El vendedor de fruta se coge a mi mujer frente a mí

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T. Lectura: 4 min.

Mi nombre es Carlos, tengo 45 años, mi esposa se llama Julia y tiene 38 años, es morena clara y muy cachonda, tiene unas tetas de muy buen tamaño coronadas con aureolas anchas y unos pezones grandes y deliciosos, además de un culito firme y respingón.

Andábamos puebleando, el sol de la tarde caía sobre Tecozautla, un Pueblo Mágico donde el aire parecía cargado de promesas antiguas. Caminábamos por sus calles empedradas, pero mi mente estaba en otro lugar.

Durante años, le había confesado a Julia mi fantasía más oscura: verla ser poseída por otro hombre, la noche anterior cogimos muy rico y cuando estaba más caliente mientras la tenía con las piernas en mis hombros y se la dejaba ir completa le dije si le gustaría que otro la tuviera así: bien abierta con sus piernas al hombro y que la llenara de leche, empezó a gemir más fuerte ahhhh así, dame más duro… y termino llenándome de sus fluidos con un orgasmo delicioso, sin embargo, cuando le decía que si lo hacíamos realidad siempre me decía tal vez un día de estos, pero esa mañana, Julia despertó con un brillo distinto en los ojos, una humedad eléctrica que prometía que el “tal vez algún día” estaba a punto de hacerse realidad.

Despertamos un poco tarde, nos dimos un rico baño, almorzamos y salimos a caminar por esas calles empedradas, tras visitar la parroquia de Santiago Apóstol y refrescarnos con nieves artesanales de garambullo, el destino nos puso frente a una frutería local. Afuera, la milpa alta y los elotes frescos servían de escenario.

Julia: ¡mira amor están vendiendo elotes y hasta tiene su milpa, están enormes… dijo ella, con una chispa de picardía en la voz, ¡deja comprar unos y los asamos en la chimenea del hotel!

Entramos al local. El dueño era un tipo de unos 35 años, de complexión robusta y mirada audaz. Mientras atendía a otras clientas, no podía despegar los ojos del escote de Julia. Ella, lejos de incomodarse, le devolvía la mirada con una sonrisa que yo conocía bien: estaba cazando.

—¿Qué le vendo, güerita? —preguntó él, acortando la distancia física hasta que el aroma a fruta madura y testosterona se mezcló en el aire.

Julia se inclinó deliberadamente para escoger los elotes, permitiendo que el vendedor se deleitara con la curva de su espalda y el volumen de sus pechos. Vi cómo él, en un movimiento aparentemente accidental, le dio un “arrimón” firme mientras le entregaba la bolsa. Ella solo sonrió. Antes de salir, el juego escaló: él le rozó los senos al entregarle el cambio y le plantó un beso atrevido en la mejilla.

—¡Qué mano larga es usted, marchante! —rio ella, avanzo hacia mí ya de salida, volteo y pregunto.

Julia: oiga marchante a qué hora cierra el local…

Vendedor: a las 7 de la noche clienta.

Julia: entonces venimos al rato, un poquito antes de las 7 para que me riegue mi milpita…

De regreso al hotel, la tensión era insoportable. Alcé su vestido y comprobé que mi mujer estaba empapada, sus jugos ya marcaban la seda de su lencería, mi amor estas que ardes…

Julia: me encantó el vendedor —confesó, con la respiración entrecortada—. Sentí su dureza contra mí y hoy vas a ver cómo se cogen a tu mujercita.

Ya en el hotel Julia se metió a bañar, salió con la toalla enredada en su delicioso cuerpo, dejando ver gran parte de sus senos y la mitad de su rico culito, se preparó con la meticulosidad de una sacerdotisa. Se recortó el vello del pubis con cuidado, dejando sus labios genitales expuestos y sonrosados. Se perfumó cada rincón: el cuello, los senos y la entrepierna. Finalmente, se puso un vestido holgado, prescindiendo de la ropa interior. Yo la observaba con la verga super dura viendo como mi linda mujercita se preparaba con esmero para ir coger con su vendedor.

A las 6:50 pm, el vendedor nos esperaba. Al vernos, bajó la cortina metálica, sellando nuestro santuario privado.

—Siéntese, patrón, póngase cómodo mientras atiendo a su señora —me dijo con un respeto cargado de cinismo.

El juego previo fue una danza erótica entre frutas, se acercó a mi mujer y la contemplo de arriba abajo, se relamió los labios, patrona está usted buenísima…

Vendedor: ¿qué fruta o frutas le gustan más señora hermosa?

Julia recorrió un poco el local y tomo un pepino de buen tamaño, me encantan los pepinos para una buena ensalada…, luego avanzo y tomo un camote grueso de color amarillo, también me gustan mucho los camotes horneados con su lechita condensada…

Vendedor: Señora Julia creo que usted es bastante golosa…, si algo hay de eso…, ahora se acercó a anaquel con plátanos machos y tomo dos plátanos, los plátanos machos me gustan mucho así grandes, gruesos son deliciosos, se llevó uno a la boca y fingió chuparlo, relamiéndose los labios… se veía muy excitada, muy caliente, mirando fijamente al vendedor…

Julia: ¿y a ti que frutas te gustan más?… ¿Te gustan las naranjas? —preguntó ella, desabrochando su vestido para liberar sus magníficos senos.

El hombre no esperó. Se lanzó sobre ellos como un hambriento, mordisqueando sus pezones endurecidos mientras Julia gemía mi nombre y el de él en una mezcla de placer y exhibicionismo. Yo, desde mi silla, comencé a masturbarme, devorando la escena con los ojos.

Julia se separó de su nuevo amante, se levantó el vestido… ¿y te gustan las papayas también? Él se quedó embobado viendo que Julia no traía nada abajo, contemplando ese montecito que lucía húmedo, su néctar ya bajaba por sus piernas, estaba muy caliente…

La mesa de madera del local se convirtió en el lecho de batalla. Julia se recostó, abriendo sus piernas de par en par, mostrando su “papaya” húmeda y dilatada. El vendedor la devoró con la lengua, recorriendo desde su ano hasta el clítoris, Julia gemía y se retorcía… “así papaíto, ahhhh, ahhh, así… rico…” provocándole un orgasmo violento que salpicó su rostro de fluidos femeninos.

—Quiero que me la metas sin condón —suplicó Julia, mirándome en busca de aprobación—. Quiero sentirlo al natural, tiene una vergota y la quiero hasta adentro.

Asentí, poseído por el morbo. El hombre liberó una verga imponente, venosa y vibrante. De un solo empujón la penetro por completo. El grito de Julia llenó el local. Era la imagen que tanto había soñado: mi esposa siendo bombeada con salvajismo por un extraño, mientras ella me gritaba: “¡Mira cómo se cogen a tu putita!” Julia con los ojos entrecerrados de placer era bombeada por esa vergota, gemía, gritaba… “más… así papito, más… mi amor mira que rico me están cogiendo… así… rico… eso querías mi amor… Ver cómo se cogen bien fuerte a la putita de tu mujercita… así, más…, dame más… así…” y volvió a venirse en la verga de su amante.

Vendedor: patrón que rica y caliente esta su mujercita, y aprieta riquísimo… se la voy a entregar bien cogida y enlechada…

La posición cambió. Ella se puso en cuatro, “de perrita”, ofreciendo su culito y su sexo abierto al castigo de ese tolete de carne. El sonido de los cuerpos chocando era rítmico, húmedo y animal. Finalmente, ella montó al vendedor, cabalgándolo con un frenesí que amenazaba con romperlos a ambos.

—¡Échamelos adentro! ¡Quiero tu leche! —exclamó Julia.

El vendedor estalló dentro de ella en espasmos profundos. Al mismo tiempo, yo alcancé mi propio clímax, cubriendo mi mano de semen mientras veía a mi mujer ser llenada por la semilla de otro.

Ella quedo un rato sobre el pecho de él, se dieron unos besotes, luego ella bajo y le limpio con la boca su verga, todos los residuos de semen de su amante, hasta dejársela bien limpia.

Julia se vistió y su amante también, con una sonrisa de oreja a oreja, satisfecha, caliente, feliz, se acercó a mí me dio un beso.

Julia: ¿te gusto amor? ¿Te gusto ver cómo se cogían a tu mujercita? ¿Te gusta ver cómo me cogen?

El camino de regreso al hotel fue un silencio cargado de electricidad. Julia caminaba con un contoneo diferente, más pesado, casi perezoso, sintiendo el rastro de la semilla del vendedor escurriendo por sus muslos bajo el vestido holgado. Yo la observaba desde atrás, devorando la imagen de mi mujer “marcada” por otro hombre, sintiendo un orgullo retorcido y excitante.

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