Bendición del hijo (3)

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T. Lectura: 9 min.

Oficina empresarial, 8 am.

Mario se encuentra con Carlos, inversionista y amigo.

—Carlos… si te cuento lo que me pasó el viernes por la noche, no me vas a creer.

Él levanta una ceja.

—Cuéntame.

Miro hacia la puerta, bajo la voz.

—Es la mamá de Andrés, el muchacho del equipo de desarrollo. Paula. La conocí cuando fui a llevarle unos papeles a su casa… y carajo, hermano. Esa mujer es un pecado, está muy buena la muy puta.

Carlos suelta una carcajada.

—¿La mamá? ¿Cuántos años tiene?

—38 tiene la señora.

Carlos se acomoda en la silla.

—¿Y qué pasó?

Mario sonríe, respira hondo y contesta:

—Llegué a la casa, ella abrió en una pijama blanca. Joder, hermano, brasier negro, una falda corta que apenas le cubre el culo. Me invita a pasar, me ofrece café… y cada vez que se inclina, se le sube todo. Yo ahí, tragando saliva, con la verga como piedra.

Carlos, con esa sonrisa de viejo zorro:

—No me jodas, Mario…

Mario suelta una risa ronca.

—Esa mujer no tiene idea de lo que provoca…

Carlos dice:

—Tengo que conocerla.

Carlos se para, se ajusta la chaqueta y se va a sus quehaceres de la mañana, dejando a Mario.

Mario se recuesta en la silla, todavía con la verga medio inquieta pensando en ese culo. Respira hondo, agarra el celular para revisar correos… y justo en ese momento suena: Andrés llamando.

Mario contesta con voz normal, como si nada.

—Aló, mijo, ¿qué más?

—Mario, buenos días. Mire, perdón por molestar tan temprano, pero hoy no voy a poder llegar a la oficina. Me salió un rollo familiar y me toca quedarme en casa arreglando unas cosas.

Mario levanta una ceja, pero por dentro se le acelera el pulso.

—No hay problema, Andrés. ¿Y el programa? ¿Ya terminaron esa actualización que me urgía para hoy?

Andrés suspira del otro lado.

—Uy, sí… la USB con la versión final está aquí en la casa. La dejé en mi escritorio. Si la necesita urgente, mi mamá puede llevársela en la tarde cuando salga a hacer unas vueltas. Ella pasa cerca de la oficina.

Mario se queda callado un segundo, procesando. La sonrisa se le ensancha despacio.

—Perfecto, Dile a tu mamá que no se moleste mucho… pero sí, la necesito lo antes posible. Que me avise cuando vaya saliendo y yo la espero aquí. O si prefiere, yo mismo paso por allá en la tarde a recogerla, no es problema.

Andrés ríe inocente.

—No, no, Mario, mi mamá dice que no es molestia. Ella misma se ofrece siempre para estas cosas. Le digo que le mande un mensaje cuando salga, ¿sí?

—Dale, mijo. Gracias por avisar. Y saludos a tu mamá… dile que gracias por la colaboración.

Casa de Andrés, 9 am.

Andrés cuelga el teléfono con Mario y suelta un suspiro largo, frotándose la cara con las manos. Está sentado en la cama de su cuarto con la laptop abierta. Se para, agarra la USB y sale al pasillo. Baja las escaleras despacio, oyendo a su madre en la cocina: el sonido de platos, el agua corriendo, el olor a arepa recién hecha.

—Mamá —llama, asomándose por la puerta de la cocina.

Paula está de espaldas, lavando una taza en el fregadero. Lleva una bata ligera de algodón que deja ver su culo sin problema, el pelo recogido en una coleta alta desordenada, todavía sin maquillaje. Se da vuelta con una sonrisa.

—¿Ya hablaste con Mario, hijo?

—Sí, acabo de colgar. —Andrés entra y se apoya en la encimera—. Me dijo que no hay problema con que no vaya hoy, pero… la actualización esa que le urgía, la tengo lista en la USB. Me preguntó si la podías llevar tú en la tarde cuando salgas a hacer vueltas.

Paula se seca las manos con el trapo de cocina y lo mira, un poquito sorprendida.

—¿Yo? ¿A la oficina de ustedes?

Andrés asiente, extendiendo la USB hacia ella.

—Sí, ma. Es que la necesita urgente para hoy. Me dijo que si no era mucha molestia, que te avisara cuando salieras y él te espera allá. O que él mismo podía pasar por aquí en la tarde a recogerla, pero le dije que no, que tú no te ibas a molestar.

Paula toma la USB con cuidado, mirándola como si pesara más de lo que parece. Se queda callada un segundo, girándola entre los dedos.

—Ay, Andrés… ¿y si se me pierde o algo? No entiendo mucho de esas cosas.

Andrés se ríe bajito.

—No se va a perder, ma. Es chiquita. Solo se la das en mano a Mario y listo. Él me dijo que gracias por la colaboración, que te mandara saludos.

Paula suelta una risita suave, nerviosa, y guarda la USB en el bolsillo de la bata.

—Bueno… si es urgente, claro que sí. Le mando un mensaje cuando salga, como a las tres o cuatro, ¿sí? Que me avise si prefiere que pase antes.

—Perfecto. Gracias, mamá. Eres la mejor.

Casa de Andrés 1 pm

Paula sale del cuarto ya lista para salir. Lleva unos jeans ajustados azul oscuro que se le pegan como segunda piel, marcándole las caderas anchas y ese culo redondo. Arriba, una blusa blanca de botones, sencilla pero fina, que se le ciñe un poco a la cintura y deja ver el contorno del brasier rojo debajo cuando se mueve. Tacones bajos negros, cartera pequeña cruzada y un toque de labial natural. Nada exagerado, pero se ve… distinta. Más arreglada de lo que suele para salir a hacer vueltas.

Baja las escaleras despacio, oyendo a Andrés en la sala, todavía con el laptop abierto y música bajita de fondo. Él levanta la vista cuando la oye y se queda congelado un segundo, con la boca entreabierta.

—Ma… —dice, soltando una risa incrédula mientras se para del sofá—. ¿Y esa pinta?

Paula se detiene en el último escalón, se mira de arriba abajo como si no se diera cuenta.

—¿Qué? Es solo jeans y blusa, mijo. No es para tanto.

Andrés se acerca, la mira de pies a cabeza con una sonrisa pícara que no le había visto antes. Camina alrededor de ella despacio, como inspeccionándola.

—No jodas, ma. Te quiero más putita… estás muy buena. En serio. Ese culo en esos jeans… joder.

Paula se pone roja al instante, se cruza de brazos por instinto y baja la mirada.

—Andrés, por Dios… no digas esas cosas. Soy tu mamá.

Él se ríe bajito, sin maldad, solo con esa picardía de hijo que sabe que puede molestar un poquito.

—Es que mírate, ma. Pareces de revista. Mario va a flipar cuando te vea llegar así. —Se para frente a ella, la mira fijo a los ojos y levanta las manos despacio—. Espera… déjame arreglarte un detalle.

Antes de que ella pueda reaccionar, Andrés estira las manos hacia la blusa. Con dos dedos rápidos y suaves, le desabrocha el primer botón del cuello. Luego, sin pedir permiso, el segundo. La tela se abre lo justo: ahora se ve el inicio del escote, la curva superior de las tetas y un borde clarito del brasier rojo asomando.

Paula suelta un gritito corto y se lleva las manos al pecho.

—¡Andrés! ¿Qué haces? ¡Cierra eso!

Él retrocede un paso, levantando las manos en señal de rendición, pero sin dejar de sonreír.

—No, ma, déjalo así. Te ves mil veces mejor. Confía en mí. Los hombres somos simples: un poquito de escote y ya. Mario te va a agradecer el detalle… y yo también, porque así me siento orgulloso de que mi mamá esté tan buena, joder provoca tocarte las tetas jajaja.

Paula se queda mirándolo, entre avergonzada y confundida. Se toca el cuello abierto con las yemas, siente el aire fresco en la piel y traga saliva. No se abrocha. Solo suspira, como rindiéndose un poquito.

—Eres un descarado… —murmura.

Andrés le guiña un ojo.

Ella sale, cierra la puerta detrás de sí y se queda un segundo en el coche, respirando. El sol de la tarde le pega en la cara, y siente el corazón latiéndole un poquito más rápido de lo normal. Se pasa la mano por el escote abierto, duda un segundo… pero no se abrocha los botones.

Camina hacia el carro.

Oficina empresarial, 2:15 pm.

Mario había pasado la tarde revisando correos sin leerlos, mirando el reloj cada cinco minutos.

Sonó el intercomunicador de recepción.

—Mario, la señora Paula está aquí. Dice que trae algo para usted de parte de Andrés.

Mario se endereza en la silla.

—Que pase, por favor.

Se para, se ajusta la camisa, se pasa la mano por el pelo. Respira hondo. “Tranquilo”.

La puerta se abre. Entra Paula.

No viene en pijama esta vez. Lleva unos jeans ajustados azul oscuro que le marcan las caderas y el culo, una blusa blanca de botones (los primeros dos desabrochados, lo justo para que se vea el inicio del escote y un brasier rojo asomando), tacones bajos y el pelo suelto cayéndole sobre los hombros. Lleva una cartera pequeña y en la mano, la USB plateada.

—Buenas tardes, Mario —dice con una sonrisa amable

Mario siente que la verga se le mueve sola dentro del pantalón.

—Buenas tardes, Paula. Pase, por favor. Gracias por tomarse la molestia.

Ella entra, cierra la puerta detrás de sí con un clic suave. La oficina está vacía a esa hora; la mayoría ya se fue. Solo queda el zumbido del aire acondicionado y el latido en los oídos de Mario.

Paula se acerca al escritorio, extiende la mano con la USB.

—Aquí tiene. Andrés me dijo que era urgente. La versión final del programa.

Mario toma la USB, pero sus dedos rozan los de ella más tiempo del necesario. Su piel está tibia, suave. Él no suelta de inmediato.

—Gracias. No sé qué haríamos sin usted.

Ella se ríe bajito.

—No es nada. Andrés siempre anda corriendo con el trabajo… y yo ando por aquí cerca haciendo vueltas.

Se queda parada frente al escritorio, no se sienta, no se va. Cruza los brazos debajo del pecho, lo que hace que las tetas se le levanten un poco más. Mario traga saliva.

—¿Quiere sentarse un momento? —pregunta él, señalando la silla de visitas—. Le ofrezco un café, o agua… lo que sea.

Paula mira la silla, luego a él. Sonríe de lado.

—Un café suena bien. Negro porfa…

Mario mete la cápsula de café, aprieta el botón. El sonido de la máquina llena el aire un momento. Mientras espera, se acomoda disimuladamente con una mano rápida, tratando de calmar la erección que ya duele. “Tranquilo, cabrón. No la espantes”.

Cuando la taza está lista, se da vuelta. Paula sigue de pie junto al escritorio, pero ahora se ha apoyado un poco contra el borde, con una cadera ladeada. Los jeans le marcan todo: el vientre plano, las caderas, ese culo que delicia. La blusa blanca, con esos dos botones abiertos, deja ver justo lo suficiente: la curva de las tetas asomando .

Mario se acerca con la taza. En vez de ponerla en el escritorio, se la extiende directamente, obligándola a estirar el brazo. Sus dedos se rozan otra vez, pero esta vez él no suelta. La retiene un segundo más, mirándola fijo a los ojos.

—Cuidado, quema —dice, con voz baja.

Paula toma la taza, pero no retira la mano de inmediato. Sopla suave sobre el café, labios entreabiertos. Mario siente que el aire se le atora.

—Gracias —murmura ella—. Hace rato que no tomaba un café tan bueno.

Mario sonríe de lado, se apoya también en el escritorio, ahora a menos de un metro. El olor de su perfume le llega: vainilla suave, mezclada con algo cálido, femenino.

—No me diga eso, Paula, que me pongo malo.

Ella baja la mirada un segundo, se ríe bajito, nerviosa.

—No sea exagerado, Mario…

Él se inclina un poquito más, baja la voz hasta que suena casi un ronroneo.

—No exagero. Desde que entró por esa puerta no he pensado en otra cosa. En ese escote… en cómo se le marcan las tetas cuando cruza los brazos… en ese culo que usted tiene.

Paula se pone roja al instante. Baja la taza despacio al escritorio, como si le temblaran las manos.

—Mario… por favor. No diga esas cosas. Vine solo a dejar la USB.

Mario no retrocede. Al contrario, da un paso más. Ahora sus cuerpos casi se tocan. Ella siente el calor que irradia de él, el olor fuerte de su colonia mezclada con sudor limpio de hombre.

—Lo sé —dice él —. Pero usted también se quedó. Eso no es “solo dejar la USB”, mostrando esas tetas tan ricas que tiene, usted se le nota lo putita.

Paula traga saliva. Retrocede un pasito, pero choca con el borde del escritorio. No tiene escapatoria fácil.

—Es que… no sé. Me puse nerviosa. Andrés me dijo que me viera bien, que… que le gustaría que usted me viera así. Pero yo no vine por eso. Yo no soy…

Mario levanta una mano despacio y le roza el brazo con las yemas. Un toque ligero. Ella se estremece.

—No diga que no es. Porque lo es. Y lo sabe.

Paula cierra los ojos un segundo, respira hondo.

—Mario… pare. Por favor.

Mario sonríe. La gira despacio, la pone de espaldas contra el escritorio. Le sube la blusa hasta la cintura, le baja el brasier con un tirón . Las tetas quedan libres.

Se arrodilla frente a ella, baja la boca a una teta y la chupa fuerte. Paula suelta un grito ahogado, las manos en el pelo de él.

—No… ay Dios… no…

Pero las caderas se le mueven solas, buscando fricción contra la nada.

Mario le desabrocha el botón del jeans, baja el cierre despacio. Mete la mano dentro, por encima de la tanga. Encuentra el coño ya mojado, caliente.

—Joder… está empapada —gruñe contra su teta—. Dice “no” pero el coño dice “sí”.

Paula abre los ojos, vidriosos. La boca entreabierta, la respiración entrecortada. Intenta decir algo, pero solo sale un susurro roto:

—No… no puedo… Andrés… la oficina…

Mario sonríe torcido. Baja el cierre de su pantalón, saca la verga dura, gruesa, ya goteando en la punta. La frota despacio contra el muslo de ella, dejando un rastro húmedo en los jeans.

—Andrés no está aquí.

La gira de nuevo, esta vez con más fuerza. La inclina sobre el escritorio, el pecho aplastado contra la madera fría. Le baja los jeans y la tanga de un tirón hasta medio muslo. El culo queda expuesto, redondo, perfecto. Mario lo acaricia con las dos manos, abre las nalgas un poco y escupe directo en el culo, viendo cómo la saliva resbala hacia el coño.

Paula tiembla, las manos aferradas al borde del escritorio.

—Mario… por favor… no así… —susurra, pero las caderas se le arquean hacia atrás, como pidiendo más sin querer.

Él se posiciona detrás. La punta de la verga roza la entrada mojada, resbala un poco por lo empapada que está. Empuja despacio al principio, solo la cabeza entra. Paula suelta un grito corto, mezcla de dolor y placer.

—Shhh… relájese —murmura él, agarrándola por las caderas—. Va a entrar toda.

Empuja más fuerte. Centímetro a centímetro, la verga se abre paso en el coño apretado, caliente. Paula gime fuerte, las uñas clavadas en la madera.

—Ay… Dios… está muy grande… —solloza bajito.

Mario llega hasta el fondo con un último empujón seco. Se queda quieto un segundo, sintiendo cómo el coño la aprieta alrededor, palpitando. Luego empieza a moverse: lento al principio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta chocar contra el culo.

—Joder, qué rico coño tiene… —gruñe, acelerando el ritmo—. Dice “no” pero me aprieta como si no quisiera que salga nunca.

Paula gime con cada embestida, la cabeza echada hacia atrás, el pelo pegado a la cara por el sudor. Las tetas se balancean libres contra el escritorio, los pezones rozando la superficie fría.

—No… no pare… —se le escapa sin querer, voz rota.

Mario suelta una risa baja, triunfal. Le agarra el pelo con una mano, tira suave para arquearle la espalda más. Con la otra mano le da una nalgada fuerte que resuena en la oficina.

—Esa es mi putita… ahora sí lo admite.

Aumenta el ritmo: embestidas profundas, rápidas, el sonido de la piel chocando contra piel llenando el aire junto con los gemidos de ella. Paula empieza a empujar hacia atrás, buscando más, el coño chorreando por los muslos.

—Voy a llenarla… —avisa él, voz entrecortada—. Voy a dejarle todo adentro.

Paula solloza de placer, las piernas temblando.

—S-sí… adentro… por favor…

Mario gruñe fuerte, empuja una última vez hasta el fondo y se corre. Chorros calientes llenan el coño, desbordando un poco. Se queda dentro, palpitando, mientras ella tiembla y se corre también: un orgasmo fuerte, silencioso al principio, luego un gemido largo y roto.

Se queda encima de ella un momento, respirando pesado. Luego sale despacio, viendo cómo el semen blanco resbala por los muslos de Paula.

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1 COMENTARIO

  1. Próximo capitulo cuando llegue a 50 me gustas(likes), me gustaría leer sus opiniones sobre el relato, Incluso las criticas son bienvenidas o como creen que debería mejorar.

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