Inicio de una adicción (5)

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T. Lectura: 5 min.

A la mañana siguiente, cuando bajé para desayunar, encontré a mi madre y a Reyna desayunando. Me serví mi desayuno y me senté en la mesa con ellas. En eso, mi prima le dice a mi madre:

Reyna: —Oye, tía, parece que deberías de comprarle ese ventilador a Damián; anoche creo que tuvo calor porque entró a mi cuarto mientras dormía.

Beatriz: —¿Cómo que entró a tu cuarto ayer en la noche? Damián, dime a qué chingados fuiste al cuarto de Reyna.

Yo: —No, mamá, es que tenía que preguntarle a Reyna unas cosas.

Beatriz: —¿Y qué es tan importante que le preguntaras a Reyna en la noche que no pudiera esperar para hoy?

Yo: —Unas cosas sin importancia, mamá. Cuando la vi dormida me retiré; aparte, no entré, solo toqué.

Reyna: —Pues yo te vi dentro de mi cuarto. Aparte, ¿qué me querías preguntar?

Yo: —No, solo me asomé por la puerta para ver si ya estabas dormida; era una pregunta tonta, solo que no podía dormir.

Beatriz: —Dime la verdad, Damián, ¿qué estabas haciendo en su cuarto? Porque yo salí al baño, pasé por tu cuarto y te miré dormido.

Yo: —Nada, mamá, te lo prometo. Solo que no podía dormir y quería platicar con alguien.

Beatriz: —Mira, Damián, si descubro que te estás propasando, me las vas a pagar y tu padre se va a enterar.

Yo: —Sí, amá, no te preocupes, no vuelve a pasar, te lo prometo.

Reyna: —No te preocupes, tía, si Damián se trata de pasar de listo, te prometo que le saco los huevos.

Beatriz: —Te voy a estar vigilando, Damián. Pórtate bien.

Me quedé serio, pero tenía un coraje porque Reyna me había puesto en esa situación y me hacía quedar como un pervertido frente a mi madre; y solo veía cómo disfrutaba de hacerme sufrir con esa risa que me enojaba aún más. Cuando terminamos de comer, me fui a mi habitación para recogerla, cuando entró Reyna y cerró la puerta.

Reyna: —Vaya, sí que tu madre piensa que me vas a hacer algo.

Yo: —Pues sí tú se lo insinúas cada que tienes la oportunidad. Aparte, ¿qué quieres? Déjame solo.

Reyna: —Vamos, primo, yo me sentí igual que tú ayer que intentaste usar mi colita sin permiso.

Yo: —No compares, eso es algo entre tú y yo, y tú estás metiendo a mi madre para chantajearme.

Reyna: —No necesito chantajearte; con agarrarte de los huevos es suficiente. Y si vuelves a intentar hacer algo como lo de anoche, te los voy a arrancar y se los daré a mi tía como prueba de lo depravado que eres.

Yo: —Ya lárgate de mi cuarto.

Yo estaba de pie con un short puesto cuando veo que Reyna pone el seguro de la puerta, se acerca a mí, se pone de rodillas y de un tirón baja mi short y mi bóxer juntos. Agarra mi verga y se la mete en la boca de una, y mientras con una mano masajeaba mis huevos haciendo que mi verga empiece a crecer en su boca. Cuando ya estaba dura y yo estaba en el cielo con esa mamada, ella de repente me la muerde y aplastó mis huevos con fuerza, haciendo que me doblara del dolor hasta caer al suelo. Ella solo me dijo:

Reyna: —Que sea la última vez que me tratas de tomar por la fuerza, cabrón.

Se levantó y se fue a su cuarto, dejándome ahí en el suelo con el dolor. Esa tarde me la pasé en mi cuarto jugando a la Nintendo para dejar de pensar en el asunto de Reyna. La noche cayó y de nuevo el deseo de ir al cuarto de mi prima llegó; pero, aunque estaba caliente, algo dentro de mi me decía que no fuera. No podía dormir pensando en si ir y esperar que Reyna me devolviera a mi cuarto con un dolor en mis huevos o quedarme con el dolor de mis huevos por la calentura.

De nuevo, como la noche anterior, vi que la luz del pasillo se iluminó. Sabía que era mi madre que estaba dando su vuelta de vigilancia, pero esta vez no entró a mi cuarto; simplemente miré que se apagó la luz. Cuando pasaron como cinco minutos con el pasillo a oscuras, vi cómo la puerta de mi cuarto se abría y mi madre se asomaba. Revisó que estuviera dormido y luego la cerró; escuché que hizo lo mismo con el cuarto de Reyna. Luego supe que mi madre sospechaba algo con todas las insinuaciones que Reyna daba; estaría de más que no lo hiciera. Al final, decidí quedarme en mi cama para no traer más problemas.

A la mañana siguiente, en el desayuno, volvió nuestra ya habitual charla.

Reyna: —Ay, tía, tu casa es bipolar; hoy en la noche sí tuve frío, me hizo falta calentarme con algo.

Beatriz: —Ay, mija, a ustedes quién los entiende; este con calor y tú con frío. Los voy a cambiar de habitación, a ver si así están a gusto.

Reyna: —Es que me faltó algo… yo creo un poco de leche calientita.

Beatriz: —Hubieras bajado por un vaso, mija.

Reyna: —Es que la prefiero fresca, y aquí tiene pura de galón.

Cuando lo dijo, puso una sonrisa y me volteó a ver.

Beatriz: —No te preocupes, mija, hoy voy al súper y veo si encuentro algo de leche fresca.

Reyna: —¿Puedo acompañarte, tía?

Beatriz: —Claro, mija. ¿Y tú, Damián, vienes o te quedas en la casa?

Yo: —No, mamá, yo me quedo.

Terminamos de desayunar y mi madre se metió a bañar; luego le siguió mi prima. Se alistaron y se fueron a hacer el mandado. Cuando salieron, lo primero que hice fue ir a buscar los calzones de mi madre; tenía días que no olía su delicioso aroma de madura. Cuando llegué al baño me puse a buscar en el cesto de ropa y encontré los calzones de mi prima, unos calzones de algodón blancos con bolitas. Los agarré y los pasé por mi nariz; sin duda era el aroma de ella.

Los dejé a un lado y encontré los de mi madre: un calzón morado con un aroma más potente, tanto que cuando los aparté de la ropa sucia me llegó su aroma hipnotizante. Los acerqué a mi nariz y olfateé ese aroma que me hipnotizaba y me ponía la verga dura de una. Pasé mi lengua por todos lados de ese calzón morado, tratando de exprimir todo el néctar que mi madre dejaba en ellos.

Con la calentura al 100%, tomé los calzones de mi prima, los enrollé en mi verga y me hice la puñeta más salvaje que había hecho con algún calzón antes. El aroma de mi madre en mi nariz y su sabor en mi lengua mientras los fluidos de mi prima impregnados en su calzón estaban en mi verga. No duré ni cinco minutos cuando sentí que me corría. Como pude, aparté los calzones de Reyna y me empecé a correr en el lavamanos, disparo tras disparo. Acomodé la ropa sucia y me fui a mi cuarto a recogerlo.

Cuando regresaron del mandado mi madre y mi prima, Reyna traía la película de Scream 2 y me convenció de verla en la noche; le pidió permiso a mi madre para que la viéramos a las 12, que según ella es cuando las películas de terror se tienen que ver. Mi madre aceptó y, en la noche, cuando puso la película en la sala, mi madre nos acompañó a verla. Mi madre andaba con una pijama de lo más común y se sentó en un sillón individual; mi prima andaba con una camisa oversize y un shortsito, y yo con short y playera, sentados en el sillón más grande.

Mi prima estaba, según ella, muy asustada y con frío, así que decidió ir por una cobija. Se tapó las piernas y también tapó las mías. Después de un rato, mi madre se quedó dormida. Mi prima, al ver eso, metió su mano por debajo de la cobija y luego la pasó por mi nariz; sus dedos olían a pura vagina, ese aroma que tanto me pone loco, y luego metió los dedos en mi boca. Yo me saqué de onda, aparté su mano y miré su risa pícara. Bajó su mano, la metió entre las cobijas y me empezó a tocar la verga por encima del short; luego la metió entre mi bóxer para agarrarla sin nada que se le interpusiera. Después de unos minutos agarrándola, la liberó y solo la cubrió con la cobija.

Yo estaba muy nervioso porque mi madre estaba a unos metros de nosotros. Se acostó poniendo su cabeza en mis rodillas, dejando mi verga totalmente descubierta en su nuca; instintivamente yo me bajé más para que su cabeza quedara por atrás de mi pene. Se levantó poquito, volteó a ver a mi madre, se puso de nuevo en mis rodillas y empezó a mamarme delante de ella. Sentía delicioso por la mamada, pero el miedo de que mi madre se despertara no me dejaba disfrutarla; yo pensaba que se despertaría en cualquier momento porque se escuchaba cómo tragaba saliva mi prima.

Cuando escuché que mi madre se movía, como pude me subí el short y mi prima se incorporó, la volteó a ver y volví a agarrarme la verga haciéndome una puñeta por debajo de la cobija. Ya con la calentura, yo puse mi mano en su entrepierna, metí mi mano por debajo del short, noté que no llevaba calzón y empecé a hacer circulitos en su clítoris. Sentía cómo se iba hinchando poco a poco y empezaba a empaparse; pero cuando intenté meterle los dedos, ella apartó su mano de mi verga y golpeó la mía, haciendo que con el ruido mi madre se despertara. Mi madre se incorporó y ya no volvió a quedarse dormida el resto de la película. Cuando terminó, cada quien se fue a su cuarto a dormir.

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