Bendición del hijo (2)

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Pasaron los días desde aquella noche y don Mario ya no fue el mismo con Andrés. Le quitó el trabajo pesado, lo llamaba a almorzar como si fueran viejos conocidos y, entre sonrisas medidas, empezó a hablarle de un posible ascenso.

Era domingo por la tarde, y la casa estaba en esa calma perezosa de fin de semana. Paula estaba en la cocina preparando un café, vestida con uno de sus conjuntos favoritos para estar en casa: un shortcito de algodón suave que se pegaba a sus caderas y una camiseta vieja sin sostén, de esas que se transparentaban un poco cuando se movía bajo la luz de la ventana. Andrés entró desde la sala, con el celular en la mano, fingiendo revisar mensajes, pero en realidad midiendo el momento perfecto para soltar lo que tenía en mente. Se apoyó en la encimera, cruzado de brazos, y la miró con esa sonrisa casual que usaba cuando quería decirle algo sin que pareciera interrogatorio.

—Ma, ¿Don Mario anda cambiado conmigo en la oficina? —empezó Andrés, bajando la voz como si compartiera un secreto—. Me quitó el turno de fin de semana, me invitó a almorzar el jueves… hasta me habló de un ascenso. ¿No te parece raro?

Paula se giró con el vaso en la mano, sonriendo inocente mientras le pasaba uno a él. Sus pezones se marcaban levemente contra la tela de la camiseta.

—Ay, hijo, qué bueno. Se ve que te valora mucho —respondió ella, aunque su sonrisa no llegó del todo a los ojos—. La otra noche cuando vino por los papeles fue… atento, sí, pero se sobrepasó un poco. Me dio una palmada en el culo, ¿te lo puedes creer? Dijo que era una broma, pero se le notaba que quería tocar más. El pobre se puso rojo como tomate, aunque no puedo negar que me dio algo de coraje. Luego de esa confesión Mamá sonrió.

Andrés tomó un sorbo lento, dejando que el silencio se estirara un segundo.

—Me cae bien el viejo, es que… no sé, parece que le gustas mucho. Te mira como si quisiera devorarte entera. ¿Tú no te diste cuenta? La otra noche, cuando te inclinaste por el cargador, se le paró la respiración. El hombre casi se ahoga con el café, y no era por la temperatura, jajaja. Se le quedaron los ojos fijos en tu culo mama, te lo juro. Creo que por un segundo vio el paraíso y se olvidó hasta de su propio nombre.

Paula soltó una risita suave, sonrojándose un poquito, pero sin apartar la mirada. Se apoyó en la encimera frente a él, cruzando los brazos bajo los pechos, lo que los elevó un poco más.

—Ay, Andrés, no seas tan gráfico, por favor —dijo Paula, mordiéndose el labio inferior un instante, como si estuviera debatiendo consigo misma—. La verdad es que sí me di cuenta… de las miradas, de cómo se le ponía la cara cuando me movía.. Pero hijo, pero don Mario es feo. Es gordo, calvo, con esa barriga que parece que va a reventar la camisa…No es el tipo de hombre que uno imagina besando o tocando me da un poco de asco la verdad…

Andrés se acercó un paso más, apoyando una mano en la cintura de Sandra, bajando la voz para que sonara más íntimo, más confidencial. Su aliento rozó la oreja de ella mientras la sentía tensarse bajo su dedo pulgar, que trazaba círculos lentos sobre la tela fina de su vestido.

—Sabe que no es solo una broma —murmuró Andrés, con esa calma peligrosa que hacía que Sandra sintiera cómo se le erizaba la piel—. Cuando te agachaste, no solo vio tu culo, se imaginó cómo sería poder tocarlo, y meterte la verga, jajaja. Se lo notaba en la cara, en cómo se le tragó la saliva. El viejo te estaba desmontando en su mente

Paula se quedó quieta, el pulgar de Andrés todavía presionando suave en su cintura, trazando círculos que le erizaban la piel bajo la camiseta fina. Sintió cómo su respiración se aceleraba un poco, el shortcito pegado a las caderas de pronto le parecía demasiado ajustado, como si el algodón absorbiera el calor que empezaba a acumularse entre sus piernas. Tragó saliva audible, los pezones endureciéndose contra la tela vieja, traicionándola.

—Andrés… no hables así, por favor —susurró ella, la voz ronca, entrecortada, pero no apartó la mano de inmediato—. Me pones… me pones caliente con esas palabras tan sucias. No debería, ¿sabes? don Mario es un viejo feo, gordo, con esa barriga que le cuelga y esa calva brillosa… me da asco solo imaginarlo desnudo, sudado, oliendo a tabaco viejo. Pero cuando dices que se imaginó metiéndomela… joder, hijo. ¿piensas que soy una puta o qué?

Andrés sonrió, sin soltarla. Su mano subió por su espalda hasta la nuca, obligándola a mirarlo a los ojos.

—No, mamá. No eres una puta, pero me harías muy feliz si me ayudas a lograr el ascenso.

—¿El ascenso? —repitió ella, casi sin aliento—. ¿Me estás diciendo que… que todo esto es por tu trabajo? ¿Qué quieres que deje que ese viejo feo me mire, me toque un poco… solo para que te suban el sueldo?

—Eres… eres un hijo de puta, Andrés —susurró

Paula se fue a su a su cuarto luego de conocer las verdaderas intenciones de su hijo.

(Paula a sus 38 años de edad no es delgada ni gordita; está perfecta, con curvas que parecen diseñadas para ser agarradas. Sus tetas son medianas, pero parece que la gravedad no hiciera efecto y mas cuando no tiene sostén, con pezones que se erizan bajo la tela más fina, y se balancean con cada movimiento que hace, como si pidieran a gritos que las liberen de cualquier sostén. Su culo, en cambio, es una obra de arte: redondo, firme y prominente, una hembra que pocos han tenido la fortuna de montar.

Cuando camina por la casa en su pijama de dormir —esos diminutos tangas que apenas cubren su concha y los sostenes que dejan ver más de la cuenta—, no hay hombre que no mire. Su piel está bronceada, suave al tacto, y sus caderas se balancean con esa cadencia provocadora que promete placer sin palabras.).

Pasó el resto de la tarde en un silencio tenso, con Paula encerrada en su cuarto, procesando las palabras de Andrés. La casa parecía más pequeña, el aire cargado de esa confesión que había roto algo entre ellos. Andrés se quedó en la sala, fingiendo trabajar en la laptop, pero su mente daba vueltas al plan: el ascenso, el morbo de ver a su madre ceder poquito a poco ante don Mario. Sin embargo, la noche traería una sorpresa inesperada, un giro que aceleraría esa curiosidad sucia que ambos habían despertado.

Ya eran las nueve cuando el timbre sonó, rompiendo la quietud. Andrés frunció el ceño —no esperaba a nadie—, pero fue a abrir. En la puerta estaba don Luis, el vecino del piso de abajo, un hombre de unos 65 años, viudo, con una barriga prominente que tensaba su camisa manchada de sudor, la cabeza calva y brillante bajo la luz del pasillo, y una barba desaliñada que olía vagamente a cigarro rancio.

Era feo, tosco, con manos grandes y callosas de haber trabajado toda la vida como plomero jubilado. “Muchacho, perdona la hora”, balbuceó con voz ronca, rascándose la nuca. “Se me rompió una tubería en el baño y no tengo herramientas. ¿Tu mamá no tendrá una llave inglesa o algo? La mía se me perdió en el desastre”. Andrés dudó un segundo, pero vio la oportunidad: un tercero inesperado, aún más feo y repulsivo que don Mario, perfecto para probar el morbo que había encendido en Paula esa tarde.

Llamó a su madre desde la sala, y Paula salió del cuarto con desgana, ya vestida para dormir: un tanga diminuto de encaje negro que apenas cubría su concha depilada, dejando visibles las curvas de sus nalgas bronceadas, y un top corto de satén que se ceñía a sus tetas medianas, los pezones endurecidos marcándose contra la tela fina sin sostén. Caminaba con esa cadencia hipnótica, las caderas balanceándose, el culo redondo y firme moviéndose como una promesa prohibida.

No esperaba visitas, así que no se molestó en cubrirse más; después de todo, era solo el vecino, ese viejo inofensivo que a veces subía por azúcar o sal. “Ay, don Luis, qué pasó”, dijo ella con su voz dulce, inclinándose un poco sobre la mesita del pasillo para buscar en un cajón de herramientas que Andrés le había señalado. El top se abrió lo justo para que el vecino viera el valle profundo entre sus tetas, los pezones rosados asomando casi por completo, mientras el tanga se tensaba sobre su culo, dejando expuesto el borde inferior de las nalgas.

Don Luis tragó saliva audible, los ojos clavados en ese espectáculo sin disimulo. Su barriga subía y bajaba más rápido, y Andrés, desde el sofá, observaba de reojo, notando cómo el viejo se ajustaba disimuladamente el pantalón, donde una erección torpe empezaba a hincharse bajo la tela. “Es… es la tubería, señora Paula”, murmuró el vecino, acercándose un paso más de lo necesario. “Si me presta la llave, se la devuelvo mañana”. Paula, ajena al principio, se inclinó más para rebuscar en el cajón bajo, el tanga subiéndose inevitablemente y dejando a la vista la raja de su culo, el encaje negro hundiéndose entre las nalgas firmes.

Don Luis no pudo resistir: extendió una mano temblorosa, como para “ayudarla” a estabilizarse, y la posó en su cadera, los dedos gordos rozando el borde del tanga. “Cuidado, no se caiga”, dijo con voz ronca, pero su mano se quedó allí un segundo de más, apretando suave la carne suave y bronceada, sintiendo el calor de su piel.

Paula se tensó un instante, un cosquilleo traicionero subiéndole por el vientre hasta el coño, recordando las palabras de Andrés esa tarde. “Ay, don Luis, no se preocupe”, murmuró con una risita nerviosa, enderezándose despacio pero sin apartar la mano del viejo de inmediato. Sus tetas se balancearon con el movimiento, los pezones duros como piedras bajo el satén, y el vecino no quitaba los ojos de allí, la lengua humedeciéndose los labios secos.

Andrés, oculto en la penumbra de la sala, sentía su propia polla endurecerse dolorosamente en los pantalones, el morbo explotando: ver a su madre, perfecta y curvilínea, dejando que un viejo feo y sudado como don Luis la tocara casual, aunque fuera solo un roce, era más sucio y excitante de lo que había imaginado. El vecino finalmente soltó la mano, pero no antes de dar una palmada ligera en la nalga de Paula. “Gracias, señora. Es usted un ángel… y qué bien se ve esta noche”. El sonido carnoso resonó en el pasillo, y Paula soltó un gemidito bajo, involuntario, el tanga empapándose un poquito más entre las piernas.

Don Luis se fue con la herramienta en la mano, la erección evidente en su pantalón, balbuceando un “buenas noches” ronco. Paula cerró la puerta, las mejillas ardiendo, y se giró hacia Andrés con una mirada mixta de vergüenza y calor. “Hijo… ese viejo se pasó un poquito, ¿no? Me tocó la cadera y… el culo”. Andrés se levantó despacio, acercándose con esa sonrisa calculadora. “Pero no lo paraste, ma. Te quedaste quieta un segundo, dejando que su mano sudorosa apretara tu culo. ¿Te mojó? ¿Te excitó que un cerdo más feo que don Mario te mirara las tetas y te tocara así, casual pero con ganas de follarte?”.

Paula se quedó un rato más en la puerta cerrada, el cuerpo aún temblando por el roce inesperado de don Luis. El tanga negro estaba empapado, pegado a su concha hinchada, y cada paso que daba hacia su cuarto hacía que el encaje rozara su clítoris sensible, enviándole pequeñas descargas de placer culpable. Cerró la puerta con llave, se apoyó contra ella y dejó escapar un suspiro largo, entrecortado. Las palabras de Andrés resonaban en su cabeza como un eco sucio: “me harías muy feliz si me ayudas a lograr el ascenso”. Y lo peor era que una parte de ella —esa parte débil, sumisa, que siempre había dicho “sí” para no molestar— ya estaba cediendo.

Se dejó caer en la cama, las piernas abiertas sin darse cuenta, el top subido hasta debajo de las tetas. Cerró los ojos y, sin poder evitarlo, su mente retrocedió quince años atrás, a cuando tenía 23, recién separada del padre de Andrés, viviendo en un apartamento pequeño en el centro de Medellín. Era una época en que aún no sabía decir “no” con fuerza, cuando su carácter blando la hacía aceptar casi cualquier cosa con tal de no generar conflicto.

Recordó una noche de viernes, después de una fiesta de barrio. Había bebido lo justo para que el mundo se sintiera suave y borroso. El vecino de al lado, un tipo de unos 50 años llamado don Ramiro —gordo, calvo, con manos ásperas de mecánico y un olor permanente a aceite y sudor—, la había acompañado hasta la puerta “por seguridad”. Ella, con un vestido corto que se le subía cada vez que se movía, le había dicho “gracias, don Ramiro, ya estoy bien”. Pero él no se fue. Se quedó allí, mirándola con ojos vidriosos, y murmuró algo como “estás muy linda esta noche, Paula… déjame entrar un ratito, solo para asegurarme de que estés bien”.

Ella dudó. Quería decirle que no, que se fuera. Pero las palabras se le atoraron en la garganta. “Bueno… solo un ratito”, susurró, abriendo la puerta. Apenas entró, don Ramiro cerró detrás de él y la empujó suavemente contra la pared del pasillo. Sus manos grandes y callosas subieron por sus muslos, arrugando el vestido hasta la cintura. “Shh, tranquila, mamita… solo quiero verte un poquito más”, gruñó, mientras le bajaba las bragas de un tirón. Paula se quedó quieta, las piernas temblando, el corazón latiéndole en la garganta. No gritó, no lo empujó. Solo cerró los ojos y dejó que pasara.

Él le metió dos dedos gruesos y ásperos en la concha sin preliminares, bombeando rápido mientras su otra mano le apretaba una teta por encima del vestido. “Estás mojada, perra… te gusta, ¿verdad?”, jadeaba contra su cuello. Paula no respondió. Solo gemía bajito, el cuerpo traicionándola, las caderas moviéndose involuntariamente contra esos dedos invasores. Don Ramiro se bajó el cierre del pantalón con una mano, sacó una polla gruesa, venosa y corta, y la frotó contra su muslo. “Abre las piernas más, mamita… déjame meterla aunque sea un poquito”. Ella no dijo nada. Solo separó un poco más las piernas, débil, sumisa, mientras él empujaba la cabeza gorda dentro de su coño empapado.

La folló allí mismo, de pie contra la pared, embistiéndola con gruñidos animales. Cada empujón hacía que sus tetas rebotaran libres bajo el vestido, los pezones duros rozando la tela áspera. Paula no participaba activamente; solo se dejaba. Gemía suave, las lágrimas mezclándose con el sudor, el placer sucio y forzado subiéndole por la espalda. Él duró poco: tres o cuatro embestidas fuertes y se corrió dentro de ella, llenándole la concha con chorros calientes y espesos que se le escurrieron por los muslos cuando salió. “Buena niña”, murmuró, dándole una palmada en el culo antes de subirse el cierre y salir como si nada.

Paula se quedó allí, apoyada en la pared, el vestido arrugado, el semen goteando por sus piernas, la concha palpitando de un orgasmo que no había querido tener. No lloró hasta después, cuando se metió a la ducha y se lavó como si pudiera borrar la vergüenza. Pero esa noche marcó algo en ella: la certeza de que su cuerpo siempre respondería, aunque su mente dijera “no”. Y esa debilidad, esa incapacidad para poner límites firmes, era la misma que ahora la hacía mojarse pensando en don Mario… y en don Luis… y en lo que Andrés quería que hiciera.

Abrió los ojos en la oscuridad de su cuarto. Su mano ya estaba entre las piernas, los dedos rozando el tanga empapado. Se masturbó despacio, recordando el olor a sudor de don Ramiro, el roce áspero de sus dedos, la sensación de ser usada sin poder —o sin querer— detenerlo. Se corrió en silencio, mordiéndose la almohada, el cuerpo convulsionando mientras imaginaba que no era su mano la que la tocaba, sino la de un viejo feo y gordo que entraba sin permiso.

Cuando el orgasmo pasó, se quedó quieta, respirando agitada, las lágrimas humedeciéndole las mejillas. Sabía que esa noche no era el final. Era solo el comienzo. Andrés la había visto ceder una vez más… y ahora quería que lo hiciera de nuevo, esta vez por él, por el ascenso, por el morbo compartido.

Cerró los ojos, exhausta, y murmuró para sí misma en la oscuridad:

“Qué puta débil soy…”

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