El voyeur

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T. Lectura: 2 min.

Ella no lo sabe… pero la estoy mirando.

Siempre me ha excitado observar. Mirar sin ser visto. Contemplar el placer ajeno, el momento exacto en el que alguien se abandona creyéndose a salvo de miradas. Soy así. Un voyeur. Y hoy, la mujer que me enciende es ella. Mi chica.

Hace calor. Un calor denso, pegajoso, que se queda atrapado en la piel y despierta deseos lentos. Sin pensarlo, se dirige al baño. Yo permanezco quieto, atento, invisible.

Antes de meterse en la ducha se detiene frente al espejo. Se mira con descaro. Sus pezones están duros, marcados bajo la tela fina. Las braguitas están húmedas; el calor las ha empujado entre los labios de su coño. Sabe que está excitada. Sonríe, convencida de que nadie la observa.

Ahora soy yo la que habla.

Me observo despacio, recreándome en cada curva. Al subirme un poco las braguitas noto cómo se mojan aún más. Un gemido suave se me escapa. Me pone cachonda gustarme, imaginarlo mirándome… quizás lo esté haciendo.

Me agarro los pechos con fuerza, los aprieto, los elevo. Juego con mis pezones hasta que me duelen de lo duros que están. Bajo las manos contoneando el cuerpo, acaricio mi culo, y me bajo las braguitas sin prisa.

Metiéndome los dedos en la rajita confirmo lo empapada que estoy. Me los llevo a la boca y saboreo mi propio flujo. No me entusiasma… pero sé que a él le excitaría verme bebérmelo mientras se frota la polla al otro lado de alguna cámara.

Entro en la ducha. Abro el grifo. El agua recorre mi cuerpo mientras me enjabono con calma, limpiándome, preparando cada centímetro de piel. Cuando termino, empieza lo que de verdad deseo.

Pego mis tetas a la pared fría del baño. El contraste me arranca un gemido. Los pezones reaccionan al instante. Me coloco de forma que, al abrir las piernas, el chorro caiga directo sobre mi coño.

—Ahhh… —susurro.

Es delicioso, pero no suficiente.

Cojo el succionador. Con una mano separo los labios de mi coñito y con la otra froto el clítoris, despacio, de arriba abajo. Muy lento. Gimo. Estoy ardiendo. Mis tetas rebotan con cada movimiento; me encanta sentirlas, grandes, pesadas, vivas.

Busco un antiguo cepillo de dientes y me lo introduzco en el coño. Mi cuerpo responde de inmediato. Cada embestida me hace gemir más fuerte. Siento cómo produzco aún más fluidos. Meto los dedos hasta el fondo y vuelvo a llevármelos a la boca, jadeante.

Me pongo a cuatro patas. El chorro de agua golpea mi culo. Tomo aire y acerco el cepillo a mi ano, introduciéndolo poco a poco, adaptándolo, imaginando la deliciosa polla de mi querubín abriéndome sin piedad.

—Así… —gimo—. Jódeme… méteme tu verga… cógeme como deseas…

Entre la succión insistente del aparato y la penetración anal, el placer se vuelve insoportable. No paro de chorrear. Mi cuerpo tiembla. Mi culito se dilata más. Y entonces llega.

Ahhh… ahhh… ahhhh…

El orgasmo me sacude entera, profundo, largo, brutal. Me corro sin control, exhausta.

Al final dejo caer el cuerpo hacia delante, temblando, satisfecha.

Y yo… lo he visto todo.

J.C.C

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