El baño de la universidad siempre olía a lavandina vieja y desodorante barato. Ese día yo estaba orinando, con el cuerpo tenso por el examen, pensando en cualquier cosa menos en rendir.
Pensaba en mi compañera Claudia, por ejemplo. En su risa nerviosa. Estábamos por rendir una de las últimas materias de la carrera. Pensaba en sus hijos. En su marido con el que había charlado un ratito antes y había ido a apoyar a su amada. En su vida tan ordenada.
Escuché el golpe seco de la puerta del cubículo y no tuve tiempo de reaccionar. Cuando levanté la vista, estaba él.
Alonso, marido de Claudia.
No debería haber estado ahí. No con su esposa afuera. No conmigo con el pantalón bajo y la respiración apurada.
Me miró desafiándome, como si yo no estuviera en una posición ridícula, vulnerable. Como si eso fuera exactamente lo que quería.
—¿Qué hacés? —susurré.
Se metió igual. Cerró. El sonido del pasador fue un disparo.
Me apoyó contra la pared con el cuerpo. Olía a perfume, a hombre. La barba me rozó el cuello y sentí esa electricidad que siempre me atraviesa cuando sé que algo está mal y lo quiero igual.
—Ali… —me dijo bajito, como si decir mi nombre fuera un permiso.
—No —le dije—. Acá no.
Era un no real. Me temblaban las piernas. No lo quería ahí. No con su mujer afuera. No así.
Pero cuando me tocó, cuando me besó con hambre contenida, el cuerpo no me respondió como yo esperaba. Me mojé toda, se me aflojaron las rodillas.
—Acá no —repetí, agarrándolo del brazo.
Me miró fijo. No con culpa. Con deseo. Con una paciencia peligrosa.
—Pasame tu número —me dijo.
Me acomodé la ropa con manos torpes. Pensé en Claudia. En los chicos que estaban afuera también. Le pasé el número.
Cuando salió del baño, me quedé unos segundos apoyada contra la pared, respirando como si hubiera corrido.
Me escribió a los pocos días.
Yo estaba bajoneada. Peleada con alguien que creí amigo (otro tema). El mensaje de Alonso apareció como una mano firme en medio del agua.
—¿Cómo estás? —leí.
Eso fue todo. Nada obsceno. Nada apurado.
A los días nos vimos para tomar unas cervezas. Él me buscó de casa. Pagó todo. Me escuchó hablar de cosas sin importancia. Me miraba como si lo que yo decía importara.
Después fuimos al telo.
Nada romántico. Si funcional. Limpio. Preciso. Perfecto para no dejar rastros.
Me besó como si me conociera de antes. Me tocó con seguridad, sin ansiedad, como un hombre que sabe exactamente qué hacer con un cuerpo. El suyo encima del mío era un peso delicioso.
—Sos una chica buena —me dijo en el oído mientras me hacía acabar—. Te pasaron cosas malas, nada más.
Esa frase me desarmó más que cualquier dedo. Me prendía fuego.
Cogimos sin fantasías de futuro. Yo sabía lo que era. Él también. Cuando terminó, me abrazó. Me mimó. Me cuidó.
Después me llevó a casa. Así empezó todo.
Nunca habló mal de su familia, al contrario. Hablaba hermoso de Claudia. De los chicos. De lo orgulloso que estaba. Eso debería haberme frenado, pero no.
Me gustaba que me deseara sabiendo que tenía todo. Me gustaba ser la que lo hacía gemir cuando su vida era perfecta. Me gustaba tener a mis pies a un hombre sólido. Aunque no fuera mío. Aunque nunca lo fuera.
Yo sabía que no me amaba. No era eso. Era deseo. Era calentura. Era escape. Y yo estaba resignada a eso. A existir mientras duraba el polvo.
Después, nada.
Pero en ese nada, él me decía cosas. Me decía que yo era digna de amar. Que era más que un cuerpo bonito.
Yo le creía. Necesitaba creerle.
Vivía con miedo. No a que me dejara. A que Claudia se enterara. Sabía que ese día iba a ser el final. Y no estaba lista.
Durante cuatro meses nos robamos horas y gemidos. Llegó a pasar hasta una vez por semana. Hasta que sucedió lo que temía. Un mes antes de recibirnos.
El baño del instituto. Otra vez. Siempre los baños.
Yo estaba con el pantalón bajo cuando la puerta se abrió de golpe. Claudia entró al cubículo como un espejo deformado de la escena que había empezado todo.
—¿Te resulta familiar esto, no? —me dijo al oído —. Con mi marido.
Me quedé muda. El cuerpo se me llenó de vergüenza. Humillación pura.
—Ya lo sé todo —dijo y salió.
Me quedé ahí, sentada, con los ojos ardiendo, pensando una sola cosa: soy una pendeja puta. Me lo merezco.
Esa noche llegué a casa y lloré como si se hubiera muerto alguien. No dormí. El final había llegado.
Le escribí a Alonso. Me respondió rápido. Demasiado rápido.
—Lo sabe todo. Vamos viendo— me dijo.
Quise creerle. No porque pensara que iba a elegirme. Nunca fui tan estúpida. Quise creerle porque necesitaba alguien que me sostuviera antes de caer.
Ese mes fue una lenta humillación.
Le escribía de más. Mensajes largos, torpes, llenos de cosas solo para sentir que seguía ahí.
Cuando no contestaba, miraba el celular como una enferma. Cada vibración era un latigazo. Cada silencio, una confirmación.
De noche me tocaba pensando en él y después lloraba. Me daba asco y placer al mismo tiempo. Me decía lo que Claudia me había dicho sin decirlo: sos una pendeja puta.
El día del examen me puse un saco gris, un top negro de encaje, una calza engomada. Me miré al espejo antes de salir y pensé que parecía una mujer segura.
Finalmente aprobé, me recibí. Casi todo el grupo lo hizo. La felicidad duró segundos. Después lo vi.
Alonso abrazando a Claudia. Ella sonreía feliz. Él tenía esa expresión tranquila que solo tienen los hombres que saben dónde pertenecen.
Sentí admiración. Nada de odio. Yo nunca quise ese lugar, pero verlo ocupado dolía igual.
Mis compañeros se juntaron en un bar para festejar y fui un ente más. Festejamos, brindé, fumé, tomé cerveza. Todo lo que había esperado durante años. Y aun así, estaba vacía.
A las doce y diez sonó el celular. No lo esperaba. Por eso dolió y entusiasmó al mismo tiempo.
—Te espero afuera —decía.
No dudé. Saludé a todos y salí, bajé la mirada cuando crucé a Claudia. Subí al auto sin dudarlo.
Me felicitó y me besó apenas cerré la puerta. No fue tierno, fue desesperado. Boca contra boca como si el tiempo estuviera finalizando.
Después hablamos como siempre. Como si nada se hubiera roto. Esa fue la parte más cruel.
—¿A dónde querés ir? —me preguntó.
Le dije que había desaparecido. Que me había dejado sola.
—Calmé las aguas. Igual, es esta vez y ya —me dijo casi lamentándose.
No le pedí nada. Le dije que siempre iba a estar para lo que necesite. Él agradeció con una tristeza que no intentó esconder.
Fuimos al mismo telo de la primera vez.
Le pregunté por Claudia. Me dio culpa, de verdad.
—Está festejando con sus amigas —me dijo—. Sabe con quién estoy.
Eso me atravesó. Me sentí usada, autorizada, deseada. Todo junto.
Entré a la habitación antes que él y fui directo al baño. Cerré la puerta y me apoyé en la bacha. Las lágrimas me habían ganado apenas bajé del auto. Me limpié rápido, con cuidado de no arruinar el maquillaje.
Respiré hondo, me miré al espejo. Cuando volví, él ya estaba sentado en la cama.
El suéter azul le quedaba hermoso. Tenía los antebrazos apoyados en las piernas, mirándome como si hubiera estado esperando eso todo el mes.
Me acerqué sin decir nada. Me senté a su lado. Su brazo pasó por mi cintura como si siempre hubiera estado ahí. No pensé más. Nos besamos.
Ese beso que se había hecho desear demasiado tiempo al fin había llegado.
Al principio fue lento, sin apuro, como probándome de nuevo. Después empezó a pesar. A hundirse. A sonar. Sentí su respiración cambiar antes que la mía.
Bajó por mi oreja, rozó el aro con los labios, siguió por el cuello, la clavícula. Yo cerré los ojos. Jadeé.. Me quitó el saco gris con paciencia, como si estuviera desempaquetando algo frágil. El encaje quedó expuesto. Vulnerable. Y yo también.
Me hizo acostar boca abajo. Obedecí sin pensar.
Sus manos empezaron en la nuca, firme, lentas. Bajaron por los hombros, la espalda, la cintura. No era el apuro de otras veces. Era otra cosa. Era control. Me hablaba bajito, con esa voz calma que me desesperaba más que cualquier urgencia.
—Relajate —me dijo. Todo va a estar bien. Esta noche es nuestra.
Sabía que mentía. Y aun así, el cuerpo le creyó.
Ahí estaba mi lugar seguro, aunque no lo fuera. Ahí quería quedarme. Ahí quería perderme.
Me giró con una suavidad que me engañó, y sentí cómo sus dedos enganchaban la cintura de mi calza. La bajó despacio, casi con reverencia, y se detuvo al ver la tanga roja, que parecía una bandera rendida.
Me mordió el culo, justo donde la pierna se une al glúteo, y después por encima de la tela que cubría mi concha. Cada mordisquito era una pequeña descarga, una promesa.
—Qué rico —susurró, y el calor de su aliento fue casi tanto como el placer.
Con los dientes me la tiró hacia abajo, y cuando por fin me sentí desnuda y abierta, su lengua me encontró. Lamió todo, mis labios, mi clítoris hinchado, y la barba, esa barba de hombre seguro, me raspaba la piel hasta volverme loca.
Metió la lengua un poco, apenas para saber cómo estaba adentro, y yo gemí, conteniéndome para no gritar.
No me dejó terminar. Se levantó un segundo y escuché el ruido rápido de la hebilla de mis borcegos, el tirón de las medias. Desnudó el resto de mi cuerpo con una urgencia que me excitó, esa necesidad de tenerme ya, de quitarme todo lo que me cubría.
Cuando volví a sentir su boca, ya no había nada en el medio. Esta vez fue con más ganas, con más hambre. Se aferró a mi concha como si fuera su última comida, lamiendo y chupando mi clítoris con una insistencia que me subía por los pies.
Me entró un dedo, lento al principio, y después otro, moviéndolos mientras su lengua seguía su trabajo afuera. El ritmo era perfecto, una presión constante que me iba llevando al borde sin dejarme caer.
—Así, no pares —le pedí, y él obedeció, como si supiera exactamente lo que mi cuerpo necesitaba.
Sentía cómo crecía la ola, cómo se me apretaba todo adentro, cómo mis piernas empezaban a temblar sin control. Él lo sintió, porque apretó más, metió los dedos más hondo y me lamió el clítoris a golpes, rápido, perfecto.
Y entonces exploté. Un grito ahogado, un espasmo que me recorrió entera, un placer tan intenso que me dolió. Me mantuvo ahí, lamiéndome mientras el temblor se me pasaba.
Cuando por fin pude respirar, me di cuenta de que nunca había gritado así, ni las veces anteriores con él. Eso lo hizo especial.
Pero ahí, en esa habitación, me sentí libre. Libre de gemir, de hacer escena, de dejar que todo mi cuerpo se quebrara en ruidos.
Se paró frente a mí, y yo me senté al borde de la cama, con el cuerpo aún temblando. Lo ví quitarse los zapatos, con una calma que me hacía sentir intrigada.
Mis manos temblaron, pero no de miedo, de deseo. Le bajé el pantalón, el bóxer, y su pija salió libre, dura. Me agaché y se la chupé despacio.
Pasé la lengua por todo el tronco, por la base peluda, por sus huevos, por el glande liso y salado. Era un ritual, una forma de decirle gracias por el orgasmo que me había dado.
Después de tanto juego, me la metí entera de golpe, hasta sentirla en el fondo de mi garganta. Empecé a mamar, a subir y bajar con la cabeza, dejando que sonara, sin vergüenza.
Él agarró mi cabeza para seguir mi ritmo, para estar conmigo en el barro. Me atragantaba, sentía cómo se me llenaba la boca de saliva, cómo me goteaba por la comisura de los labios, sentí salir un poco por la nariz. Era asqueroso, baboso, primitivo. Y me gustaba.
Cada vez que me ahogaba un poco, él gemía, y ese sonido era mejor que cualquier palabra. Seguí así, con lágrimas en los ojos por el esfuerzo, hasta que el top se empapó con la saliva que chorreaba de mi boca.
Él lo vio. Me miró con esos ojos que me desarmaban y, sin decir nada, me quitó el top. Lo tiró para un costado como si fuera un trapo sucio, y la sensación de estar con las tetas al aire, con el olor a sexo en el aire, me puso aún más caliente.
Me agarró de los hombros y me tiró otra vez sobre la cama, esta vez boca arriba. Se quedó arriba mío, mirándome, con su pija dura apoyada en mi panza.
—Sos un animal —me dijo, era el mejor cumplido que me habían dado en toda mi vida. Me sentí vista, deseada en toda mi suciedad.
Agarró mis tobillos y me levantó las piernas despacio, hasta apoyármelas sobre sus hombros. Me sentí como una muñeca, y la idea me encendió.
Se inclinó hacia mí, apoyando las manos en el colchón a ambos lados de mi cabeza, y me la metió de un solo tirón. El ángulo era distinto, más profundo, casi doloroso. Me abrió de una forma nueva, y yo grité. Grité como nunca, sin importar si me oían en la habitación de al lado.
Él empezó a moverse, un ritmo de ida y vuelta que me sacudía los huesos.
—Qué rica, así… dale —me susurraba con la voz rota por el esfuerzo, y sus palabras me empujaban aún más al borde.
Sus ojos no se salían de los míos, era una mirada fija, de hombre que está conquistando, que está tomando lo que es suyo. Yo gemía como una puta desatada, sintiendo cada golpe de sus pelotas contra mi culo.
Estaba perdiendo la noción de todo, de dónde estaba, de quién era. Solo existía ese movimiento, ese hombre dentro mío, ese placer que me subía por la columna como un incendio.
Pero el cuerpo tiene sus límites, y el mío empezó a protestar. El estiramiento en mis piernas se convirtió en un tirón agudo, en un ardor que ya no era puro goce.
—Pará, pará, me duelen las piernas —logré decir entre gemido y gemido.
Él se detuvo en seco y me soltó los tobillos con la misma delicadeza con la que los había tomado. Me bajó las piernas, las masajeó un segundo con sus manos grandes, y yo sentí una gratitud tonta, patética.
Se recostó sobre mí, apoyando su peso en los antebrazos, y me volvió a penetrar. Sentía su pecho contra el mío, sus labios rozándome la frente, su aliento en mi oreja.
El ritmo fue más lento, más profundo, menos animal y más íntimo. Me besaba mientras me cogía, besos húmedos y sin forma, y yo lo abrazaba fuerte, clavándole las uñas en la espalda.
De pronto sentí cómo se ponía endureció. Se irguió sobre mí con una mezcla de dolor y excitación. “Me duele”, siseó, y antes de que pudiera responder, su mano me tomó la garganta.
No fue para cortarme el aire, fue para afirmarse. Me empezó a embestir de nuevo, pero esta vez no había ternura, era una furia seca, un castigo. Cada embestida era un golpe seco que movía entera la cama.
Pero el placer se mezcló con pánico. Me faltaba el aire, sentía cómo se me nublaba la vista.
—Pará, pará, no puedo —le dije, golpeándole el brazo con lo poco que podía moverme.
Él no hizo caso, me llevó al límite. Justo cuando no aguanté más, soltó mi cuello y se tiró a mi lado, jadeando como si hubiera corrido una maratón.
Yo me quedé un segundo boca arriba, tomando aire con desesperación, con el cuello ardiendo y la vagina latiendo. Era una adrenalina tan fuerte que me temblaba todo el cuerpo.
Me sentía viva, usada. Y necesitaba más.
Me levanté con una agilidad que no sabía que tenía y me puse de rodillas sobre el colchón. Me incliné hacia adelante, apoyando los antebrazos en las sábanas, dejando el culo en el aire, ofrecido.
No miré para atrás, no hice falta. Su respiración corta me dijo que ya me estaba mirando, que entendió lo que quería.
Sentí el peso de sus rodillas en la cama detrás mío. Me agarró las caderas con fuerza, como si quisiera marcar su territorio, y me la metió de nuevo. Esta vez el golpe fue más profundo, más brutal.
Desde atrás me sentía más abierta, más expuesta, más suya. Cada embestida me hacía gritar más. Él no decía nada, solo jadeaba, se movía con una fuerza animal que me destrozaba y me reconstruía a la vez.
Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás y el arco de mi espalda fue casi perfecto.
—Mirame —ordenó, y lo hice, de reojo, con los ojos llenos de lágrimas de placer.
Ví su cara, contorsionada por el deseo, y supe que esa noche nos estábamos destruyendo mutuamente.
Empezó a nalguearme. Primero lento, una caricia más, un golpe seco que me dejaba la piel caliente.
Después se fue poniendo más fuerte, más violento. Cada vez que su mano me golpeaba, un grito se me escapaba.
Era un dolor que se convertía en placer, un fuego que me quemaba las nalgas y me subía directo a la concha.
Este hombre era un terremoto, una fuerza de la naturaleza, y yo era la única que se atrevía a hacerle frente.
No podía parar de llorar, no de tristeza, sino de pura sobrecarga. Las lágrimas se mezclaban con el sudor y me corrían por la cara mientras él seguía destrozándome por detrás.
Tanto, que un golpe muy fuerte me hizo perder el equilibrio y me caí de rodillas sobre el colchón, jadeando, sin fuerzas.
Él también estaba agotado. Se tiró boca arriba en la cama, con el pecho subiendo y bajando, buscando aire. Había una calma después de la tormenta, un silencioso por lo que acabábamos de hacer.
Pero el deseo no se había apagado, solo había cambiado de forma. Me moví, con el cuerpo dolorido, y me arrodillé sobre su cara, apoyando mis manos en el cabecero de la cama. Le bajé la concha directamente a su boca, sin preámbulos. Él la recibió como si fuera agua en el desierto.
Empezó a lamer otra vez, pero esta vez yo tenía el control. Hacía movimientos lentos, sensuales, frotándome su boca, su barba, su nariz. Le corría la concha por toda su cara, marcándolo, y él lamía todo, chupaba todo con una hambre que me hacía temblar de nuevo.
Yo movía la cadera en círculos, adelante y atrás, usándolo, perdiéndome en el ritmo de mi propio placer. Sentía su lengua en mi clítoris, su barbilla apretándome el culo, y cerré los ojos.
Era mi turno de mandar. Era mi turno de usarlo como él me había usado a mí. Y era delicioso. Estuvimos ahí otro buen rato.
Sentí que se me hinchaba la concha, que necesitaba más que su lengua. Sin desmontarme, me deslicé un poco hacia atrás hasta sentir su pija dura y caliente al lado de mi pierna.
La agarré con la mano y la guie hasta mi entrada. Me senté sobre ella de un solo golpe, dejándome llenar por completo.
Empecé a cabalgarlo, como una vaquera que doma un animal. Lento al principio, sintiéndolo todo, cómo me abría, cómo me rozaba por dentro.
Después aceleré, un ritmo de loca, de sube y baja que me tenía a punto de volver a acabar.
Él no daba más, solo gemía y me miraba con los ojos perdidos. Me agarraba las tetas, las amasaba como si fueran plastilina, apretando los pezones hasta que dolía.
—Te voy a llenar de leche, pendeja —siseaba, y yo creí cada palabra.
Justo cuando sentía que otra ola de placer me iba a tirar para atrás, me apretó los pezones con una fuerza brutal y me tiró hacia él. Caí sobre su pecho, pegados el uno al otro, con mis tetas aplastadas contra su pecho.
Me abrazó fuerte, atrapándome, y empezó a mover la pelvis desde abajo, embistiéndome con una violencia que me sacudió toda.
Él gritaba desesperado, y yo solo podía llorar ya emocionada y responderle con gemidos.
—No me dejes, no me dejes, por favor —le suplicaba entre lágrimas, sintiendo cómo me rompía por dentro, cómo el placer y el dolor se fusionaban en una sola cosa.
Él no me dejó, al menos en ese momento. Siguió embistiendo, rompiéndome, hasta que gritó con toda su fuerza y sentí cómo su pija latía dentro mío.
Acabó todo en esa última embestida. Sentí el calor de su leche llenándome por dentro, un torrente que me quemaba y me calmaba a la vez.
Se quedó quieto, abrazándome, con la cara enterrada en mi cuello, y yo seguí llorando, sin poder parar. Eran lágrimas de culpa, de placer, del final que se acercaba.
Él me besaba suavemente en mi cuello, mi frente, mis mejillas saladas.
—Llorá, hermosa, largá todo — me susurró. Y lloré.
Había sido tremendo. Nos quedamos quietos un rato largo. Él no se movía, no me soltaba, pero ya estaba distinto. No frío. Consciente.
—La pasé muy bien, sos muy buena —me dijo al oído.
Yo asentí con la cara hundida en su cuello, llorando bajito, agradeciendo como si me estuviera dando algo que no merecía.
Se quedó dormido unos minutos. Yo fui al baño y me senté en el borde de la bañera, tratando de acomodar el cuerpo, de respirar despacio. Me dolía todo de una manera jodida.
Me miré al espejo y pensé, con una claridad incómoda, que estaba enamorada. Y que justamente por eso no tenía que volver a verlo.
Cuando volví, él ya estaba despierto. Se levantó y empezó a vestirse con una energía que me resultó casi obscena, radiante.
Me miró una última vez, sin tocarme.
—Estás buenísima —me dijo, simple, honesto, cruel sin querer.
Mientras buscaba mis cosas, lo vi escribir un mensaje. No necesitaba preguntar. Sabía que era para ella. Para cerrar. Para volver a su lugar.
Subimos al auto, puso música baja. El cielo empezaba a aclarar, no hablamos mucho.
En una esquina frenó en una panadería y bajó a comprar facturas, como si eso pudiera suavizar algo.
—Para que desayunes —me dijo cuando me las pasó.
Llegamos a casa y nos besamos. Un beso largo, húmedo, de esos que no prometen nada porque ya lo dijeron todo. Bajé del auto y lo ví irse.
Entré, cerré la puerta, y lloré un poco más. Después me acosté, me dormí cansada, vacía, pero extrañamente en paz.
Sabía que era lo mejor.
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