Los guantes

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La habitación estaba en penumbra, solo una lámpara de pie con pantalla roja dejaba caer un resplandor cálido y carnal sobre la cama, el aire pesaba, saturado por esa mezcla densa que se crea cuando el cuero nuevo se calienta contra la piel sudorosa, el mágico olor a curtido animal con excitación cruda.

La mujer se había tomado su tiempo en colocarse sus guantes.

Primero sacó el par del cajón forrado de terciopelo, eran de cuero negro de cordero, tan suave que parecía líquido, pero lo bastante grueso como para que cada costura marcara su mano, era largo hasta casi el sobaco, con cremallera interior plateada que subía desde la muñeca hasta la axila.

Se sentó al borde de la cama, cruzó una pierna sobre la otra, y empezó el ritual fetichista para la visión de su acompañante.

Metió los dedos de la mano derecha primero, estirando el cuero con delicadeza para que abrazara cada falange.

El material crujió suavemente, como si protestara por ser despertado.

Luego tiró con firmeza hacia arriba, dejando que el guante se deslizara por la palma, por la muñeca, por el antebrazo, moldeándose a la perfección.

La cremallera subió con un siseo metálico continuo, dentado tras dentado, hasta que el cuero quedó ceñido como una segunda piel desde las uñas pintadas de negro hasta casi el hueco de la axila.

Repitió el proceso con la izquierda, más despacio aún, mirándolo fijamente a los ojos mientras la cremallera subía y el cuero se tensaba.

Él se encontraba amarrado de pies y manos sobre la cama, estaba desnudo salvo por los pantalones de cuero negro con cremallera en la parte delantera y trasera, mas una capucha que le cubría toda su cabeza.

El bulto en su entrepierna era evidente, el olor de su excitación se mezclaba con el cuero caliente de su entrepierna, un aroma almizclado, ligeramente salado, que subía cada vez que movía las caderas buscando alivio.

Ella se acercó de rodillas sobre el colchón, el cuero de sus botas altas chirriando contra las sábanas.

Los guantes largos relucían bajo la luz roja mientras apoyaba ambas manos en los muslos de él, las palmas abiertas, los dedos extendidos.

El tacto era frío al principio, luego se calentaba rápidamente con el contacto.

El bajo la cabeza, pero ella lo levanto y su boca lo encontró primero, lo besos, labios entreabiertos, lengua plana, un roce lento desde la base hasta la punta que hizo que los abdominales de él se contrajeran.

El cuero de los guantes crujió cuando abrió la cremallera delantera del pantalón cerró una mano alrededor de su pene semiabierto, apretando con precisión, manteniéndolo quieto mientras la otra mano subía por su vientre, las costuras marcando líneas rojas leves sobre la piel sudorosa.

El olor era abrumador ahora, el cuero caliente, más sudor masculino y por encima de todo el perfume profundo y animal de su propia piel cuando se inclinaba más y lo tomaba entero.

Chupó con calma al principio, dejando que el cuero de la mano libre se deslizara por su nuca, enredándose en la cabeza encuerada de él.

Cada vez que bajaba hasta la raíz, el guante largo rozaba los testículos, la piel sensible, el interior de los muslos, dejando una caricia fría y áspera que contrastaba con el calor húmedo de su boca.

Entonces abrió la cremallera trasera del pantalón, él gruñó, las caderas se alzaron involuntariamente, el cuero de sus pantalones crujió contra el colchón, entonces ella en forma suave introdujo varios dedos enguantados en el ano del hombre, entonces con sus guantes estimulo el pene y la próstata del hombre.

Ella aceleró el ritmo, pero nunca perdió el control, la mano enguantada seguía apretando en la base, marcando el compás, impidiendo que se corriera antes de tiempo.

El otro guante largo subía y bajaba por su trasero.

El cuarto olía a sexo y a curtido, a cuero recalentado y a saliva, a piel contra piel contra piel contra cuero.

Cuando por fin lo dejó correrse, de la boca del hombre salio un sonido húmedo y obsceno, levantó la mirada.

Los guantes largos relucían, ahora salpicados de gotas claras, el cuero más oscuro en las palmas por el calor y la fricción.

—Ahora te toca decidir —susurró, la voz femenina, mientras una mano enguantada volvía a cerrarse alrededor de él con firmeza—. ¿Quieres que siga… o prefieres que te monte como un potrillo?

El cuero crujió cuando él tragó saliva.

La noche apenas empezaba.

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