Laura, la mamá de Mateo

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Todavía no puedo creer cómo llegamos a esto. Por más que lo pienso, me parece una pesadilla que se fue armando sola, paso a paso, como si las circunstancias mismas conspiraran para que ocurriera. Y sin embargo, ocurrió. Y a partir de ahí, todo cambió para siempre en mi vida y en la de mi hijo.

Todo empezó un martes por la tarde, en la dirección de la escuela. Me habían citado otra vez. Era la tercera reunión en menos de dos meses. Mi hijo Mateo, de doce años, había vuelto a meterse en problemas: una pelea en el recreo, un pupitre rayado con groserías, y esta vez, para colmo, había empujado a un compañero contra la pared hasta dejarle un moretón en la cara. El director, don Alberto Vargas, me había mandado un mensaje seco por WhatsApp: “Señora Laura, es urgente que venga hoy mismo. No podemos seguir tolerando esto”.

Llegué con el corazón en la boca. Siempre me ponía nerviosa verlo. Don Alberto tenía 55 años, era un hombre bajo, ancho de espaldas, con la piel curtida por el sol y el pelo gris muy corto. Sus ojos pequeños y hundidos. No era guapo, para nada. Tenía una nariz grande, labios gruesos que apenas se movían cuando hablaba, y una papada que se le movía cuando masticaba las palabras. Pero tenía autoridad. Mucha autoridad.

Entré al despacho y cerré la puerta detrás de mí. Él estaba sentado detrás del escritorio, con las manos cruzadas sobre la barriga. Me miró de arriba abajo, despacio.

—Buenas tardes, señora Laura —dijo —. Siéntese.

Me senté frente a él. Llevaba un vestido sencillo, azul oscuro, de esos que uso para ir a la escuela o al supermercado. Nada provocativo. Pero el escote era un poco más abierto de lo que hubiera querido ese día, y noté que sus ojos se detuvieron ahí.

—Mateo no puede seguir así —empezó—. Estamos a punto de expulsarlo. Ya hablé con la junta. Pero… —hizo una pausa larga, mirándome fijo— creo que todavía podemos salvarlo. Si usted colabora.

Sentí un frío en la espalda.

—¿Colaborar? —pregunté, con la voz temblorosa—. ¿Qué quiere decir?

Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. El reloj de pared hacía tic-tac muy fuerte en el silencio.

—Su hijo necesita disciplina. Y protección. Yo puedo dársela. Puedo hablar con los profesores, con los padres del otro niño, con la junta… Puedo hacer que todo esto desaparezca. Pero las cosas así no son gratis, Laura.

Me quedé helada. Nadie me había llamado por mi nombre de pila en esa escuela. Siempre era “señora Guzmán” o “la mamá de Mateo”.

—No entiendo… —murmuré, aunque una parte de mí ya empezaba a entender.

Él sonrió. Fue una sonrisa fea, torcida, que le arrugó más la cara.

—Usted es una mujer muy hermosa. Lo sabe, ¿verdad? Y yo… bueno, yo soy un hombre viejo, feo, solo. Mi esposa me dejó hace años. No tengo hijos. Tengo este cargo, este despacho… y deseos. Muchos deseos. Y usted tiene un hijo que se está yendo al carajo.

Sentí que el aire se me acababa.

—¿Me está pidiendo…?

—No le estoy pidiendo nada todavía —me interrumpió—. Le estoy ofreciendo un trato. Usted viene aquí, dos veces por semana, después de clases. Se queda conmigo una hora. Lo que yo quiera. Y yo me encargo de que Mateo no sea expulsado. Termina el año sin problemas. Incluso puedo recomendarlo para becas el próximo curso. Todo limpio.

Me quedé mirando el suelo. Las lágrimas me quemaban los ojos, pero no quería llorar delante de él. El silencio se estiro. Mis labios temblaban cuando hablé.

—No quiero becas —dije con voz baja, casi rota—. No quiero ayudas. No quiero recomendaciones ni favores especiales. Solo quiero que Mateo siga estudiando aquí. Que no lo expulsen. Que termine el año como cualquier otro niño. Nada más.

Don Alberto se quedó quieto un momento. Sus ojos pequeños se entrecerraron, como si estuviera midiendo si había trampa en mis palabras. Luego soltó una risa corta, seca, que no llegó a sus ojos.

—Solo eso, ¿eh? —murmuró, inclinándose hacia adelante—. Nada de privilegios. Solo que tu hijito no se vaya a la mierda. Qué madre tan humilde.

Se levantó despacio. Rodeó el escritorio. Se paró justo frente a mí. Yo seguía sentada, con las manos apretadas en el regazo, las uñas clavadas en las palmas.

—Entonces hagamos las cosas claras, Laura —dijo, bajando la voz hasta que sonó casi íntima—. Tú me das lo que quiero. Yo me encargo de que Mateo se quede. Sin expulsión. Sin expediente. Sin que nadie más se meta. Pero no me vengas con medias tintas. Si vas a aceptar, aceptas todo. Lo que yo quiera. Cuando yo quiera. Como yo quiera.

Tragué saliva. El nudo en la garganta era tan grande que apenas podía respirar. El tic-tac del reloj seguía golpeándome en las sienes, como si contara los segundos que me quedaban antes de romperme del todo.

—No… no todo —susurré, alzando apenas la vista—. Hoy. Solo hoy. Y solo… solo se lo chupo. Nada más.

Él se quedó mirándome. Sus ojos pequeños se achicaron aún más, como si estuviera saboreando cada palabra que acababa de salir de mi boca. La sonrisa fea volvió, lenta, torcida, estirándole la piel de la papada.

—¿Solo hoy? —repitió, casi divertido—. ¿Y solo con la boquita?

Asentí despacio. Las lágrimas ya me resbalaban por las mejillas, pero no las sequé. No podía moverme.

—Solo hoy —repetí, con la voz temblorosa—.

Don Alberto soltó un suspiro largo, teatral, como si estuviera considerando una oferta en un mercado. Se llevó una mano al cinturón. Lo desabrochó con calma, sin prisa. El sonido del metal contra el cuero me hizo estremecer.

—Eres dura negociando, Laura —dijo, casi con admiración—. Me gusta eso. Una madre que sabe defender a su crío.

Bajó el cierre. Metió la mano dentro. Sacó su miembro despacio,. Era grueso, venoso, la piel oscura y arrugada. No estaba completamente duro todavía, pero ya se hinchaba solo con mirarme. Olía fuerte, a hombre maduro, a sudor del día entero acumulado bajo la ropa. Feo. Igual que él.

—Arrodíllate —ordenó.

Me deslicé de la silla al suelo. Las rodillas se hundieron en la alfombra gastada. Alcé la vista. Él me miró desde arriba, con esa expresión de triunfo que me revolvía el estómago.

—Ábrela —dijo.

Abrí la boca. Llorando. Temblando. Las lágrimas me caían calientes sobre los labios.

Él me tomó del pelo con una mano. No tiró fuerte, pero me sostuvo la cabeza en su sitio. Acercó la punta a mis labios. Rozó. Salada. Caliente. Un hilo de saliva se me escapó antes de que siquiera lo tocara.

—Lame primero —murmuró—. Despacio. Como si lo quisieras de verdad.

Saqué la lengua. La pasé por debajo, por los lados, por la cabeza hinchada. Sentí cómo crecía en mi boca, cómo se ponía más grueso. Él soltó un gruñido bajo, casi animal.

—Así… buena madre… —susurró—.

Metí más. La boca se me llenó. Gruesa. Pesada. Me costaba respirar por la nariz. Él empezó a mover las caderas, despacio al principio. Luego más rápido. Me follaba la boca con embestidas cortas, controladas. Yo gemía alrededor de su carne, no de placer, sino de vergüenza pura, de derrota absoluta.

Las lágrimas me corrían por la cara. Saliva me chorreaba por la barbilla y caía en gotas sobre mi vestido. El sonido era obsceno: húmedo, chapoteante, asqueroso. Él aceleró. Su respiración se volvió jadeante. Gruñía palabras bajas, entrecortadas:

—Puta… así… trágatelo todo…

Y entonces se tensó. Me empujó hasta el fondo. Sentí el primer chorro caliente golpeándome la garganta. Tosí. Intenté apartarme. No me dejó. Me mantuvo clavada mientras se vaciaba. Golpe tras golpe. Caliente. Espeso. Amargo. Tragué lo que pude. El resto me resbaló por la comisura de los labios y cayó sobre mi pecho.

Cuando terminó, me soltó. Me aparté tosiendo, jadeando. Semen me goteaba por la barbilla. Me limpié con el dorso de la mano, temblando, con el sabor de él pegado al paladar.

Él se subió el pantalón con calma. Se ajustó el cinturón. Me miró desde arriba, satisfecho.

—cumpliste —dijo, como si acabáramos de cerrar un trato justo—. Mateo se queda. Sin expediente. Sin problemas. Por ahora.

Me quedé allí, de rodillas, con el vestido arrugado, el pecho manchado y la boca hinchada.

Me levanté como pude. Recogí mi bolso del suelo. Caminé hasta la puerta con las piernas flojas, el sabor de él todavía en la lengua.

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