Esta es una obra de semi-ficción. Algunos nombres, personajes, empresas, organizaciones, lugares, acontecimientos y hechos que aparecen en la misma fueron modificados por la autora en el uso de su libertad literaria.
Era una noche fría de noviembre, cuando el otoño ya se despedía y el invierno empezaba a morder con sus colmillos helados. Acababa de alimentar y arrullar a nuestra segunda bendición —la “primera” de Mi Mor, aunque no lo fuera del todo, esa es otra historia para otro momento—. La pequeña había estado inquieta, llorando por hambre, y yo la había mecido en mis brazos durante casi una hora, sintiendo su cuerpecito cálido contra mi pecho, su boquita succionando con fuerza mientras la leche fluía de mis pezones.
Finalmente se había dormido con esa respiración suave y rítmica que me llenaba el pecho de amor cada vez que la escuchaba, su cabecita apoyada en mi hombro, un hilito de leche brillando aún en la comisura de su boca. La había dejado en la cuna con cuidado, cubriéndola con la mantita de lana que Mi Mor había comprado con amor de “padre”, verificando que el monitor estuviera activado y cerrando la puerta de su cuarto sin hacer ruido.
Ahora la casa estaba en silencio. La mayor de mis bendiciones —de mi matrimonio anterior con Mi Rey— dormía en su cuarto. Mi Mor y yo estábamos solos en nuestra alcoba, la luz tenue de la lámpara de mesa proyectando sombras suaves en las paredes, la ventana entreabierta dejando entrar una brisa fría que olía a tierra mojada y hojas secas. El aire acondicionado estaba apagado; preferíamos la frescura natural de la noche.
Estaba en plena lactancia, ese período mágico y agotador donde mi cuerpo no era del todo mío, sino compartido con esa pequeña vida que había traído al mundo. Mis pechos estaban llenos, pesados, sensibles al roce más leve; acababa de alimentarla, así que aún goteaban un poco, dejando pequeñas manchas húmedas en el top de tirantes que llevaba debajo de la bata. La blusita de tela ligera y suave, con tirantes finos que se deslizaban por mis hombros, dejaba ver la curva superior de mis pechos.
Encima llevaba la bata afelpada de leopardo con capucha y orejitas, cálida y juguetona, que caía con gracia sobre mi cuerpo, abriéndose sutilmente al moverme y dejando entrever el top y el short satinado que abrazaba mis caderas, más anchas ahora por el embarazo. La tela afelpada rozaba mi piel con suavidad, el estampado animal dándome un toque salvaje pero tierno. Mi cabello suelto y ondulado naturalmente, caía revuelto sobre los hombros; algunos mechones se pegaban a mi nuca y sienes por el sudor que el frío nocturno no había borrado del todo.
El collar sencillo de cadena fina con el colgante pequeño —regalo de Mi Mor cuando se enteró que esperaba a “su” bendición— descansaba en mi pecho. El anillo de matrimonio delgado seguía en mi dedo anular, un recordatorio constante de esta nueva oportunidad de vida que había elegido, llena de dulzura y estabilidad, lejos de la tormenta que fue Mi Rey.
Pero en noches como esta, cuando el cuerpo me reclamaba caricias, no podía evitar que los recuerdos se colaran como intrusos: cuando mi piel había conocido toques variados, experiencias que me habían hecho vibrar en formas que Mi Mor, con su ternura, nunca podría replicar, aunque su amor me anclara como nada más lo había hecho.
No podía dormir. El cansancio de la lactancia me agotaba durante el día —levantarme cada tres horas para alimentar a la bebé, el cuerpo aún en recuperación por el parto, las hormonas revoloteando como mariposas locas en mi vientre—, pero por la noche me dejaba inquieta, con un deseo constante que solo una madre recién parida entiende: el cuerpo transformado, sensible en lugares nuevos, hambriento de caricias que me recordaran que era mujer, no solo madre.
Me senté al borde de la cama king, sintiendo el colchón hundirse bajo mi peso, la sábana de algodón rozando mis piernas desnudas y enviando un cosquilleo sutil por mi piel. La bata afelpada se abrió ligeramente al sentarme, dejando que la tela suave rozara mis muslos, el encaje del top viéndose sutilmente bajo la luz tenue. El short satinado se pegaba un poco a mis caderas, brillando suavemente con el movimiento. El olor a bebé —esa mezcla dulce de leche materna y talco— aún flotaba alrededor de mi cuerpo, pegado a mi piel, a mi cabello, a la bata que se adhería ligeramente a mis curvas. El aroma de la leche aún estaba presente, dulce y cálido, y el recuerdo de su boquita succionando me hacía sentir llena de vida… y de deseo.
Me toqué sutilmente el pecho con la yema de los dedos, sintiendo la sensibilidad de los pezones, la leche que amenazaba con salir de nuevo. Me moví inquieta en la cama, la sábana rozando mis muslos, la bata abriéndose un poco más, la brisa fría colándose y erizando mi piel. Respiré profundo, el pecho subiendo y bajando con fuerza.
Miré a Mi Mor, que dormía a mi lado con esa paz que siempre tiene, como si el mundo entero pudiera desmoronarse y él seguiría respirando tranquilo. Su espalda estrecha, apenas marcada por el vello suave que tanto me gusta acariciar cuando estamos abrazados, subía y bajaba con una respiración lenta y regular. El cabello revuelto contra la almohada, algunos mechones cayendo sobre su frente, le daba un aire casi infantil en el sueño. Sentí una oleada de amor tan grande que me apretó el pecho, mezclada con esa nostalgia sutil que a veces me invadía sin aviso, como una brisa fría que se cuela por la ventana entreabierta.
Mi Mor era tan diferente a todos los demás. Mi ex y los que estuvieron antes y después habían sido huracanes: sexo salvaje, rudo, dominante, con vergas que me llenaban hasta el límite, me hacían gritar hasta quedarme sin voz y me dejaban el cuerpo temblando por días. Cada encuentro era una tormenta que me arrasaba, me hacía sentir viva, deseada, rota y reconstruida al mismo tiempo. Pero con ellos también venía el vacío después del fuego.
Mi Mor, en cambio, era un puerto seguro: dócil, meloso en lo cotidiano —nunca discutía por nada, siempre cedía con una sonrisa, me dejaba decidir todo, desde el color de las cortinas hasta el plan del fin de semana—, excepto cuando se trataba de mi arreglo personal. Ahí siempre buscaba mi lado más exhibicionista, me animaba a ponerme esa falda que marcaba mis caderas o ese escote que dejaba ver justo lo necesario. “Bebecita, eres tan hermosa… deberías lucirte más… me encanta cuando otros hombres te miran, porque sé que al final vuelves conmigo”, me decía con esa voz suave y temblorosa que me derrite.
Y yo lo hacía, porque me gustaba ver cómo se le iluminaban los ojos al imaginar las miradas ajenas, cómo su deseo se encendía sabiendo que era él quien me tenía al final de la noche.
En la cama siempre era un hombre devoto, entregado a mi placer como si su única misión en la vida fuera hacerme sentir reina. No tenía esa rudeza animal que a veces extrañaba, ni esa talla imponente que me estimulaba hasta el fondo; que en momentos como este, cuando el cuerpo me reclamaba con urgencia y la nostalgia por esa rudeza pasada se colaba sin permiso, me preguntaba si alguna vez podría tenerlo todo: la fuerza bruta que me hacía perder el control y la dulzura que me hacía sentir amada sin condiciones.
Mi Mor no me llenaba como ellos —su talla era más pequeña, delgada, perfecta para caricias tiernas pero nunca para esa plenitud absoluta que me dejaba temblando—, y yo aparentaba placer en la penetración para no herirlo, le decía “me encanta, me duele rico, me llenas todo, es del tamaño perfecto para mí”, aunque en mi mente sabía que no llegaba al mismo límite.
Sin embargo, él me daba algo que ninguno de aquellos huracanes pudo: entrega total, adoración sin fin, la certeza de que, pase lo que pase, él estaría ahí, besándome los pies si se lo pedía.
Durante el noviazgo, cuando aún estábamos construyendo confianza, fui sincera con él. Una noche, durante las caricias en el sofá, me preguntó sobre mi pasado, y le conté con detalle: cuántos hombres habían pasado por mi cama antes, durante y después de mi primer matrimonio, en qué circunstancias, cómo me habían hecho sentir, qué me habían dado físicamente. No lo hice para herirlo; lo hice para que supiera quién era yo, con mis cicatrices y mis deseos.
Esperaba que se alejara, pero Mi Mor solo me miró con esos ojos dulces y temblorosos, me tomó la mano y me dijo: “Bebecita… gracias por contármelo. Me duele saber que otros te lastimaron así, pero también me alegra y enciende saberte deseada por tantos… porque al final estás aquí, conmigo. Y yo te voy a dar lo que nadie más pudo: amor sin condiciones”.
Desde entonces, esa confesión se quedó entre nosotros como un secreto compartido que lo hacía más devoto, más entregado, más entusiasmado por la idea de que otros me hubieran querido, pero que yo lo había elegido a él.
Me acerqué despacio, pasé la mano por su pecho desnudo, sentí la piel suave bajo mis dedos, el vello ligero que me gustaba rozar. Su pulso se aceleró sutilmente. Susurré contra su oído, mi voz ronca y respirada, con ese acento que sale cuando estoy excitada:
“Mor… ¿estás despierto?”
Se movió un poco, abrió los ojos somnolientos y sonrió con esa dulzura que me derrite.
“¿Qué pasa, bebecita? ¿Necesitas ayuda con la bendición?”
Negué con la cabeza, mordiéndome el labio. Me acerqué más, besé su cuello despacio, sentí su pulso acelerarse bajo mis labios.
“No… es que te extraño… te extraño dentro de mí. Quiero que me hagas sentir tuya… a tu manera.”
Él suspiró, una mezcla de ternura y deseo. Me abrazó fuerte, me besó profundo, lento, con esa lengua suave que sabe exactamente dónde tocarme.
“Te amo tanto, bebecita… déjame cuidarte. Déjame adorarte.”
Sus palabras me envolvieron como una manta cálida. Me besó profundo, lento, con esa lengua suave sin apresurarse. Su beso era tierno desde el principio: respiraciones sincronizadas, labios que se rozaban sin prisa, lengua que exploraba la mía con reverencia, como si estuviera saboreando el momento en lugar de conquistarlo. Sentí su calor contra mi boca, el sabor suave de su saliva mezclada con la mía, el leve aroma a jabón fresco que siempre llevaba en la piel después de la ducha nocturna. Mi lengua respondió despacio, ronca y respirada, dejando escapar un gemido bajo que vibró entre nosotros.
Me moví con cuidado, subiéndome encima de él sin romper el beso. La bata afelpada de leopardo se abrió un poco más, la capucha cayendo hacia atrás y dejando mi cabello revuelto libre. El top de algodón fino se pegó ligeramente a mis pechos llenos, los tirantes deslizándose un poco por mis hombros, la tela rozando mis pezones sensibles y haciendo que una gota de leche se escapara, cálida y dulce. Mi Mor lo sintió, su mano subió temblorosa por mi espalda, deteniéndose en la nuca para sostenerme con ternura. Era puro sometimiento amoroso: cuerpo relajado debajo de mí, manos temblorosas en mis caderas, ojos cerrados en devoción, respirando profundo para sincronizarse conmigo.
“Bebecita… eres tan hermosa… tan mía…”
Su voz era un susurro ronco contra mis labios, cargada de esa dulzura melosa que me derrite. Siempre me dice eso, siempre insiste en mi belleza, en que debería lucirme más, en que le encanta cómo otros hombres me miran. “Deberías ponerte esa blusa que marca tus curvas… me excita saber que te desean, pero que al final eres mía”, me había dicho hace unos días, y yo había sonreído, sintiendo ese morbo sutil que él despertaba sin saberlo del todo.
Me separé un poco del beso, mirándolo a los ojos. La luz tenue de la lámpara de mesa iluminaba su rostro somnoliento pero lleno de amor, sus ojos brillando con esa devoción que nunca pide nada a cambio. Apoyé las manos en su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo mis palmas, el vello ligero rozando mis dedos. Mis pechos se balancearon ligeramente al inclinarme, una gota de leche mojando la tela de mi top. Él la vio, sonrió con ternura y levantó una mano temblorosa para rozar el pezón con la yema del dedo, recogiendo la humedad de la gota y llevándosela a los labios. La probó despacio, gimiendo bajito, como si fuera el sabor más delicioso del mundo.
“Sabes a vida… bebecita, eres una maravilla.”
Sus palabras me hicieron jadear. Me incliné de nuevo, besándolo profundo, sintiendo el sabor de mi leche en su lengua. Nuestras respiraciones se sincronizaron: profundas, lentas, conscientes. Era tierno sin que lo llamáramos así: energía circulando entre nosotros, toques que no buscaban clímax inmediato, sino conexión. Mis caderas se movieron instintivamente sobre las suyas, rozando su erección creciente bajo la sábana. Él gimió contra mi boca, sus manos temblorosas subiendo por mis costados, rozando la tela afelpada de la bata, luego la tela del top, deteniéndose justo debajo de mis pechos sin apretar, solo acariciando con reverencia.
“Bebecita… déjame quitarte esto… quiero verte, quiero adorarte…”
Su voz era un susurro tembloroso, cargada de deseo y ternura. Sus manos subieron despacio, dedos rozando la orilla del top, subiéndolo con cuidado por mis senos. La tela se deslizó, exponiendo mis pechos llenos, la piel sensible brillando bajo la luz tenue, una gota de leche colgando del pezón izquierdo. Él se incorporó un poco, apoyándose en los codos, y acercó la boca a mi pecho con devoción absoluta. Su lengua salió primero, lamiendo la gota con lentitud, luego rodeó el pezón en círculos suaves, succionando con cuidado para no lastimar. Sentí la leche fluir, cálida y dulce, llenando su boca. Gemí bajito, mi voz ronca y respirada rompiéndose en un “sí… así…”.
Sus manos temblorosas bajaron por mi cintura, rozando la bata afelpada, luego el short satinado. Lo bajó despacio, dejando que la tela suave se deslizara por mis caderas, exponiendo mi cuquita ya húmeda y sensible. El short cayó al piso con un sonido suave. Él me miró desde abajo, ojos llenos de adoración, y susurró:
“Bebecita… eres tan hermosa… tan perfecta… me encanta verte así, toda mía… otros te miran, que desean lo que yo tengo…”
Sus palabras me encendieron más. Me separé despacio de su boca, mi cuerpo temblaba ligeramente por los besos y las caricias previas, el top ya enrollado y recogido sobre mis senos, los tirantes caídos por mis brazos, la tela arrugada dejando mis pechos llenos completamente expuestos. La leche goteaba despacio de un pezón, una gota cálida resbalando por la curva y cayendo sobre su pecho. La bata afelpada de leopardo seguía abierta, detenida únicamente por mis brazos doblados, la capucha caída hacia atrás y el estampado animal contrastando con mi piel bajo la luz tenue.
Me moví con cuidado, apoyando las manos en su pecho para levantarme un poco. Mi cuquita rozó su vientre una última vez, dejando un rastro húmedo y brillante. Deslicé las rodillas hacia atrás, bajando despacio hasta acostarme boca arriba en la cama. La sábana de algodón se arrugó bajo mi espalda, fresca al principio pero calentándose rápidamente con mi cuerpo. La bata afelpada se extendió debajo de mí como una capa suave y cálida, abriéndose por completo al recostarme, los bordes rozando mis costados y caderas, la capucha quedando torcida a un lado de la almohada.
No me la quité del todo —me gustaba sentir su textura afelpada contra mi piel, ese contraste entre lo salvaje del estampado y la ternura del momento—. Mis piernas se abrieron instintivamente, rodillas flexionadas, pies apoyados en la sábana, el short satinado ya olvidado en el piso junto a la cama.
Mi Mor me miró, ojos llenos de adoración. Se incorporó despacio, apoyándose primero en los codos, luego en las rodillas. Era puro respeto y deseo: movimientos lentos, sin prisa, como si temiera romper algo sagrado. Se colocó entre mis piernas abiertas, arrodillándose con cuidado, sus manos temblorosas rozando primero mis tobillos, subiendo por mis pantorrillas con caricias suaves, deteniéndose en la parte interna de mis rodillas para abrirlas un poco más.
Mi cuquita ya palpitaba de anticipación cuando su aliento caliente rozó mis pliegues por primera vez esa noche. Estaba boca arriba en la cama. Mis piernas abiertas, rodillas flexionadas, pies apoyados en la sábana, temblaban sutilmente por la mezcla de frío de la brisa nocturna y el calor que subía desde mi vientre. La luz tenue de la lámpara de mesa proyectaba sombras suaves en mis muslos internos, en la curva de mis caderas más anchas ahora por el embarazo, y en los pechos que se elevaban y bajaban con cada respiración profunda, mi piel brillando ligeramente por el sudor que empezaba a formarse en la clavícula y el valle entre mis senos.
Sentí su aliento cálido y húmedo contra mi cuquita, un contraste delicioso con la brisa fría que entraba por la ventana entreabierta y rozaba mis pliegues expuestos. El olor a excitación ya empezaba a llenar el aire entre nosotros, dulce y almizclado, mezclado con el aroma fresco de su jabón que siempre llevaba en la piel y el dulzor persistente de la leche materna que aún goteaba despacio de mis pezones y resbalaba por mis costados, dejando rastros cálidos y pegajosos que se enfriaban al contacto con el aire.
“Bebecita… déjame adorarte… déjame saborearte como te mereces…”
Su voz era un murmullo ronco, tembloroso de emoción. Bajó la cabeza despacio, nariz rozando la piel sensible del interior de mi muslo, labios rozando mis pliegues hinchados antes de que su lengua saliera. El primer contacto fue ligero, casi tímido: la punta de su lengua rozando mi clítoris en un círculo lento, apenas presionando, explorando con cuidado. La textura áspera de su lengua contra mi piel sensible me hizo arquear la espalda ligeramente, las manos agarrando las sábanas con fuerza, uñas clavándose en la tela. La bata afelpada se arrugó bajo mi espalda, el estampado animal rozando mis costados con cada movimiento. Mis piernas temblaron, rodillas abriéndose más, pies deslizándose un poco en la sábana, dedos curvándose por el placer.
Gemí bajito, mi voz grave y respirada rompiéndose en un “sí… asiiiií…”, alargando la vocal como siempre me pasa cuando el placer me empieza a subir por la espina. Pensé en lo mucho que lo amaba en ese momento. Su devoción compensaba todo: la falta de rudeza, la talla pequeña y delgada que nunca me llenaba hasta el límite como lo habían hecho otros. Mi Mor no era un huracán; era un río tranquilo que me llevaba despacio al éxtasis. Y aunque a veces la nostalgia me apremiaba a mi cuquita —manos fuertes agarrándome las caderas, vergas gruesas empujando sin piedad, orgasmos que me dejaban sin aliento—, con Mi Mor sentía algo más profundo: seguridad, entrega, adoración sin condiciones. Él me hacía sentir valiosa. Y eso, en noches como esta, me bastaba para sentirme completa.
Su lengua empezó a trazar círculos más amplios, lentos, conscientes, alrededor de mi clítoris hinchado. Cada pasada era una caricia deliberada, la punta presionando justo donde más lo necesitaba, luego alisando con la parte plana para prolongar la sensación. La textura áspera de su lengua contrastaba con la suavidad húmeda de mis pliegues, enviando ondas de placer que subían por mi espina y se concentraban en mi vientre.
Sentí la humedad aumentar, jugos fluyendo despacio, cálidos y pegajosos, cubriendo su lengua y barbilla. El sabor dulce y salado de mis jugos llenó su boca, en contraste con el leve dulzor de la leche que aún goteaba de mis pechos y resbalaba por mis senos, dejando rastros brillantes. Él lamió uno de esos rastros, con su lengua subiendo desde mi cuquita por mi ombligo hasta el valle entre mis senos, recogiendo la leche con devoción, gimiendo bajito contra mi piel.
“Bebecita… eres tan hermosa… tan perfecta…”
Sus palabras vibraron contra mi cuquita, enviando otra onda de placer. Su lengua volvió hacia abajo despacio, explorando mis pliegues, lamiendo la humedad que ya fluía abundante. Metió la lengua dentro, profunda, moviéndola despacio, sintiendo cada contracción. No tenía prisa. Me lamía como si el tiempo no existiera, como si solo existiera mi placer. Yo me retorcía, gemía bajito, mi voz rompiéndose en susurros: “sí… así… más profundo… moooor…”.
Sus manos apretaron mis caderas con delicada fuerza, dedos temblorosos hundidos en mi piel, sosteniéndome mientras su lengua se movía dentro y fuera, lenta, profunda, exploratoria. Dos dedos se unieron a la lengua, curvándose para rozar mi punto G, presionando suave pero constante. El ritmo era tierno: lento, consciente, respiraciones sincronizadas, energía circulando entre nosotros. Sentí la primera ola subir, lenta pero imparable, contracciones fuertes alrededor de su lengua y dedos, jugos fluyendo en su boca. Gemí más fuerte, mi voz quebrándose en un “¡sí… me vengo… mooooor…!”.
Él no se detuvo. Siguió lamiendo, prolongando cada espasmo, lengua profunda sintiendo cada contracción, dedos curvados presionando el punto G hasta que la segunda ola llegó más fuerte, más larga. Mi cuerpo se arqueó, mis piernas temblando, mis bubis goteando leche que resbalaba por mis costados y caía en la sábana. Gemí su nombre, “Mor… mi Moor…”, voz ronca y entrecortada.
Cuando la segunda ola empezó a desvanecerse, él levantó la vista, labios brillantes por mis jugos, ojos llenos de adoración. Subió despacio, besándome profundo, haciéndome saborear mi propio sabor mezclado con su saliva. Su mano buscó la funda en el cajón de la mesita, ese cajón que ya se había convertido en un ritual silencioso entre nosotros desde los primeros meses de matrimonio. La funda que él siempre elegía era de las “estrella porno”, con textura rugosa y un grosor extra que intentaba igualar lo que Mi Rey o algunos amantes de mi época previa a casarnos me habían dado: largo, grueso, venoso, capaz de llenarme y hacerme gritar.
Mi Mor la usaba por decisión propia, nunca por mi pedido. Lo hacía porque sentía que su talla no me daba lo mismo, y quería compensarlo. “Para durar más, bebecita… para que te sientas llena como mereces”, me decía siempre con esa sonrisa dulce y temblorosa, aunque en el fondo yo sabía que era su forma de no sentirse “menos”. Y yo fingía placer cada vez, le decía “me encanta, lo tuyo, me llenas perfecto, es del tamaño ideal para mí”, porque lo amaba y no quería herirlo. Habíamos usado funda casi siempre, salvo en noches muy especiales o cuando yo lo pedía explícitamente.
Pero esta noche algo en mí se rebeló. Lo detuve con un beso profundo, mi mano cubriendo la suya antes de que abriera el paquete. Susurré contra su boca, voz ronca que se acentúa cuando el deseo me domina:
“Esta noche no, Mor… quiero sentirte… quiero sentirte sin nada… solo tú y yo…”
Él se quedó quieto un segundo, ojos abiertos de sorpresa y deseo puro. Su respiración se aceleró, el pecho subiendo y bajando contra el mío. Luego sonrió, esa sonrisa dulce y temblorosa que me derrite, y asintió despacio.
“Bebecita… lo que tú quieras… siempre lo que tú quieras…”
Sus manos temblorosas volvieron a mis caderas, sosteniéndome con reverencia. Se acomodó despacio, su pilin duro rozando mi cuquita sin barrera, caliente y suave, lista para entrar. El contacto fue eléctrico: piel contra piel, sin nada entre nosotros por primera vez en mucho tiempo. Sentí su calor, su pulso latiendo contra mis pliegues hinchados, la humedad de mis jugos cubriéndolo al instante. Gemí bajito, mi voz ronca y respirada rompiéndose en un susurro: “sí… así… sin nada… solo tú y yo…”
Agradezco sus likes y sus comentarios.
![]()