La contaminada ciudad nunca dormía, pero esa noche respiraba más despacio, como si supiera que algo estaba a punto de suceder en sus callejones más oscuros. Bajo la lluvia acida de neón violeta y cian, él caminaba con pasos pesados y deliberados, usaba un traje, su segunda piel negra brillante, un material de alta densidad que crujía levemente con cada movimiento, los filtros funcionaban perfectamente, por su mascara de gas, en los cuales miraba por medio de lentes polarizadas que brillaban verde ácido.
Los guantes, largos hasta el antebrazo, eran lo más obsceno del conjunto, de un negro mate, grueso, con costuras reforzadas en las palmas y dedos ligeramente texturizados, hechos para sentir sin permitir que la piel real tocara nunca el mundo.
Le fascinaba sus caminatas en las zonas contaminadas de la ciudad, ya que rara vez se encontraba con alguien, le gustaba la soledad de afuera, ya que todo el mundo vivía dentro de los edificios, además le fascinaba usar su traje completo, conforme a sus fetiches gomosos, le fascinaba la silueta, el crujido, el reflejo, el escuchar su respiración dentro de su traje, toda la sensación en su conjunto, que a veces le ocasionaba espontaneas erecciones.
Entonces la vio, ella emergió de un portal de vapor entre dos edificios, como si la ciudad misma la hubiera escupido. Traje idéntico en concepto, pero femenino, más ceñido aún, que se adhería a cada curva como pintura mojada, la visión le pareció de ensueño, sus caderas marcadas y pechos enfundaos, le fascinaron hasta le pareció irreal su visión. El casco era más estilizado, con filtros más pequeños y un visor tintado en rosa eléctrico. Sus botas subían hasta medio muslo. Y los guantes, eran largos, negros, brillantes en las zonas donde la luz los lamía, mate en las palmas, idénticos a los suyos.
Se detuvieron a tres metros. Ninguno habló. No hacía falta. Ella dio un paso. Él respondió avanzando también, lento, midiendo. Cuando estuvieron a un metro, ella fue quien levantó primero la mano enguantada. Los dedos enfundados tocaron el pectoral de él. Presionó. La palma entera se deslizó hacia abajo, lenta, explorando la forma dura del músculo bajo la goma tensa. El hombre sintió el calor de la mano a través de las cuatro pieles, la suya y la de ella. No era piel contra piel. Era goma contra goma. Y eso era infinitamente más obsceno. Él levantó su propia mano derecha. Los dedos enguantados rozaron primero el cuello de ella, justo donde el traje se unía al casco.
Deslizó la yema del dedo índice por la costura, sintiendo cómo el material cedía apenas un milímetro antes de volver a tensarse. Luego bajó, trazando la clavícula, la depresión entre los pechos comprimidos. Cuando llegó al pezón —duro, evidente bajo el material ultradelgado en esa zona—, lo presionó con la almohadilla del dedo medio. Un círculo lento. Ella inclinó la cabeza hacia atrás; el visor rosa reflejó el neón púrpura del cartel de arriba. Los guantes empezaron a hablar su propio idioma. Ella deslizó ambas palmas por los costados de él, bajando hasta las caderas, apretando donde la materia símil al látex se arrugaba ligeramente sobre los huesos.
Luego subió de nuevo, metiendo los dedos bajo las correas del arnés, tirando un poco, haciendo que el traje se tensara aún más contra la piel del hombre. Él respondió colocando ambas manos en la cintura de ella, abarcándola casi por completo. Los pulgares se deslizaron hacia abajo, buscando el borde donde el látex se encontraba con la piel de los muslos, pero no había borde, solo más goma, más compresión, más negación del contacto directo. Se acercaron hasta que los cascos casi se tocaron. El aliento de ambos empañaba el interior de sus respectivos visores. Ella levantó una pierna, apoyando la bota contra la pared detrás de él. El movimiento abrió el espacio entre sus muslos.
El hombre no dudó y deslizó la mano enguantada entre las piernas de ella, palma abierta, cubriendo toda la vulva a través del traje. Presionó con firmeza, sin prisa. Sintió el calor que emanaba, la humedad que ya empezaba a condensarse por dentro del traje. Movió la mano en círculos amplios, dejando que la textura ligeramente rugosa de la palma hiciera todo el trabajo.
Ella gimió —un sonido amortiguado, metálico, que salía del sistema de ventilación del casco—. Luego ella tomó una dulce represalia, sus dos manos bajaron hasta la entrepierna de él, una palma cubriendo toda la erección que empujaba contra el látex, la otra deslizándose por debajo, acunando los testículos comprimidos. Apretó. No con crueldad, sino con precisión. Luego empezó un movimiento lento de arriba abajo, la goma chirriando contra goma, creando un sonido húmedo y obsceno que se mezclaba con el zumbido de los neones.
Los guantes se volvieron más insistentes. Él introdujo dos dedos entre los muslos de ella, presionando contra la entrada, hundiéndolo apenas lo suficiente para que el material se deformara y marcara la forma de los dedos. Ella respondió abriendo más la postura y apretando su palma contra la punta de la erección de él, frotando en círculos rápidos, haciendo que el látex se deslizara y se pegara al glande hinchado. No había penetración real. No la necesitaban. Solo existían los guantes, la goma caliente, el roce interminable, la presión, el crujido, la sensación de estar completamente cubiertos y al mismo tiempo completamente expuestos.
Cuando ella empezó a temblar, él lo sintió primero en la contracción rítmica de los músculos bajo el traje. Apretó más fuerte con la palma, sin dejar de frotar. Ella le clavó los dedos enguantados en la nuca, tirando de las correas del casco como si quisiera arrancárselo, aunque ninguno de los dos lo haría nunca.
El orgasmo de ella llegó en oleadas silenciosas, el cuerpo convulsionando dentro del látex que lo mantenía todo contenido, todo reprimido, todo magnificado. Él la sostuvo, una mano en su cintura, la otra aún presionando entre sus piernas hasta que los temblores cesaron. Solo entonces ella bajó la mano que tenía en él y apretó con decisión, una sola vez, fuerte, precisa. Él eyaculó dentro del traje, capturando cada pulsación, cada chorro caliente que se extendía y enfriaba lentamente contra su piel. Ningún sonido salió de su casco. Solo un suspiro largo y mecánico.
Se quedaron así un tiempo indeterminado, manos enguantadas aún sobre cuerpos enfundados, respiraciones sincronizadas a través de los filtros. Luego, se dijeron sus medios electrónicos de contacto, ya que quedaron de hacer más paseos exteriores por la ciudad , entonces ella se apartó. Dio un paso atrás. El neón rosa de su visor brilló una última vez. Y desapareció en el mismo portal de vapor del que había surgido.
El hombre se quedó solo bajo la lluvia ácida, sintiendo el interior del traje pegajoso, el corazón latiéndole contra las costillas como si quisiera romper la goma. Se permitió una media sonrisa detrás del visor verde. Mañana le escribiría, para repetir sus encuentros, en alguna zona prohibida de la ciudad.
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