Dilema de una madre (3)

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T. Lectura: 6 min.

Los días siguientes fueron un castillo de naipes construido sobre un abismo. La culpa me acompañaba como tinnitus: un zumbido de fondo que aprendí a ignorar hasta que el silencio lo hacía audible de nuevo. Sabía que algo en la relación con Diego se había torcido, necesitaba poner distancia. Esta certeza me despertaba a las tres de la mañana, empapada en sudor que confundía con otros tipos de humedad.

Mi ascenso a directora de operaciones en la consultoría llegó en el momento preciso. El bonus permitió comprarle una Yamaha MT-07 negra mate, una máquina que simbolizaba todo lo que yo quería para él: velocidad, autonomía, un mundo fuera de nuestras paredes. Se la entregué en el garaje un sábado de marzo, entre el olor dulzón del aceite sintético y la luz que se filtraba por persianas de aluminio oxidadas. Él no dijo mucho. Solo me abrazó —demasiado tiempo, su barbilla en mi coronilla— y luego se puso el casco, ocultando su expresión.

Esa tarde lo vi partir. El rugido del motor se fue apagando calle abajo, doblando la esquina, llevándose consigo algo de mi aire. La casa respiró conmigo. Y por primera vez en meses, me permití sentarme en el sofá sin la tensión de su presencia, sin vigilarme a mí misma.

Alteré mis horarios. Llegaba a casa impredecible: martes a medianoche, miércoles a las seis, jueves no llegaba en absoluto y dormía en el departamento que la empresa mantenía en el distrito financiero. Diego pareció florecer con mi ausencia. Enviaba fotografías desde carreteras secundarias, de puestos de tacos en pueblos que yo no conocía, de una chica llamada Fernanda que aparecía en dos imágenes y luego desaparecía. Yo respondía con monosílabos de madre ocupada, aliviada, liberada.

Al día siguiente el hospital llamó a las 4:47 de la tarde. Había sufrido un accidente en la carretera federal. Nada irreversible, dijeron, aunque la voz del médico cargaba el peso de lo que no decía.

Lo encontré pálido en una camilla del hospital, el brazo derecho vendado desde el hombro, los dedos anular y meñique de la mano izquierda inmovilizados en una férula. Contusiones en el tórax. El alivio me golpeó primero, luego vino lo otro. Lo reconocí por la forma en que mi cuerpo se tensó, no de miedo, sino de atención. Estaba herido. Vulnerable. Necesitaba de mí.

El médico —un hombre joven con ojeras de residente— explicó las semanas de reposo, la imposibilidad de valerse por sí mismo en tareas básicas, la necesidad de asistencia domiciliaria. Mi agenda estaba saturada: una fusión empresarial que me exigía disponibilidad veinticuatro horas durante las próximas tres semanas. Acepté la recomendación de una enfermera freelance que el hospital mantenía en lista.

Claudia Vargas. Treinta y seis años, según el expediente que revisé esa noche. Especialización en cuidados postoperatorios. Sin antecedentes disciplinarios. La fotografía mostraba que no era agradable a la vista, cabello castaño, tez blanca, una sonrisa amplia.

La idea de dejar a Diego con ella me produjo nerviosismo. No sé bien porque pero a las 3 am del viernes, mientras Diego dormía bajo efectos de la tramadol instalé 4 cámaras de seguridad. Una en el pasillo, dos en su habitación (ángulos complementarios), una en el baño compartido. Necesitaba, me dije, aferrarme a una ilusión de control. Necesitaba ver que todo estaba bien.

Claudia llegó a las 8:00 en punto del sábado. Llevaba uniforme azul marino de corte profesional, era de 2 piezas con pantalón, el cabello recogido en un moño que revelaba el cuello largo, una expresión serena que evaluaba el espacio antes de saludar. Había en ella una seguridad sobria, el tipo de competencia que no necesita demostrarse.

Diego estaba despierto, todavía bajo los efectos de la medicación. Lo besé en la frente antes de salir, como siempre había hecho, aunque esta vez mi mano se demoró en su mejilla, y él la cubrió con la suya —la buena, la de dedos libres— y por un instante ninguno de los dos supo quién sostienia a quién.

En la oficina, no pude concentrarme. Revisé las cámaras en cada intersticio de la jornada: entre reuniones, en el baño de ejecutivos, durante la cena de trabajo que abandoné temprano con una excusa de migraña. Al principio, todo fue exactamente lo que debía ser. Diego viendo series en la tableta con el brazo apoyado en almohadas. Claudia controlando medicación, preparando comidas, hablando poco. Su voz era un murmullo profesional, indescifrable en la calidad de audio de las cámaras.

A las 16:23, entraron juntos a la habitación. Ella le ofreció un baño con esponja —”para la circulación, y para que duerma mejor”— y él accedió con esa pasividad que la droga induce. La observé quitarle la remera, levantando los brazos con cuidado de no tensionar el vendaje. Luego el short. Quedó en bóxer, y yo en mi pantalla vi cómo su cuerpo respondía al aire de la habitación: los hombros tensos, la respiración que cambiaba de ritmo cuando ella se acercaba.

Claudia se arrodilló frente a sus piernas. La cámara capturaba su perfil, la concentración en su rostro, la forma en que su mano izquierda se apoyaba en su muslo para mantener el equilibrio. Su mano derecha —la que trabajaba— pasaba la esponja con movimientos metódicos: tobillos, pantorrillas, rodillas. Diego permanecía de pie, visiblemente rígido en más de un sentido.

Fue cuando ella llegó a los muslos cuando ocurrió. No un gesto concreto, sino una micro pausa en su ritmo, una detención de la respiración que duró un instante más de lo necesario. Luego continuó, pero su cabeza se inclinó ligeramente, y supe —o creí saber— que había notado la erección que él no podía ocultar, que el algodón del bóxer delineaba con crudeza.

Ella dijo algo. El audio no lo captó con claridad, pero provocó en Diego una risa nerviosa, tensa, que terminó en tos. Claudia se incorporó, tomó una toalla, y el momento se disolvió en la rutina de secado y cambio de ropa. No pasó nada más.

Yo, en el baño de ejecutivos de la consultoría, sentí cómo la humedad empapaba mi ropa interior en tiempo real. Me eché agua en el rostro y regresé a la oficina por mis cosas para marcharme. Cuando regresé a casa, eran las 18:40. Diego estaba en su habitación, la luz de la lámpara de noche proyectando sombras en el techo. Noté de inmediato la tensión bajo sus pantaloncillos de algodón, la protuberancia que no intentaba disimular. Me miró con esos ojos que ya no eran de niño, que habían visto demasiado en mis propios ojos.

—Tengo ganas de ir al baño —dijo, y había en su voz una mezcla de vergüenza y provocación calculada, o eso creí escuchar—. Pero con la polla dura no apunto bien.

Lo ayudé a ir al baño. Saqué su miembro con manos que temblaban apenas —grueso, caliente, pulsante, apenas abarcable con una mano— y dirigí el chorro con dificultad, sintiendo su peso, su textura, la forma en que respondía a mi tacto con un latido que no podía ignorar. Él gemía bajito, no solo de alivio vesical.

Aliviado, no se encogió. Me miró directamente.

—¿Podrías ayudarme también con esto?

Supe al instante a qué se refería. Su polla latía en mi puño, exigiendo, y yo sentí la bifurcación de mi propia respuesta: la madre indignada que debía ser, y la otra, la que ya llevaba meses deseando volver a sentirse como una mujer completa.

—te voy a ayudar únicamente debido a tu condición —dije, poniendo cara de fastidio, aunque mi voz salió ronca, traicionera.

Me arrodillé en el tapete del baño. El frío del azulejo se filtró por mis pantalones de vestir mientras lo masturbaba con furia contenida, subiendo y bajando por todo el tronco, apretando el glande hinchado, sintiendo las bolas pesadas que ya no podía ignorar. Él jadeaba mi nombre —”Mamá, mamá”— con una cadencia que no era infantil, clavándome los ojos, y en segundos explotó: chorros espesos que dirigí al retrete con una frialdad que me costó horrores.

Subí su ropa. Pregunté por Claudia con voz neutra.

—Ella es muy profesional y servicial—dijo él, a lo que no le dí mayor importancia.

Esa noche dormí con las bragas empapadas, conteniendo esa excitación que me consumía.

Al día siguiente, temprano antes de alistarme para el trabajo y antes de que llegara Claudia, fui a su cuarto. Estaba acostado con cara de frustración que no parecía enteramente genuina, la sábana levantada por la evidencia de su deseo matutino.

—Me pone incómodo tener que estar con Claudia mientras mi amiguito… —dijo, y bajó la mirada hacia su polla totalmente endurecida contenida bajo la tela de sus shorts.

Me causó ternura verlo así, avergonzado de su propia naturaleza, sólo común en un hombre joven que no sabe distinguir entre aquello de lo que avergonzarse, de aquello de que enorgullecerse.

—Te propongo algo —dije, y mi voz sonó extrañamente firme —. Pasaré todas las mañanas antes de irme y te ayudaré con eso, para que no pases vergüenza con Claudia. ¿Te parece?

Al escucharme, dibujó una sonrisa lujuriosa, los ojos brillantes de deseo. A continuación, me senté a la orilla de la cama, le bajé el pantalón corto hasta las rodillas y el enorme rabo volvió a aparecer ante mis ojos. alargué la mano y rodeé el endurecido y venoso tronco con los dedos. No quería reconocerlo, pero agarrarle la polla a mi hijo siempre me excitaba. Comencé a pajearlo con lentitud, admirando el enorme capullo en forma de bellota que se tensaba al final del tronco. La piel se estiraba y podía sentir cómo las venas se llenaban de sangre bajo mis dedos.

De forma inconsciente mi cuerpo buscó ponerse más cómoda y sin darme cuenta apoyé una de mis grandes y generosas tetas sobre su brazo que se encontraba en reposo. Él podía sentir muy bien el calor y contorno de mi piel pues yo llevaba sólo un camisón delgado y mis bragas.

Mantuve un ritmo lento, lo hice inconscientemente porque quizá quería sentir más tiempo la polla en mi mano. Cuando empecé a darme cuenta de mi excitación debido a mi respiración entrecortada y el calor y humedad entre mis piernas aceleré el ritmo de mi mano para ir más deprisa hasta que la endurecida polla volvió a soltar un buen chorro de leche. El último chorretón mojo un poco el dorso de mi mano y cuando por fin solté la polla de Diego como no queriendo que terminara y sin saber muy bien por qué, me la llevó a la boca y pasé la lengua por la mancha blanca para saborear su esencia.

Parecía un pacto inocente, un arreglo práctico entre madre e hijo. Pero los dos sabíamos —o al menos yo lo sabía, con certeza que me helaba y me quemaba— que estábamos jugando al borde de un abismo, y que en cualquier momento podríamos tropezar.

Esa misma mañana antes de ir al trabajo me tocó recibir a Claudia para dejarla entrar a la casa antes de despedirme y encargarle mucho a mi hijo. No sin antes notar algo que me llamó la atención, esta mañana había algo diferente en ella, ella vestía un uniforme blanco de una pieza y mallas en lugar de pantalón que se le ceñía más a su figura. Su atributo más destacable eran sus piernas gruesas. Cómo era un atuendo típico de enfermeras no le di mayor importancia y me fui.

Al llegar a la oficina, me conecté al sistema de vigilancia y noté otra cosa que me perturbó. Tan pronto me fui ella debió quitarse las mallas, puesto que ahora podía ver sus impresionantes piernas torneadas y depiladas que no pasan desapercibidas a las miradas de cualquier hombre, y mucho menos de un adolescente que se suele masturbar múltiples veces al día. ¿Por qué se las había quitado las mallas? ¿qué se traía entre manos?

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