La noche no empezó en la fiesta, sino frente al espejo de nuestra habitación. Yo ya estaba lista: el maquillaje impecable, el perfume flotando en el aire y ese vestido que apenas cubría lo necesario. Como siempre, él no pudo resistirse. Es su manía, su forma de marcar territorio. Antes de cruzar la puerta, me tomó la cintura con urgencia, sacó su pene y lo mojó con saliva, me penetró tan fuerte que me dejó sin aliento, pero, con el cuidado de no arruinar mi peinado.
Al terminar, me susurró al oído la orden de siempre: “No te limpies. Quiero que lleves en tu vagina la marca de que eres toda mía”. Salí de casa sintiéndome llena de semen, pero satisfecha como quien se siente deseada. Por dentro, siempre pensé que si no estuviese casada con él fuese una puta, o alguien adicta al sexo casual.
Al llegar a la reunión de la cuadra, el ambiente estaba pesado, cargado de música baja y humo. Allí estaba él: un viejo amigo de mi esposo. Apenas cruzamos miradas, supe que recordaba los viejos tiempos con él, ya antes, tenían la manía de cruzar los límites: siempre o casi siempre compartía a sus parejas en discotecas o reuniones de casa. Sus ojos se clavaron en mí de una forma que me hizo sentir desnuda.
La tensión estalló en la cocina. Fui a servirme un trago y él apareció detrás de mí. El espacio era mínimo. “Hueles a algo muy específico desde que llegaste…”, me soltó al oído con una voz ronca que, con un par de tragos, le genera curiosidad a cualquier mujer. “Parece que alguien se divirtió mucho antes de venir, ¿no?”. Salí de ahí casi huyendo, pero no pude evitar que mis nalgas rozaran con él al pasar. Mi corazón iba a mil.
La noche avanzó y los tragos hicieron lo suyo. Solo quedamos los cuatro: mi esposo, su amigo, su novia y yo. Alguien propuso “Verdad o Reto”, pero con ese tono turbio que solo los adultos que se conocen demasiado bien pueden manejar.
Pasamos de los shots en la espalda a los besos con humo de vapor, hasta que llegó el reto que cambió todo. El amigo, con una sonrisa pícara, nos retó a su novia y a mí. Dijo: “Lourdes, te reto a que le chupes un seno a Amanda” Ella se despojó de la camisa con una naturalidad que me me provocó… Yo, con los tragos encima, tuve coraje para ser tan puta como soy con mi esposo a solas y la mirada de mi esposo quemándome, hice lo mismo. Me puse en cuatro frente a ella, chupando exhaustivamente sus senos y apretándolos como si fuese un pene al que quisiera exprimir..
Podía sentir la mirada de los dos hombres. Mi esposo estaba serio, pero su respiración delataba que la escena lo estaba desbordando. Incluso, miré abajo y estaba un poco excitado. Cuando intenté disculparme con un abrazo, me soltó esa frase que siempre me hace temblar: “Sabes perfectamente cómo pedir perdón”.
Frente a los ojos del amigo, mi esposo me bajó el vestido que traía puesto, dejando mi piel expuesta al aire frío de la sala. Me obligó a sentarme sobre sus piernas y empezaron las nalgadas, un castigo que yo recibía con vergüenza, pero que me encendía más de lo que quería admitir. Al levantar la vista, vi que el amigo ya no solo miraba; estaba perdido tocando los senos y besando a su su propia novia, pero sus ojos seguían fijos en mí.
Entonces, mi esposo decidió revelar el secreto. “Te portaste mal, y esto también merece un correctivo”, dijo mientras bajaba mi ropa interior. En ese momento, el rastro de nuestra tarde juntos quedó a la vista, deslizándose por mis muslos todo el semen que había guardado temprano. El silencio fue total hasta que el amigo, sin pedir permiso, se acercó.
La tensión se rompió por completo. Mientras mi esposo me sujetaba, su amigo se entregó a la tarea de borrar cualquier rastro de la tarde, usando sus manos y su boca de una forma que me hacía arquear la espalda y gritar su nombre. Mi esposo, lejos de detenerlo, parecía disfrutar de ver cómo otro hombre sin permiso conocía y disfrutaba de mi vagina, y de lo él había dejado ahí.
La sala se convirtió en un escenario de sombras y placer compartido. Mi esposo se puso de pie, cruzó la habitación y, sin decir una palabra, tomó a la novia de su amigo y simplemente la puso en cuatro y la comenzó a coger muy fuerte, como si antes hubiese hecho él y ella un trío y fuese normal cogerse. Yo me quedé ahí, mirándolos, hasta que su amigo me tomó las piernas y las abrió, sentí cómo el placer me invadía mientras veía a mi esposo con otra mujer. Lo malo, era que su amigo era extremadamente fetichista, sacó un dildo gigante que llenó de lubricante, me lo metió con fuerza por el ano para dejar en visibilidad cómo se veía por dentro, y que luego su pene entrara con facilidad.
Se rehusaba a usar mi vagina, decía que estaba usada y no servía para nada. Nunca había sentido que me acabaran por detrás, y sinceramente, me alegra que el cornudo de mi esposo le haya dado permiso a su amigo, quien siempre me miró con ganas. Al dormir, nos obligaron a dormir desnudas y todos en la misma cama. Fue la noche más excitante de mi vida.
Cuando el sol empezó a asomar, unas horas después, el despertador sonó. Nos vestimos, tomamos café y nos despedimos con un saludo cordial, saliendo hacia el trabajo como si anoche solo hubiéramos tomado un par de cervezas entre vecinos.
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