Susana regresa a casa

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Susana siempre había sido esa chica que no destacaba por su belleza, pero conquistaba con su sonrisa eterna y su verborrea inagotable. A los 19 años, con sus gafas azules modernas enmarcando unos ojos vivaces, su cuerpo regordete y sus curvas suaves, no era la típica reina de la universidad. Pero su simpatía la hacía irresistible: charlaba con todo el mundo, contaba anécdotas divertidas y siempre tenía una réplica ingeniosa. Por eso, cuando decidió independizarse, lo hizo con la cabeza alta. “Necesito mi espacio”, le dijo a su padre, empacando sus cosas en una maleta raída.

Seis meses después, el sueño se desmoronó. El alquiler devoraba su sueldo de camarera a media jornada, y las facturas se acumulaban como nubes de tormenta. No le quedó más remedio que volver a casa, con la cola entre las piernas.

Su padre, un hombre viudo de 45 años, ya no vivía solo. Ahora compartía la casa con Vanesa, una mujer de 38 años, alta y curvilínea, con el cabello negro azabache y una autoridad natural que intimidaba. Y estaba Pedro, el hijo de Vanesa, de 18 años: alto, atlético, con ojos verdes penetrantes y una sonrisa ladeada que hacía que las chicas en el instituto se derritieran. Susana lo vio por primera vez al cruzar la puerta, y sintió un cosquilleo inesperado. “Bienvenida a la familia”, dijo él, extendiendo la mano con una calidez que la desarmó.

Discutieron su regreso en la cocina, bajo la luz fría de la lámpara colgante. El padre parecía aliviado, pero Vanesa cruzó los brazos, evaluándola. “Puedes quedarte, pero hay reglas. Toque de queda a las once, ayuda en la casa, y si las rompes… disciplina.” Susana frunció el ceño, pero firmó el papel que le pusieron delante: un acuerdo casero, casi ridículo, donde aceptaba vivir allí y someterse a “medidas correctivas” si incumplía. “Es por tu bien”, dijo su padre, dándole una palmada en el hombro. Ella pensó que era una formalidad, nada serio.

La adaptación fue dura. Por las noches, el silencio de la casa vieja se rompía con los gemidos ahogados de su padre y Vanesa. El muelle oxidado de la cama crujía rítmicamente, como un metrónomo erótico, recordándole que la intimidad ajena estaba a solo una pared de distancia. Susana se tapaba los oídos, pero no podía evitar imaginárselos: los cuerpos sudados entrelazados, las manos explorando curvas familiares. Le provocaba un calor incómodo entre las piernas, una mezcla de envidia y excitación que la hacía revolverse en la cama.

Al desayuno, se cruzaba con Pedro. Él, con el pelo revuelto del sueño, en camiseta ajustada que marcaba sus pectorales, la miraba con una intensidad que la ponía nerviosa. “¿Dormiste bien?”, preguntaba, sirviéndose cereales, y sus ojos bajaban un segundo a sus caderas. Susana respondía con su verborrea habitual: “¡Puf, como una marmota en hibernación! ¿Y tú, futuro deportista?”. Pero por dentro, notaba cómo su presencia la alteraba. Lo que más le fastidiaba era el toque de queda: volver a las once como una adolescente la hacía sentir atrapada.

Un día, sin querer, entró en el baño compartido. La puerta no estaba cerrada con llave, y allí estaba Pedro, de espaldas, orinando. Susana se quedó paralizada un segundo: vio los calzoncillos blancos bajados a media nalga, revelando un culo firme con vello joven y oscuro esparcido como una sombra incipiente. Y el pene… abultado, hinchado, probablemente de una paja reciente. Él se giró ligeramente, sobresaltado, pero no gritó. Solo se subió los calzoncillos con prisa y murmuró: “Tranquila, no pasa nada”. Susana salió roja como un tomate, mortificada. Por fortuna, Pedro no lo aireó. Pero desde entonces, sus miradas en el desayuno tenían un matiz nuevo, como si compartieran un secreto picante.

La universidad era su escape. Ese viernes, después de clases, se quedó con amigos. Jaime, un chico moreno y descarado, la acorraló en el bar con cervezas y risas. El alcohol fluía, y pronto estaban besándose en un rincón oscuro. Sus manos bajaron a su culo regordete, apretándolo con descaro, amasando la carne blanda bajo los vaqueros. Susana se dejó llevar: el calor de su boca, el roce de sus dedos, la excitación creciendo en su entrepierna. “Eres tan suave”, murmuró él, y ella rio, respondiendo con su simpatía: “¡Cuidado, que muerdo!”.

Se le fue el tiempo.

Cuando miró el reloj, eran las doce y media.

Corrió a casa, el corazón latiéndole fuerte. Entró con sigilo, pasando frente a la habitación de sus “padres”. El muelle crujía aún, pero se detuvo. Pedro salía del baño en calzoncillos, el bulto frontal evidente, la piel morena brillando bajo la luz tenue. La vio y levantó una ceja. Susana le hizo un gesto de silencio, y él asintió, con una sonrisa cómplice. Pero entonces, la puerta de la habitación se abrió. Vanesa salió en ropa interior: un sujetador negro que realzaba sus pechos generosos y unas braguitas de encaje que dejaban poco a la imaginación. Su piel estaba sonrosada, el pelo revuelto; claramente acababa de follar. Señaló el reloj de pared con una uña roja.

—Llegas tarde. Prepárate para el castigo.

Susana sintió un nudo en el estómago. Se metió en su habitación, el pánico subiendo como bilis. “Me largo ahora mismo”, pensó, mirando la ventana. Pero la realidad la aplastó: sin dinero, sin amigos cerca, ¿adónde iría? Se sentó en la cama, bajó la cabeza y se resignó. El castigo era inevitable, y algo en ella, quizás la culpa o un morbo oculto, la hacía quedarse.

Vanesa entró minutos después, con un cinturón de cuero ancho en la mano, el mismo que usaba su padre para “corregir” a su propia mujer. Susana la miró, ingenua.

—¿Para qué es eso?

—Para calentarte el culo. Inclínate sobre la cama.

Susana tragó saliva. Se levantó y vio que la puerta estaba abierta. “Cierra la puerta”, pensó, pero Vanesa intuyó lo que pensaba.

—En esta casa, los castigos no se esconden. Todo el mundo aprende.

La chica protestó, pero obedeció. Se inclinó, apoyando las manos en el colchón. Vanesa chasqueó la lengua.

—Así no. Pantalones y braguitas abajo.

Susana se enderezó, roja de vergüenza. “¿Qué? ¡No!”. Pero la mirada de Vanesa era acero. Con manos temblorosas, se bajó los vaqueros y las braguitas rosas, dejando al aire su culo regordete, blanco y suave, con unas estrías leves en las caderas. El aire fresco le erizó la piel, y sintió la vulnerabilidad total: expuesta, infantilizada.

Vanesa se acercó, separando ligeramente las nalgas para inspeccionar. “Vaya, vaya… pelitos en el culo”. Susana balbuceó: “¡No es nada! ¡Por favor!”. Pero Vanesa salió y volvió con unas pinzas de depilar, plateadas y afiladas.

—No te muevas. Si te mueves, llamo a mi hijo para que nos ayude.

La amenaza la paralizó. La idea de Pedro viéndola así, sujetándola… era humillante. Obedeció. Vanesa se arrodilló, y la chica separó sus propias nalgas haciendo uso de sus manos, exponiendo el ano rosado y fruncido. Había solo cinco o seis pelitos oscuros. Cada tirón era un pinchazo agudo, como una aguja caliente. Susana mordió la sábana, lágrimas brotando, pero el dolor era soportable. Lo peor era la intimidad violada: el roce de los dedos de Vanesa, el aliento cálido cerca de su piel sensible. Cuando terminó, el ano estaba limpio, enrojecido, hipersensible.

Ahora, el cinturón. Vanesa lo dobló, probando el chasquido en el aire. “Veinte. Cuenta”. El primer golpe cayó con fuerza, un ardor explosivo que le arrancó un gemido. Susana apretó los dientes, pero al tercero, las lágrimas rodaron. Cada azote resonaba en la habitación, la carne temblando, enrojeciéndose en franjas cruzadas. Al décimo, sollozaba abiertamente, el escozor como fuego. Sabía que Pedro y su padre lo oían todo: los golpes, sus quejas, su humillación. Al veinte, se derrumbó en la cama, el culo ardiendo, las nalgas marcadas.

Al día siguiente, el desayuno fue tenso. Pedro la miró con una mezcla de compasión y algo más, un brillo curioso. No dijo nada, pero Susana sintió su mirada en su trasero cuando se levantó por café. Por la tarde, los padres se fueron a una cena.

Ella estaba castigada, estudiando en su cuarto.

Pedro llamó a la puerta.

—¿Estás bien? —preguntó, entrando con una sonrisa tímida.

Estaba guapo: vaqueros ajustados, camiseta que marcaba sus hombros. Educado, comprensivo.

Susana levantó la vista, sus gafas azules resbalando un poco. “Sí, solo… estudiando”.

Pero la química flotaba: el secreto compartido, la soledad, el atractivo de él. Charlaron: ella con su verborrea, contándole anécdotas de la uni; él riendo, acercándose. Pronto, los besos llegaron, suaves al principio, intensos después. La ropa sobró: él le quitó la camiseta, besando su cuello, bajando a las tetas suaves y pesadas, lamiendo los pezones endurecidos con la lengua caliente y húmeda. Susana jadeó, sus manos en el pelo de él.

La mano de Pedro bajó a su culo, amasando las nalgas aún sensibles, el escozor reviviendo con cada apretón. “Cuidado…”, murmuró ella, pero el placer ahogaba la molestia y ella, de ninguna manera, quería renunciar a él.

Se tumbaron en la cama, desnudos.

Él sacó un condón de su bolsillo, se lo puso con prisa.

La penetró despacio, llenándola con su pene abultado, el mismo que había visto por accidente.

Susana gimió, el dolor del culo fundiéndose con el placer intenso: cada embestida rozaba su clítoris, sus paredes internas contrayéndose. “Estás tan buena”, gruñó él, acelerando. Ella se arqueó, clavando las uñas en su espalda, el orgasmo llegando como una ola: un temblor profundo, un grito ahogado, el éxtasis borrando todo.

Se quedaron abrazados, sudados, riendo bajito.

Susana pensó: quizás este regreso no era tan malo después de todo.

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