Pasión sobre la nieve (5): El hielo quebradizo

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Tras terminar el café en un silencio que todavía vibraba por la pesadilla de la madrugada, Sofía se encerró en el baño. Necesitaba tiempo. El vapor de la ducha ya se había disipado, pero el espejo seguía empañado, como su propia mente. Con la mano, limpió un círculo en el cristal y se observó. Sus ojos guardaban el rastro del cansancio y de esa culpa húmeda que la había despertado, pero apretó la mandíbula. No iba a permitir que el fantasma de Raúl, o la traición de su propio subconsciente, arruinaran el primer lugar donde se sentía a salvo.

Se aplicó máscara de pestañas con una precisión deliberada, observando cómo cada pasada oscurecía y profundizaba su mirada, dándole un aire depredador que no recordaba poseer. Al soltarse el cabello, las ondas oscuras cayeron pesadamente sobre sus hombros, rozando la textura del suéter y despertando una sensibilidad eléctrica en su piel. Sofía se observó en el reflejo, recorriendo con la vista la línea de su cuello y la forma en que su propia respiración elevaba su pecho.

Se obligó a sonreír, pero esta vez fue una sonrisa lenta, cargada de una intención nueva. Ya no era la tía herida ni la mujer traicionada; era una mujer redescubriendo el poder de su propia sensualidad. Se sentía vibrante, peligrosa y, por primera vez, dispuesta a ser ella quien dictara las reglas del juego.

Cuando salió a la estancia principal, Julián ya tenía las mochilas listas, pero se quedó paralizado en cuanto el sonido de sus pasos lo obligó a levantar la vista. Al verla aparecer, el aire pareció abandonar sus pulmones. Sofía no solo caminaba; se deslizaba con una confianza nueva, una languidez en sus movimientos que hacía que el tejido del suéter se amoldara a su cuerpo con una suavidad sugerente. Julián la recorrió de arriba abajo, atrapado por la intensidad de sus ojos, que ahora lo observaban con un brillo oscuro y directo.

Se detuvo en la curva de su cuello y en la forma en que su cabello caía con un peso salvaje sobre sus hombros. Ella lo miraba como si disfrutara del caos que estaba provocando en su pulso, y Julián sintió que la temperatura de la estancia subía varios grados, incapaz de apartar los ojos de las curvas de su boca.

—Te ves… muy bien, Sofi —dijo él, midiendo sus palabras— ¿Segura que quieres caminar tanto hoy?

—Más que segura —respondió ella, con una voz ligera, casi musical— Vamos a la recepción. Si nos demoramos un minuto más, el grupo se irá y no pienso quedarme encerrada aquí viendo cómo cae la nieve.

Salieron de la cabaña y el aire gélido les golpeó el rostro, terminando de despertar cualquier rastro de sueño. Caminaron por el sendero de madera hacia la recepción, con el sonido de la nieve crujiendo bajo sus botas como único ritmo. Al entrar en la casona principal, el bullicio de los otros huéspedes y el calor del gran salón los recibieron. Varias parejas ya estaban allí, equipadas con raquetas de nieve y parkas coloridas. La recepcionista los vio acercarse y les entregó un par de termos con chocolate caliente.

—Justo a tiempo —les dijo con un guiño— El guía está por dar las instrucciones. Es un camino largo, así que espero que hayan desayunado bien.

El guía, un hombre robusto con la piel curtida por el sol de montaña, dio un par de palmadas para atraer la atención.

—¡Atención todos! Vamos a tomar el sendero hacia el lago congelado. Es un trayecto largo, de unas tres horas de ida, pero vale cada paso. El terreno está firme, aunque la nieve fresca puede ser traicionera. Por favor, manténganse cerca de sus parejas y sigan mis huellas.

Sofía miró a Julián. Él ya se estaba colgando la mochila principal y le tendió la mano para ayudarla a ajustar su chaqueta. Al salir de la casona, el frío era seco y revitalizante; el grupo comenzó a marchar en una línea colorida que contrastaba con el blanco absoluto del bosque.

—¿Lista para las tres horas? —le preguntó Julián, caminando a su lado.

—Más que lista —respondió ella.

Sin pensarlo mucho, o quizás pensándolo demasiado para dejar atrás los restos de su pesadilla, Sofía entrelazó su brazo con el de Julián. Fue un gesto fluido. Sus cuerpos quedaron pegados desde el hombro hasta el codo. Julián se tensó apenas una fracción de segundo, pero luego relajó el brazo, permitiendo que ella se apoyara con firmeza. Al caminar así, el ritmo de sus pasos se sincronizó.

—El guía dijo que caminemos juntos —susurró ella con una sonrisa traviesa, mirando de reojo cómo las otras parejas iban tomadas de la mano o abrazadas— No queremos ser los que rompan la formación, ¿verdad?

Julián soltó una risa baja, sintiendo el calor de Sofía filtrándose a través de su ropa.

—Prometo no dejar que te quedes atrás —respondió él.

A medida que se internaban en el bosque, el ruido del Lodge desapareció, reemplazado por el crujido rítmico de la nieve y el sonido de sus propias respiraciones. Sofía empezó a hablar, pero no de la casa, ni de los abuelos, ni de los problemas que habían dejado en la ciudad. Empezó a preguntarle a Julián sobre su trabajo, sobre las cosas que construía y sobre lo que sentía al ver algo terminado desde cero. Caminaron así durante casi una hora, integrándose en el murmullo de las otras parejas. La conversación fluía de forma distinta; ya no hablaban de lo que dejaron atrás, sino de lo que veían.

Sofía le preguntaba por los materiales que resistirían ese clima y Julián le explicaba con una pasión técnica que ella encontraba fascinante. Lo miraba hablar y se sorprendía de lo mucho que él había crecido fuera del radar de la familia.

En una de las paradas para reagrupar al equipo, uno de los asistentes del guía, un tipo joven y atlético que se desplazaba con facilidad por la nieve, se acercó a ellos. Ignoró casi por completo a Julián y se centró en Sofía.

—Pareces un poco cansada —le dijo el asistente con una sonrisa demasiado ensayada, sacando una barra de chocolate artesanal de su mochila— Toma esto, es energía pura. Te ayudará con la última subida.

Sofía le devolvió esa sonrisa coqueta que había recuperado esa mañana.

—Gracias, qué amable —respondió, estirando la mano para tomar el dulce. Sus dedos rozaron los del asistente por un segundo de más.

Julián, que hasta ese momento observaba el paisaje, sintió que el aire se le volvía pesado. No fue una reacción lógica; fue algo animal. Sin mediar palabra, dio un paso adelante, acortando el espacio hasta que ella quedó casi respaldada por su pecho.

—Ella está bien, gracias —dijo Julián. Su voz no fue agresiva, pero tenía un filo de autoridad que ella no le conocía.

El asistente levantó las manos en gesto de paz, captando la señal de inmediato.

—Solo es un extra para el camino, amigo. Que tengan buena subida.

Cuando el tipo se alejó, Julián no retrocedió de inmediato. Se quedó allí, marcando su presencia. Sofía lo miró de reojo, con una mezcla de sorpresa y una satisfacción secreta que le recorrió la columna.

—No tenías que ser tan rudo —susurró ella, aunque su tono no era de reproche.

—No me gustó cómo te miró —respondió Julián, todavía con la mandíbula un poco tensa— Y no necesitas que extraños te den nada. Yo traigo todo lo que nos hace falta.

Sofía soltó una risa suave, apretando más su brazo contra el de él. Ese pequeño arranque de posesión la hacía sentir cualquier cosa menos como una «tía». Se sentía protegida por el hombre sólido que caminaba a su lado.

Siguieron subiendo. El sendero se volvió realmente difícil y el silencio del bosque se tragó las risas del grupo. Sofía sentía el esfuerzo en los muslos y la respiración le quemaba un poco en la garganta. Julián, acostumbrado al esfuerzo físico de la obra, ni siquiera parecía agitado, lo cual a ella, extrañamente, le empezó a parecer irritante y atractivo al mismo tiempo.

En un paso especialmente estrecho, donde la nieve se había congelado formando una rampa resbaladiza, Julián se detuvo. Simplemente se puso detrás de ella.

—Pon los pies donde yo los puse —le dijo, con ese tono práctico de quien da instrucciones en una construcción— Si te resbalas, te tengo.

Sofía asintió, concentrada. Al dar un paso en falso, su bota patinó y, antes de que pudiera asustarse, sintió las manos de Julián agarrándola con fuerza por la cintura. No fue un abrazo; fue un agarre seco, sólido, para evitar que cayera. Sofía soltó un bufido de sorpresa y se apoyó por un segundo contra el pecho de él. Sintió la dureza de su cuerpo bajo la parka y el calor que desprendía.

—Casi —murmuró ella, intentando recuperar el equilibrio.

—Te tengo —repitió él.

Pero no la soltó de inmediato. Sus manos se quedaron ahí, sujetándola con firmeza, y por un momento el tiempo se estiró de forma incómoda. Sofía podía sentir la presión de los dedos de Julián en sus costados. Era un contacto funcional, pero en ese silencio total, con el grupo ya adelantado unos metros, se sintió demasiado íntimo. Julián se aclaró la garganta y la soltó bruscamente, como si se hubiera quemado.

—Vamos, ya casi llegamos al lago —dijo él, adelantándose un poco, claramente más afectado por el contacto de lo que quería demostrar.

Sofía se quedó un segundo atrás, ajustándose la chaqueta. Se dio cuenta de que Julián estaba evitando mirarla directamente después de haberla tocado. Ese nerviosismo de él fue lo que terminó de romper la imagen de «sobrino» en la mente de ella. Caminaron los últimos metros sin decir nada, hasta que la luz del destino los alcanzó.

Al llegar a la orilla, el espectáculo era tan irreal que la tensión pareció disolverse. El lago no era solo hielo; era un espejo infinito que crujía bajo el viento. Sofía soltó el brazo de Julián y dio unos pasos hacia la orilla, con los ojos muy abiertos.

—¡Julián, mira esto! —exclamó, señalando las burbujas de aire atrapadas bajo la superficie transparente.

Se olvidó de la pesadilla, del frío y de sus propios miedos. Empezó a caminar por el borde, probando la resistencia del hielo con la punta de la bota y riendo cada vez que el suelo emitía un sonido profundo. Julián se quedó a unos pasos, observándola. Verla así, con las mejillas encendidas y una sonrisa que le iluminaba la cara, le dio un vuelco al corazón. Esa era la Sofía que él quería ver: la que no necesitaba fingir.

—No te alejes mucho, Sofi —le advirtió él, aunque no pudo evitar sonreír también.

—¡Ven aquí! No seas tan serio —lo desafió ella— Mira, el hielo es tan grueso que parece mármol.

Julián se acercó con paso firme. Sofía resbaló un poco a propósito, solo para ver su reacción, y él la sujetó del brazo de inmediato. Ella se rió de buena gana, apoyándose en él, y por primera vez el contacto no se sintió incómodo, sino divertido. Empezaron a caminar juntos sobre la superficie congelada, deslizándose como niños.

—¿Te acuerdas cuando intentaste enseñarme a patinar en aquel parque y terminé en el suelo a los cinco minutos? —preguntó ella con complicidad.

—Me acuerdo de que me echaste la culpa por «empujarte», cuando ni siquiera te estaba tocando —respondió Julián, y ambos soltaron una carcajada que resonó en el silencio de la montaña.

Se quedaron un rato allí, simplemente disfrutando del momento. Compartieron el chocolate caliente del termo, turnándose para beber mientras se protegían del viento con sus cuerpos. Sofía lo observaba mientras él hablaba de cómo se formaban los glaciares; le gustaba esa mezcla de hombre rudo y tipo atento que no dejaba que ella pasara ni un segundo de frío. Se sentía cuidada por un hombre cuya prioridad absoluta era su comodidad, y esa sensación le encantaba.

—Me gusta estar aquí contigo, Julián —dijo ella de repente, con una honestidad que la sorprendió— Gracias por no dejarme sola en esa casa.

Julián la miró y, por un segundo, la diversión desapareció para dar paso a una ternura muy honda.

—No podría haberte dejado sola, Sofi. Ni aunque quisiera.

Ese momento de paz terminó de desarmar a Sofía. Se sentía ligera, feliz y conectada a él de una forma que empezaba a gustarle demasiado. Al iniciar el descenso, volvió a enganchar su brazo al de él, pero esta vez no fue por miedo al hielo, sino porque simplemente no quería soltarlo.

El regreso a la cabaña tuvo un ritmo distinto. El sol se hundía tras las cumbres, pintando la nieve de violeta, y el viento soplaba con una fuerza que obligaba a caminar con la cabeza baja. Al cruzar el umbral, el silencio de la estancia les cayó encima como una manta pesada. Sofía soltó un suspiro largo mientras el calor residual del refugio empezaba a descongelarle las mejillas.

Julián no perdió tiempo y se arrodilló frente a la chimenea. Ella se quedó de pie, observándolo de espaldas; le gustaba la eficiencia de sus manos y la seguridad técnica con la que acomodaba los leños. El chisporroteo de la madera seca fue el único sonido que rompió el trance.

—Ven aquí antes de que te quedes tiesa —dijo Julián sin darse la vuelta, con una sonrisa en la voz.

Sofía caminó hacia la alfombra y se sentó cerca del calor, abrazándose las rodillas. Afuera, la oscuridad era total. Julián se acomodó contra el respaldo del sofá y, al verla tiritar, abrió su brazo izquierdo en una invitación silenciosa, creando un espacio entre su cuerpo y el mueble. Sofía se deslizó hacia él, dejándose caer en ese hueco que parecía diseñado a su medida. Julián la envolvió, pegándola a su costado.

En ese instante, el cansancio se transformó en otra cosa. Él sintió el perfume de Sofía inundando su espacio y ella apoyó la cabeza en su pecho, escuchando un corazón que latía un poco más rápido de lo normal.

—Perdón por hacer que te preocuparas tanto por mí estos días —murmuró ella contra la curva de su cuello.

—Ya no pienses en eso —respondió él, mientras su mano acariciaba inconscientemente la tela del suéter.

Sofía se incorporó un poco, quedando a centímetros de su rostro. Con un impulso de ternura, se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Sus labios se demoraron un segundo en su piel. Julián se quedó inmóvil, pero sus ojos se clavaron en los de ella. Ya no había rastro del niño. Con una mano que temblaba apenas, él le acomodó un mechón de pelo.

—No tienes nada que agradecer, Sofi —susurró, y el aire entre ellos se volvió denso.

Julián se puso en pie primero, rompiendo el contacto. Miró el sofá pequeño y luego la cama grande con nerviosismo.

—Bueno… creo que voy a ir preparando el sofá para…

—Ni lo pienses, Julián —lo interrumpió Sofía— El paseo fue eterno, tienes los músculos molidos y no voy a dejar que duermas en ese mueble. La cama es enorme, hay espacio de sobra para los dos. No te hagas el difícil.

Julián dudó, pero la insistencia en la mirada de ella lo venció.

—Está bien. Pero si te pateo dormido, me avisas —bromeó para bajar la presión.

El ambiente se relajó de golpe. Sofía buscó en su mochila algo para dormir, pero al revolver entre sus cosas se dio cuenta de que no había planeado bien sus opciones. Agarró lo único que tenía a mano y se encerró en el baño. Al extender la ropa sobre la encimera, soltó un suspiro de frustración. Era ese conjunto de satén en tono rosa que había guardado pensando en estar sola. El pantalón caía con suavidad, pero el top de encaje se ceñía a su pecho resaltando sus curvas de una forma muy evidente.

Tardó en cambiarse, tratando de cruzar la bata para cubrirse, pero la tela se resbalaba sobre su piel. Finalmente, salió a la estancia con una naturalidad forzada. El satén brillaba bajo la luz tenue, marcando su cintura mientras se acercaba a la cama.

—Solo traje esto —dijo ella, sentándose en el borde y evitando su mirada— Pensé que estaría sola, así que no es muy… abrigador.

Julián tragó saliva y asintió torpemente.

—No te preocupes. Con las mantas estarás bien.

Le tocó el turno a él. Julián se cambió rápido en un rincón, creyendo que ella estaba distraída. Se quitó el suéter y la camiseta con un movimiento fluido. Sofía, por un impulso que no pudo frenar, giró la cabeza justo en ese momento y se quedó sin aliento. Julián no era el chico delgado de sus recuerdos; su trabajo le había esculpido un físico sólido, de hombros anchos y musculatura funcional. Bajo la luz tenue de la cabaña, la imagen era imponente y masculina.

Sofía sintió un calor repentino y se dio la vuelta rápido, hundiendo la cara en la almohada para ocultar sus mejillas ardiendo. Julián se metió en el otro lado de la cama. El colchón se hundió bajo su peso y ambos quedaron boca arriba, mirando el techo, separados por un espacio cargado de estática.

—Mañana espero divertirme tanto como hoy, Julián… —susurró ella con la voz quebrada por la tensión.

—Yo también, Sofi. Descansa.

Se dieron la espalda, cerrando los ojos con fuerza. Estaban agotados, pero se durmieron sabiendo que el límite que los separaba era ahora tan fino como el papel.

La madrugada cayó sobre la montaña con una ferocidad silenciosa. El frío, implacable, se filtró por las mantas, obligando a sus cuerpos a buscar, por puro instinto, la única fuente de calor disponible.

Sofía emergió del sueño lentamente. Antes de abrir los ojos, sintió una pesadez cálida y reconfortante que la envolvía. No era el frío de su casa en la ciudad, ni la soledad de su cama vacía; era algo sólido. Al recuperar la consciencia, el corazón le dio un vuelco al notar que no estaba en su lado de la cama. En algún momento de la noche se había girado por completo; su cabeza estaba encajada perfectamente en el hueco del hombro de Julián y su rostro rozaba la piel desnuda de su cuello, inhalando ese aroma a limpio que ya empezaba a reconocer como su único refugio.

Pero lo que más la paralizó fue sentir el brazo de él: Julián la rodeaba por la cintura con una firmeza posesiva y su mano descansaba pesadamente sobre su cadera, manteniéndola pegada a su cuerpo. Sofía contuvo el aliento. Podía sentir cada detalle: la dureza del pecho de Julián contra su brazo, el calor de sus piernas entrelazadas y la respiración rítmica que hacía que el cuerpo de él subiera y bajara contra el suyo. Era una intimidad absoluta.

Y entonces, sintió algo más. Contra su vientre, una presión firme y creciente. El cuerpo de Julián, incluso dormido, respondía a la proximidad del suyo. El descubrimiento la heló y la quemó al mismo tiempo. Por un instante, la lógica intentó gritar, pero fue aplastada por una atracción eléctrica que le recorría la columna. Se sentía protegida, pero también peligrosamente viva. Él se movió un poco en sueños y su agarre se apretó, atrayéndola un centímetro más. El roce contra esa parte de él fue casi deliberado y fue entonces cuando su propio cuerpo la traicionó.

Sintió cómo un calor profundo se irradiaba desde su bajo vientre, una humedad incontenible que empapaba el delicado satén de su pijama. Su cuerpo respondía ahora al calor seguro de Julián con una urgencia que la avergonzó y la excitó a la vez. Sofía cerró los ojos y se permitió disfrutar de aquel peso, aceptando que la grieta en el cristal ya era demasiado grande para repararla.

Julián no estaba dormido del todo. Había despertado minutos antes, pero se mantenía inmóvil, rogando que el tiempo se detuviera. Sentía la suavidad de la piel de Sofía y el roce del satén contra sus propias piernas, pero lo que más lo perturbaba era sentir el top de encaje presionando contra su pecho desnudo. La tela era tan fina que apenas existía una barrera entre ellos; podía sentir el calor de su piel y el relieve del encaje marcándose en su torso. Era un contacto que le quemaba. Sabía que si se movía un solo centímetro, ella notaría cuánto lo afectaba su cercanía; notaría la erección que luchaba por contener.

Sofía, en un acto de inconsciencia deliberada, rozó su barbilla contra el hombro de él, un gesto suave y casi animal. Julián no pudo evitarlo más. Abrió los ojos y se encontró con los de ella.

—Buenos días —susurró él. Su voz sonó más grave de lo normal, una vibración que Sofía sintió directamente en el pecho.

La mirada de él bajó un segundo hacia el encaje de su pecho antes de volver a sus ojos, atrapado en una confusión que lo dejó mudo. Julián retiró el brazo con una rigidez repentina, como si acabara de recibir una descarga eléctrica, y se sentó en el borde de la cama dándole la espalda. El espacio que dejó entre ellos se volvió gélido de golpe.

—Hace mucho frío —dijo él, intentando sonar normal—. Me vestiré rápido para encender la chimenea.

Sofía no respondió. Se quedó hundida entre las mantas, observando la espalda ancha de Julián. El silencio ya no era cómodo; estaba cargado de todo lo que no se atrevían a preguntar. Se vistió con torpeza, cambiando el satén y el encaje por capas gruesas de lana que ahora sentían como una protección necesaria ante lo que acababa de ocurrir.

Salieron de la cabaña en un silencio que pesaba más que la nieve acumulada en los pinos. Sofía caminaba unos pasos por detrás, agradeciendo que el aire gélido le entumeciera la piel, pues era lo único capaz de aplacar el calor que todavía le subía por el cuello. Miraba la espalda de Julián, esa figura sólida que ahora le resultaba desconocida y magnética a la vez, y se preguntaba si él también sentía que el suelo bajo sus pies era tan inestable como el hielo quebradizo del lago.

Cada vez que él se detenía para asegurarse de que ella no resbalara, la tensión se volvía eléctrica; se evitaban con una precisión instintiva, temiendo que el más mínimo roce de sus manos volviera a encender la mecha de la madrugada. Necesitaban el refugio de la multitud, un espacio donde la presencia de extraños les devolviera el control que habían perdido entre las sábanas.

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