La ventana indiscreta

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T. Lectura: 3 min.

Ulises estrena su nuevo departamento en Recoleta. Como nuevo pasatiempo encontró el de mirar por la ventana y espiar a sus vecinos del edificio que da al frente de su balcón.

Es de esas construcciones antiguas, clásicas, ventanas con acabados antiguos y bordes de mármol en la parte superior. Habitaciones de mínimo 4 metros de alto, paredes blancas, estética aterciopelada de barrio sifrino.

Busca con su vista en las distintas ventanas un atisbo de vida humana: departamentos desocupados, un perro, un hombre hablando por teléfono, hasta que mira una.

En esta habitación se encuentra Medea: Una chica de unos 32 años. Un cuerpo grueso, sensualmente voluptuoso, de caderas anchas y piernas gruesas. Su suave piel color cálida absorbe la luz natural. Un eléctrico pelo de color marrón oscuro llena de rulos. Arriba lleva un corpiño color beige de suave tela y ancho espacio del cual sobresalen los puntitos de sus pezones, ya erectos.

Lee un libro mientras fuma porro. Larga el humo suavemente, con una sensualidad que hace al danzar en el aire de su habitación.

Ulises agarra sus binoculares, ahora puede observar con mucho más detalle el interior de esa habitación desde el incógnito, corre sus persianas de forma que no se filtre el interior de su comedor, quedando el en la penumbra de su propia casa.

Medea se mira al espejo, se contempla como a una estatua, cara a cara con su propia sensibilidad. Su cuerpo es un templo de introspección, y ella su propia musa. Es un acto de intimidad con ella misma. Vuelve a largar humo en dirección hacia el espejo, como si quisiera seducir a su yo del cristal con la niebla.

Con sus dedos acaricia su ombligo al que rozan como tela suave. Sube lentamente por los densos pliegues de su piel hasta su torso. Explora su cuerpo libremente, rozando el borde de sus pechos. Con su lengua roza sus labios, explorando sus puntos de goce.

Medea agarra una cámara, empieza a fotografiarse delante del espejo. Hace distintas poses fragmentando su cuerpo. Expone sus caderas, sus pechos, su culo tapizado con el relieve de celulitis. Formando sensuales poses con su cuerpo y sus brazos, dignos de dioses del olimpo. El miembro de Ulises se endurece debajo de su apretado jean azul: la bestia se ha empezado a despertar.

Después de varios disparos, Medea deja el artilugio y pasa toda la extensión de su lengua por el espejo, suavemente. El frio se expande por sus terminales nerviosas que la reciben con sus ojos que se entregan al placer en un acto de devoración autofílica.

Acerca su cuerpo voluminoso al espejo, empieza a bailar sensualmente intentando seducir nuevamente a su propio reflejo. Intenta tocarse, queriendo intimar con ella misma. Y sosteniendo su propia calentura ante su propio reflejo.

Pasados unos segundos deja el porro en un cenicero de cristal sobre su cama, se pone unos auriculares tipo casco, se recuesta sobre ella, marcando así los sensuales pliegues de su cuerpo en su cintura y piernas y cierra los ojos. Ulises se pregunta que es lo que está escuchando.

Está totalmente relajada, entregada a sí misma.

Una vez allí sigue fumando, su cabeza ha adoptado una posición de relajación y entrega total relajando todos los músculos de su carita, como si largar el humo fuese una extensión de sus jadeos.

Suavemente empieza a tocarse en círculos por arriba de su tanga negra como el cuero.

Ulises se concentra y logra sintonizar una radio imaginaria en la que se transmiten los gemidos de Medea. Empieza a frotarse más rápido por arriba del pantalón y el frenético ruido de la tela en contacto con su miembro lo pone aún más caliente. Se baja el pantalón y el calzón sin mediar palabra con su mente y se sorprende al ver su pija hecha un tronco de hierro macizo. Se impacta de su propia erección.

Medea saca del cajón su mesita de luz un consolador multicolor de la bandera LGBT. Se sorprende ante el detalle del color y mira expectante, mete el consolador en su boca mientras con la otra mano se sigue en contacto con su vulva, su cabeza se inclina hacia arriba dando gemidos ahogados por el gran falo de plástico que está en su cavidad.

Se atraganta y se saca el consolador, del cual brotan hilos transparentes de saliva.

Ulises imagina que es su líquido seminal, y a su aparato reproductor invadido por el denso y caliente olor a porro. Empieza a manosear su torso trabajado de arduas sesiones en el gym que se dejan ver por entre su camisa a cuadros sin abrochar, imaginando que la que le manosea es ella, y que ese acto íntimo con ella misma lo hace pensando en él.

Ulises se está por venir ¿pero dónde? Está en el comedor y no encuentra con que. Llegó al punto de no retorno, todo se pone vertiginoso y no hay tiempo.

Rápidamente acerca su pene al vidrio y expulsa duras tandas de fluidos, este viaja a la velocidad de un tren a toda velocidad hasta estrellarse contra el cristal transparente. Dejando manchas blancas y circulares, arriba de donde, detrás del vidrio, yace la silueta de Medea.

Ulises se da por satisfecho y cierra las cortinas de su living, se esconde en la oscuridad de su guarida, mientras Medea sigue acostada, recomponiéndose de su trance.

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