Pasión sobre la nieve (4): El pacto y el baile de escarcha

0
8987
T. Lectura: 10 min.

El viernes por la tarde, la casa de los abuelos parecía respirar con un nerviosismo distinto. Las puertas se abrían y cerraban, las voces se cruzaban desde la cocina hasta el pasillo, y el aire estaba cargado con el sabor de las despedidas anticipadas. Julián iba y venía entre la casa y el auto, acomodando el equipaje con una concentración casi ritual. Revisó dos veces las maletas, colocó las hieleras con cuidado y ajustó el baúl como si ese orden fuera una forma de asegurar que todo saliera bien, como si cada objeto correctamente dispuesto reforzara la estructura del viaje.

Sofía bajó las escaleras despacio, arrastrando la maleta. Llevaba el pantalón oscuro, el suéter mostaza y las botas nuevas que todavía crujían un poco al caminar. No parecía alguien que huía; parecía alguien que, por fin, se permitía ser reconstruida en otro lugar.

Julián levantó la vista y la vio. Por un segundo se quedó quieto, como si la imagen la reconfigurara ante sus ojos.

—Te ves… lista —dijo finalmente, con una sonrisa leve.

—Eso espero —respondió ella— Porque si me quedaba un día más, iba a empezar a inventar excusas para no salir nunca.

Las despedidas fueron breves pero cargadas. Cuando Sofía subió al auto y cerró la puerta, el sonido fue casi definitivo. El motor arrancó. Apenas dejaron atrás la calle principal, ella apoyó la cabeza en el respaldo y soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—No sabes cuánto necesitaba esto —murmuró—Sentía que me estaba quedando chica dentro de esa casa.

—Por eso insistí —dijo Julián— A veces salir es lo único que te devuelve el tamaño real.

La ciudad quedó atrás. El cielo se oscureció en tonos profundos y el aire se volvió más limpio… y más frío.

—Julián… —dijo Sofía después de un rato— ¿A dónde vamos exactamente?

—Un valle pequeño, rodeado de montañas nevadas. No hay hotel, solo cabañas. Silencio. Chimenea. Nada más.

Hubo una pausa. Una de esas pausas que piden ser llenadas con algo importante.

—Sofi —dijo él, usando su nombre sin pensarlo, como si fuera la única palabra correcta—. Hay algo que quiero decirte… antes de llegar. Allá nadie nos conoce. Y creo que… creo que estaría bien no presentarnos como familia. Allá no quiero que seas «la tía», ni «la hija». Solo tú.

Sofía lo observó en silencio. No hubo incomodidad en su mirada, sino algo parecido al alivio, como si él mismo quitara los escombros de sus hombros.

—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Qué serías tú allá?

—Julián —respondió él sin dudar—. Solo Julián.

Ella sonrió despacio. El frío empezaba a colarse con más fuerza por las rendijas de la puerta y Sofía tembló.

—Ven —dijo Julián, señalando hacia atrás—. Mi chaqueta está en el asiento trasero. Ponte eso.

Ella obedeció. La chaqueta era pesada, grande, y la envolvió por completo, una armadura de tela y olor a él. El calor llegó casi de inmediato. Sofía se acomodó y el sonido constante del motor empezó a pesarle en los párpados.

—Julián… gracias por traerme.

—Duerme. Falta camino todavía —respondió él, con una voz que sonaba como un refugio en medio de la carretera.

Sofía cerró los ojos, dejándose hundir en el asiento. El olor de la chaqueta de Julián la rodeaba, una mezcla de madera y el perfume limpio que él siempre usaba, recordándole que no estaba sola en ese escape. El ronroneo del motor se convirtió en un arrullo hipnótico que fue borrando los restos de la ciudad, de Raúl y de su propia tristeza. En algún punto del camino, entre las curvas de la montaña y la oscuridad total, Sofía dejó de luchar contra el cansancio y se entregó a un sueño sin sueños, protegida por el calor de la ropa de su sobrino y el silencio del bosque.

El tiempo pareció disolverse hasta que el cambio de presión en sus oídos la trajo de vuelta.

Sofía despertó despacio. No había bocinas. Solo silencio. Abrió los ojos y notó la luz: pálida, difusa, extraña. Julián manejaba en silencio, erguido. Ella llevaba puesta su chamarra de cuero, abrochada hasta el cuello. Miró hacia la ventana y el aire se le quedó atrapado en el pecho.

Todo era blanco. Los árboles, las ramas, el suelo. Todo.

—Julián… —dijo, en un suspiro.

—Sí —respondió él, suave—Nieve.

Algo se rompió dentro de ella. No de dolor, sino de emoción pura.

—Para —dijo de pronto—. Para, por favor. Necesito bajarme.

Abrió la puerta y el aire helado entró como una bofetada viva. Se arrodilló y hundió las manos en la nieve. El frío fue inmediato, intenso. Rio. Una risa clara que le salió sin permiso.

—¡Está helada! —gritó— ¡Julián, es de verdad!

Él bajó del auto y se quedó a unos pasos, observándola tocar la nieve como si fuera un tesoro, como si validara su existencia con el tacto.

—Siempre quise esto —dijo ella— Raúl decía «el próximo año». Y mírame… estoy aquí. Gracias.

—No hice nada —respondió Julián, casi en un susurro.

—Sí —dijo ella—Me trajiste.

Sofía se puso en pie, sacudiéndose los restos de cristales blancos de las palmas de las manos. Sus ojos, antes apagados por la traición, ahora reflejaban la inmensidad del paisaje. En ese silencio absoluto, el nombre de Raúl pareció congelarse y romperse, dejando de ser una carga para convertirse en un eco lejano. Julián la miró una última vez antes de volver al volante, consciente de que ese “gracias” no era solo por el viaje, sino por haberla devuelto a la vida.

El tramo final del camino fue breve, una línea de asfalto negro rodeada de muros de nieve

Finalmente el auto se detuvo frente a una casona de madera oscura y piedra. Al entrar, el olor a madera y café caliente los envolvió. Se acercaron a la recepción, donde una mujer amable les sonrió.

—Bienvenidos. ¿Nombre de la reserva?

Julián lo dio. La mujer levantó la vista con curiosidad.

—Ah, perfecto. ¿Son pareja o recién casados?

La pregunta cayó como una piedra. Sofía sintió cómo se le tensaban los hombros, una reacción instintiva de defensa.

—Eh… no —respondió Julián—. Venimos juntos, pero…

—Amigos —dijo Sofía al mismo tiempo, completando la frase.

La recepcionista asintió, aunque su mirada era divertida, como si viera más allá de sus palabras. Les entregó la llave de madera.

—Cabaña 7. Está un poco apartada, más privada. La chimenea ya está encendida.

Caminaron por un sendero iluminado hasta la cabaña. Julián abrió la puerta y el calor los recibió. La cabaña era acogedora: madera clara, y el fuego crepitando. Pero entonces Sofía lo vio al fondo. Un solo dormitorio. Una cama grande, perfectamente tendida, ocupando el centro del espacio.

Sofía se detuvo en seco.

—Julián…

Él siguió su mirada. Tardó apenas un segundo en entender el problema, la estructura imprevista del refugio.

—Ah… —murmuró—. Bueno. No pasa nada. Yo me acomodo en el piso. O vemos cómo nos arreglamos.

Sofía no respondió. Se acercó a la chimenea. El fuego crepitaba con un ritmo bajo y constante, bañando la cabaña de una luz anaranjada. Por un momento, se le olvidó todo lo demás. La pregunta incómoda. La cama única. El sonido de la leña quemándose lo ocupó todo, un lenguaje primario que la calmaba.

Se quedaron así unos minutos, dejando que el calor les quitara el entumecimiento del viaje y que la tensión por la habitación compartida se asentara sin palabras. Sin embargo, el hambre y la curiosidad por el refugio terminaron por romper el trance. Sabían que, si se quedaban allí encerrados demasiado pronto, el aire se volvería demasiado denso para manejarlo. Necesitaban el ruido de otros, la distracción de las luces y el movimiento para recordarse a sí mismos por qué habían venido.

Después de dejar las maletas, decidieron volver al Lodge principal. El aire gélido del exterior contrastaba con el calor que todavía conservaban en el pecho. La recepcionista, al verlos entrar de nuevo, les hizo una seña con la mano, como si ya los estuviera esperando.

—Llegan justo a tiempo —dijo la mujer, señalando hacia el salón lateral donde varias copas de cristal brillaban bajo la luz tenue—. La cata de vinos de altura está por comenzar. Es la mejor forma de calentar el cuerpo antes de la cena. Y para mañana, si se animan, tenemos la excursión a la laguna congelada. Sale a las diez de la mañana; es un paisaje que no se olvidan más.

Sofía miró a Julián. Él asintió con una sonrisa tranquila.

—Vamos —dijo él—. Un poco de vino no nos vendría mal.

La cata fue un desfile de tintos intensos y maderas. Sofía, que apenas había comido, sintió cómo el alcohol empezaba a relajarle los músculos del cuello y a soltarle la risa. Julián la observaba de reojo, notando cómo el brillo felino regresaba a sus ojos. Cada vez que sus copas brindaban, el «clinc» del cristal parecía una pequeña campana marcando el inicio de algo nuevo.

Cuando regresaron a la cabaña, el mundo exterior había desaparecido bajo una negrura absoluta. Solo quedaban ellos, el crujido de la nieve bajo sus pies y la promesa del fuego.

Al entrar, Julián avivó la chimenea hasta que las llamas bailaron con fuerza. El calor se volvió denso, casi palpable. Sofía se quitó la chamarra y se quedó en el suéter mostaza, que ahora le parecía demasiado pesado. El vino seguía recorriendo su sangre como un río tibio.

—Mañana la laguna… —murmuró ella, sentándose en la alfombra frente al fuego—. ¿Crees que aguante el hielo?

—El hielo aguanta más de lo que parece, Sofi —respondió Julián, sentándose a su lado, lo suficientemente cerca como para que sus hombros se rozaran.

De repente, un impulso travieso cruzó la mente de Sofía. El alcohol le había quitado el filtro de la timidez.

—¿Sabes qué falta aquí? —dijo ella, levantándose de golpe—. Música. No podemos estar en una cabaña tan linda en silencio.

Buscó en su teléfono y una melodía lenta, de ritmos bajos y profundos, empezó a llenar el espacio. Sofía empezó a moverse. No era un baile de fiesta; era un movimiento fluido, ondulante. El fuego proyectaba su silueta contra las paredes de madera, haciendo que su sombra pareciera la de una giganta sensual.

Julián se quedó petrificado. La vio moverse, cerrar los ojos y dejarse llevar. El suéter se le resbaló un poco por el hombro, revelando la piel pálida. Ella bailaba para ella, pero sabía que él la miraba. Se movía con una libertad que Julián nunca le había visto en la ciudad. Era magnética.

—Ven —le pidió ella, extendiendo una mano sin dejar de ondular las caderas—. No me dejes bailando sola.

—No sé bailar eso, Sofi —mintió él, con la voz un poco más ronca.

—No hay que saber. Solo hay que sentir el calor.

Julián se levantó. Cuando la tomó por la cintura, sintió una descarga eléctrica que le recorrió los dedos. Sofía apoyó las manos en sus hombros y se pegó a él. El contraste era total: el perfume de ella, dulce y floral, mezclado con el olor a leña y vino. Al bailar, Julián pudo sentir cada curva de su tía, la firmeza de sus piernas y la suavidad de su respiración contra su cuello. Ella ya no era un familiar; era una mujer entregada al momento.

El baile se fue volviendo más lento, más pesado, hasta que ya no eran pasos, sino un balanceo íntimo. Las manos de Julián bajaron hacia la base de su espalda, sosteniéndola con una urgencia que ella respondió apretándose más. Finalmente, el cansancio y el alcohol ganaron la batalla. Se dejaron caer en el sofá frente a la chimenea, todavía entrelazados. Julián la rodeó con sus brazos, protegiéndola del frío que empezaba a arreciar afuera. Sofía apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón, un tambor que le decía que estaba a salvo.

No hubo necesidad de subir al dormitorio. Allí, frente al fuego que se consumía lentamente, el «sobrino» y la «tía» se quedaron dormidos, fundidos en un abrazo que las huellas de la nieve, afuera, no podrían borrar.

El tiempo se suspendió en ese rincón de la cabaña. El mundo exterior, con sus juicios y sus nombres, quedó sepultado bajo el peso del invierno, dejando que solo el ritmo de dos respiraciones acompasadas dictara las reglas del refugio. Julián no la soltó, y Sofía, por primera vez en meses, no quiso ser soltada. Sin embargo, en la quietud de la madrugada, mientras el fuego se rendía ante las cenizas, la mente de Sofía empezó a traicionarla. El calor protector de los brazos de Julián se filtró en sus sueños, pero allí, en el territorio sin ley del subconsciente, ese calor se transformó en algo más oscuro, más antiguo y peligrosamente familiar.

Un calor húmedo y persistente entre sus piernas la sacó del sueño. Sofía abrió los ojos lentamente, confundida. El fuego de la chimenea estaba casi extinto, y las primeras luces grises de la mañana se filtraban por la ventana. Estaba en el sofá, cubierta con una manta, y el peso del brazo de Julián sobre su cintura era cálido y real. Pero la humedad no era de él. Era suya.

Un recuerdo vívido y carnal la golpeó con la fuerza de un puñetazo. No estaba en el sofá. Estaba en la cocina del antiguo apartamento de Raúl, la noche de su primer aniversario. El olor a vino tinto y a tabaco de su cigarrillo llenaba el aire. Él la había subido a la encimera fría, sus manos desgarrándole la ropa interior con una impaciencia que la había excitado hasta el dolor. En el sueño, ella se recostó sobre el mármol, las piernas abiertas, invitándolo.

Entonces, el recuerdo se volvió infame. Raúl se arrodilló frente a ella. No dijo nada. Simplemente la miró a los ojos mientras se inclinaba. Sofía sintió el primer contacto de su lengua, plano y húmedo, subiendo por la cara interna de su muslo. Era lento, deliberado. Un trazo de posesión. Su aliento era caliente contra su piel, y el sonido de él lamiéndola, un “shluck” húmedo y lascivo, era lo único que podía oír por encima de la lluvia que golpeaba los ventanales.

Cuando su boca finalmente llegó a su sexo, Sofía arqueó la espalda sobre el mármol frío. Raúl no la besó con suavidad. La devoró. Su lengua entró en ella, profunda, explorándola, mientras su labio superior frotaba su clítoris con cada movimiento. Sus manos sostenían sus muslos, separándolos con fuerza, impidiéndole cerrar las piernas aunque hubiera querido. Una de sus manos se deslizó hacia arriba, sus dedos encontraron uno de sus pechos y lo apretaron, el dolor mezclándose con el placer hasta que era indistinguible. Sofía recordó cómo sus caderas habían empezado a moverse solas, frotándose contra la boca de él, buscando más, buscándolo más profundo.

El orgasmo se estaba construyendo, una tensión creciente en su bajo vientre. Pero Raúl no quería que terminara así. Se apartó de golpe, dejándola vacía y temblando al borde del precipicio. La miró con una sonrisa cruel, su cara brillando por el jugo de ella. Se levantó y, con un movimiento rápido, la hizo girar. Ella quedó de espaldas a él, apoyada sobre sus antebrazos, el mármol frío contra sus pechos y estómago. Su culo estaba en el aire, completamente expuesto. Se sentía vulnerable, degradada, y más viva que nunca.

Sintió cómo él se posicionaba detrás de ella. El sonido de su cinturón desabrochándose, el de la cremallera bajando. Cada uno era un latido más en su excitación. Luego sintió el calor de su erección presionando contra su entrada, resbalándose en su humedad. Se frotó contra ella una, dos veces, cubriéndose.

—Mírame —le ordenó él, con la voz ronca.

Ella giró la cabeza lo suficiente para verlo de reojo en el reflejo oscuro de la ventana. Y entonces, penetró. No fue una entrada. Fue una invasión. Se hundió en ella hasta el fondo en una sola embestida brutal. Sofía gritó, un grito ahogado por el shock y el placer salvaje. Se sintió estirarse hasta el límite, una sensación de plenitud abrumadora que casi la hizo desmayarse. Se quedó quieto dentro de ella un segundo, permitiéndole sentirlo latir, llenándola por completo.

Luego, empezó a moverse. El ritmo no fue humano. Fue animal. Cada embestida era un golpe seco, haciendo que sus huesos chocaran contra el mármol. El sonido de sus cuerpos, “ploc, ploc, ploc”, húmedo y carnal, era el ritmo de la noche. Sus manos agarraban sus caderas con tanta fuerza que sabía que tendría moretones al día siguiente. La usaba, la poseía.

—Eres mía —gruñó él, con cada embestida— Solo mía.

Las palabras fueron el detonante que necesitaba para saltar al abismo. Pero antes de que pudiera, una de sus manos se deslizó por debajo de su vientre, sus dedos encontraron su clítoris, hinchado y pulsante, y empezó a frotarlo en círculos rápidos y duros. La doble estimulación fue la detonación.

El orgasmo la explotó por dentro. No fue una ola, fue una erupción. Un grito ronco y salvaje escapó de su garganta mientras sus piernas temblaban incontrolablemente y sus músculos internos se contraían violentamente, apretando su miembro como una mano, arrastrándolo con ella. Raúl lanzó un gemido gutural, apretó los dientes y, con dos embestidas finales y profundas, eyaculó dentro de ella, sintiendo el calor de su semen llenándola, cayendo exhausto sobre su espalda mientras ambos intentaban recuperar el aliento en el silencio posterior, bañados en sudor y satisfacción absoluta.

Sofía abrió los ojos de golpe en el sofá de la cabaña. El sueño se disipó, pero las consecuencias físicas no. Se sentía excitada, mojada. La humedad que la había despertado era el resultado tangible de esa noche de pasión soñada con su ex. Y el sentimiento que la inundó no fue placer. Fue una rabia fría y profunda seguida de una oleada de culpa. ¿Cómo podía soñar con él así? ¿Cómo podía su cuerpo traicionarla de esa manera, justo cuando estaba aquí, en este refugio con Julián, sintiéndose a salvo?

Con un movimiento brusco, se incorporó con la delicadeza que pudo, intentando no despertar a Julián. La manta cayó al suelo. Se sentía sucia. Necesitaba una ducha. Necesitaba lavar de su piel el recuerdo de Raúl, borrar el sabor de su boca, la sensación de sus manos. Se levantó con el cuerpo tenso, con el corazón martilleando en su pecho, y caminó de puntillas hacia el baño, cerrando la puerta con un chasquido silencioso.

Dentro del baño, Sofía se apoyó contra la puerta, con los ojos cerrados, luchando por no llorar. El agua caliente comenzó a llenar la pequeña habitación de vapor, pero ella sentía un frío interior que no desaparecía. Se quitó la ropa y se metió bajo el chorro de agua, tan caliente que casi quemaba. Se frotó la piel con fuerza, como si pudiera arrancar el recuerdo, la humedad, la traición de su propio cuerpo. No era solo el sueño. Era la certeza de que, mientras más se acercaba a la seguridad, más su subconsciente la arrastraba de vuelta al peligro. Mientras más calor sentía junto a Julián, más su cuerpo anhelaba el fuego destructivo de Raúl.

Se quedó bajo el agua mucho tiempo, hasta que el vapor se disipó y el agua empezó a enfriarse. Cuando salió del baño, la cabaña estaba en silencio. Julián no estaba en el sofá. La oyó moverse en la cocina, y segundos después apareció en el marco de la puerta con dos tazas de café humeante.

—Te escuché levantarte de golpe —dijo él, con la voz suave, sin acusación— Parecía que estabas huyendo de algo. ¿Estás bien?

Ella tomó la taza, el calor del café calentándole las manos frías. Asintió, incapaz de hablar.

—Pesadilla —mintió ella, finalmente.

Julián la miró fijamente, como si supiera que era mucho más que eso. Pero no preguntó. Simplemente asintió.

—Bueno. El café está caliente —dijo— Y afuera el sol ya salió. La laguna nos está esperando…

Loading

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí