No sabía cuándo se había marchado y tampoco es que me importase un pimiento; al fin y al cabo, era para pasar un buen rato y ya está. La cuestión es que, cuando me levanté y vi las sábanas manchadas donde había dormido ella (ni siquiera recordaba su nombre), me llevé las manos a mi cabeza calva con una sonrisa. También es cierto que, dentro de lo que cabe, me daba un poco de asquete pero, si la chica no puso objeciones en el rato que estuviese echada descansando…, a quién le amarga un dulce.
Me levanté completamente desnudo, eché un meo silbando alegremente y, con unos calzoncillos de abuelo, me llevé las sábanas a la lavadora recordando el magnífico polvo que eché hace unas pocas horas, y las cambié por unas limpias.
No recuerdo su nombre porque no era importante; de hecho, creo que ella tampoco sabía el mío. Pero sí recuerdo su escultural cuerpo. Era esbelta y de tez muy oscura; de largos cabellos negros que se matizaban con su piel, no sabías dónde empezaba su raíz, costaba vislumbrarlo; ojos grises que resaltaban mucho; unos labios carnosos que decoraban una boca grande y bonita; unos pechos turgentes y una vagina deliciosa.
La conocí en el pub al que iba normalmente. Era muy joven para mí que ya cuento con cuarenta y siete (muy bien llevados en el gym, eso sí), pero mientras fueran mayores de edad, su juventud me importaba una mierda. No es que le haga ascos a las de mi edad, por el contrario, son ellas que ponen un listón muy alto incluso para follar; al menos las que yo he conocido. Y como las jóvenes quieren experiencia…, me la llevé a casa sin preámbulos.
Aunque la fiesta ya comenzó en los baños donde nos sobamos las bocas y nuestras partes íntimas. Una vez en casa, no tardamos en quitarnos la ropa y follar como descosidos por todos lados: la ducha, el sofá, el suelo, la cocina y, por último, la cama. Allí la tuve a cuatro patas follándome muy bestia su ano mientras ella ensuciaba las sábanas con sus corridas. Así eran mis penetraciones, hasta follando el culo, sus vaginas se corren.
Me metí en la ducha para lavarme bien y no pude estarme de hacerme una paja recordando el polvazo de la noche anterior con la diosa de ébano.
Muchos se preguntarán si, a mí edad, no tenía ganas de tener familia. La tuve, pero Aurora murió de cáncer de mama y, desde entonces, solo quiero el calor de la carne. No, no tuvimos hijos, aunque queríamos. Además, que sí que tengo familia: mis padres, mis tíos, mis hermanos y sobrinos. Qué, por cierto, tenían que ir a visitar a uno de ellos aquella tarde para darle su regalo de cumpleaños ya que, en el día que fue, no pude asistir por trabajo. Era un muchacho regordete pero resultón. Llevaba el cabello hasta los hombros y tenía estilo al vestir. Y, justamente, acababa de cumplir los mismos años que la muchacha de anoche.
Pasé la mañana haciendo un poco de esto y un poco de aquello para tener la casa limpia y, mientras canturreaba las canciones que iban saliendo por el YouTube puesto en la tele, el cielo se oscureció y comenzó a llover; una llovizna de aquellas que, aunque parezcan que no por lo poca cosa que cae, te mojaba de pies a cabeza como fueras sin paraguas. A la hora de comer (una paella a domicilio), el cielo seguía igual de negro, aunque la lluvia ya había escampado un poco. Fregué los cacharros, me vestí con unos vaqueros y un jersey negro, cogí el regalo de mi sobrino y salí por la puerta.
Como de costumbre me costó aparcar en la zona donde vivía mi sobrino. Por cierto, creo que no os he dicho su nombre, verdad, es Marcos. ¿El mío? Rodri. ¡Dios!, la de vueltas y vueltas que di para poder aparcar; y fue gracias a ver cómo uno se iba y, sin pensármelo dos veces, me metí en el hueco. Hala, “¡aparcao!”, como diría Amador Rivas. El único problema era que había sido bastante lejos del apartamento que tenía alquilado Marcos con unos amigos y comenzaba a llover más fuerte que antes; tocaba correr. Por suerte, ya llevaba años curtido en el running. Cuando llegué al portal y toqué el interfono, su dulce voz sonó robóticamente y me abrió.
La estancia ya la conocía. Nada más entrar solo había dos caminos a derecha e izquierda. La izquierda daba a un pasillo con el cuarto de baño y las habitaciones; por el otro lado, estaba el comedor con una mesa y las sillas, y un mueble pequeño donde tenían puesta una tele con una videoconsola, el sofá y un gran ventanal que daba a un patio; además de tener también la cocina. Hacía bastante calor porque, como siempre, ponían el termostato de la calefacción a todo trapo, así que me deshice de la chaqueta y el jersey, y me quedé en manga corta; igual que Marcos y sus dos amigos, que estaban fumando en el patio, causante del calor abrasador. Marcos y yo nos dimos dos besos, lo felicité y le di el regalo.
-¡Gracias por venir, tío Rodri, eres un amor! -masculló la mar de contento.
-No hay de qué, peque, a la familia hay que cuidarla.
Y sonrió con una dulzura sin igual.
Abrió el regalo con cuidado pero rompiendo el papel y, cuando vio lo qué era, se puso aún más contento que al verme. Yo sonreí satisfecho tras verlo feliz. Eran los dos primeros tomos de un manga que le gustaba pero en versión original japonés; una rareza para que tuviera en su estantería y pudiese fardar de lo buen fan que era de esa obra. Se me echó encima como un cafre, me aplastó sobre el sofá y no cesó de besar mi rostro gritando a los cuatro vientos. Así nos vieron sus amigos que, divertidos, pasaron adentro mofándose de nosotros exclamando que nos fuéramos a un motel. ¿Estos tíos saben que somos familia?
Al final se levantó y, sin preguntarme nada, se fue a la cocina a preparar café; mientras la cafetera estaba en el fuego, Marcos sacó un surtido de bollos que comencé a degustar con pasión. Me pirraba el dulce. Nos sentamos a la mesa ya con el café en las manos y los bollos y, comenzamos a charlar de cualquier cosa como de costumbre. Marcos y yo nos llevábamos muy bien. En sí, era igual con el resto pero…, Marcos tenía algo que me llamaba la atención y eso lograba que fuésemos uña y carne. Aún recuerdo los lloros que se pegó el pobre cuando Aurora falleció.
Pasados unos minutos, comencé a sentirme extraño. Me pesaba todo de pies a cabeza, sobre todo los ojos; se me cerraban. Marcos me hablaba, intentaba seguirle la conversación pero cada vez me costaba más mantenerme despierto y, con suerte, lograba soltar un par de palabras seguidas. ¿Qué coño me estaba pasando? ¿Por qué Marcos se levantaba y venía hacia mí con el rostro lleno de preocupación? ¿Por qué no podía decir ni mu, ni casi mover los brazos? Intenté levantarme para ir al baño a mojarme la cara con agua fría, pero no pude, mi cuerpo no respondía y escuchaba como, a lo lejos, Marcos me llamaba mientras el sopor inundaba mi mente, mi cuerpo, todo ello con una visión cada vez más oscura.
Desperté totalmente echado sobre un colchón sin sábanas, atado de pies y manos al respaldo y las patas del somier. Luché por liberarme, pero todo era en vano; las cuerdas estaban muy atadas y me hacían daño en las muñecas y los tobillos.
-¡Socorro! -exclamé
-Tranquilo -me dijo una voz conocida.
Observé a mi alrededor y vi a Marcos, también desnudo, en el umbral de un pasillo que reconocí enseguida: era pequeño y estaba en el último cuarto de toda la casa, además de tener ahí otro baño más.
-¡Marcos! Oh, Marcos, hijo mío, desátame. No sé qué está pasando.
Pero mi sobrino me miró con una extraña expresión en el rostro que descifré como lujuria, pensé para mis adentros.
-¿Cómo he llegado aquí? -volví a hablar. Notaba la boca un tanto pastosa y me costaba articular las palabras; aún me pesaba- ¿Qué está pasando?
Nada.
-¡Joder, dime algo! -exclamé tras ver la pasividad del chico.
Entonces se sentó en el borde de la cama acariciando mi muslo izquierdo llevando su mano hasta casi mi ingle. Intenté zafarme pero, al estar preso, se me hizo muy difícil.
-Todo lo he ideado yo, querido tío -comenzó con una voz que no reconocía en él-. Llevo años enamorado de ti -me sonrió-. Sí, años sufriendo por tener al hombre al que amo. Pero como tú nunca me has visto ni me verás así…, bueno, de alguna forma tenía que tenerte.
Aquello me cayó como un jarro de agua fría. Todos mis sentidos se despertaron de golpe intentando deshacer los nudos de mis extremidades, sin ningún éxito y, de mis mejillas, resbalaban lágrimas. Sabía lo que iba a pasar. Y aquello era lo más asqueroso que me había pasado nunca. Y, además, perpetrado por un familiar propio. Joder, Marcos, ¿por qué?
El chico se dirigió hacia mí, se me echó encima y, capturando mi rostro entre sus manos, logró meterme la lengua en la boca en un beso húmedo y posesivo. Poco a poco fue bajando dando besitos en mi mentón, el pecho, el ombligo la ingle y, cuando tuvo mi polla flácida en sus manos, le dio un leve masaje logrando una pequeña reacción. Yo no quería aquello, pero de nada servía quejarme ni forcejear ya. Os recuerdo que estaba bien atado.
-¿Quieres saber cómo lo he hecho? -comenzó divertido- Lo planeé todo cuando me dijiste que pasarías para darme el regalo, vi vía libre y aproveché. Te drogué con un somnífero y, con ayuda de mis compis, te trajimos aquí y te atamos. Vas a ser mío, tío Rodri. Voy a darte amor.
Y, sin ningún tipo de contemplación, engulló todo el falo aún algo flácido. No sé qué hacía realmente pero, teniéndola toda dentro, con leves movimientos de su lengua y notando toda su cavidad bucal, se me puso dura del todo y me daba placer. A Marcos le gustó comprobar como salían gruñidos de placer de mi garganta. Me dio por intentar otro intento de fuga, pero resultó más de lo mismo. Por mucho que me moviese y forcejeé, las cuerdas no sé desataban y tampoco lograba quitarle mi polla de la boca al asqueroso de mi sobrino. Por el contrario, el moverme hacía más fácil su faena de darme una felación. El problema era que lo hacía de puto vicio.
Cada vez lograba que me salieran más gorgoritos de placer y aquello envalentonaba al chico a seguir adelante. Cedí; por desgracia no me quedaba otra. Si no estuviese inmovilizado…
Así que, dejándome abusar, porque eso era lo que me estaba pasando, derramé más lágrimas que no tuve más remedio que dejarlas correr por el rostro. Aquello no tenía puto sentido. Nunca habría pensado que Marcos sintiese algo así por mí, ni que sería capaz de llegar a violentar a nadie de esa forma. Con lo buen niño que era siempre, tan formal, tímido e introvertido. Y resulta que llevaba un demonio dentro. Un demonio que chupaba la polla de la forma más gustosa que me habían dado nunca. ¿Por qué? ¡¿Por qué?!
-Marcos -supliqué-, por favor.
Él me miró sin cesar su trabajo mientras sonreía malévolamente. Y puso más ahínco en la mamada.
-¡Oh, joder! -mascullé sin poder evitar sentir gusto.
Se la metía entera hasta llegar a lamer los testículos, se la sacaba poco a poco sin soltar el glande, el cual aprovechaba para darle fuertes lametones con la lengua, y volvía a engullirla toda de forma muy brusca haciendo presión con su garganta. Aquello, si fuera de otra forma, tendría que haber sido el cielo. Pero no, me lo estaban haciendo contra mí voluntad. El problema era el placer, el cual me estaba haciendo perder el hilo de la situación y me hacía gemir como nunca había hecho antes.
-Te gusta, verdad -afirmó Marcos en lugar de preguntar.
-Sí -no tuve más remedio que asentir-. Por favor, peque, por favor.
Él negó con la cabeza y volvió a la faena. Otra vez comencé a gruñir del gusto. Sí, me gustaba la mamada, pero tampoco era gilipollas. Aquel chico era mi sobrino, mi propio sobrino, y me estaba forzando a tener relaciones.
-¡Por favor! -lloré. Pero solo sirvió para que Marcos no soltase mi polla.
Con el cuello cansado de tenerlo erguido, eché mi cabeza en la almohada y dejé que las lágrimas siguiesen saliendo. ¿Qué más podía hacer? No tenía medios para defenderme de nada en absoluto, por mucho que forzase las cuerdas solo lograba hacerme daño y una inusitada rabia se apoderaba de mi ser. Si pudiera, ya habría usado la fuerza física contra aquel fondón, sin importarme la herencia de sangre, y habría salido corriendo de allí incluso desnudo, dejando mi ropa allí tirada.
Lo peor de todo vino cuando los dos amigotes de Marcos, los que lo ayudaron a transportarme y atarme, aparecieron por el umbral sonriendo mirando la escena. Por mi cuerpo iba subiendo la bilis de la rabia mucho más poderosa que antes y quería romperles el cuello a aquellos dos asquerosos. ¿Cómo era posible que fueran tan cerdos y ayudasen a mi sobrino con algo así? Incluso me pasó por la cabeza el pensar cuántas veces lo habían hecho. ¿Esa era la primera vez o alguno de aquel par también había sido ayudado por el resto para satisfacer su fantasía erótica con uno de sus familiares? ¿O incluso con cualquiera? ¿Cuántas víctimas llevarían aquellos tres a sus espaldas?
Marcos no soltaba mi polla y, por si fuera poco, la rabia que tenía me llamaba a las armas. Se me pasaban por la cabeza modos de tortura hacia mi sobrino pero, por alguna razón, sexuales. ¡Joder, estaba deseando destrozarle el culo para que supiera lo que era sufrir! Por qué, no lo sabía. Pero deseaba ahora aquello y disfrutaba a la par que renegaba de la buena mamada que me estaban dando. ¡Joder, que puto placer!
-Desátame -ordené furioso
Marcos negó con la cabeza riendo y chupando.
-Desatadme -les ordené a los otros dos. “Capullos” se me pasó por la mente.
Ellos rieron con ganas.
Cada vez estaba más y más furioso y comencé a forcejear; ya me importaba una mierda el daño de las cuerdas y que, el cuerpo que deseaba violentar sexualmente, fuese el de mi sobrino. Quería dolor, que lo sintiese de mi con la carne que deseaba. No sabía por qué deseaba aquello, pero lo quería, así que grité:
-¡¡¡Qué quiero follar, capullos de mierda!!!
Mi exclamación hizo que Marcos cesara la felación y que los otros dos dieran un respingo.
No sabían qué hacer, aquello les había llegado de sorpresa y me miraban como si yo fuese algo extraño que los paralizaba.
-Me amas y quieres que te folle, no Marquitos. Pues desátame y deja que te demuestre de qué pasta está hecho tu tío -le dije con el entrecejo fruncido. Lo asustaba, lo sé. Bien, bien -. ¡Vamos, nene, quieres sexo o no!
Y Marcos tomó la iniciativa. Mientras él me desataba los pies, los otros hacían otro tanto con mis manos tras la orden de él. Parecía como si Marcos fuese el líder. Y, viendo lo que estaba pasando, no me extrañaría nada que así fuera.
Me levanté del colchón frotándome las muñecas sin deshacer mi entrecejo rabioso y con la polla dura. Cogí a los amigotes, los cuales no recordaba ni sus nombres, y los obligué a qué se pusieran de rodillas y se turnasen para chupármela. Ellos pusieron cara de asco, pero Marcos se divertía con aquello y los obligaba a que también probasen mis huevos. Los abofeteaba con fuerza hasta dejarles el rostro colorado y me sorprendió cuando vi como lloraban. Pero no me achanté, por el contrario, los desnudé y comencé con ellos, los puse bocarriba en el filo del colchón y los penetré con furia, primero a uno y luego al otro y viceversa.
Ellos lloraban de dolor, mas era su primera vez, a pelo, sin condón y sin lubricante. A mí también me molestaba un poco, pero la rabia era más fuerte y no paré hasta ver como, de sus pollas, salía la lefa que les ensuciaba el abdomen. Mientras, Marcos se deleitaba viendo como violaba (porque no había otra palabra para definir lo que les estaba haciendo) a sus amigos.
-Yo aún no me he corrido -solté.
Marcos, ronroneando, se me acercó y acarició mi pecho demandando placer. Yo lo besé con furia, acto que le agradó, y le dejé las manos marcadas en su orondo trasero. Jugué con su orificio de forma brusca y él hacía lo mismo con mi rabo. Lo abofeteé tan fuerte que cayó de bruces contra los otros, que no podían moverse tras mi ataque, y veían como tío y sobrino se disponían a follar con ojos llorosos. Sentiría un poco de pena por ellos si no hubieran hecho aquello, pero la rabia, la ira y la furia me podían. Ni siquiera sentí pena, o tal vez asco por hacer aquello con mi propio sobrino, cuando, de la misma forma que a los otros dos, lo penetré de forma tan bestia que lo hice exclamar tan fuerte que el grito inundó todo el apartamento.
-Tío Rodri -susurró asustado, mas no se esperaba que fuera capaz de llegar a dañarlo. Te jodes, empezaste tú, niñato.
-Nada de “tío Rodri”, maldito hijo de puta -sentencié-. ¿Te duele? Pues te jodes. Además -añadí-, era lo que querías, no.
Y, sin previo aviso, comencé a mover mi pelvis como solo yo sabía hacer, aquellos movimientos que hacía que las chicas eyacularan por la vagina repetidas veces cuando les follaba el culo. Marcos gritaba y no podía resistir mis embestidas poderosas. Gritaba muy fuerte, más de dolor que de placer y veía como lo hacía sangrar. Me importaba una mierda. La cama, además, hacía mucho ruido y me hacía gracia que los dos amigotes no pudiesen moverse por tenernos a mí sobrino y a mí encima. Ambos seguían llorando y, como podían, se limpiaban la sangre que también les hice con mi polla de su ano.
Salí de Marcos, lo pillé por el cogote y lo tiré al colchón como si fuese un saco de patatas, está vez bocarriba. Volví a metérsela sin preámbulos y fui más furioso que antes. Marcos lloraba, la tenía flácida pero, aun así, llegó a correrse, aunque no muy contento. Repito, querido sobrino, te jodes. Encima que te doy lo que anhelabas. Fuerte, cada vez más fuerte. Comencé a sudar del cansancio pero para nada paré. Seguí embistiendo el culo de mi sobrino con la misma fuerza siempre. El gemía lastimeramente y con lágrimas que resbalaban por sus gorditas mejillas, yo gruñía y disfrutaba del dolor que le hacía a Marcos. ¿Acaso él no había disfrutado mamándome la polla? Pues eso.
Ahora era mi turno de ser un hijo de puta. Y, como he dicho, lo estaba gozando. Me resbalaban gotas de sudor por el rostro, así que bajé la cabeza para que cayeran sobre el chico y no me dificultasen la visión, además de limpiarlas con mi brazo. Fuerte, siempre movimientos bruscos y llevando la brutalidad al máximo y aguantando como buen experto que ya era. No recuerdo cuantos minutos pasaron desde que puse esa postura pero, al final, y gracias a la sangre que le salía a Marcos, que servía de lubricante, llegó un momento en que ya no pude más y, gritando como un poseso, eyaculé llenándole el orificio del chaval con mi semen, el cual se mezclaba con su sangre.
Cuando salí de él, cansado como una mula, me eché sobre el colchón jadeando con fuerza, tanto yo como Marcos, mezclados con los sollozos de los otros dos; todos estirados como podíamos en aquella cama como un revoltijo de carne.
Sin despedirme de mi sobrino, encontré la ropa tirada en el pasillo, me vestí a medias y, llevando el jersey en la mano y completamente descamisado, me dirigí al coche tranquilamente. Algunas personas me vieron pero me dio igual, que pensasen lo que quisiesen. No sentía el frío, no sentía el contacto de las pequeñas gotas de la lluvia sobre mi torso desnudo, no sentía nada. Nada de nada. Me metí en el coche, encendí el motor y eché a conducir hasta vete tú a saber dónde sin pensar en nada, ni siquiera en remordimientos por abusar de mi querido sobrino y a sus amigos.
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