Mesera (4)

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La situación de mi esposo se resolvió sin mayores problemas, no volvimos a tratar el asunto, además, se ve feliz con su uniforme y puesto nuevos.

Sin embargo y al mismo tiempo, descubro por primera vez con terrible agrado, que me encantó sentirme admirada y deseada por un hombre que podría ser mi padre o mi abuelo.

A partir de ahí comencé a tratar de mostrarme más provocativa, en especial con los hombres mayores, fue como si algo se hubiera despertado en mí que no conocía, una nueva sensación de expectativa y anhelo de gustarle a los mayores, y cuanto más viejos fueran más me interesaban.

Mis uniformes, de por si sugerentes, los mandé a arreglar de tal forma que mis turgentes formas fueran más notorias para quienes me miraran; de la misma manera también empecé a utilizar mis minifaldas de mezclilla o lona de talle alto para andar en la calle y blusas más escotadas y con botones más finitos para dejar ver el inicio o la parte media de mi brasier de colores provocativos como durazno, violeta, negro o los blancos de encaje que resaltan con mi piel apiñonada, medias negras o blancas a medio muslo o ligas combinadas con zapatillas altas o botas a medio muslo etc.

Las propinas empezaron a subir, mis horarios a mejorar, incluso, esto no pasó desapercibido para don Genaro, el vendedor de revistas y periódicos que tiene su puesto en la esquina del trabajo, un señor de unos sesenta y tantos años, feo, alto, blanco de complexión media y que a veces el dueño del bar emplea para hacer entregas a domicilio o algún trabajo.

Este al notar el cambio en mi vestuario, empezó a decirme cosas halagadoras o a silbarme cada vez que me veía pasar, con un poco de timidez al principio, pero después más suelto al notar que yo no oponía resistencia a sus palabras y solo me limitaba a sonreír y bajar la mirada haciéndome la tonta, pero disfrutándolo terriblemente en mi interior.

Ya con más confianza, fui soltándome y siendo más simpática y amable con él.

–No mames, está bien piche feo, me decía mi amiga, pero siempre terminaba diciendo que a mí no se me hacía feo o defendiéndolo, en fin, empecé a comprarle revistas a diario.

–hoy se abrieron las puertas del cielo, me dice

–¿Por qué? Respondo

–porque se están cayendo los angelitos, me contesta, estallo en carcajadas

–oh, es en serio Dianita, es más, por donde se cayó el envoltorio que la cubre, porque usted es un bomboncito, me continúa diciendo mientras río.

Entre risas me dice que es su santo, le doy un abrazo y me despido dándole un beso en la mejilla, a partir de ahí cada vez que voy a su puesto nos saludamos con un beso en la mejilla y un abrazo y el aprovecha para pasar sus manos por mi espalda y dejarla caer hasta mi cintura, una maniobra recurrente cada vez que voy, hasta que un día fue más allá y la pasó por mi cadera muy delicadamente, me aparté de el viéndolo a los ojos enojada, pero no le dije nada, al contrario al otro día nos volvimos a saludar igual como si nada hubiera sucedido.

Era inevitable que el dueño del bar me castigara por los días que falté a trabajar uno por estar con don Oliverio y el otro por ir con el jefe de mi marido, así que me destinaron a un servicio en una fiesta de barrio, mis compañeras me aconsejan que pida el servicio de los sanitarios, para evitar el clásico bailecito de los meseros y el estar de acá para allá con las charolas de comida etc.

Y así fue, estoy en los baños ofreciendo jabón, papel, toallitas, etc.

Para mi sorpresa somos varias compañeras y compañeros destinados al servicio, entre ellos distingo a lo lejos a don Genaro que anda limpiando y cargando cosas.

Obviamente voy ataviada con el clásico uniforme de mesera, minifalda de lona negra muy pegadita, mis medias negras, sandalias negras y mi blusa blanca de manga larga con botones al frente, todas nos vemos muy deseables, solo que a mí se me ve mejor el uniforme.

La fiesta transcurre sin mayores problemas, hasta que de repente aparece don Oliverio acompañado de su esposa, su cara de alegría se transforma en sorpresa al verme,

–¿Qué hace esta pinche puta aquí? la vieja comienza a insultarme, el toro la detiene con dificultad, los gritos hacen que llegue mi supervisor y me saque del lugar, salgo molesta, uno de los compañeros me lleva hasta un jardín y me quedo esperando que las cosas se compongan o alguien me diga algo.

El tiempo se me hace interminable, de repente, siento como unas manos me toman de la cintura y me jalan a lo más oscuro del jardín, por lo grueso de las manos intuyo que es el toro, intento soltarme pero estoy muy encabronada y quiero desquitarme de su vieja ahí mismo, así que dejo que me abrace por detrás, me empieza a besar el cuello y las orejas, mientras que con sus manos me afloja la blusa para tocarme las tetas subiéndome el brasier, juega un poco con mis tetas, las apachurra, las amasa e incluso le da apretoncitos a mis pezones.

Poco después, una de sus manos recorre mi cuerpo, bajándola lentamente hasta llegar a mi faldita, pasea su mano por mis nalgas y luego la mueve al frente, finalmente alza mi faldita y me mete mano, abro un poco las piernas para que me pueda tocar bien, siento su mano recorrer, primero, mis escasos vellos, después poco a poco va metiendo un dedo en mi interior, lo va moviendo lentamente, separa mis labios y los empieza a frotar.

Mis piernas me tiemblan y mi cuerpo se estremece cuando él deja de sobar mis tetas, y sin sacar su dedo de mi vagina, se separa un poco para sacar su paquete del pantalón, hace a un lado mi tanga, me lo acomoda entre las nalgas y me vuelve a abrazar, a tocarme las tetas y jugar con mi vagina.

–Mueva las nalgas, Dianita, me dice al oído con voz entre cortada y empieza a gemir

–¿Don Genaro?

–shhh, cállese o hable más quedito, no nos vayan a oír, me susurra el muy cabrón.

Estoy tan motivada, excitada o caliente que le obedezco sin chistar, restregando con fuerza mi colita contra su verga mientras doy pequeños gemiditos, que al parecer a él le gustan, la mano que soba mis tetas deja de hacerlo y empieza a terminar de desabrochar mi blusa, cuando el último de mis botones queda abierto, me da vuelta sin sacar la mano de mi entrepierna, su boca va directo a uno de mis pechos mientras que el otro es atendido por su mano libre, pasa su lengua por mi pezón y con sus labios le da uno pequeños tironcitos, cambia de pecho y mi otro pezón responde a las caricias, su lengua juega a trazar círculos alrededor de la aureola.

–¿le gustan? –Le digo inclinándome hasta su oído y dándole besitos en el cuello– Son suyos, le digo cachondamente al oído, mientras mis manos recorren su cabeza, metiendo los dedos entre su cabello.

Saca su mano de mi cuevita y me separa las piernas, su cara y su lengua van deslizándose por todo mi abdomen, llegan a mi ombligo y finalmente se detienen en mi entrepierna, su lengua va recorriendo cada centímetro de mi húmeda rajita, primero sólo por afuera, para introducirla después.

Siento que su lengua frota mi clítoris y me transporta casi al paraíso, mi respiración se vuelve cada vez más agitada a medida que su lengua me recorre, ya no puedo más, cada lamida hace que mi cuerpo se estremezca, las piernas me tiemblan y apenas y me logro mantener en pie, siento una gran explosión en todo mi ser y me dejo ir en la boca de mi nuevo amante, que mueve vertiginosamente su lengua para no dejar escapar nada.

Todavía temblorosa me bajo la falda mientras él se levanta, dándome un beso, su lengua recorre toda mi boca fundiéndonos en un salvaje beso.

Ahora se recarga contra la pared, me jala y me soba los pechos, mi mano baja hasta su pantalón, su verga esta de fuera, la tomo con mis manos y empiezo a jugar con ella, mientras sus manos me recorren las tetas yo acaricio su pene con suavidad, dejando correr mis dedos por todo el tronco.

Me hinco frente a él y me la meto a la boca, primero le doy unas caricias con mi lengua, como si me estuviera comiendo una paleta, al poco tiempo meto su glande dentro de mi boca, y con la lengua le voy dando lamiditas, luego ya me la voy metiendo toda, y mientras mi boca juega con su miembro mis manos acarician sus testículos.

Mi lengua recorre todo el tronco de su pene y volteo a mirarlo, la tenue luz de la luna me deja ver su mirada de sorpresa, de temor, me indica que es la primera vez que se la chupan así que me quedo quieta mirándolo con ojitos angelicales, para después volver a mi trabajo chupando sus huevos, dándole de vez en cuando pequeños golpecitos con mi lengua, lo cual lo pone fuera de sí.

Toma mi cabeza con sus dos manotas, esta vez es él quien dirige mis movimientos, como si me estuviera cogiendo, mete y saca su miembro en mi boca, yo lo único que hago es apretar los labios para que su piel no roce con mis dientes.

Oigo su respiración ya muy agitada y siento cómo las venas de su verga se empiezan a hinchar, mueve mi cabeza para adelante y para atrás, cada vez con mayor velocidad, no tardo mucho en saborear el líquido, espeso y caliente que me llena la boca.

Trato de tragar lo más rápido que puedo, pero escurre un poco por mis labios, termina de eyacular, suelta mi cabeza y yo me paro poniéndome cerca de él para que vea cómo paso mi lengua sobre mis labios para limpiar la leche que se me escapó.

–Dianita yo, este, me dice sorprendido mientras vuelve a tocar mis tetas.

No dejo que siga, terminando de tragar y limpiar todo con mi lengua, le doy un beso

–¿y si vamos a un lugar donde podamos hacer algo más? Me dice

No le contesto, acomodo mis ropas y me salgo del salón esperando que nadie me vea pensando en las consecuencias que puedan ocurrir cuando mi jefe se entere.

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