obediente. Buen chico, cornudo. Sigue así y quizás te dejemos oler las sábanas después.

Al final, Caesar se corrió dentro de ella, marcándola profundamente, mientras Joy temblaba abrazada a él.

—Míralo, Demián —dijo ella, aun jadeando—. Esto es lo que pasa cuando un macho real me toma. Tú solo servías para mirar.

Cuando terminaron, Joy se acercó desnuda a Demián, sus pechos aún enrojecidos por las manos y boca de Caesar.

—Límpialos —ordenó—. Y di gracias por el privilegio.

—G-gracias, ama Joy —murmuró él, lamiendo obediente, saboreando el sudor y las marcas de otro hombre en los pechos que una vez creyó suyos.

Caesar se rio desde el sofá:

—Bien dicho, sissy. Ahora vete a tu rincón y piensa en cómo nos pagarás la próxima vez. Eres nuestro cajero automático con jaula.

Al amanecer se fueron, dejando a Demián solo, enjaulado, con el apartamento oliendo a sexo real y la imagen grabada de esos pechos perfectos siendo adorados por quien sí los merecía.

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