Me pareció profundamente sospechoso el comportamiento de Claudia, esa forma sutil pero insistente en que se movía alrededor de mi hijo, como si estuviera tejiendo una red invisible de tentación. Incapaz de concentrarme en mis reuniones importantes, las cancelé todas de golpe, permitiendo que la duda me carcomiera por dentro como un ácido ardiente; aun así me fui al trabajo y me encerré en mi oficina, espiando cada movimiento a través de las cámaras ocultas conectadas a mi ordenador.
Todo parecía transcurrir con una normalidad engañosa al principio: Diego reclinado en el sofá, absorto en sus series favoritas, mientras Claudia lo atendía con la misma rutina del día anterior, ofreciéndole agua fresca o preguntando si necesitaba algo más. Pero noté algo distinto en él, una tensión creciente; cada vez que ella se acercaba con su gracia felina y luego se volteaba para alejarse, los ojos de Diego se clavaban en ella con hambre voraz, devorando esas piernas largas y torneadas, trabajadas en el gimnasio, y el culo firme y redondo que se mecía provocativamente bajo su uniforme ajustado.
En un momento particularmente cargado, Claudia se acercó con agua oxigenada y vendas limpias, colocándolas en la mesa de centro que estaba casi a ras del suelo; en lugar de agacharse con decoro profesional, se inclinó profundamente dándole la espalda a Diego, parando el culo alto y expuesto en una pose que le regalaba una vista reveladora de sus formas íntimas. Él se puso nervioso al instante, su polla endureciéndose con violencia bajo los shorts holgados que no disimulaban nada; agarró un cojín a toda prisa y lo colocó sobre su regazo para ocultar esa erección poderosa y palpitante.
Al cambiarle la venda rápidamente y alejarse, una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios carnosos, confirmando mis peores sospechas. La muy zorra estaba incitando deliberadamente a mi hijo, avivando su deseo con cada gesto calculado; eso me provocó una punzada de molestia aguda, unos celos ardientes que se entretejían con una intriga morbosa, preguntándome cuál era exactamente su objetivo final con esa hombría joven y virgen.
Más tarde los vi platicando animadamente en la sala, y de pronto Diego se levantó con cierta torpeza; ella lo guio hacia su habitación, caminando delante con las caderas balanceándose de forma un tanto provocadora, como si supiera que sus ojos la seguían. Una vez dentro, repitieron la dinámica del baño con esponja, pasándola por todo su cuerpo mientras él comenzaba a empalmarse de nuevo, su polla hinchándose con anticipación; ella se tomó su tiempo, aparentando profesionalismo al inicio, pero prolongando cada roce hasta que el aire se cargó de electricidad sexual.
Al terminar de secarlo, en lugar de vestirlo de inmediato, Claudia se quedó mirándolo fijamente hacia su bulto ahora imposible de ignorar, manteniendo una conversación muda llena de insinuaciones que podía intuir por sus gestos. De repente, su rostro mostró sorpresa pensativa, como buscando una respuesta; él asintió con la cabeza en un gesto de rendición, y ella, sin vacilar, jaló hacia abajo el elástico de sus boxers, liberando su polla completamente erecta que salió disparada, erguida en cuarenta y cinco grados y oscilando de arriba abajo como un resorte salvaje e incontrolable.
Para mi sorpresa absoluta, ella la tomó en su mano suave y experta, examinándola por un minuto entero con ojos abiertos en incredulidad ante sus dimensiones magníficas —gruesa, larga, venosa—, y luego comenzó a pajearlo con movimientos rítmicos y firmes, sin quitarle la vista de encima. Su boca se abrió en un gesto de genuina admiración, cerrándose solo para que su lengua paseara inconscientemente sobre sus labios húmedos, humedeciéndolos como preludio a algo más; debió halagarlo sobre su hombría, porque Diego alzó su brazo sano, colocando la mano detrás de su nuca con una sonrisa apenada pero extasiada.
Unos segundos después, él cerró los ojos por completo, abandonándose al placer máximo que la enfermera pajera le provocaba con esa mano hábil. No pasaron más de cinco minutos intensos para que explotara en un orgasmo poderoso, liberando una corrida espectacular y copiosa que salpicó todo a su alrededor; ella lo limpió meticulosamente, pasó la esponja por sus genitales hinchados asegurándose de dejarlo impecable, lo vistió con calma y salieron juntos de la habitación como si nada hubiera pasado.
Esa noche, al llegar a casa, saludé a Diego que parecía relajado y satisfecho; le pregunté cómo se encontraba, y respondió “de maravilla” sin voltearme a ver, absorto en su tableta. No hubo erección dolorosa como el día anterior, después de todo ya había recibido no una sino dos pajas terapéuticas en el mismo día —la mía amorosa por la mañana antes de irme a trabajar, y esta de la servicial zorra hace apenas una hora—; la escena me pareció cómica en superficie, pero en el fondo bullía una mezcla de celos picantes, excitación prohibida e intriga por saber si mi apuesto hijo había despertado algo incontrolable en ella.
Al día siguiente, vestida solo con una tanga diminuta que marcaba un cameltoe obsceno en mi concha depilada y una blusa transparente que dejaba mis tetas al aire como si estuviera desnuda de cintura para arriba, entré a su habitación fingiendo acomodar objetos para darle tiempo de devorarme con los ojos. Él ya estaba despierto, recargado en la cabecera con su tableta; mis tetas bamboleándose libres y mis nalgas totalmente expuestas hicieron efecto inmediato, su pija endureciéndose visiblemente bajo las sábanas.
Me senté a su lado en la cama con voz melosa y sugerente, preguntándole si ocupaba mi ayuda hoy; respondió que sí con urgencia, los ojos brillantes de deseo. No sé por qué actuaba como gata en celo —quizá el instinto competitivo despertado por la enfermera me impulsaba a reclamar esa polla sin compartir—, pero esta vez lo pajeé más lenta y pausadamente, poniendo una expresión lujuriosa mientras escupía generosamente sobre su glande para que resbalara mi saliva lubricante; él no lo podía creer, excitado por esa versión irreconocible de su madre, y duró apenas cuarenta segundos antes de correrse como un verraco, inundando mi mano con su leche espesa.
Antes de ir a la oficina, esperé a Claudia que llegó con ropa deportiva sudada del gimnasio, pidiendo permiso para ducharse en casa porque no tuvo tiempo allí; accedí con una sonrisa tensa y empecé a indagar sobre su vida. Confesó tener apenas un mes separada de su marido instructor de gimnasio, quien la engañaba con clientas; estaban en divorcio por esa infidelidad imperdonable —interesante, pensé, eso explica por qué la zorra está tan hambrienta de una buena verga que la penetre y la valide, una mujer de físico perfecto buscando reafirmación en el bello espécimen de mi hijo.
Sin más, me fui a la oficina y lo primero que hice fue abrir el ordenador para conectarme al sistema de vigilancia en livestream, decidida a descubrir hasta dónde llegaría esa puta. La vi hablando con Diego aún en su ropa de ejercicio, luego dirigiéndose al baño con su mochila; salió cambiada en un atuendo aún más revelador —shorts muy cortos, flojos y de tela delgadísima que dejaban asomar nalgas y apenas tapaban su coño, con una blusa de tirantes de algodón que amenazaba con exponer una teta en cualquier descuido.
El día continuó con ella pasando más tiempo cerca, sentándose a su lado a ver la tableta como novios en un fin de semana casual, ya sin pinta de enfermera-paciente. El tirante se le bajaba a ratos, dejando hombros y borde de tetas al descubierto para deleite de Diego; fingió quejarse de la espalda y empezó a hacer yoga a un par de metros, con ese atuendo que le permitió a Diego oler su raja húmeda y ver todo lo que quería ver.
Diego se veía incómodo y muy erecto; ella notó su estado y le dijo algo seductor, llevándolo al baño en lugar de la habitación —¡al parecer lo bañaría en la regadera!—. Lo desvistió sin rodeos, su erección monumental expuesta y apenada; cubrió su brazo vendado con plástico y cinta, luego abrió la regadera para guiarlo bajo el chorro caliente que mojó su cuerpo entero.
Se untó jabón líquido en las manos y lo enjabonó sin esponja, recorriendo cada centímetro de su piel desnuda mientras su propia ropa se empapaba bajo el chorro de la regadera y volvía transparente al instante, pegándose húmeda y adherida a sus curvas seductoras como si fuera una segunda piel. En mi oficina, ya me había subido la falda hasta la cintura y dejado las bragas a un lado, frotándome el clítoris con furia incontenible; el riesgo constante de que entrara alguien de improviso —incluso mi jefe con alguna urgencia de última hora— me ponía más arrecha de lo que quería admitir, deseando desesperadamente tener un consolador a la mano para poder penetrarme a fondo allí mismo, sin importarme quién me oyera gemir.
Agachada frente a él, Claudia parecía tan cachonda que ya ni fingía seguir lavándolo; dejó la esponja flotando en el agua jabonosa y se concentró únicamente en sus muslos interiores, abriendo más sus propias piernas para que él viera cómo el hilo de su tanga se hundía en su raja mojada, con su culo expuesto y ofrecido a la vista como invitación. La espuma del jabón resbalaba por sus tetas empapadas y transparentes, dejando ver los pezones duros y oscuros bajo la tela.
Empezó a pajearlo despacio con su mano jabonosa, mirando fijo esa polla dura, gruesa, larga y rojiza que solo un joven viril puede tener, y que ahora oscilaba pesada y palpitante a centímetros de su boca. Alzó la vista hacia Diego, embobado con esa hembra hambrienta prácticamente desnuda frente a él, le susurró algo que no pude distinguir, y él asintió con la boca entreabierta y los ojos vidriosos de pura excitación.
Entonces ella hizo algo que me dejó sin aliento: se metió toda la polla en la boca de una sola vez, hasta que sus labios rozaron la base y su nariz se hundió en su vello púbico, quedándose quieta un segundo solo para sentirlo palpitar en su garganta antes de empezar a mover la cabeza arriba y abajo con una violencia que hacía rechinar sus dientes contra su carne. Diego echó la cabeza hacia atrás, agarrándose del borde de la regadera, mientras ella lo inmovilizaba de los muslos y lo ordeñaba con la boca sin piedad, con la nariz casi rozando su vientre cada vez que se la metía entera.
Yo perdí el control: me bajé falda y bragas de un tirón, metiéndome tres dedos en el coño chorreante mientras imaginaba que era la polla de Diego la que me abría, frotando el clítoris con furia hasta hacerlo crujir bajo mis uñas, gimiendo más fuerte de lo prudente. Cuando escuché pasos en el pasillo, saqué los dedos empapados y me los metí en la boca de golpe, chupándolos con la lengua extendida como si saboreara su corrida, en trance de lujuria total.
Un ruido afuera me paralizó; tiré de la falda hacia arriba con las piernas aún abiertas, la cara ardiendo y el coño palpitando al aire, visiblemente necesitada de que alguien —cualquiera— me penetrara en ese momento. Falsa alarma. Volví al video: Claudia se levantaba jadeando, el short caído a los tobillos, sin bragas, sin nada que ocultar; se volteó hacia el cristal de la regadera y se inclinó, abriendo las nalgas con ambas manos para ofrecerle a Diego su culo parado y su coño hinchado, rojo y mojado, listo para ser tomado.
El audio se cortaba, pero vi cómo ella movía los labios en una súplica silenciosa, una sola frase repetida mientras miraba por encima del hombro con los ojos desorbitados: córrete dentro, lléname. Diego no esperó más: la agarró de las caderas y se la metió de una embestida, hundiéndose hasta el fondo, solo tres o cuatro pollazos salvajes antes de quedarse quieto, enterrado en ella, el rostro desfigurado por el placer de vaciar sus huevos en esa zorra hambrienta.
Cerré el portátil. Me quedé quieta un momento, sintiendo algo extraño en el pecho que no supe nombrar. No era rabia. Tampoco alivio del todo. Era la tristeza pequeña de quien ve que algo que creyó exclusivo ya no lo es. Pero la tristeza pasa. Siempre pasa. Y cuando pasó, me di cuenta de que la página estaba dada vuelta desde antes de que yo la notara. Diego ya no era solo mío. Quizás nunca lo fue.
Mañana seguiría siendo su madre. Le prepararía el desayuno, le cambiaría la venda, le sonreiría como siempre. Pero las mañanas de terapia se habían terminado. Ese capítulo se había cerrado. Y yo, por primera vez en años, sentí que podía levantarme de la cama sin miedo a lo que mis manos pudieran hacer.
Era lo correcto. Lo sano. Una madre y un hijo, nada más. La oportunidad de empezar de nuevo, de borrar lo que nunca debió escribirse. Lo repetí varias veces en voz baja, como quien aprende de memoria una lección que aún no entiende del todo. Lo correcto. Lo sano. Una madre y un hijo.
Mi mano se quedó demasiado tiempo sobre el portátil cerrado antes de levantarse.
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Tienen que haber al menos 3 o 4 partes más, eso no se debe de quedar ahí.