Mucho antes de Laura, mucho antes de los protocolos refinados, las cuerdas, esposas y látigos, el poder era algo que yo sentía como un zumbido eléctrico bajo la piel. No me era desconocido, pero no era el más avezado en dichas prácticas; más bien nunca tuve una compañera que explotara esos deseos desaforados que ya aguardaban en mí. Esa compañera llegó a la oficina un lunes por la mañana, con el nombre de Karen impreso en una tarjeta de identificación y una mirada que, a su joven edad, ya sabía —gracias a su belleza y carisma—cómo usar a su antojo a hombres y mujeres por igual.
Nuestro primer encuentro fue un detonante que aún recuerdo con cierta emoción; no fue un flechazo romántico, sino una explosión de egos y deseo evidente que con el pasar del tiempo nos cobró factura.
Yo tenía veintiséis y Karen veinte. Éramos compañeros, piezas de un mismo engranaje en el departamento de proyectos. Ella llegó con la energía típica de su edad, pero con una carencia de técnica propia de quien recién se graduó, técnica que yo dominaba ya con naturalidad tras dos años en la empresa como consultor. No era su jefe, pero mi aire sobrado y la forma en que resolvía en diez minutos lo que a ella inicialmente le tomaba más tiempo la atrajeron hacia mi órbita de inmediato. Yo no buscaba enseñarle con opulencia ni soberbia; mi guía era despreocupada, casi indiferente, y fue precisamente ese desdén por el esfuerzo lo que encendió la chispa.
La tensión sexual no fue algo que creciera con los meses; fue una explosión instantánea. Cada vez que me acercaba a su escritorio para revisar alguna documentación, podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Ella no se intimidaba ante mi presencia, pero su respiración se volvía más profunda cada vez que yo, con esa seguridad serena que tanto la irritaba y la excitaba a la vez, señalaba un error con el dedo sin siquiera mirarla.
El primer quiebre ocurrió una tarde de lluvia, cuando nos quedamos solos terminando una entrega urgente.
—Karen, esta prueba está errónea —dije, deslizando mis dedos sobre la laptop mientras me apoyaba de lado, con la mano en el bolsillo—. Te falta analizar estos flujos.
Me paré detrás de ella. No como un superior que vigila, sino como alguien que conoce el final del camino. Podía oler su perfume, una mezcla de vainilla y algo mucho más carnal. Vi cómo su espalda se tensaba bajo la luz blanca de los fluorescentes y se erizaban sus brazos.
—Enséñame entonces, Joel —desafió ella, girándose en la silla. Su altanería, propia de su forma de ser, me molestaba y enloquecía a la misma vez. Sus ojos estaban cargados de un hambre que no pedía permiso, una mezcla de frustración profesional y un deseo que la desbordaba—. Si eres tan sobrado, muéstrame cómo se hace.
No respondí con palabras. Mi silencio fue mi primera orden. Tomé la silla y la giré hacia la pantalla y, como intentando abrazarla, empecé a teclear.
—Mira el flujo que te compartí en el correo, Karen —dije entre excitado y fastidiado.
La adrenalina de estar en aquel lugar, con la posibilidad de que el guardia de seguridad doblara la esquina en cualquier momento… Karen, sin pensarlo un segundo más, se giró y me besó como si se le fuera la vida en ese acto peligroso. La subí al escritorio de metal, apartando cuantas cosas estuvieran al alcance de mi mano con un movimiento seco. Allí, entre las sombras de las computadoras apagadas, nuestros roles surgieron de la nada, como si siempre hubieran estado ahí esperando ser reclamados. Ella no necesitaba un compañero; necesitaba un dueño, y mi seguridad le dio el permiso que buscaba para soltar las riendas.
Luego de casi comernos nuestras bocas, mis manos fueron directamente a su blusa, algo inherente a su ya pulcro uniforme semiformal, abriéndolo de par en par sin importar que dos botones salieran volando por la oficina. Allí pude ver sus preciosos senos, aún más grandes de lo que había imaginado durante días atrás luego de alguna atrevida y conveniente inclinación que, posteriormente ella me comentó, los hacía a propósito. Tapados solamente por un brasier de encaje que, si bien era elegante, no dejaba de ser sensual, estos luchaban por salir de su prisión y yo, sin dudarlo, los liberé y me dediqué a besarlos, lamerlos y chuparlos como nunca antes lo había hecho con nadie.
Ella no se quedó atrás y, antes de yo haber quitado la parte superior de su ropa, ya había desabrochado mi pantalón y sacado mi pene por encima del bóxer; me masturbaba frenética con una de sus manos, mientras la otra me tomaba de la cintura para acercarme más a ella. Nuestra respiración se intensificaba a cada segundo. Las ganas que nos teníamos por fin iban a ser satisfechas.
Pero no duró mucho más. Escuchamos cómo la puerta exterior se abría, acabando tajantemente con nuestras caricias. Tan rápido como pude me acomodé el pantalón y Karen fue directo al baño de mujeres que, para nuestro alivio, quedaba a pocos metros de la mesa. Era su jefa que, con sobrada apatía, preguntó por ella y yo, indiferente, señalé hacia mi derecha. Tras un minuto o dos, por fin salió de la oficina con unos papeles, diciéndome que no podíamos quedarnos hasta tarde y que le avisara a Karen lo mismo.
Tras cerrar la puerta me apresuré al baño y la cara de mi cómplice de oficina era un poema. Una risa nerviosa empezó a gesticular; yo desde la puerta le alcancé su blazer, previniendo que no podía (al menos por esa noche) ajustarse su camisa.
—Tenemos que irnos, preciosa, pero la noche aún no acaba —dije señalándole mi entrepierna.
No me reconocerían; nunca fui tan lanzado con una chica, pero ella sacaba lo peor de mí (¿o lo mejor?). Esa noche, después de salir de “trabajar”, terminamos en un motel a unos 15 minutos de allí. Un lugar de neón rojo y sábanas que olían a detergente industrial.
Fue en la habitación 402 donde la paridad laboral se convirtió en una jerarquía absoluta. Karen se desnudó con una urgencia febril, pero yo me tomé mi tiempo, observándola desde el rincón de la tenue habitación con esa misma mirada “sobrada” que usaba en el trabajo. Esa calma la desesperaba.
—Ven aquí —ordené.
Ella caminó hacia mí y, antes de que pudiera decir nada, la obligué a ponerse de rodillas. No hubo manuales, no hubo charlas previas sobre roles. Fue una transición natural: en el trabajo yo era su guía, aquí yo era su dueño.
—En la oficina eres brillante, Karen. Pero aquí, eres mía. Y vas a aprender a disfrutar de no tener que pensar en nada más que en mi voz.
El sexo fue una batalla donde ella buscaba su propio colapso. La adrenalina de lo prohibido en el trabajo se trasladó a la cama del motel en forma de una entrega feroz. Mi mano impactó contra su piel con la misma seguridad con la que corregía sus documentos, y cada marca que dejaba era un sello de propiedad que ella aceptaba con gemidos que se ahogaban contra la almohada. Cambiábamos de posición como si nos conociéramos de años; nuestra respiración se había sincronizado desde el primer minuto y sabíamos exactamente qué socavaba lo más oscuro y salvaje del otro con caricias y movimientos acompasados.
Estábamos embelesados con la unión de nuestros cuerpos; no sentíamos el pudor casi obligado del primer encuentro sexual que tiene la mayoría de personas. Entraba y salía de ella tan rápido como me suplicaba; las palabras de dominio que salían de mi boca de tanto en tanto la hacían tener un orgasmo tras otro, hasta que terminamos rendidos en el sofá, casi sin respiración.
Lo más adictivo era el día después. Verla sentada en las reuniones, impecable, discutiendo presupuestos con los directivos, mientras yo la observaba desde mi sitio con una sonrisa apenas perceptible. Ella sabía que bajo su ropa de oficina llevaba las marcas de mis dedos. Sabía que, aunque para el mundo éramos iguales, en la oscuridad ella se arrodillaba ante mi guía. A veces, y muy disimuladamente, abría un poco sus piernas para que yo tuviera una visión casi perfecta de sus muslos y su vagina, humedecida por su descaro y mi complicidad.
Esa dualidad, el secreto compartido y la tensión de ser descubiertos, cimentó un vínculo que ninguna otra mujer podría romper. Karen no era solo una amante; era mi espejo. Alguien que entendía que el verdadero poder no se ostenta con un cargo, sino con la capacidad de hacer que el otro desee, por encima de todo, perder su libertad.
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