Vibraciones nocturnas (3/3)

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T. Lectura: 10 min.

La orden me golpeó fuerte. ¿Cómo sabía él de la lencería negra que estaba en mi cajón, envuelta en una bolsa de tela, el conjunto que compré en secreto hace un tiempo y nunca me atreví a usar con mi Mor? “Dios… no puedo ponerme eso ahí… al lado de Mi Mor…”. La culpa me quemó el pecho como si alguien me hubiera clavado una brasa, pero las piernas ya se movían solas, traicionándome.

Cerré la puerta del baño con un clic suave que resonó como un disparo en el silencio. Caminé descalza por el pasillo oscuro, cada paso hacía que la tanga colgara en los muslos, que los labios hinchados rozaran la piel húmeda y que un hilo nuevo se escapara y goteara al piso. La camiseta se pegaba más con cada movimiento, los pezones rozando la tela áspera y mandándome descargas que bajaban directo al vientre. El ronquido de Mi Mor se hacía más claro a medida que me acercaba a la alcoba, como un metrónomo cruel que marcaba cada segundo de mi caída.

Entré. La luz tenue del buró iluminaba la cama king size con las sábanas arrugadas, Mi Mor dormido de lado, respirando pesado, ajeno a todo. El espejo de cuerpo entero reflejaba mi silueta temblorosa: cara roja, ojos brillantes de miedo y deseo, jersey pegado, tanga colgando, coño expuesto y chorreando.

Abrí el cajón del buró. Crujió bajito. Ahí estaban: el collar negro con argolla, los puños de cuero con cadena dorada, el bozal de bola rojo… y la bolsa con la lencería negra de sumisa.

El corazón me latía en la garganta. “Si Mi Mor abre los ojos ahora…”.

Pero ya no podía parar.

Me quité la camiseta. mis senos quedaron libres, pesados, brillando de sudor. Me puse el brasier negro sin copas: el encaje solo enmarca mis senos por debajo y por los lados, dejando los pezones completamente expuestos, duros y oscuros. Luego la tanga mínima: las tiras altas se atan en las caderas, la tela delantera es casi transparente y apenas cubre el clítoris hinchado, la parte trasera es un hilo fino que se mete entre las nalgas.

Abrí el cajón. La lencería negra de sumisa y las medias de red negras hasta los muslos, el encaje superior raspando la piel sudada.

Saqué el collar negro con argolla. Lo puse alrededor de la garganta. Clic. La presión de la argolla fría sobre mi garganta me hizo tragar saliva con dificultad.

Luego los puños de cuero. Los cerré en las muñecas. Conecté la cadena dorada a la argolla del collar. La cadena quedó colgando entre mis senos, fría contra la piel caliente.

Después el bozal de bola rojo. Abrí la boca. Metí la bola. Apreté la correa en la nuca. La bola me llenó la boca, la mandíbula forzada, saliva empezando a gotear por la comisura de los labios.

Me miré en el espejo de cuerpo entero.

Collar apretando la garganta, argolla brillando, cadena dorada colgando entre los senos expuestos, puños conectados, bozal rojo llenándome la boca con saliva goteando por la barbilla y cayendo sobre mis senos, lencería negra de puta sumisa enmarcando mi cuerpo, tanga mínima empapada y transparente, medias de red, vagina chorreando al piso.

Reducida a mi realidad de ama de casa a puta sumisa.

Tecleé con una mano temblorosa (la otra jalando la cadena para sentir la presión en la garganta):

Yo: Ya me lo puse todo… collar… puños… cadena… bozal… y la lencería negra… brasier sin copas dejando mis senos al aire… tanga mínima que no cubre nada… medias de red… saliva me chorrea por la barbilla y cae sobre mis senos… me siento… humillada… puta… asquerosa… cerca de Mi Mor dormido… – 3:00

Él: Mírate, zorra. Tetona con lencería de puta barata, collar de perra, bozal en la boca, panocha chorreando en tu propia alcoba matrimonial. Jala la cadena fuerte. Tira de los puños hacia arriba. Siente cómo aprieta la garganta. Pellízcate los pezones expuestos duro. Dime cómo duele rico. Susurra por la bola: “Soy una perra sumisa”. Repite tres veces. – 3:01

Jalé la cadena. La argolla apretó. Pellizqué los pezones expuestos fuerte. El dolor rico me recorrió como fuego. Gemí ahogado por la bola, saliva goteando más por el pecho y cayendo sobre mis senos.

Susurré con dificultad, voz amortiguada y babeante:

Yo: Soy una perra sumisa … Soy una perra sumisa … Soy una perra sumisa … – 3:02

El ronquido de Mi Mor siguió igual, pero cada susurro me hacía sentir que el mundo se iba a derrumbar.

Él: Buena perra. Ahora ponte de rodillas frente al espejo. Abre las piernas. Tócate con tres dedos. Profundo. Embiste lento. Cuenta cada vez. Jala la cadena con cada embestida. Repite: “Mi panocha es tuya, amo”. Y no te corras todavía. Quiero que sufras. – 3:03

Me arrodillé en el piso frío de la alcoba. Abrí las piernas. Tres dedos entraron profundo, el sonido húmedo llenando el silencio. Jalé la cadena. La argolla apretó. Embestí lento.

Yo: Uno… Mi panocha es tuya, amo … dos… Mi panocha es tuya, amo … tres… Mi panocha es tuya, amo … – 3:05

El placer era brutal. mis senos se movían con cada embestida, la cadena tintineaba bajito, la saliva goteaba por el pecho, los pezones ardían.

Yo: Estoy cerca… por favor… me voy a correr… – 3:06

Él: No todavía, zorra. Para. Saca los dedos. Quédate de rodillas, cadena jalada, bozal lleno de saliva, panocha abierta. Respira. Quiero que supliques que te deje correrte, collar y bozal puestos. – 3:07

Me quedé de rodillas, jadeando, cadena jalada, garganta apretada, bozal goteando saliva por la barbilla y el pecho, vulva palpitando vacía y chorreante al piso. La culpa me quemaba: “Estoy de rodillas en mi alcoba matrimonial… con lencería de puta sumisa, bozal y collar… mientras mi marido ronca…”.

Pero el cuerpo ardía. Y supe que iba a suplicar.

Me quedé de rodillas en el piso frío de la alcoba, cadena jalada, garganta apretada por la argolla del collar, bozal de bola rojo llenándome la boca con saliva que goteaba sin control por la barbilla y caía en hilos espesos sobre mis tetas expuestas. El brasier sin copas enmarcaba las tetas pesadas, pezones duros y rojos de tanto pellizco, brillando con sudor y saliva. La tanga mínima negra apenas cubría el clítoris hinchado, empapada y transparente, el hilo trasero metido entre las nalgas chorreando humedad.

Las medias de red raspaban la piel sudada de los muslos abiertos. La vagina palpitaba vacía, labios hinchados y abiertos, chorros tibios escapándose cada pocos segundos y salpicando el piso con sonidos suaves, pegajosos. El ronquido de Mi Mor seguía grave y constante a metros de mí, cada ronquido un cuchillo en el pecho: “Estoy de rodillas con bozal y collar en mi propia alcoba… como una puta… mientras mi marido duerme… ¿qué soy ahora?”.

El cuerpo entero temblaba: piernas flojas, rodillas clavadas en el piso, espalda arqueada por la cadena jalada, tetas moviéndose con cada respiración entrecortada, saliva goteando por el cuello y el pecho, el pelo negro pegado a la cara y la nuca en mechones húmedos.

El celular vibró en mi mano temblorosa.

Él: Buena zorra. Has sufrido lo suficiente. Ahora sí. Córrete para mí. Tres dedos profundo. Embiste fuerte. Jala la cadena hasta que te cueste respirar. Pellízcate los pezones expuestos duro. Repite en voz baja por la bola: “Soy tu puta, amo… córrete en mí”. Hazlo ya. Quiero sentir cómo te rompes. -3:10

La orden fue como un disparo. La culpa me quemó una última vez (“Elena… no… tienes bendiciones… esto no está…”), pero el cuerpo ya no escuchaba. Metí tres dedos profundo, resbalosos de humedad, el sonido húmedo y obsceno llenando la alcoba. Embestí fuerte, el pulgar presionando el clítoris hinchado. Jalé la cadena. La argolla apretó la garganta, el aire se hizo escaso, la cabeza me dio vueltas. Pellizqué los pezones expuestos duro. El dolor rico se mezcló con el placer en una explosión.

Susurré babeante por la bola, voz amortiguada y rota:

Yo: Soy tu puta, amo… córrete en mí… soy tu puta, amo… córrete en mí… -3:11

El orgasmo fue brutal. mi vientre se contrajo primero, una ola caliente subiendo desde mi cuquita. Los músculos internos se apretaron alrededor de los dedos, contracciones fuertes y rítmicas que me hicieron arquear la espalda hasta el límite. El clítoris explotó bajo el pulgar, latidos intensos que se extendieron por todo el cuerpo como ondas de choque. Un chorro caliente salió disparado, salpicando el piso de la alcoba con un sonido húmedo y fuerte, luego otro, y otro, chorros gruesos y tibios que mojaron mis muslos, las medias de red, el piso frío.

Las piernas me temblaron violentamente, rodillas flaqueando, casi caigo hacia adelante. El cuerpo convulsionó entero: espalda arqueada hasta el límite, tetas moviéndose salvajes, brazos tirando de la cadena, garganta apretada por la argolla, saliva goteando en cascada por la barbilla y el pecho. Gemidos ahogados salieron por la bola, sonidos guturales y rotos que se perdían en el bozal, amortiguados pero desesperados, como un animal herido de placer.

Mi visión se nubló: estrellas blancas bailando en la oscuridad de la alcoba, el espejo reflejando una figura borrosa, temblorosa, rota. El orgasmo me atravesó como corriente eléctrica, ola tras ola, desde el clítoris hasta la nuca, hasta las puntas de los dedos de los pies. Contracciones fuertes seguían apretando los dedos dentro de mí, chorros finales salpicando el piso, el cuerpo convulsionando una última vez antes de derrumbarse.

Temblaba, jadeando por la nariz (la boca llena de bola), lágrimas calientes rodando por las mejillas (mezcla de placer extremo y culpa aplastante). Las piernas seguían temblando, rodillas débiles, cuquita aún contrayéndose en espasmos residuales, chorros finales goteando lentos. Saliva seguía cayendo por la barbilla, mezclándose con lágrimas y sudor en el pecho. El ronquido de Mi Mor seguía igual, ajeno, constante.

Al mismo tiempo, el celular vibró con su mensaje:

Él: Me estoy corriendo, zorra… joder… chorros calientes y espesos… gruesos… salpicando mi abdomen y la mano… la verga latiendo fuerte en mi puño… semen caliente cubriéndome el estómago, goteando por los lados… todo por ti, putilla … -3:12

Ambos jadeábamos a través de la pantalla. Silencio pesado. Yo de rodillas aún temblando, cadena colgando floja ahora, bozal goteando saliva por la barbilla y el pecho, coño chorreando al piso en gotas lentas, lágrimas rodando por la cara, cuerpo exhausto y sensible, piernas débiles, espalda curvada.

El celular vibró de nuevo.

Él: Buena puta… no te quites nada todavía. Ve a la perrera. Camina como perra por tu casa. Lleva tu collar, puños, bozal, lencería de puta. Ve a buscar ahí dentro. Obedece. -3:14

Un último destello de conciencia me atravesó. Tecleé con dedos que apenas obedecían:

Yo: No… por favor… no puedo salir así… el perro va a ladrar… despertará a todos… -3:15

Él: El perro no está. Lo llevaron esta tarde al veterinario a esterilizar. Lo sé porque vi salir al cornudo de tu marido con la jaula. Pero si tienes miedo de ir en lencería… busca el vestido veraniego que usaste el domingo pasado. Está en la lavandería, sucio, colgado en la percha. Póntelo encima. Sin quitarte nada de lo que llevas debajo. Camina. Obedece ya. -3:16

El mundo se me detuvo. “¿Cómo sabe lo del veterinario? ¿Cómo sabe qué vestido usé el domingo? ¿Quién chigados es este hombre?”. El miedo me subió por la espalda como hielo, pero la sumisión ya era total. El cuerpo temblaba de nervios y excitación residual.

Fui a la lavandería tambaleándome. El vestido veraniego estaba ahí, arrugado y sucio de sudor y tierra del domingo. Me lo puse encima de todo: lencería negra, collar, puños, cadena, bozal. La tela ligera y fina se pegó inmediatamente a mi cuerpo caliente y húmedo, marcando sutilmente la cadena y la forma de mis tetas expuestas debajo. El escote dejaba ver la argolla del collar. Me miré un segundo en el espejo de la entrada: parecía una mujer normal… pero por dentro era una puta sumisa.

Salí por la puerta trasera. El aire caliente de la madrugada me golpeó la cara como una bofetada húmeda. El cielo estaba negro profundo, casi violeta en el horizonte, con algunas estrellas débiles y la luna casi llena bañando todo con una luz plateada fría y azulada. El piso de cemento del patio trasero estaba áspero y aún caliente del día, pequeños granos de arena y polvo se clavaban en las plantas de mis pies descalzos. Cada paso hacía que el clítoris rozara la tanga mínima debajo del vestido, enviándome espasmos leves que me hacían apretar los dientes.

Llegué a la perrera, la caseta de madera en el rincón del patio, vacía como él dijo. El olor a pelo de perro y heno seco me golpeó la nariz, mezclado con el polvo caliente del cemento y el aire húmedo de la noche. El suelo de la caseta estaba sucio, con hojas secas, orines de perros secos y tierra acumulada, áspero contra mis rodillas cuando me agaché para buscar. El celular vibró en mi mano.

Él: Dentro de la caseta hay un vibrador wifi negro, grueso, con base ancha. Sácalo. Métetelo. Yo lo controlo. Obedece. -3:17

Pensé: “¿Cómo supo dónde ponerlo? ¿Entró a mi casa? ¿Quién es este hombre?”. El miedo me apretó el estómago, pero la excitación postorgásmica aún latía en mi cuquita, el clítoris sensible al roce del aire. Busqué en un rincón oscuro de la caseta, mis dedos rozando tierra seca y pelos de perro pegajosos. Ahí estaba, envuelto en una bolsa plástica, el vibrador wifi negro, grueso en la punta, base ancha y firme, frío al tacto.

Me agaché más, levanté el vestido, corrí la tanga al lado un poco. El aire caliente del patio rozó mi intimidad un escalofrío me recorrió la espalda. Coloqué la punta contra mi entrada. Empujé despacio. La punta gruesa me abrió, un dolor rico y ardiente se extendió por mi vientre, mezclado con el placer residual del orgasmo anterior. Lo metí hasta el fondo, el sonido suave de succión cuando la base quedó contra mi pirineo. La sensación de llenura me hizo gemir ahogado por el bozal, saliva goteando más rápido por la barbilla y cayendo al suelo sucio de la caseta.

Un segundo después, vibró suave. Luego más fuerte. Pulsante. El zumbido bajo se sintió en mi interior, rozando justo ese punto que me hizo apretar los músculos, un mini orgasmo me sacudió: las piernas temblaron, un chorrito caliente salió de mi y baño el vibrador, el clítoris latió fuerte. Pensé: “Dios… esto es real… estoy en la perrera como una perra, con un vibrador oscilando dentro… ¿qué estoy haciendo?”.

Él: ¿Suficiente con eso, zorra? ¿O quieres uno real dentro de ti? Dime la verdad. -3:19

El vibrador oscilaba sin piedad, ondas de placer subiendo por mi vientre, haciendo que mis tetas se movieran con cada pulso. El olor a heno seco y perro se mezclaba con el mío, fuerte y animal. La culpa me quemaba: “Mis bendiciones juegan aquí con el perro… y yo de rodillas con vibrador dentro…”. No sabía qué contestar, el deseo me nublaba.

Yo: No sé… … pero… sí… quiero uno real… -3:20

Él: Buena puta. Ahora sal de la casa. Ve al parque. A la casa club del fraccionamiento. Te prometo regresarte antes de que amanezca. Camina. -3:21

Yo: Tengo miedo… los vecinos… alguien me puede ver… por favor… -3:22

Él: Miedo es lo que te pone más cachonda. Mira esto otra vez. (foto de su verga gruesa, venosa, cabeza hinchada y brillante llena de mecos chorreantes). Deseas esto dentro de ti. Ve ahora. -3:23

La foto me destruyó. La verga gruesa, venas marcadas, cabeza hinchada. El deseo me ganó. Tecleé temblando:

Yo: Voy… -3:24

Salí de la perrera. El aire caliente de la madrugada de Monterrey me golpeó la cara como una bofetada húmeda. El cielo estaba negro profundo, casi violeta en el horizonte, con algunas estrellas débiles y la luna casi llena bañando todo con una luz plateada fría y azulada. Cada paso hacía que el vibrador wifi vibrara más fuerte dentro de mí, rozando justo ese punto que me hacía apretar los dientes. Mini orgasmos me atravesaban cada pocos metros: las piernas se me doblaban, un chorrito caliente salía de mi coño y bajaba por el muslo, el vestido se pegaba más a la piel sudorosa, el bozal goteaba saliva que caía por la barbilla y manchaba la tela del vestido.

Caminé por la calle del fraccionamiento. Dos cuadras completas.

La primera cuadra fue una tortura lenta. El vibrador pulsaba en ritmos irregulares, enviándome espasmos que me obligaban a detenerme cada pocos pasos. Las rodillas flojas, el clítoris rozando la tela mínima de la tanga con cada movimiento. El vestido se pegaba a mi cuerpo postorgásmico, húmedo de sudor, saliva y humedad. Las casas dormidas a ambos lados tenían luces apagadas, solo alguna ventana con luz tenue de veladora o celular. Los jardines resecos crujían con el viento caliente. El silencio era absoluto, roto solo por el zumbido lejano de algún generador y mis respiraciones entrecortadas a través del bozal.

La segunda cuadra fue peor. El vibrador empezó a vibrar más fuerte, en oleadas largas. Un mini orgasmo me atravesó de repente: las piernas se me doblaron, tuve que apoyarme en una pared de block rugoso, mordiendo la bola del bozal para no gemir fuerte. Otro chorro salió de mí, mojando más el interior del vestido. El sudor me corría por la espalda, por entre las tetas, por las sienes. El cielo parecía más oscuro ahora, la luna iluminando las fachadas blancas y beige de las casas, las rejas negras, los coches estacionados. Cada sombra me parecía una persona mirándome. El corazón me latía en la garganta, el miedo y la excitación mezclados en un nudo que me hacía sentir viva y rota al mismo tiempo.

Llegué a la casa club. Tenuemente iluminada por fuera con luces de seguridad amarillas débiles que pintaban las paredes blancas de un tono dorado sucio. Las palmeras altas se movían con el viento caliente. Adentro estaba completamente oscura, solo una leve luz azulada de celular se filtraba por una de las ventanas laterales.

Me detuve frente a la puerta principal. El vibrador seguía oscilando dentro de mí, haciéndome apretar los muslos. El vestido se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel húmeda. Saliva goteaba dentro del bozal.

Dudé frente a la puerta principal. El celular vibró.

Él: Entra. Cierra la puerta. Obedece. – 3:35

Empujé la puerta con manos temblorosas. Entré. La cerré detrás de mí.

Oscuridad casi total.

La luz del celular se encendió más fuerte, deslumbrándome completamente. Me cubrí los ojos con una mano, el bozal goteando saliva por la barbilla, el vibrador aún oscilando débilmente dentro de mí.

Una voz grave salió de las sombras, terriblemente familiar; rasposa y húmeda, con un gorgoteo de flema al final de cada frase:

–Quítate… (carraspeo largo y húmedo) …el vezzztido… zorra… (respiración pesada y silbante).

Obedecí temblando. El vestido cayó al piso.

La luz lo iluminó por completo.

El olor me golpeó primero: sudor rancio de varios días mezclado con tabaco viejo. Luego, cuando la luz lo iluminó por completo, vi la calvicie avanzada: una corona de pelo negro grasiento alrededor de la cabeza, mechones largos y desordenados peinados hacia adelante y a los lados como queso Oaxaca derretido, intentando cubrir la calva central brillante que se veía claramente bajo la luz. El pelo pegado a la frente por el sudor caía desordenado sobre las cejas gruesas.

La piel de su cara y cuello era áspera, gruesa y reseca, con un tono moreno opaco manchado por manchas solares oscuras y pequeñas cicatrices blancas de cortes viejos, rugosa como lija fina, pegajosa por el sudor acumulado, con poros abiertos y un brillo grasiento que reflejaba la luz del celular de forma sucia. La barriga colgaba pesada sobre la verga gruesa y venosa todavía semidura y brillante de semen reciente (lo único hermoso y poderoso en ese cuerpo repulsivo), los ojos pequeños y hundidos mirándome con una mezcla de triunfo y hambre, la nariz ancha y torcida, los dientes amarillos asomando en una sonrisa lenta y torcida.

En mi mente explotó todo:

“No… no puede ser… todos menos él… ¿por qué él…?”

Como siempre es gusto recibir sus comentarios.

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