Soy Renato y cuando mi madre me avisó que en el feriado largo iríamos todos a nuestra casa de la playa, recibí la noticia con indiferencia. Sin embargo, cuando me informó que Bruna, mi novia, iría con nosotros, sentí cierta irritación y eso no pasó desapercibido para ella que, notando mi estado de ánimo, preguntó:
–Renato, ¿por qué ya no te gusta ir a pasar unos días a la playa? ¿Antes lo disfrutabas tanto?
–Es por el tío Arnaldo… –respondí intentando disimular y completé– … es muy pesado y ya no aguanto sus bromas y sus chistes. Siempre son los mismos.
–Puede que tu tío sea inconveniente muchas veces, pero nunca te importó. Cuéntale a tu madre qué te está pasando. ¿Acaso te has peleado con Bruna?
Cambié el tema de “Bruna” y, como toda buena madre, la mía se dio cuenta de que algo andaba mal en mi noviazgo, pero viendo que yo no quería hablar de mi relación con ella, lo dejó pasar y se disculpó por haber invitado a mi novia al paseo antes de consultarme. Incluso llegó a decirme que encontraría la manera de desinvitar a la chica, a lo que me opuse y le pedí que lo dejara como estaba.
Lo que sucede es que ni yo mismo sabía qué era lo que a veces me molestaba de Bruna, una chica de 1,63 m de altura, pelo liso y largo hasta el inicio de su trasero, piel muy blanca y suave, ojos castaños verdosos que parecían los de un felino en días soleados. Su cuerpo también era lo que se puede llamar perfecto. Senos un poco más pequeños que medianos, firmes y con pezones claros que se erizaban fácilmente, bastando un beso para que eso sucediera.
Su trasero era redondito y firme y sus muslos gruesos, sin exagerar. La cintura fina y sin barriga. Se decía que ella podría, fácilmente, ser modelo fotográfica, sin embargo, lo que nadie sabía es que ella, cuando aún era adolescente, había posado para fotos de publicidad, pero no quiso seguir en esta carrera y se dedicó a los estudios, estando hoy, con veintiún años, cursando el tercer año de la carrera de Derecho, la misma que yo.
Fue la universidad lo que nos acercó. Justo el primer día de universidad ella ya me llamó la atención por su belleza. La mía y la de todos, claro. Me acerqué a ella, comenzamos a participar en grupos de estudio y trabajos que los profesores exigían y esta aproximación hizo que sintiéramos atracción el uno por el otro. De ahí a irnos a la cama fue “un salto” y, como empezamos a tener sexo con frecuencia, la costumbre hizo que nos convirtiéramos en novios. Le presenté Bruna a mi familia donde ella recibió completa aprobación y, yo también, fui muy bien recibido por su familia.
El motivo por el que ella se acercó a mí es algo que no sé explicar. Nunca fui “súper” nada. No soy alto, no tengo cuerpo atlético, no toco ningún instrumento y no me considero guapo. Tengo un cuerpo normal y, hoy con 23 años, estoy en el promedio de los hombres brasileños de mi edad. Si bien, aunque no tenga lo que se llama “cuerpo atlético”, tampoco tengo ningún peso extra. O sea, soy simplemente normal, marrón claro, pelo y ojos oscuros y 1,72 de altura.
No niego que el noviazgo con Bruna me haya gustado, principalmente por el hecho de ver las miradas de envidia que los hombres me dirigían cuando estaba con ella y los comentarios de mis compañeros de facultad que declaraban, siempre que podían, que yo era un suertudo al tener una novia tan guapa y tan dedicada a mí.
Pero era esa dedicación lo que yo creía que me incomodaba. Bruna era el tipo de mujer perfecta. En todo yo tenía razón, mis deseos estaban siempre por encima de los de ella y dedicaba tanta devoción a mis padres que pronto ganó un lugar cautivo en el corazón de ellos. Eso quiere decir que mi novia era, en realidad, la nuera que todos los padres desean para sus hijos.
Nuestro sexo era prácticamente normal. Todo lo que yo le pedía era atendido al instante. Sexo oral o cualquier otra posición que yo sugiriera era atendido por ella sin ninguna queja, sin embargo, lo único que nunca le pedí fue tener sexo anal con ella. Siempre pensé que, tal vez, ella no lo disfrutaría. De todas formas, ella siempre gozaba con los ojitos cerrados, gimiendo bajito y después se agarraba a mí como si su vida dependiera de ello.
Entonces era eso, Bruna era la mujer perfecta, novia perfecta y nuera perfecta y eso me estaba hastiando de ella. Parece que yo quería algo más, algo diferente con discusiones. Con una postura más combativa, qué sé yo. Quería ser contradicho para poder explicar mis puntos de vista, lo que nunca sucedía.
Ni siquiera el hecho de yo pertenecer a una familia acomodada podía usarse como excusa para justificar el interés de Bruna por mí, pues si mi familia tenía bienes y vivía despreocupada, la de ella era lo que se puede llamar de élite, pues tanto su padre como su madre habían nacido en “cuna de oro”.
Pero entonces vino el feriado en la playa y las cosas cambiaron radicalmente a partir de este día.
Como asistíamos a la universidad por la mañana, mi madre me pidió que la llevara a la playa el viernes justo después del almuerzo para que ella fuera arreglando la casa de la playa. En mi coche fuimos yo, Bruna, mi madre y la esposa del tío Arnaldo, tía Isaura. Mi padre y el tío Arnaldo eran socios y hacían todo juntos. Vivíamos en el mismo condominio, compartíamos una finca a las afueras de São Paulo y, para construir la casa de la playa, compraron un único terreno donde cada uno construyó su casa y, en el espacio que sobró, se construyó una piscina, barbacoa, sauna y ducha. Es decir, era un área de ocio compartida para las dos casas. Ese era el motivo por el que mi madre y tía Isaura iban antes, pues así cada una se encargaría de su residencia.
Mi madre se llama Elaine y mi padre Eduardo. Él es el hermano menor del tío Arnaldo y soy hijo único o, como dice tía Isaura, hijo único de esta relación, pues ella y mi tío no tuvieron hijos.
Llegamos a la playa alrededor de las 16 h y Bruna y yo fuimos a la piscina, uniéndose a nosotros enseguida mi madre y mi tía, pues como ellas pagan a una pareja para cuidar la casa y les habían avisado que estaríamos allí para el feriado largo, ellos ya habían dejado todo en orden. Nos quedamos conversando hasta la hora de la cena.
Mi madre había invitado a tía Isaura a cenar con nosotros y estábamos en medio de la comida cuando el tío Arnaldo llegó solo. Mi madre se extrañó, pues habían acordado que él y mi padre vendrían juntos.
Él explicó que mi padre había tenido un contratiempo y que bajaría la sierra solo el sábado por la mañana. Mi madre, segura de que él se había quedado en São Paulo para poder irse de fiesta con alguna amante, ya espetó y se enojó aún más cuando, llamando a su móvil, no tuvo respuesta. Esto arruinó su noche, por lo que se fue a acostar temprano.
Nos quedamos viendo televisión y aguantando el fastidio de mi tío con sus chistes viejos y repetidos, bebiendo sin parar, con la camisa abierta mostrando su barriga cayendo por encima del pantalón corto que se había puesto al llegar y mirando a Bruna como si fuera a abalanzarse sobre ella en cualquier momento. Y no sé si lo que me irritaba más era el descaro de él que no disimulaba su deseo, llegando incluso a acariciar su pene duro bajo la ropa, o si era porque Bruna se reía de sus chistes sin gracia, lo que lo motivaba aún más a ser un descarado.
Luego nos fuimos a dormir en mi habitación y tuvimos sexo como siempre. Sin embargo, noté que Bruna estaba más suelta, más cachonda y pensé en comentárselo, lo que terminé no haciendo para no molestarla. Después de eyacular, me di la vuelta y dormí toda la noche, siendo despertado el sábado por la mañana por ella que deseaba ir pronto a la playa a tomar el sol. Ya estaba en bikini y me pedía que me apurara porque deseaba aprovechar el mejor sol del día.
Tomamos un desayuno rápido y fuimos a la playa antes que los demás. Bruna estaba linda en un bikini pequeño que dejaba su trasero a la vista y la parte de arriba cubriendo solo parte de sus senos erguidos, lo que no me llamó la atención. Ayudé con el protector solar, esparciéndolo en su espalda mientras los hombres que iban llegando a la playa, la mayoría en compañía de hijos pequeños, me miraban con envidia.
Después ella se recogió su pelo largo, se acostó sobre una esterilla donde, a intervalos cortos, se volteaba, unas veces boca abajo mostrando aquel trasero a los transeúntes, otras veces de espaldas, con las piernas ligeramente abiertas, con la marca de su vagina bien visible. Hoy me acuerdo de eso y me parece extraño el hecho de que, para mí, aquello no era una situación digna de importancia, habiéndome quedado debajo de una sombrilla disfrutando del mar y de los transeúntes, principalmente las mujeres, aunque ninguna de ellas pudiera ser comparada, en belleza, con mi Bruna.
Después de más de una hora mis parientes, mi padre ya había llegado, vinieron a unirse a nosotros, siendo mis tíos los últimos. El tío Arnaldo colocó su silla justo detrás de Bruna y se quedó mirando su cuerpo sin disimular y comenzó con sus comentarios desagradables y chistes sin gracia, haciendo balancear su barriga cuando se reía. Bruna sonreía sin gracia y luego me miraba con una mirada de censura por los comentarios de él.
Mi tío era tan descarado en su comportamiento que yo ya estaba a punto de discutir con él y, para no hacerlo, invité a Bruna a dar un paseo y salimos caminando por la playa, regresando después de pasada más de una hora y, al llegar al lugar donde nos encontrábamos, mis padres y mi tía ya no estaban allí y el tío Arnaldo, ya bastante borracho con tantas cervezas consumidas, se puso todo excitado al lado de Bruna que pronto pidió que nos fuéramos, lo que no fue suficiente para librarnos del pesado que se empeñó en acompañarnos.
Durante el almuerzo la cosa continuó de la misma forma. Estábamos en el área de la barbacoa y Bruna se vio obligada a subir a nuestra habitación y ponerse unos shorts y una camiseta. Dijo que era para ver si el tío Arnaldo la dejaba en paz, lo que no sirvió de nada.
Sus comentarios ahora se referían directamente a la belleza de su cuerpo, llegando a decir que, si él fuera su novio, no perdería el tiempo caminando con ella por la playa y que se quedaría en la habitación teniendo sexo con ella todo el tiempo. Con este comentario, tía Isaura perdió la paciencia por completo y comenzaron a discutir, lo que enrareció el ambiente para todos, haciendo que, tan pronto como almorzamos, nos fuéramos todos cada uno a su habitación, dejando al pesado solo con sus cervezas.
Quise tener sexo con Bruna que alegó estar demasiado molesta y no quiso. No insistí y pronto me quedé dormido, despertándome unas dos horas después. Ya pasaban de las 15 h y Bruna no estaba allí en la cama. Me levanté y fui a buscarla, pero no la encontré en ningún lugar de la casa. Intenté en la piscina donde mi madre, mi padre y mi tía conversaban. Pregunté por Bruna, pero nadie la había visto.
Molesto por esto, salí a la calle y caminé en dirección a la playa para ver si la encontraba. Caminé de un extremo a otro también sin éxito. Fui hasta un puesto, pedí un agua de coco y me quedé meditando sobre mi vida y mi relación con Bruna.
Después de eso, decidí volver a casa. Revisé la hora y ya eran casi las 18 h, llegando a asustarme por el tiempo pasado. Estaba caminando por la playa cuando vi a Bruna venir a mi encuentro. Usaba la misma ropa que tenía durante el almuerzo. Me extrañó que estuviera con su respiración irregular y el rostro ruborizado, pero preferí no decir nada, ni siquiera en el momento en que ella giró el rostro cuando fui a besarla, permitiendo solo un beso en su mejilla.
Al llamarle la atención por haber desaparecido sin avisar a nadie, ella respondió bruscamente que solo había ido a dar una vuelta, dejándome más desconfiado de su actitud, pues Bruna solía ser gentil, incluso al demostrar contrariedad sobre algún asunto. Una vez más decidí no continuar con el tema y regresamos a casa.
La cena fue pizza acompañada por el fastidio del tío Arnaldo. Solo que ahora, a cada comentario desagradable de él, Bruna no me miraba con su mirada de reprobación y solo bajaba la cabeza. Nos alejamos de los demás a pedido de ella y nos quedamos viendo televisión hasta después de medianoche, cuando entonces nos retiramos a dormir.
Una vez más mi novia evitó tener sexo y yo no me di cuenta de cosas a las que un novio debe estar atento. Primero que era la segunda vez que ella me evitaba y después, que sus rechazos eran encarados por mí con naturalidad, pues yo solo me daba la vuelta y dormía. Pero la coincidencia mayor estaba por venir. Me desperté durante la noche para ir al baño, ya que había tomado una buena cantidad de latas de cerveza y una vez más me encontré con la ausencia de Bruna en la cama. Consulté el reloj que marcaba aproximadamente las 2 h.
Mi primer pensamiento fue que ella no se estaba sintiendo bien y que había ido a buscar algún medicamento. Bajé entonces la escalera de la casa que permanecía en el mayor silencio y no la encontré en ningún lugar. Al llegar a la cocina, último lugar a verificar, noté que la puerta que daba acceso al área de ocio estaba abierta.
Maldiciendo por lo bajo salí por allí en busca de mi novia. Salí por la terraza que seguía a la cocina caminando hasta la esquina de la casa desde donde se veía la piscina y estaba casi llegando allí cuando oí algunos susurros. Me detuve y agucé los oídos, sin embargo, no oí nada más. Aun así, tuve cuidado y espié, en vez de simplemente seguir caminando, y lo que vi me dejó atónito.
Al lado de una de las sillas de la piscina se encontraban Bruna y mi tío, agarrados el uno al otro y en un beso donde parecía que uno deseaba tragarse al otro. Las manos del tío Arnaldo se deslizaban en dirección al trasero de Bruna, donde pronto llegaron y comenzaron a apretar con fuerza. Me quedé paralizado con aquella escena y completamente sin acción.
Mis ganas eran de salir gritando a los dos y armar el mayor escándalo, pero mis piernas se negaban a obedecerme. Con mucho esfuerzo, conseguí razonar y decidí no interferir, por ahora. Quería ver hasta dónde iban a llegar.
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