La sirena

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Carlos estaba pasando un día de verano inolvidable junto a sus amigos, Aitor y Damasco. Llevaban un par de días en la costa de vacaciones pero, hasta ese momento, Carlos no había podido disfrutar de verdad de todo lo que ofrece la playa. El mar, la brisa, las vistas (sobre todo las chicas en bikini, incluso las gorditas), hacer deporte en la arena fina y blanca… Pero un cuadro de ansiedad lo dejó esos primeros días por el arrastre. Tanto Aitor como Damasco seguían preocupados pero, tras ver a su amigo proponer jugar al vóley con suma energía, decidieron seguirle la veta y pasar un día divertido.

Lograron encontrar un grupo de dos chicas guapísimas igual de llenas de energía que ellos, y pasaron una mañana interesante jugando un partido de voleibol, chicos contra chicas. Carlos, competitivo como era, no fue nada caballeroso con ellas y las vapuleó en nada de tiempo, pero las chicas no se indignaron, sino que les dieron sendos besos en las mejillas de cada uno como premio por querer jugar con ellas. Luego no hicieron más que parecer críos saltando y chapoteando en el agua; algunos los miraban con reproche, otros simplemente sonreían y los dejaban hacer. Carlos era el que más saltaba y chapoteaba, nadando como un delfín y escupiendo el agua salada a sus amigos. Aitor y Damasco estaban felices de verlo, de nuevo, en acción.

Descansaron y comieron en el apartamento que habían alquilado, un inmueble pequeño con una habitación, cocina y sala de estar conjunta, un lavabo y un balcón con sillas y una mesa. Por suerte, incluso en pleno día, daba la sombra y podían comer al fresco que les ofrecía el balcón, el cual tenía vistas al mar.

A media tarde, Carlos arrastró a Aitor y Damasco al agua, estos con algo de reticencias, pero que pronto se quitaron de encima cuando volvieron a encontrar a las guapísimas chicas de la mañana, y pasaron la tarde dándose un relajante baño, sin chapoteos ni juegos infantiles. Aitor y Mara se dedicaron a charlar animadamente mientras tomaban el sol y, Damasco, Carlos y Berta, se llenaban de arena y entraban al mar, repetidas veces. Carlos se hartó de tanta tranquilidad y quiso ir a nadar más allá de donde se tocaba fondo con los pies, pero Damasco y Berta no tenían muchas ganas, así que Carlos se fue solo.

-Panda de aburridos -soltó el muchacho negando con la cabeza.

-Ve con cuidado, Charlie, no te esfuerces demasiado. -se preocupó Damasco recordando los días anteriores de su amigo.

Carlos hizo un gesto grotesco con su rostro, aunque con una sonrisa esbozada tras él cariño de su amigo.

Sin pensárselo dos veces, Carlos comenzó a bracear como un profesional. Terminó chocando con un chico muy guapo, quién le guiñó un ojo pícaro cuando Carlos se fue nadando tras las pertinentes disculpas, y le hizo gracia gustar a un hombre. Siguió adelante y paró un momento para ver hasta donde había llegado. Le costó ver a sus amigos en la orilla, los saludó y recibió lo mismo de Damasco y Berta; eran tan pequeñitos… Ya no tocaba fondo pero necesitaba más, así que siguió más y más sin preocuparse de lo que tenía delante, hasta que…

¡Pum!

Un gran golpe se dio en la cabeza, vete tú a saber con qué, que logró que perdiera el conocimiento y su cuerpo inherente flotase unos segundos hasta comenzar a perderse por el fondo marino.

No sabía cuánto tiempo había pasado pero, cuando despertó, se sobresaltó tras ver lo que había a su alrededor. Para empezar se encontraba estirado, cuan largo era, sobre algo que le hacía estar incómodo; estaba sobre suelo de piedra y, las pequeñitas se le pegaban a la espalda cuando quiso ponerse en pie, cosa que solo logró a medias llevándose una mano a la cabeza presionándola con fuerza para ver si remitía el pequeño dolor de cabeza que sentía desde que se había despertado. Observando más allá, se dio cuenta de que se encontraba en una cueva iluminada por el reflejo del agua, que se movía envolviendo la estancia en un aire místico.

Todos lados estaba rebozado de piedras y rocas, algunas con musgo verde oscuro. Se sentía un ambiente húmedo y olía mucho a salitre. Aunque lo más impresionante fue lo que vio salir del agua y arrastrarse por las piedras hacia él.

Carlos pensaba que debería estar soñando. Se frotó los ojos y, cuando vio que la criatura no cesaba de moverse hacia donde estaba él recostado, no tardó en arrastrase hacia atrás dándose de bruces con las rocas de la pared. Solo entonces, cuando volvió a mirar a aquella criatura, se dio cuenta de que era algo hermoso; lo más hermoso que había visto nunca.

Para empezar, de cintura para arriba era de mujer, una mujer de una belleza nunca antes vista por el ojo humano. De largos cabellos azul oscuro con reflejos plateados y tornasolados; ojos de un azul profundo que recordaba el océano más profundo (valga la redundancia); labios rosados y jugosos con forma de corazón, los cuales brillaban como si fueran hechos de miles de diamantes; un torso delgado con brazos delicados aunque fuertes, y unos pechos redondos y pequeños con unos pezones traslúcidos. A Carlos se le hizo la boca agua cuando vio aquellas tetillas.

Y, lo que convertía a aquella joven en una criatura: de cintura para abajo era todo una cola de pez con un extremo que parecía la falda de un vestido. Una cola rosa que brillaba con toques morados y azules que cambiaban según le daba la poca luz que había en la cueva. Todo en conjunto era lo más hermoso que Carlos había presenciado en sus veintitrés años de vida.

Estaba nervioso. Nervioso porque no sabía si aquello era real o un sueño. Entonces, la sirena intentó que el chico volviese a tumbarse pero, cuando vio como reaccionaba ante su presencia, la criatura se asustó y se encogió ante Carlos. Tras ver el proceder de la joven con cola, el muchacho llevó una de sus manos, poco a poco, hacia el hombro de ella. Cuando lo tocó, sintió un extraño calor en sus dedos y en su fuero interno; y eso que seguía mojado de pies a cabeza. La criatura se dejó acariciar y giró su rostro hacia el de Carlos. Ambos se miraron largamente y sin cambiar la posición.

Por alguna razón, Carlos sintió la necesidad de protegerla, de cuidarla; de la misma forma que la sirena quería cuidar y dejarse cuidar. Poco a poco, ambos iniciaron un acercamiento en el que Carlos agarró a la sirena por la cadera, y le agradó el tacto mojado y algo viscoso de la cola. La sirena también acariciaba el pecho del joven de forma suave. Alzó el rostro hacia el de él y, ambos llevaron sus labios a un beso largo y tierno lleno de pasión, pensó Carlos mientras mantenía sus labios pegados a los de la criatura.

No sabían cuánto rato habían estado besándose, pero no les importaba. Era salado, húmedo, a la vez que dulce. Cuando abrieron los ojos tras despegarse por fin, la sirena recostó a Carlos sobre la pared de piedra y se dedicó a acariciar las piernas de su hombre. El muchacho se dejaba hacer lleno de dicha. Sin dejar de mirarse apasionadamente, la sirena acariciaba el torso y las piernas del muchacho, incluso llevando sus manos a la zona íntima, la cual ya hacía unos minutos que estaba a punto. Entre masaje y masaje en la entrepierna, Carlos dijo:

-¿Cómo te llamas?

Pero no obtuvo respuesta.

-¿Me entiendes? ¿Entiendes mi idioma?

La sirena hizo un sonido extraño parecido a un gruñido. A cualquier persona que lo escuchase se le helaría la sangre. A Carlos no le pasó porque, aunque no supiera lo que decía, lo entendía perfectamente y sabía que no era peligrosa. Por el contrario, se la veía dulce y tierna.

La sirena procedió, entonces, a tocar más allá de la ropa en las partes íntimas del chico. Manoseó el miembro erecto de forma suave y con tacto. Terminó por quitarle, de forma brusca, algo que excitó aún más a Carlos, el bañador; no lo rompió, pero lo tiró de cualquier manera. El muchacho ofreció unas vistas suculentas a la criatura. El cuerpo de Carlos, delgado y algo musculado y el buen tamaño del pene lograron que la sirena gruñera guturalmente extasiada ante tanta belleza humana a sus ojos. Acarició todo el falo con ambas manos de arriba a abajo con ternura, Carlos lo gozaba esperando saber el placer que podía darle aquella boca con labios en forma de corazón.

Y pasó. Poco a poco, la sirena se fue introduciendo la polla de Carlos en su boca, lamiendo el glande y saboreando el precum; abrió tanto como pudo la mandíbula y se la introdujo entera. Carlos soltó un impropio tras el placer que sentía desde la garganta de ella. Con lentitud, la sirena fue soltando amarre y, cuando llegó a la punta, regresó a metérsela toda de nuevo; otro gruñido salió de lo más hondo del chico. Y así sucesivamente hasta vete tú a saber cuantos minutos. Minutos de oro según el parecer del muchacho. Minutos donde la criatura degustaba la carne que le ofrecía el humano, una carne entre dura y blanda a la vez y con cierto regusto a salado, algo que parecía gustarle a la sirena.

-Espera, para, por favor… -pidió el muchacho- Si sigues mamando así no tardaré en correrme.

La sirena obedeció y, con ternura, se sentó de rodillas en el suelo pedregoso ante Carlos, pensó el muchacho; algo que no se esperaba. No sabía cuando pero, en algún momento, mientras la criatura le chupaba la polla, su cola se había convertido en piernas, unas piernas delgadas y hermosas. Tal cual estaba, pudo vislumbrar el monte de venus y el comienzo de la vulva, la cual estaba completamente lisa y brillosa.

A Carlos se le hizo la boca agua y, pidiendo permiso, tumbó a la chica, le acarició las piernas, las cuales se sentían suaves y algo gomosas al tacto, se las abrió y se relamió ante el espectáculo que estaba viendo: una vagina pequeña de labios abultados, todo de un rosa pastel casi traslucido. Le abrió los labios vaginales y comprobó el botón del clítoris más rosado y suculento; el agujero denotaba no haber hecho el sexo nunca, mas tenía la membrana del himen intacta.

Sin pedir permiso, Carlos no dejó escapar la oportunidad y enterró su cabeza entre las piernas de la muchacha y comenzó a lamer toda la zona con fiereza. Abría los labios para poder introducir su lengua más allá hasta tocar el himen, subía y succionaba el clítoris con fuerza haciendo presión con la lengua y sus labios. La sirena no aguantaba tanto placer y gemía de una forma muy curiosa: entre guturalmente espectral y algo más humana. Carlos se concentró tanto en el cunnilingus que, cuando la muchacha expulsó su líquido, se sorprendió para bien tragando y saboreando el sabor salado del orgasmo de la chica.

Pero no paró. Continuó atacando con toda su boca, teniendo mucho cuidado con los dientes, todo el sexo de la criatura, la cual no podía dejar de retorcerse sobre el suelo de piedra ni de jadear. Cuándo la sirena se corrió una segunda vez, se irguió limpiándose la eyaculación, dispuesto a entrar en esa vagina sí o sí; la excitación que Carlos tenía era tal que necesitaba follar.

Poco a poco, se fue echando sobre ella y le gustó ver cómo estaba sudorosa con el pelo pegado a la cara y se enredaba entre sus brazos, tan largo que era. El cuerpo brillaba ante el halo fantasmal del agua. Lo tocó con sus manos comenzando por las piernas, pasando por la vagina, acariciaba el abdomen, presionó los pezones y tocó suavemente los labios en forma de corazón. Su polla palpitaba llena de pasión. Le besó el cuello y la joven se estremeció.

Fue cándido, dulce; no quería asustarla. Y más cuando aquello iba a ser mucho más doloroso para ella que para él, mucho más que unas caricias con la boca. Carlos recordó su primera vez con una muchacha de clase con quién tuvo una pequeña relación, la cual terminó cuando perdieron la virginidad. Carlos fue respetuoso pero, aun así, acabó siendo todo tan aparatoso por los gritos de dolor de ella y la sangre que expulsaba tras la primera penetración, que la chica se asustó y lo dejó.

El joven se sorprendió cuando la sirena agarró su miembro con decisión y lo masajeó dulcemente.

-¿Me estás dando permiso? -quiso saber Carlos- La criatura asintió. El chico no sabía como ella sabía de aquello, pero no le dio más importancia y añadió-: ¿Sabes que te será doloroso?

La muchacha hizo un mohín entre entenderlo y no a la vez, así como querer sentirlo y Carlos tomó una decisión; no iba a perder la oportunidad de hacer el amor con una criatura tan hermosa como aquella sirena. La besó en los labios y, mientras jugaba con la lengua de ella, le fue introduciendo el pene dentro de la vagina. La muchacha gimió y Carlos paró.

-¿Quieres que pare? -le preguntó.

Ella dijo que no, moviendo la cabeza.

Al ver la decisión en sus ojos, Carlos tomó de nuevo el control y volvió a penetrarla despacio. Ella gimió otra vez, pero puso sus manos sobre la espalda de él haciendo presión para que no parase. Carlos entendió y siguió ejerciendo más presión logrando que, con un pequeño que se sintió más que se escuchó en los oídos, entró por completo en la criatura logrando que arqueara la espalda. Carlos mantuvo la penetración unos segundos y sacó el pene lleno de sangre y algo más viscoso. No tenía donde limpiarse, ni como limpiarla a ella.

La sirena demandó que volviese a entrar y, sin preámbulos, Carlos le hizo caso y entró con más fuerza que antes. La sirena lloraba apoyando su cabeza en el hombro derecho del joven. Este, poco a poco, fue moviendo la pelvis sintiendo como el orificio se ajustaba a la perfección alrededor del miembro, además de lo bien lubricado que estaba. El placer era inmenso para él, pero mezclado con dolor para ella.

-Oh, joder- susurró el muchacho disfrutando del sexo.

Iba poco a poco, sin prisas, para que la sirena (si es que se podía llamar sirena a alguien que ya cuenta con piernas) se acostumbrase al vaivén del chico. Llegó un momento en que los gemidos de la chica se acomodaron a los de Carlos de forma unísona, cada vez más cómoda con las penetraciones del muchacho, disfrutando del sexo como lo hacía él.

-Te está empezando a gustar, eh -afirmó Carlos con una pícara sonrisa y sin dejar de moverse.

Ella asintió mordiéndose el labio y gimiendo gustosamente.

Cada vez apremiaba más rápido y ambos gemían mientras sus cuerpos se movían al mismo compás, tanto Carlos como la sirena, se entendían físicamente y gozaban del sexo caliente que estaban manteniendo. Las pelvis chocaban y, cada vez, sonaban más fuerte con cada bandazo. Carlos dejó atrás los remilgos y, acariciándole el clítoris con una de sus manos, irguió la espalda y movía su cintura adelante y atrás sin llegar a sacar del todo su miembro de la vagina. La sirena, mientras se manoseaba los pechos, gemía con cada embestida del muchacho, ahora sí, disfrutando tanto del dolor que aún le causaba la penetración como del sexo.

Carlos volvió a echarse sobre ella y besarla sin parar de follársela, pensó mientras tanto. Entonces notó una enorme contracción en el orificio haciendo que las paredes vaginales se pegasen más a la polla y cómo se fue llenando de la corrida de la criatura. Sin parar, mas aquello lograba darle aún más placer, el chico siguió más aprisa viendo cómo la sirena se contorsionaba sobre el suelo tras el disfrute de haber llegado al clímax teniendo al joven aún dentro suyo.

Para goce de Carlos, la sirena, en un par de minutos, regresó a eyacular de nuevo, y fue con las nuevas contracciones a su polla que, el chico no pudo más y, sin salir de ella, también eyaculó con grandes gemidos ahogados por el cuello de ella. Cuándo ya no pudo más, se estiró a su lado para descansar y, sin poder evitarlo tras el cansancio, a Carlos se le fue nublando la vista y se le cerraban los ojos. Aun así, notaba el cuerpo de la sirena pegado al suyo, la cabeza en el pecho, y un brazo lo abrazaba fuertemente, pensó Carlos.

Y es que notaba como, a lo lejos, una voz decía algo pero no sabía el qué.

-Carlos… ¡Carlos!

El muchacho sintió su nombre y como unas manos le daban suaves cachetadas en el rostro. Algo tenía en la garganta que clamaba por salir, así que lo escupió; alguien lo puso de lado para que el agua cayera en la arena y, cuando vislumbró la cantidad de personas que había a su alrededor, se asustó y comenzó a ponerse en pie y buscar a su sirena. Pero unas manos firmes lo amarraron y no pudo levantarse.

-Mi sirena -susurró aun echando las últimas bocanadas de agua.

-¿Qué? -se extrañó Aitor.

-¿Dónde está mi sirena? Estaba con ella en la cueva.

-Carlos…, no hay ninguna sirena -afirmó Damasco-. Te has dado un golpe en la cabeza cuando ibas nadando y, por suerte, las personas que iban en el bote, te sacaron a tiempo y te trajeron a tierra.

Carlos miró a su alrededor. Muchos de los presentes ya se estaban marchando pero, por el contrario, Berta y Mara, y un par de personas más, dos hombres curtidos por el mar, estaban allí con rostros de preocupación.

-Pero…

-Anda, levanta y vámonos poco a poco, Carlos -sentenció Damasco.

Aitor lo ayudó a poner a su amigo en pie, se pasaron ambos brazos por sus espaldas y lo llevaron con parsimonia. Se despidieron de las chicas y agradecieron, a los hombres, que hubieran salvado a Carlos

Cuando estuvieron sentados en un banco mirando al océano, Carlos no hacía más que preguntarse qué había pasado. ¿Había sido todo un sueño, o, realmente había hecho el amor con una sirena de verdad? Se levantaron, Carlos desechó la ayuda de sus amigos porque ya podía ir solo y, con un último vistazo más allá del mar azul, comprobó como algo saltaba por la superficie hasta perderse en las profundidades y le llegó un sonido gutural a sus oídos, haciéndole entender que todo, absolutamente todo, era posible.

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